El Pacto del lago

No hay hola.

Texto colgado tal cual lo leéis en la web de Literautas hace ya cosa de un año. Como no existe otra copia del texto alojo aquí esa versión, por si las moscas. En su momento ya hablé del cuento, por si os pica la curiosidad y queréis saber un poco más de la génesis de este pastiche.

No hay adiós

El Pacto del lago

Una vez oculto en las sombras, el poeta empezó a recitar.

—Vosotros que me rodeáis,

»vosotros que me escucháis.

Los versos parecían manar de la misma oscuridad. Las sílabas se concatenaban entre susurros, resemblando la sonoridad densa y pegajosa de aquella noche de canícula.

Su auditorio, congregado entre el bosque y la orilla, lo formaba un semicírculo de chicos y chicas, todos adolescentes y vírgenes. Habían acudido por voluntad propia al campamento Lago de Cristal en aquella fecha tan especial para reafirmar el Pacto.

El bardo declamaba:

—Hasta la última palabra recordaréis.

»Porque sólo así de Él nos salvaréis.

El coro replicó:

—Con nosotros como ofrenda calmaremos su frenesí.

»Él, hijo del acero frío y del calor carmesí.

Una risa forzada, o quizá el crujir de una rama, brotó de la negrura.

Los jóvenes refrenaron su pánico y siguieron sentados. No huirían: todos deseaban renovar el Pacto, pese al precio a pagar. Pero no podían evitar observar las sombras del bosque con ansiedad. Tras ellos, proveniente del lago, soplaba un viento tibio y cargado de humedad. La fronda recogió la brisa y respondió con sonidos de roce. Como si se frotarse las manos, expectante.

El chamán alzó la voz:

—Bermellón arterial coagulado por agua helada,

»que vuestro sacrificio le devuelva la paz ansiada.

—Con juventud y virginidad —corearon los jóvenes—,

»ufanos, compartimos tu soledad.

La voz del bardo continuó con la salmodia. Los jóvenes replicaban con voces en las que titulaban el terror y la excitación. Sabían que bardo iba a convocar al guardián del lago. Y que uno de ellos sellaría el Pacto.

La brisa arreció hasta tornarse vendaval. La tormenta se acercaba aportando su punto de dramatismo. Los botes protestaron golpeando contra el embarcadero. Las casas peinaban el viento tejiendo murmullos aullantes. En algún lugar una contraventana suelta lamentó su soledad con un súbito latigazo de madera.

Al fin la voz del poeta cesó: la invocación había concluido. El silencio inundó el bosque.

Los chicos, paralizados por el pavor, contemplaban la negrura. La espesura palpitaba: había devorado al poeta; ahora debía regurgitar algo nuevo y terrible. No, nuevo no: antiguo, tan viejo como el propio campamento.

La figura emergió de las sombras. Se plantó ante el semicírculo de rostros desencajados de un salto. Un centenar de bocas vomitaron temor mezclado con anticipación.

Y con excitación sexual, lasciva y lubricada.

—No os asustéis —dijo un chaval. En su voz rezumaba desencanto —. Mirad el uniforme. Maestro, ¿qué hacéis aquí? ¿Ha pasado algo?

El poeta no replicó. El vendaval enmarañaba su melena suelta. Tenía la mirada perdida, vidriosa, estaba pálido y temblaba.

Otra muchacha se puso en pie. Se dirigió al grupo:

—El chamán regresa solo. ¿Dónde está el guardián? ¿Ha fallado el ritual? La muerte, hay que saciarla. Si no…

El bardo mantenía su silencio. Miraba con ojos ciegos. Mientras, los temblores se habían convertido en convulsiones. El primer chico corrió hacia él, temeroso de que se desplomara.

Lago adentro, la tormenta bramó. Un rayo fulminó la atmósfera.

—Maestro —dijo el chaval—, poeta: debemos renovar el Pacto, atar al guardián. ¿Dónde está?

El hombre no respondió: se contorsionaba febril, su librea empapada en sudor. Aquellos ojos desorbitados naufragaban inmersos en su propio lago de tinieblas. Mientras fenecía sus labios no dejaban de musitar.

—¡Maestro!

El chico estudió el rostro del poeta. Estaba empapado en sudor. ¿Sudor? El muchacho dudó: aquel líquido lechoso y denso no parecía sudor sino cera. Se coagulaba sobre su cara, creando…

El muchacho soltó al bardo. Se apartó de él espantado, extasiado.

—¡La máscara!

El grito electrizó al semicírculo de voluntarios. Los recuerdos fluyeron: acero, violencia, sangre. Muertes. Todos conocían el horror recurrente que habitaba el campamento, un espíritu hambriento que deseaba saciarse. Debían contenerlo.

Los chicos contemplaron al bardo. Vieron la máscara blanca surcada de orificios. Distinguieron las marcas rojas, la mandíbula deshecha, la brecha en la frente. Su puño derecho esgrimía un machete descomunal, tan blanco y fantasmal como la máscara.

El guardián había regresado.

—Tómame —aulló alguien.

El guardián del lago osciló el machete abarcando al grupo de adolescentes.

—Escógeme a mí —suplicó otra voz aterrada.

El espectro necesitaba calmar su hambre, reprimir el frío que le consumía. Debía devorar un alma. Miró y señaló. Sí, esa. Se abrió paso entre los muchachos. El elegido se desmayó; el resto rieron aliviados, gimiendo en sus orgasmos.

El machete paladeó la carne y reafirmó el Pacto.

Aquella alma voluntaria saciaría al redivivo, quedando confinado un año más en Lago de Cristal.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s