Acerca de ‘seres’ y ‘-mentes’, criaturas nada mitológicas

No hay hola.

Hace unos días, charlando con unos colegas de esto de la afición a la escritura, salió el tema de mi fobia al verbo ‘ser’. En concreto en cómo comento/corrijo los textos de otros que me llegan. Cuando me pongo a comentar un texto suelo acabar resaltando los verbos ‘ser’ cada vez que aparecen, y con ello siempre sugiero su eliminación. La última vez que los empecé a marcarlos (incluso en un cuento de apenas el centenar de palabras) me dijo un compañero: «¿Pero qué problema tienes con el verbo ‘ser’?», y soltó una carcajada.

Pues bien, voy a tratar de reproducir y ampliar lo que dije en ese momento.

Desde hace años considero al verbo ‘ser’ (y en menor medida el ‘estar’) como una palabra comodín. Digo lo de comodín en el sentido en el que hay quien tiende a usarlos en múltiples situaciones, para aplicarse a muy diferentes acciones y/o significados. En el caso concreto del verbo ‘ser’, parece casi un multiusos. No resulta raro encontrar textos en los que ese verbo aparece si no en cada frase, sí varias veces en cada párrafo. No tengo aquí ejemplos de textos libres de derechos que me sirvan de ejemplo (y no voy a colgar los de alguien aficionado), pero quien dude acerca de lo que digo solo tiene que coger un libro cualquiera y comprobarlo. El verbo ‘ser’, en sus diversas formas conjugadas (por no mencionar el de la pasiva innecesaria), tiende a aparecer poco menos que en todas partes.

Como decía, esa abundancia de ‘seres’ me ha acabado generando algo que podría considerar como hipersensibilidad al verbo ‘ser’. De manera inconsciente los detecto, poco menos que si resaltaran dentro de entre las palabras.

Bueno, entre el párrafo anterior y el actual hay un lapso de casi un día. En ese tiempo he pensado mucho (es un decir) y he decidido copiar parte de uno de los libros que en su momento me marcaron. Sé que no tengo derechos del mismo, pero dado que uso el párrafo a modo de muestra de estilo y por puro afán didáctico, espero no tener problemas por ello con el propietario. Ahí va. Voy a resaltar los verbos ‘ser’ que me he encontrado en una lectura rápida:

«En la boca de tormenta había un payaso. La luz era suficiente para que George Denbrough estuviese seguro de lo que veía. Era un payaso, como en el circo o en la tele. Parecía una mezcla de bozo y Clarabell, el que hablaba haciendo sonar su bocina en Howdy Doody, los sábados por la mañana. Búfalo Bob era el único que entendía a Clarabell, y eso siempre hacía reír a George. La cara del payaso metido en la boca de tormenta era blanca; tenía cómicos mechones de pelo rojo a cada lado de la calva y una gran sonrisa de payaso pintada alrededor de la boca. Si George hubiese vivido años después, habría pensado en Ronald Mcdonal antes que en Bozo o en Clarabell».

En todo el párrafo solo hay cuatro ‘seres’, pero os aseguro que hay textos (tanto de aficionados como de profesionales) en los que se prodigan mucho más. He escogido este libro porque, pese a sus defectos formales, tiene una fuerza comparable a muy pocas obras.

Ahora voy a hacer un poco de números:

Proporción de ‘seres’ respecto a la extensión total: 124 palabras / 4 ‘seres’ ≈ 1/17.

Proporción de ‘seres’ respecto a la cantidad de verbos: 15 verbos / 4 ‘seres’ ≈ 1/4.

Como veis, resulta llamativo no sólo su relación entre el total de palabras, sino su relación entre el total de vernos (he contado como verbo simple las formas compuestas), un preocupante 1 sobre 4. Y eso que este texto no sufre la sobreabundancia crítica a la que me refiero.

«Bah», dirá alguno. «¿Qué tiene de malo eso?».

Voy a ello. ¿Qué tiene el verbo ‘ser’ que me produce esa reacción?

Aviso: aquí entro en la valoración personal. Sé que mucha gente no coincide conmigo, algo obvio dado que sin el menor problema se editan textos con esa sobreabundancia.

A lo que iba: ¿qué tiene este verbo ‘ser’ que tanto me irrita? Su presencia excesiva, siempre desde mi punto de vista, arruina textos. ¿Cómo sucede eso? Pues porque, en la inmensa mayoría de las ocasiones, la presencia de uno de los ‘seres’ sustituye, por no decir quieta de en medio, a otro verbo diferente, más activo, más plástico, más visual o todo a la vez. A un verbo o un cambio en la estructura de la frase, incluso sin verbo alguno, pero un cambio de más viveza y dinamismo, más de mostrar en vez de contar.

Voy a retomar el texto anterior y realizar cuatro simples cambios de verbo:

«En la boca de tormenta había un payaso. Aquella luz bastaba para que George Denbrough estuviese seguro de lo que veía. Se trataba de un payaso, como en el circo o en la tele. Parecía una mezcla de bozo y Clarabell, el que hablaba haciendo sonar su bocina en Howdy Doody, los sábados por la mañana. Solo Búfalo Bob entendía a Clarabell, y eso siempre hacía reír a George. La cara del payaso metido en la boca de tormenta lucía blanca; tenía cómicos mechones de pelo rojo a cada lado de la calva y una gran sonrisa de payaso pintada alrededor de la boca. Si George hubiese vivido años después, habría pensado en Ronald Mcdonal antes que en Bozo o en Clarabell».

¿Ha perdido algo el texto al quitar los ‘seres’? mirad: queda claro que había bastante luz, el payaso sigue ahí, presente, se ha fortalecido la relación entre Búfalo Bob y Clarabell de tal manera que ahora los une un único y claro verbo, y de repente la cara del payaso no ‘es blanca’—sin más— sino que posee un matiz luminoso que bajo la tormenta llama la atención. Y todo eso sin necesitar el verbo comodín ‘ser’.

Vale, ya no es el texto original del autor pero, ¿gana o pierde? Para mí, gana.

Os invito a analizar textos de otros autores y tratar de hacer este ejercicio: a lo mejor os lleváis una sorpresa y descubrís cómo los textos se pueden mejorar.

Tras años practicando esta manera de leer, he llegado a un punto en el que intento de manera inconsciente nunca poner ‘seres’: sí, de vez en cuando se me escapa alguno (y sé que a veces resulta/es imposible huir de ellos), pero siempre trato de evitarlos.

Ahora que tengo ya esto escrito, cuando alguien me pregunte por qué le recomiendo no usar ‘seres’ ya tendré la respuesta preparada 😉

Hasta ahora he hablado de uno de los monstruos nada mitológicos de la escritura: el ‘ser’. Ahora hablaré de otro: el ‘-mente’. Con este en concreto no me voy a extender tanto como con el ‘ser’.

Cuando digo ‘-mente’ me refiero a los adverbios modales formados por una adjetivo como raíz y la terminación ‘-mente’. Pues bien, esos adverbios tan infantiles (perdón, pero ese adjetivo me viene a la mente al pensar en ellos, recordando cómo escribía yo de pequeño), si no tienes cuidado, acaban proliferando como chinches. Tal y como sucede con los ‘seres’, para cada ‘-mente’ suele existir siempre otro adverbio (o, mejor aún, una descripción modal) que le puede sustituir. De nuevo os invito a practicar a con ellos: buscarlos, contarlos, tratar de sustituirlos y comparar con el texto original.

El autor antes citado tiene por frase ‘consejo de escritura’ la de «El camino al infierno está enlosado de adverbios». Una pena que él mismo, sobre todo en sus obras más recientes, se haya empeñado en empedrar toda una autopista al infierno.

Sigo. Si en vez de escribir ‘caminé lentamente’ pongo  ‘caminé con paso de tortuga’ o ‘caminé con la calma de un reo acercándose al patíbulo’, creo (yo, insisto, yo) que consigo que el texto gane en calidad. Hablo de calidad y me refiero a mostrar más que contar, la regla olvidada por muchos aficionados… y no tan eficionados.

Para ver cómo el exceso de ‘-mentes’ se carga un texto no os voy a copiar ninguno. Eso ya lo he dicho antes. Por el contrario, os invito a sufrir la tortura de leer el relato «El segundo deseo» de Brian Lumley. Lo podéis encontrar en la antología Nuevos cuentos de los Mitos de Cthulhu, de la editorial Valdemar. Si alguno se atreve con él y quiere comentarme su impresión al acabar el último párrafo, invitado está. Yo, ¿por fortuna?, no sé dónde he metido el libro. Así no me tienta la idea de volver a leer/sufrir ese cuento.

Acabo ya.

¿Y todo esto, a qué viene? A que creo que la literatura debe poseer, en primer lugar, un cariz visual, inmersivo. Usando este tipo de muletillas, hábitos y defectos formales inciden en que los textos pierden (en mayor o menor medida) esa esencia descriptiva. De nuevo hago mención al mostrar más que contar.

También considero que escribir debe tener mucho de reto, de esfuerzo. Caer en muletillas y hábitos como los que he descrito va en contra de ese espíritu de superación. Más aún, un texto sobrecargado de ‘seres’ y ‘-mentes’ me indica dos cosas: o que no sepa el problema que representan, o que lo sabe y le da igual (esto es, dejadez, indiferencia y, al final, falta de respeto hacia el lector y hacia su propia obra). Sí, puede que con un texto descuidado vendas más, pero a lo mejor acabas convertido en un mero juntaletras. Y yo (y hablo de mí) a ese tipo de juntaletras nunca los llamo escritores. Ya pueden vender millones de libros y poseer fama internacional, pero un texto apresurado y descuidado no los convierte en escritores.

No hay adiós.

PD: Maquetando esta entrada veo que ya hablé una vez de los de los ‘seres’. Maldita memoria de pez.

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