El taller, día 3: ‘En tus labios, la súplica carmesí’

No hay hola.

Sigo con el taller al que me apunté hace un año. Esta vez con el tercer relato perpetrado en él. Una microhistoria ambientada en el universo de la Voluntad con muy ligeros toques de gore.

La premisa para redactarlo consistía en que había que acabarlo con la frase final (la marco en negrita) de Los papeles de Aspern. Se trata de una novelette de Henry James, que nos mandó leer el profesor. A mi entender una basurilla soporífera y mal escrita (o mal traducida, a saber que ni loco me voy a molestar en leerla en inglés) donde las haya. Pero nos lo mandaron leer como ejemplo de diálogos (me parto, con esos intercambios deshilachados y a veces caóticos), de ambientación (me mondo, ya que se trata de un torpe intento novela gótica), de psicología de personajes (me parto, me mondo y me descojono con los vaivenes de la sobrina, que de poco menos que casi deficiente mental pasa a tener unos injustificados -al menos según lo leído- cojones y orgullo) y de estilo (en eso coincido: es un perfecto ejemplo de cómo no narrar, con sus inacabables -seres y -mentes, por citar sólo dos defectos de principiante).

Pero bueno, aun soportando su lectura tuve que hacer el ejercicio. Y quedó esto. Ale, too vuestro.

No hay adiós.


La cabeza dio uno, dos botes sobre el entarimado, pero aun así siguió suplicando:

—Per… don.

—Sire, ¿le acallo?

Alcé la mano como única respuesta. El verdugo, todavía más desconcertado, retrocedió. La cabeza siguió rodando hasta quedar a tres pasos escasos de mi trono. La tráquea pulsaba como una segunda boca pero no sangraba. Me recordó a uno de esos amantes que se arrojan besos mudos. El senescal seguía dedicándome su atención incluso ahora, decapitado:

—Er… don.

Aquella inesperada insistencia me sorprendía.

—Valquiuus, inepto —le espeté—. Las cartas. En mi ausencia sólo tenías que hacer una jodida cosa: custodiarlas. Y vas y dejas que te las roben.

Los labios escarlata boquearon:

—Eh… don.

El sonido surgió más asfixiado, aunque todavía audible. ¿Desde cuándo Valquiuus poseía Vol? Jamás lo había demostrado, pero ahora la usaba de esa manera tan impresionante, digna de… digna de una estipe superior. Él, un simple plebeyo. Intolerable.

Desvié la mirada hacia el cuerpo. Sonreí. Ahí estaba el truco. En su agonía algunos decapitados quemaban las chispas de su Vol innata: pataleando, retorciéndose. Puro e inútil teatro. Pero Valquiuus no: él había dejado el cuerpo laxo para derivar su Voluntad hacia la cabeza y así proferir esas disculpas.

Parpadeé, aparté el Velo y contemplé la Filorrealidad. Lo vi. Tal y como suponía, de la herida brotaba un enorme y pulsante sáculo de hebras entretejidas. A falta de pulmones, ¿qué mejor que ese fuelle de Voluntad para seguir implorando perdón?

—Valiente y artero ilusionista.

—Señor. Puedo acabar con…

—No, Mordán. Vete. No te necesito.

Ondeé la mano en un gesto desganado. El verdugo (tembloroso, casi descompuesto) corrió para desaparecer del patíbulo. Sobre la tarima quedamos Valquiuus, el pingajo de su cuerpo y yo. El saco de hebras de Voluntad empezaba a desmoronarse.

«Al fin y al cabo no posees tanta Vol, viejo».

Me incorporé del trono y caminé hasta la cabeza. Todavía boqueaba resistiéndose a morir. Me agaché, la tomé entre las manos y enfrenté mi rostro al del senescal. Un último cara a cara, el primero a la misma altura. Valquiuus agradeció el gesto tosiendo. Su sangre me salpicó las mejillas, los labios, los ojos.

—Eh…

Resollaba. Apenas le quedaban fuerzas pero seguía insistiendo.

—Don.

Me sumergí en sus ojos. Incluso transfigurados por el dolor relucían llenos de determinación. Gritaban con más fuerza que sus labios.

—Me fallaste, viejo. Amaba esas cartas. Sólo podía confiar en ti. Me fallaste.

Sus labios carmesí borbotearon:

—¡Don!

Sellé su boca con mi índice empapado en sangre.

—No. Ya no. Aunque nadie olvidará lo que has hecho. Te lo juro.

Como senescal, Valquiuus, el plebeyo, conocía la Voluntad. Me había visto usarla, obrar milagros. Pero sólo los Señores debemos utilizarla. La dominamos, nos pertenece. Nadie se puede arrogar su uso. Nadie. Así que hice lo que debía hacerse. Tejí nuevos hilos, anudé los ya existentes, abrí flujos, cerré sumideros. Y creé un nuevo prodigio.

Valquiuus ahora ocupa un lugar preferente junto a mi trono, su cabeza convertida en un trofeo que atestigua mi Poder y sirve de advertencia doble. El senescal sigue vivo, balbuceando un agónico y eterno «per… don». Pero su falta sigue ahí. Cuando lo miro, mi enojo por la pérdida de las cartas se hace casi intolerable.

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