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El mentiroso

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día ya hablé de él.

No hay adiós.

Stalcius retorció la vejiga todo cuanto pudo pero no logró sacar ni una gota de maná. Estaba sólo ante su destino.

Siguió caminando. Atrás quedaban el mar de espejismos pulsantes y el erial de vacíos evanescentes. Ahora recorría un paraje montañoso erizado de difamaciones, espinas adiamantadas y vibrátiles. El interior de Garok no dejaba de sorprenderle. Ni de desafiarle.

El juggervol empezaba a escalar una loma de agujas iridiscentes —parecían fluctuar sin razón aparente— cuando se desató una lluvia de murmuraciones. Se arrebujó en el tejido de su avatar y anudó con fuerza los versículos de Canción de su alma. Tras asegurarse de que los filos de las difamaciones y el chubasco de embustes no le afectaban, alzó la vista y continuó.

«Podré», pensó. «Sí. Podré».


Le habían repetido la pregunta varias veces.

—¿Podrás?

—Por supuesto —contestó dirigiéndose no sólo al magister sino a todo el Sanedrín—. Podré. Entraré, lo recuperaré y saldré.

—Pero, ¿estás seguro? Muchos otros han fallado.

Él respondió retorciendo la realidad que le envolvía en un remolino multicolor, aullante, doloroso y lascivo. Nadie replicó: estaba decidido. El Sanedrín desgarró el icono de devoción y conjuró la puerta al interior de Garok, el Dios de la Mentira, el Repudiado. Stalcius se arrojó por el orificio sin mirar atrás.


La cordillera de engaños parecía no tener fin. Garok era así. Por desgracia, la Canción de Stalcius empezaba a quedarse sin compases. El juggervol caminaba y caminaba, cada vez más agotado. Subía colinas de agujas canallescas, atravesaba valles falaces, bordeaba precipicios de descrédito.

—Estoy en el corazón del dios, sin duda —murmuró dándose ánimos—. La meta no debe quedar lejos.

Caminó una eternidad. Aquel paraje demencial y yerto no acababa nunca.


Tras la colina se desplegaba una meseta azotada por un viento calumnioso. Al fondo, lejos, parecía moverse algo. ¿Vida? ¿Allí? Stalcius corrió esperanzado.

Las figuras saltaban con movimientos huidizos, engañosos. Iban de un lado a otro sin rumbo concreto, apareciendo y desvaneciéndose. De repente una de ellas se abalanzó sobre Stalcius. El espectro de susurros empezó a arrojarle palabras sin sentido, afiladas como puñales. Su contacto abrasaba. Otras biomentiras acudieron atraídas por su aullido de dolor. En un instante el juggervol quedó rodeado. Tenía que defenderse. Stalcius hizo resplandecer la Verdad de su Voluntad y alzó una esfera de determinación psimathemática. Durante una microeternidad los espectros intentaron desgarrar el escudo, pero cuando vieron que resistía escaparon aullando fábulas imposibles.

Stalcius continuó.

El cielo, un océano de trivialidades, palpitaba abrasador.


Divisó el macizo de flores bajo la luz engañosa del ocaso. Parecía resplandecer. Emitían un aroma radiante, sólido. Sorprendido de encontrar algo así en Garok, Stalcius arrancó una flor e hizo que su avatar la estudiara. ¡Increíble! Estaba trenzada con hilos de íntima sinceridad, algo insólito allí, en el corazón del Mentiroso Absoluto.

El juggervol aspiró su aroma. Había algo muy familiar en la fragancia. Volvió a aspirar. Los conceptos se fijaron: hogar, infancia, orgullo, soberbia, poder. Y sí, al fondo, uniendo todo ello con su argamasa de sangre y dolor, Efímera.

El aroma se consumía con la rapidez de una mecha encendida. Stalcius tomó otra flor. Paladeó su efluvio, lo consumió. Arrancó una tercera, y una cuarta, y una quinta… El aroma le embriagaba, enajenaba sus sentidos. No podía parar.

—No debo —susurró—. La misión…

Pero siguió devorando flores. Una tras otra.

Sin saber cómo, se encontró tendido en el suelo, exhausto. El torrente de fragancias había arrasado sus fuerzas. Aun así seguía paladeando los aromas, los recuerdos. Entre la bruma de imágenes floreció una idea: «No puedo seguir. Así de simple: no puedo».

Al instante Stalcius recordó lo que había dicho al Sanedrín. Una de sus palabras le machacaba: «Podré».

El juggervol suspiró.

«Podré».

Sollozó, avergonzado.

«Podré».

Stalcius aulló.

Desesperado, intentó entonar su Canción privada para recuperar energías. Debía salir de ahí, rápido. Pero las notas volaban espantadas, huidizas.

Se derrumbó.

Cerró unos ojos inexistentes y empezó a implorar piedad. Lloraba mientras reconocía la trampa: aquellas flores cargadas de recuerdos… Las imágenes de poder, los ecos de orgullo, las llamas de soberbia, las prendas que siempre habían vestido su alma: la falsa seguridad.

Falsa.

Stalcius gimió, aulló… suplicó.

Él tenía que oírle. Debía apreciar en su voz el tañido de la sinceridad mezquina. Comprendería. Le aceptaría. Garok, el Mentiroso, paladearía su nueva esencia y le admitiría como discípulo, otro hijo de la impostura.

Stalcius esperó. Y volvió a suplicar.

Mientras, horrorizado, veía cómo aquel cielo incandescente se hundía con el ocaso, calcinando el páramo.


Artista: Mike Winkelmann, Beeple. Web: http://beeple-crap.com/

Artista: Mike Winkelmann, Beeple. Web: http://beeple-crap.com/

Una respuesta

  1. […] Como ya dije en su día, este relato tiene un par de relaciones con otros cuentos, como este, este y este. Os recomiendo leerlos para sacare pleno jugo al […]

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