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Desde mi refugio os siento pasar

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad.

Aquí están los requisitos del ejercicio.

No hay adiós.


El dolor de piernas empezaba a hacérsele tan insoportable como la falta de aire fresco. Intentando no hacer ruido, Miguel se revolvió dentro del arcón congelador hasta encontrar una postura menos incómoda. Al estirar la pierna derecha sintió un hormigueo ardiente del muslo al pie. Dolía. Seguía vivo.

Olé.

Siempre había sido el más bajo: en el colegio, en la universidad, en la oficina… El pequeñajo, objeto de bromas. Ahora, por primera vez en su vida, se alegraba de su escaso metro y medio. Su talla le había salvado, permitiéndole meterse en el arcón y cerrar el portón sobre él.

Pero necesitaba respirar.

Estiró el cuello. La barra de la palanqueta abría una ranura ínfima en la goma aislante de la juntura. Acercó la nariz. Apenas entraba aire, pero se obligó a sentirse satisfecho. Antes de volver a descansar tiró de la palanqueta. Seguía firme, el garfio bloqueando la apertura del portón. No lo abrirían. Al menos no sin pelear.

Sin pelear.

Marta había peleado, pero le sirvió de poco. Si no se hubiera refugiado allí…

Entraron en la tienda de improviso, silenciosos y hambrientos. Marta, en su atolondramiento, tuvo la brillante idea de meterse en un expositor vertical, de esos altos como jugadores de baloncesto. El armario, tan saqueado como el arcón, brindaba una protección de fácil acceso.

Pero era un escondite vertical. Vertical. Marta pagó caro ese error.

El sol agonizaba. Con el ocaso, la tienda de la gasolinera quedó sumida en una paleta de brochazos rojizos. Al menos esa luz disimularía la rúbrica final de Marta.

Miguel esperaba.


Uno de ellos se detuvo ante el arcón. Delgado y con gesto cariacontecido, tenía los labios maquillados con un carmín salvaje. Miguel sabía que ninguna tienda de cosmética vendía uno igual. ¿Le habría arrebatado el color a Marta?

El payaso manoseó el cristal del portón, pero en su ansia estúpida no comprendía que el arcón se abría tirando del asa hacia arriba, hacia él. El idiota hambriento sólo sabía empujar, lanzar adelante su mano destrozada.

El cristal resistió, el espectro se cansó y Miguel respiró aliviado.

Sí, él resistía. Marta… lo intentó durante bastante tiempo, de pie, en su armario. Debía verlos deambular por la tienda. ¿Se le plantó alguno delante? ¿Tuvo que mantener una de esas miradas ciegas, apenas separados por el cristal?

Encerrado en el arcón, Miguel no pudo ver lo que pasaba. Escuchó y dedujo. O imaginó. Marta, emparedada y sin ningún apoyo cómodo, debió ver con horror cómo sus fuerzas se diluían junto con sus nervios. Al final, agotada e histérica, abrió la puerta. Intentó correr, seguro, pero debieron fallarle las piernas adormecidas. Luego sucedió. A pesar de las paredes del arcón, Miguel escuchó los gritos. Marta aulló, suplicó, maldijo; ellos no querían palabras, sino algo más sustancial. El silencio llegó a modo de bendición.


La noche sumergió la gasolinera en un mar de sombras surcadas por más sombras. Caminaban, husmeaban, gruñían, pero no se iban. Encogido en su madriguera, Miguel esperó. En algún momento la tienda se vaciaría. Entonces correría como alma en pena. El coche seguía afuera. Lo arrancaría y saldría zumbando lejos, a buscar un refugio mejor.

Pero antes debía salir del arcón. Y para hacerlo ellos debían irse.


El estampido le sacó del duermevela. Luego otro, y otro. Un torrente de luz inundó la tienda.

«¡Electricidad!», pensó Miguel, maravillado.

Un nuevo estallido: un abanico púrpura sucio cubrió el cristal del arcón. Entre los regueros asomó un rostro sonriente.

—Por dios bendito, mirad lo que hay dentro del congelador.

Miguel boqueó, sorprendido. El hombre apoyó en su hombro el cañón de la escopeta repetidora.

—Amigo, ¿cuánto llevas ahí? Bueno, da igual. —Tendió una mano hacia el arcón—. Permíteme.

Agarró el extremo ganchudo de la palanqueta. Miguel, al borde de la carcajada, soltó la herramienta y dejó que el recién llegado se la llevara.

—Gracias, amigo —dijo el hombre.

Sopesó la herramienta y, con un gesto fluido, la clavó con fuerza, a modo de cuña, en la ranura del portón. El arcón quedó bloqueado. Los ojos de Miguel bailaron de la herramienta al extraño y de regreso a la palanqueta.

—Pepe, avisa a los demás.

Tras decir eso, el extraño se volvió hacia Miguel y murmuró a través del cristal:

—Tranquilo, no te dolerá. Te lo aseguro.

Deslizó la mano por un lateral del congelador. Miguel escuchó un zumbido junto a su cabeza. Pocos minutos después sintió frío. El arcón no estaba ni roto ni saqueado: solo esperaba recibir una nueva remesa.

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