El rugido en la espesura – #EdiLega2018

No hay hola.

Ayer se celebró el 1º Encuentro de Creativos y Profesionales de la Edición y Publicación – #EdiLega2018. Me pasé por la mañana para saber qué se cocía en ese evento, además de para conocer a algunas personas. Tras poner cara al responsable de Libros Libres, así como al de la asociación Página en Blanco, pude disfrutar de la charla de Desireé Bressend dedicada a eso que se llama transmedia.

Pero antes de la charla, y acompañado tanto de Ángel como de un dibujante (que me perdone pero al final se me olvidó anotarme su nombre, y eso que me quedé alucinado con su trabajo, sobre todo el hecho a bolígrafo. Tenía apellido navarro, de eso sí que me acuerdo Ya lo conseguí encontrar: se llama Felipe Arambarri, y aquí uno de los ejemplos de dibujo a boli que me dejó anonadado), participé en un breve juego de escritura ‘en vivo’. ¿De qué va eso? Pues de que te plantean unos temas aleatorios y debes escribir algo en unos cinco minutos. Los temas aleatorios los eligió Ángel con unos dados: ammonite, mamut y nido con huevos. Con eso debía escribir algo.

Soy de mente algo cuadriculada, así que al principio en mi cabeza no me entraba cómo narices juntar criaturas tan dispares (y me refiero sobre todo a ammonites y a mamuts).

Mientras no lograba poner una sola palabras sobre el papel, veía cómo el dibujante trazaba más y más lineas sobre el folio.

Mierda.

Pero al fin se me ocurrió algo… y cuando llevaba garrapateado con mi letra horrible una cara de folio nos recordaron que empezaba la charla de Desireé. Con las prisas me dejé el folio sobre la mesa. Y ya al salir ni me acordé de ello.

Total, que hoy, que he encontrado un pequeño tiempo libre, he tirado de memoria y he tratado de recuperar el relato abandonado. Aquí lo tenéis, apenas editado: se puede decir que lo que leéis aquí está escrito a vuelapluma (salvando las horas pasadas entre ayer y ahora, en las que no ha hecho nada de escritura, lo juro), con todo lo bueno y lo malo que ello tiene.

Espero que os guste un poco.

No hay adiós.


Un rugido brotó en la jungla. Tomás se volvió hacia la dirección de la que provenía, a la derecha, pero la niebla que anegaba la espesura le impidió ver nada.

—¡Por todos los…! —exclamó mientras amartillaba su rifle automático. Sus ojos desorbitados recorrieron la caótica masa de troncos, ramas y liana que le rodeaba, pero la gasa de vapor apenas les permitía ver unos metros más allá de su posición.

—Tranquilo, hombre. Si no me equivoco se debe tratar de un elefante.

—¿Ese rugido?

—No era un rugido. Se trataba de un «barrito» —explicó Clara con seguridad. No había movido el subfusil de su posición inicial, colgado a su espalda. La mujer siguió avanzando con calma por entre la foresta. Apartaba de su camino lianas y enormes hierbajos con golpes resueltos de su machete. Tomás la observaba sus movimientos fluidos y seguros admirado. Y, por qué negarlo, excitado.

—¿Un «barrito»? ¿Eso qué es? ¿Un bar pequeño?

—Idiota. Sí, Tomás: un «barrito». —Clara se detuvo y se volvió hacia su compañero—. Los elefantes no rugen, sino que barritan. Ambos sonidos se diferencian con mucha facilidad.

—Perdone su excelencia…

—Menos sorna y más atento a lo nos encontramos.

Tomás se dio cuenta del ligero desprecio que subyacía en la mirada de la mujer. Ese detalle no le agradó. Informaría de ello cuando regresaran. No por haber estado en la anomalía más veces que él se podía permitir tratar así al resto del personal, menos a alguien como él, personal especialista.

—Sigamos —dijo la rubia ignorando al geólogo, y continuó adentrándose entre la maleza sin molestarse en mirar atrás. Tomás sacudió la cabeza de nuevo contrariado, pero se apresuró a seguir los pasos de la experta en supervivencia.

Al cabo de un tiempo llegaron a una zona donde la espesura clareaba, como si la jungla se agitase ante su propia intensidad y exuberancia.

—Llegamos a terreno despejado —anunció Clara. Tomás agradeció el cambio de terreno con bufido sonoro.

Durante el tiempo dedicado a atravesar la selva se había escuchado un par de veces más aquel sonido. El «barrito», según Clara: para Tomás un rugido aterrador. El hombre esperaba que fuera de ella al menos dejaran atrás a la criatura que lo profería. No se imaginaba a ningún elefante normal capaz de producir semejante sonido.

Más allá de la frontera de la jungla se abría un terreno despejado cubierto de yerba vigorosa. Les llegaba casi a la cintura. Poseía un color verde vivo, salpicado de vetas longitudinales de un precioso morado. La niebla parecía amarrada a la jungla, de tal manera que cuanto más se alejaban de la masa de árboles menos densa era la nube. Unos metros más allá se deshacía del todo para descubrir un horizonte se perdía en una línea perfecta y azul oscuro.

—¡Un mar! ¡Imposible, pero si estamos en Burgos!

—Joder, Tomás. ¿Pero es que no te das cuenta de que la anomalía lo cambia todo? Olvida que la base está en Burgos y haz tu trabajo: intenta arrancar algo que nos permita saber adónde demonios lleva este desgarro.

La piel del geólogo un tono casi a juego con las vetas de las hierbas. Pese a ello no dijo nada y se limitó a avanzar hasta la orilla. Se encontró con una playa en su mayor parte pedregosa. Solo encontró arena al escarbar un poco con la culata del arma. «Suelo antiguo», pensó, mientras su cerebro empezaba a analizar el tipo de roca, su forma, rugosidad…

De repente la culata se topó con algo inesperado: bajo una muy fina capa de roca, apenas enterrado, había una forma circular y calcárea. La descubrió del todo y se encontró ante una especie de rueda espiral, resplandeciente y lustrosa, que se cerraba sobre sí misma.

—¡Imposible!

—¿Qué pasa?

—Esto es… esto es ¡un ammonite!

—Vale, has encontrado un fósil. ¿Y?

—Que no es una forma fósil —exclamó Tomás arrastrando la descomunal concha fuera de su lecho de arena y roca—. Mira: aun tiene restos de carne. Está casi fresco.

—Vale. ¿Qué más?

—¿Como que «Qué más»? Los ammonites se extinguieron en el Devónico Medio, hace cosa de 400 millones de años. —La cara de Clara se asemejaba a la del propio Tomás cuando aquel físico empezó a hablarle de teoría de cuerdas y de cómo el portal de la anomalía podía demostrar la existencia de una hipersimetría en la séptima dimensión—. O se trata de un caso como el de los celecantos, que revolucionaría la zoología, o si no…

El sonido que habían oído en la jungla se repitió, aunque esta vez mucho más cerca, por el lado derecho de la orilla. Clara y Tomás se giraron para ver cómo una forma desproporcionada emergía de la espesura. Al contemplarla el geólogo notó como su pantalón se humedecía. Clara no reaccionó con la misma parálisis pasmada de su compañero. Se llevó el arma a las manos y quitó el seguro. Algo en su movimiento hizo detenerse a la montaña de pelo. La criatura alzo la cabeza, abriendo una boca negra de la que emergían dos impresionantes colmillos en espiral.

—Tomás. No te muevas. Ni un pelo.

El hombre ni siquiera se atrevía a respirar. Aquello no era un elefante: doblaba en tamaño a todos los que había visto. Además, estaba recubierto por completo de una melena oscura y lanuda. Tomás notó que en su cabeza daban vueltas de manera alocada tres palabras: «mamut, ammonite, Burgos». Trataba de conjugarlas, pero nada encajaba, nada que no implicara locura o algo tan aberrante como antinatural.

La anomalía.

De repente notó una mano sobre su hombro:

—Atrás. Con lentitud. Camina hacia atrás, siguiendo la orilla. Y no le des la espalda.

El tono de Clara resultaba tranquilo y suave.

«¿De qué está hecha esta mujer». La pregunta restalló en su mente, pero se obligó a dejarla a un lado y a obedecer.

Clara caminaba tal y como le había pedido, sin darle la espalda al mamut. Seguía esgrimiendo el rifle de una manera ostensible. Obligó a Tomás a caminar delante de ella, hacia la izquierda. La bestia les seguía al mismo ritmo lento, como si sintiera una mezcla de curiosidad y precaución.

Los dos exploradores siguieron avanzando por la orilla de ese mar imposible durante un rato. Poco a poco el mamut quedó detrás. La criatura no dejaba de mirarles, pero cada vez con lo que parecía menor interés.

En un momento dado, con el  mamut ya a un centenar de metros, Clara se detuvo.

—Creo que nos hemos librado, Tomás.

—¿Segura?

—¿Qué quieres decir?

En ese momento la mujer dejó de mirar al elefante lanudo y se volvió hacia donde señalaba el geólogo. A no más de dos metros, también cerca de la orilla, se desplegaba algo que parecía sacado de una película de terror: una gran extensión de terreno sembrada de huevos multicolores. Todos ellos tenían un tamaño sorprendente, algunos incluso de un metro de altura.

—¿Qué es esto?

—¡Una guardería, Clara! Una jodida guardería.

—Una… ¿guardería?

—Sí. Debemos salir de aquí. Y hacerlo rápido. Ya. Antes de que…

Un nuevo rugido —esta vez Tomás estuvo seguro de sí que se trataba de eso— emergió de las sombras de la jungla.

—Dios, que no sea tarde. Corre, Clara. Corre —gritó el geólogo partiendo por la orilla en dirección al mamut.

—Pero… ¿qué haces?

—Salvar la vida. Correr antes de que una de esas madres nos alcance.

La mancha de sus pantalones se había agrandado, pero eso no le impidió empezar un sprint.

El rugido se repitió. Las copas de los árboles de la linde de la selva se agitaron abriendo paso a una forma sacada de una pesadilla, toda ella escamas, colmillos y garras.

En ese momento la mujer comprendió lo que decía su compañero. Mejor enfrentarse a la curiosidad de un mamífero herbívoro antes que a la furia materna y ciega de un reptil capaz de destrozar un autobús con sus mandíbulas.

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