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El interrogatorio de la momia

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad.

Debo aclarar que el cuento que pongo aquí no coincide al 100 % con el de Literautas: una vez releído he visto unos pocos detalles mejorables, que he introducido. Como ya dije en su día, este relato tiene un par de relaciones con otros cuentos, como esteeste y este. Os recomiendo leerlos para sacare pleno jugo al texto.

No hay adiós.


Impotente, Simmonario propinó un puñetazo contra la pared. El cadáver, indiferente a su frustración, siguió farfullando:

—Les… avisé. Intenté… ayudarles. Pero… él no subió.

—Cálmate, Simmo. —Stoian apoyó una mano sobre su compañero—. Así no lograremos nada. Lo sabes.

Simmonario bufó y se miró la mano. Al menos no se la había roto. En su palma la Vol-gema seguía resplandeciendo. Arrojó una ráfaga de control hacia la momia. El cadáver se sacudió y durante un par de latidos su cháchara se aceleró.

—Se repite —comentó Stoian—. Que si el marinero no subió al barco, que si intentó convencerle de hacerlo, que si trató de prevenirles del mal que eso implicaba…

Los dos distorsionadores contemplaron los restos del hombre. Se trataba del único tripulante, por decirlo así, del derelicto. ¿Cuánto tiempo llevaba encerrado en aquella cámara de la bodega anegada de agua, rodeado de signos de protección? El bergantín apenas se mantenía a flote: sólo emergían sus mástiles y la proa.

—Una tormenta más y se hubiera hundido —había dicho el capitán Pontorii. De acuerdo a sus órdenes, exploraron la nave lo más rápido posible, rescatando lo poco que encontraron útil. Luego lo dejaron a la deriva.

—Stoian, seremos el hazmerreir de la Universidad: mira que no poder sacarle sus recuerdos ni a una momia mohosa…

—A ver, Simmo: lo envuelve un aura de aberración. —El distorsionador intentó activar los arpones. Las tres dagas etéreas resplandecieron durante un latido. En torno a ellas, envolviendo toda la momia, brilló un aura caleidoscópica—. No sé qué le ha pasado a este desgraciado, pero nunca he visto semejante manto de caos.

—Un jodido marinero —exclamó Simmonario alzando los brazos.

—Si quieres, repaso el estado de los veritarpones

—Hazlo. Por favor.

Stoian cerró la mano derecha. El resplandor de su gema de Voluntad le atravesó los dedos con un pulsar sosegado. La luz, con el poder que habitaba en ella, se derramó por su torrente sanguíneo.

—Todos correctos. Ensartados en corazón, cráneo y bazo. Inyección de flujos distor correcta.

Simmonario estaba a punto de subirse por las paredes.

—Pero no logramos sacarle información alguna a este mierda.

Su enfado parecía hincharlo. Stoian lo miró con tristeza.

—Bueno, tenemos algunos detalles importantes —dijo esbozando una sonrisa desganada—. Está eso de la grímpola. Ya sabes lo que significa.

—Sí, claro. Un mar-errante eterno. Pero esos desgraciados jamás se niegan a subir a una nave: hacen cualquier cosa con tal de mantenerse alejados de la tierra que les maldijo.

—No quiso… subir —murmuró la momia, como si escuchase al distorsionador.

Stoian miró al cuerpo. Hinchado, chorreante, resultaba difícil comprender cómo la carne había resistido la acción del agua del mar. «El aura de caos», dedujo. «Ha debido frenar la descomposición. O quizá las runas que le rodeaban».

—Eso es aún más raro —decía Simmonario—. ¿Un errante que no quiere embarcar? ¿Qué vio en el barco como para negarse?

—Algo. Y este desgraciado también debió notarlo. Fíjate, estaba tan aterrado que se encerró en la bodega rodeado de runas de protección. Eligió morir antes que salir.

Por la puerta del camarote se asomó Franci, el sobrecargo.

—Vamos a arribar a Efímera.

—Gracias —Simmonario miró a Stoian—. Noto su presencia: el hermano escarbador nos espera. Mierda.

—Mira, lo hemos intentado. No podemos hacer más.


Una figura de terrible color morado aguardaba en el atraque.

—Buenos días. Soy el hermano Estranvau.

—Salud, hermano —dijo Stoian invitando al escarbador a subir por la pasarela—. La momia está…

—¡Por todas las Gemas! —Estranvau había palidecido—. ¿Cómo habéis estado con eso? ¿No notáis el aura?

—Sí, el caos. Eso nos…

—¿Caos? Eso no es caos, hermano —escupió el escarbador—. Esa criatura rezuma Falacia: retuerce la Canción, distorsiona la Realidad. ¿Cómo pretendíais leer con simples veritarpones a un garokiano?

La lividez invadió a Simmonario y Stoian.

—Un garoki… ¿un prosélito de Garok, el Mentiroso?

—Sí. ¿Qué os ha dicho? Da igual: todo, absolutamente todo lo que os haya contado, es mentira. Falacias. Invenciones confeccionadas para ofuscar la verdad, para sembrar discordia, causar daño.

—¡Sagradas Gemas! Los signos de protección…

—Estaban dibujados hacia dentro —murmuró Simmonario con lentitud—. Hacia él.

—Contra él. —Ahora Estranvau sonreía—. Para defenderse de él. Le encerraron. Y abandonaron el barco. Le dejaron a su suerte.

—El marinero sí que debió subir al barco —murmuró Stoian—. Era él. Subió y con sus engaños trajo la maldición. Pero…

—¿Por qué? ¿Para qué?

Estranvau se infló:

—Hermanos, para eso estoy yo aquí.

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