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Libros Libres #04: Magia y hechicería

No hay hola.

Sé que llego tarde, pero mejor tarde que nunca. Hace unos días ha salido el último número de Libros Libres, el número 04.

Libros Libres nº 4

Libros Libres nº 4

En esta ocasión está dedicado a la magia y hechicería. No cuenta con un cuento mío, pero debéis haceros con él. No voy a repetir lo que ya dicen ellos: que existe una versión electrónica y gratuita en Lektu, y que podéis haceros con un ejemplar físico mandándoles un correo (es 1’5 € nada más).

Pero todo eso lo leeréis si accedéis al enlace que he puesto ahí arriba. Yo me limito a recordarlo. Y deciros otra vez (no será por falta de insistencia :P) que si compráis un ejemplar físico ayudáis a que se mantenga vivo (y que incluso crezca) el proyecto.

Venga, desde aquí os invito a descubrir este nuevo número. ¿Dónde? Pues solo debes seguir el enlace y acudir a la llamada.

No hay adiós.

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Aquella maldita marca

No hay hola.

Tal y como dije el mes pasado, envié dos relatos al V Certamen Walskium de microrrelato de terror y fantástico. Ya tenéis uno de los dos no ganadores. y mi preferido de ambos. Ahora os mando el segundo, inspirado directamente en la ilustración del certamen.

Le he dado un repaso, ya con más calma, para pulir algunos defectos. A ver si os gusta.

No hay adiós.


Incluso inmersa en llamas, aquella maldita marca persistía. ¿Podría hacerla desaparecer de alguna manera? ¿Nunca me libraría de ella?

Trabajo en para agencia inmobiliaria especializada en subastas, y desde que la vi en el catálogo interno supe que la casa era un autentico chollo. «Esta herencia no reclamada debe ser mía», pensé. Tres plantas sobre un acantilado; fachada principal mirando al Atlántico, bañada en esos ocasos mágicos de la Costa Da Morte. Estaba amueblada siguiendo un estilo indiano que, aunque decrépito, me enamoró.

Apenas hice cambios: modernizar la cocina, adaptar la instalación eléctrica… El resto, tras limpiar el polvo, lo dejé igual.


Nunca había bajado al sótano. La primera vez que lo hice, al pulsar el interruptor estalló la bombilla.

—Joder —exclamé. Sonreía: el detalle acentuaba la atmósfera de misterio.

Volví con una linterna. Al encenderla me encontré con un espacio diáfano, desnudo. Tierra prensada, nada más.

«Ni un puñetero trasto. Mejor».

Si el anterior dueño había dejado algo, la inmobiliaria había ordenado retirarlos antes de la venta.

Deslicé el haz. Justo en el centro del suelo había una vieja mancha oscura, de más o menos un metro cuadrado. Nada más.

Satisfecho, regresé arriba.


Los primeros días transcurrieron con normalidad. La casa quedaba lejos de la oficina, pero tenía mi ordenador y una buena conexión. Como catalogador podía hacer el grueso del trabajo desde el mirador, contemplando el paso de los barcos. Una delicia.

Lo peor eran las noches: escuchaba aullidos suaves pero agudos.

—La casa sobre el acantilado, peinando el viento con los aleros —dije para mí imitando la voz de Vincent Price.

Una madrugada salí a investigar. Me recibió una brisa suave. Tal y como esperaba, los sonidos provenían de las partes altas de la casa.

«Ya me acostumbraré».


En efecto, me hice a esa plañidera. Pero las molestias continuaron en forma de visiones extrañas. Nada concreto, sólo imágenes brumosas de algo descomunal, casi montañoso. Eso y la impresión de que me miraban. Que me miraban… desde abajo.

La inquietud nocturna aumentó, así como la sensación de acoso. Los Noctamid se juntaron a los Lexatim. Luego llegaron drogas más duras.

Las pesadillas se volvieron lúcidas. En ellas regresaba al sótano. Ya no estaba vacío: había una efigie en medio. Sobre una peana cúbica —de dimensiones que reconocía demasiado bien— se alzaba… algo. Agazapada, esa masa de tentáculos y alas me vigilaba.


Cierta noche, incapaz de soportar la tensión,  bajé al sótano. Prendí la luz. Por supuesto, allí no había ninguna estatua, solo la marca. Pero ahora sabía qué la había dejado: el pedestal.

Esa misma noche rastrillé el suelo. Luego cambié la tierra. No quedó huella alguna.

Una semana después la mancha había regresado. Mandé pavimentar el sótano con cemento. En vano: tras cinco días el cuadrado emergió


Los sueños me acosaban. Ella lo exigía: debía volver a erigir su altar. Si no… Tuve visiones del infierno que la criatura alojaba en sus entrañas.

«Yo te daré infierno», pensé.

En la cochera guardaba una lata de gasolina. En la cocina, cerillas.

Bajé al sótano. Sonriendo, derramé el combustible sobre la mancha cuadrada. Encendí el fósforo. Lo vi caer a cámara lenta, disfrutando. Las llamas estallaron, arrojándome un sopapo de calor.

—¡Arde, arde!

Hundí la mirada en el charco de fuego. Pero ahí seguía el cuadrado de oscuridad. Cada vez más negro, más… más tentador.

Escuché su llamada. Desde dentro.

Empecé a reír:

—¡No! ¡Yo gano!

El cuadrado brillaba. Primero en tonos verdes, luego azulados. Resplandecía preñado de estrellas plateadas.

Tentado, me acerqué.

«Oh. Es bello», pensé.

Me incliné… y resbalé hacia las llamas, hacia la mancha. Dentro de ella.

Allí me esperaba.

Ahora, maravillado y horrorizado ante lo que contiene la mancha, ni siquiera puedo gritar.

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