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Té rojo

No hay hola.

Voy a colgar en la web un relato tal cual como lo escribí hace cosa de quince años. Lo dicho: tal cual, sin cambiar una sola coma, sin corregir un solo error ni mejorar defecto alguno. No suelo hacer esto: cuando retomo un cuento antiguo lo vuelvo a pulir de cabo a rabo. Muchas veces la cosa acaba con una reescritura completa. Pero este no va a ser el caso. Lo voy a hacer de manera premeditada, todo a raíz del robo de un cuento mío, algo de lo que ya hablé hace unos días.

Años atrás me dijeron que, si en dos webs distintas hay el mismo contenido, Google es muy listo y las borra de sus registros.

Pues bien: voy a colgar mi texto de «Té rojo» tal y como lo escribí hace años, que en un 99 % es idéntico al de la tal Isis.desvelada, ladrona de cuentos. A ver si así Google hace que ambas entradas desaparezcan de sus índices.

Sé que puede sonar algo infantil, pero si lo consigo me doy con un canto en lo dientes. Ni para ti ni para mí, Isis.desvelada.

No hay adiós.

Entré por primera vez en aquel local durante una gélida y tormentosa noche de invierno, en la que las almas se encogían temerosas de la dentellada glaciar del viento. Tomé asiento en una esquina, oscura y recóndita, y pedí un té rojo. La camarera, una anciana de blanca piel -casi apergaminada- y de gesto adusto, regresó con un vaso de cristal tallado y una diminuta tetera: de su interior emanaba un fuerte e intenso aroma. La infusión, de sabor especial aunque con cierto matiz familiar, me hizo renacer.

Cuando la primavera desbordaba color ridiculizando mi existencia gris, regresé. El rincón me esperaba. Misma camarera, igual silencio, idéntico y soberbio té. Lo bebí inmerso entre las sombras, denso y herrumbroso líquido. Su lava recorrió mis venas y sentí cómo mi alma se coloreaba.

Agosto derretía los cuerpos cuando mi deambular me trajo de nuevo a la tetería. El sudor empapaba mi cuerpo, pegajosa manta que volvía todos mis movimientos lentos, reptilescos. No hubo palabras: mi asiento, mi mesa, mi esquina; la pálida mujer, la tetera y el vaso de cristal tallado. La tórrida bruma del té me desperezó, exorcizando el aturdimiento.

La campiña se disfrazaba de ocres elíseos cuando descendí los lóbregos escalones. La tristeza del otoño, volando de hoja en hoja, se había adueñado de mi espíritu. No pedí té: me limité a caminar hacia la barra y mirar a los ojos a la camarera. Ella, sin pronunciar palabra, escudriñó en mi alma. Tal y como esperaba, leyó aquello que yo temía decir: mi tiempo había concluido. Sonrió por primera vez, y temblé ante su mueca lasciva. Deslizó su mano hacia el vestido para descubrir un pecho mustio. Una uña, larga y negra como garra de pantera, trazó un arco rojo en la lívida piel. Así bebí otra vez su té: denso, cálido, intenso. Vida.

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