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El escollo final

No hay hola.

¡La caja, la caja!

¡La caja, la caja! Fuente.

Cuento redactado para el reto 41 de Inventízate III de ELDE. Primera y única vez que voy a participar en esa edición del Inventízate: apenas tengo tiempo para escribir microficciones. Ni siquiera para la segunda novela 😦 A ver si pasan los agobios.

Restricciones

  1. El relato debe tener tres onomatopeyas de categoría A y B (mínimo una de cada)..
  2. El/la protagonista debe despertar con una llave en la mano..
  3. Que aparezca la frase: “¿¡Qué hay en la caja?!”.

Palabras (máximo)

500

Comentarios

Ha recibido tres puntuaciones: 1, 7 y 9. Eso da una nota media de 5’6. Me hubiera gustado más, claro, pero menos da una piedra. Gracias a todos por los comentarios y por el esfuerzo de detectar los errores.

Dado que el lenguaje que he usado ha generado algunos problemas (de hecho, el 1 que me han plantado se debe más que nada a eso, que el lector no se ha enterado de nada), lo aclararé en una entrada posterior.

No hay adiós.

El filo hendió en la mejilla derecha con tal fuerza que partió en dos el maxilar superior y convirtió el inferior en un colgajo astillado.

«Glugluglú», borboteó la espiritrompa reducida a un harapo cianguinolento.

Pese a la herida, el suzargo no caía y seguía obstruyendo el paso. Sólo él me separaba de La Ofrenda. La veía tras él, a escasos padots. La mole rectangular fulguraba excitando mis ocelos, haciendo hervir mi linfa. ¿Qué nos habían regalado esta vez Los Altos? Nadie en la colmena lo sabía. Yo, como campeón trisenal, tenía que despejar el camino hasta ella y abrirla.

Aunque antes debía vencer al engendro. Como si no hubiera sentido mi golpe, la bestia proyectó su brazo derecho en un zarpazo descendente. Me revolví, me agaché. No bastó: la hoja siseó para acabar impactando contra un lateral de mi pronoto. La placa gimió, chirrió, pero no hubo crac alguno.

—Arf… —El gañido escapó a través de mis maxilas. Temblé ante aquella vergonzante muestra de debilidad.

El suzargo seguía resistiendo, más que ninguno otro antes. ¿Acaso…? Aquel presentimiento me hizo gritar:

—¡La caja! Maldito, ¡habla! ¡¿Qué hay en la caja?! ¡Lo sabes!

Él se limitó a alzarse sobre sus cuatro zancos. Pese a la herida, se pavoneaba:

—¡Aaaauuuu-gala-glá! —El aullido acabó con una tormenta de cianguinolentos escupitajos azules.

Desafiante, el suzargo desplegó los dos dalles en que acababan sus brazos superiores. Córneos y de filos aserrados, habían evolucionado para arrancar nuestra coraza de metalitina.

No me dejé impresionar: los jirones inferiores de su cabeza dibujaban una chorreante corbata cian sobre el cuello.

«Moría», pensé. «Y pronto. Pero…».

El suzargo se adelantó a mi pensamiento. Saltó con sus brazos dibujando dos espirales entrelazadas: más que golpear, las guadañas buscaban desgarrar mi exoesqueleto.

Aguardé al último momento. Solo entonces me deslicé a la izquierda. El torbellino gemelo acabó clavándose en la grava. Sin dudarlo hice descender mis dos alfanjes contra el guardián. La primera hoja se hundió en el lomo, la segunda acabó por decapitarlo.

Pero aquello no acabó con el condenado: su cerebro hiafásico reaccionó desatando una coz salvaje. Dos de sus pezuñas impactaron de lleno en mi tórax. Me encontré volando por los aires.

Entonces lo escuché. El chasquido recorrió todo mi cuerpo. El exoesqueleto había cedido.  Noté una punzada resplandeciente en el saco ventral. El terror se apoderó de mí: «¡La llave! ¡No puedo perderla!».

El impacto contra el suelo, brutal, aumentó el pavor. El marsupio se había desgarrado. Me tanteé el abdomen.

«¡No está!».

Aterrado, al borde del desmayo, palpé el suelo. Solo encontré polvo y terrones.

Aullé, sollocé. El dolor me ahogaba, pero seguí buscando, rastrillando, arañando, escarbando…

Perdí la consciencia.

Ignoro cuánto tiempo transcurrió. Desperté con el cadáver del suzargo a mi lado, helado; en mi mano, por algún milagro, la llave.

Dolorido, bendije a Los Altos y arrojé la señal de feromonas: «¡Camino despejado!». Repté los últimos padots hasta La Ofrenda. Solo me incorporé para abrirla. Croé satisfecho. Ya podía descansar: misión cumplida.

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Aquella maldita marca

No hay hola.

Tal y como dije el mes pasado, envié dos relatos al V Certamen Walskium de microrrelato de terror y fantástico. Ya tenéis uno de los dos no ganadores. y mi preferido de ambos. Ahora os mando el segundo, inspirado directamente en la ilustración del certamen.

Le he dado un repaso, ya con más calma, para pulir algunos defectos. A ver si os gusta.

No hay adiós.


Incluso inmersa en llamas, aquella maldita marca persistía. ¿Podría hacerla desaparecer de alguna manera? ¿Nunca me libraría de ella?

Trabajo en para agencia inmobiliaria especializada en subastas, y desde que la vi en el catálogo interno supe que la casa era un autentico chollo. «Esta herencia no reclamada debe ser mía», pensé. Tres plantas sobre un acantilado; fachada principal mirando al Atlántico, bañada en esos ocasos mágicos de la Costa Da Morte. Estaba amueblada siguiendo un estilo indiano que, aunque decrépito, me enamoró.

Apenas hice cambios: modernizar la cocina, adaptar la instalación eléctrica… El resto, tras limpiar el polvo, lo dejé igual.


Nunca había bajado al sótano. La primera vez que lo hice, al pulsar el interruptor estalló la bombilla.

—Joder —exclamé. Sonreía: el detalle acentuaba la atmósfera de misterio.

Volví con una linterna. Al encenderla me encontré con un espacio diáfano, desnudo. Tierra prensada, nada más.

«Ni un puñetero trasto. Mejor».

Si el anterior dueño había dejado algo, la inmobiliaria había ordenado retirarlos antes de la venta.

Deslicé el haz. Justo en el centro del suelo había una vieja mancha oscura, de más o menos un metro cuadrado. Nada más.

Satisfecho, regresé arriba.


Los primeros días transcurrieron con normalidad. La casa quedaba lejos de la oficina, pero tenía mi ordenador y una buena conexión. Como catalogador podía hacer el grueso del trabajo desde el mirador, contemplando el paso de los barcos. Una delicia.

Lo peor eran las noches: escuchaba aullidos suaves pero agudos.

—La casa sobre el acantilado, peinando el viento con los aleros —dije para mí imitando la voz de Vincent Price.

Una madrugada salí a investigar. Me recibió una brisa suave. Tal y como esperaba, los sonidos provenían de las partes altas de la casa.

«Ya me acostumbraré».


En efecto, me hice a esa plañidera. Pero las molestias continuaron en forma de visiones extrañas. Nada concreto, sólo imágenes brumosas de algo descomunal, casi montañoso. Eso y la impresión de que me miraban. Que me miraban… desde abajo.

La inquietud nocturna aumentó, así como la sensación de acoso. Los Noctamid se juntaron a los Lexatim. Luego llegaron drogas más duras.

Las pesadillas se volvieron lúcidas. En ellas regresaba al sótano. Ya no estaba vacío: había una efigie en medio. Sobre una peana cúbica —de dimensiones que reconocía demasiado bien— se alzaba… algo. Agazapada, esa masa de tentáculos y alas me vigilaba.


Cierta noche, incapaz de soportar la tensión,  bajé al sótano. Prendí la luz. Por supuesto, allí no había ninguna estatua, solo la marca. Pero ahora sabía qué la había dejado: el pedestal.

Esa misma noche rastrillé el suelo. Luego cambié la tierra. No quedó huella alguna.

Una semana después la mancha había regresado. Mandé pavimentar el sótano con cemento. En vano: tras cinco días el cuadrado emergió


Los sueños me acosaban. Ella lo exigía: debía volver a erigir su altar. Si no… Tuve visiones del infierno que la criatura alojaba en sus entrañas.

«Yo te daré infierno», pensé.

En la cochera guardaba una lata de gasolina. En la cocina, cerillas.

Bajé al sótano. Sonriendo, derramé el combustible sobre la mancha cuadrada. Encendí el fósforo. Lo vi caer a cámara lenta, disfrutando. Las llamas estallaron, arrojándome un sopapo de calor.

—¡Arde, arde!

Hundí la mirada en el charco de fuego. Pero ahí seguía el cuadrado de oscuridad. Cada vez más negro, más… más tentador.

Escuché su llamada. Desde dentro.

Empecé a reír:

—¡No! ¡Yo gano!

El cuadrado brillaba. Primero en tonos verdes, luego azulados. Resplandecía preñado de estrellas plateadas.

Tentado, me acerqué.

«Oh. Es bello», pensé.

Me incliné… y resbalé hacia las llamas, hacia la mancha. Dentro de ella.

Allí me esperaba.

Ahora, maravillado y horrorizado ante lo que contiene la mancha, ni siquiera puedo gritar.

Carne de mina

No hay hola.

Este fue uno de los dos relatos que mandé al V Certamen Walskium de microrrelato de terror y fantástico. Lo publico porque, como se ve, no quedó entre los elegidos.

Ilustración Y Certamen Walskium de MIcrorrelato de Terror y Fantástico

Ilustración Y Certamen Walskium de MIcrorrelato de Terror y Fantástico, a cargo de Iker Paz.

Este ‘Carne de mina’ no sé si catalogarlo de fantasía oscura o terror, o quizá de ciencia ficción oscura. Lo dejo a vuestra elección.

Pero si algo tengo claro eso es que el cuento está dedicado a todos esos trabajadores que día a día se juegan la vida por un jornal, y en especial a los mineros del carbón. Va por ellos.

No hay adiós.


El chorro negro impactó de lleno en la máscara de Jorge. El minero soltó el gatillo de la barrena e intentó zafarse, pero para entonces el sifón ya le había arrojado a tres brazas de distancia.

Entre una mezcolanza de aullidos humanos y mecánicos, las turbinas empezaron a soplar contra la pared.

—¡Fuga! ¡Una fuga!

—¡Rápido, saquémosle! —Li cogió a su amigo por los hombros. Logró alejarle del sifón, aunque para entonces el negrú ya se retorcía sobre la máscara filtradora.

—¡Aplicad tampón!

Un taponador corría hacia allí con el inyector entre las manos; a su espalda, el depósito enorme de fibrorresina.

El sistema de ventilación bramaba mientras generaba la atmósfera negativa. La presión de aire contra las paredes de la mina, junto al coagulante tampón, debería contener la filtración de protoplasma hambriento. El caos lo completaban los lamedores: recorrían la galería esquivando las piernas de los mineros y absorbiendo cualquier resto de negrú. La galería debería quedar limpia lo antes posible: la producción no podía cesar.

Li depositó a Jorge sobre un volquete medio lleno. Una vez al volante, puso rumbo hacia el elevador.

—No noté… nada —La máscara filtradora apagaba más aún la voz de Jorge—. Ni… menor señal…

—Calla.

Li observó los hilos de negrú. Fluían ávidos sobre el respirador. Sin dejar de conducir, enfocó su linterna sobre la unión entre la máscara y el mono. «Malditos recortes», pensó. «Necesitamos mejores equipos, con mejor estanqueidad». El negrú se acumulaba en la juntura. Li casi podía notar cómo empujaba para romper el sello.

—Tengo… calor.

—Ya pasará, amigo. En cuanto salgamos.

Jorge tosió. El esputo quedó retenido en la cánula del respirador.

—Intenta relajarte. Queda poco.

—Calor. Mucho…

Li apretó el acelerador, pero el volquete no podía ir más rápido. La luz de su sirena oscilaba —roja, amarilla, roja— sobre las paredes incendiándolas con un fuego fantasmal y agorero.

Decidió tomar un atajo: una galería antigua, casi exhausta. Allí apenas había barrenadores. Los pocos que encontraron desviaban la mirada ante la negrura gelatinosa adherida al cuerpo de Jorge.

Una señal indicó la proximidad del pozo.

—Queda poco. Aguanta. —Li volvió a enfocar con la linterna a su amigo. Tras las ventanas oculares de la máscara, Jorge pestañeó. Movía con lentitud unos ojos apagados, lánguidos.

«Maldita sea».

Llegaron al pozo. La jaula no estaba y el indicador de nivel llevaba meses roto. Cerca de ahí un compañero, linterna en mano, revisaba el contenido de una vagoneta.

—¿Donde está la grillera?

—Si no me equivoco, por el trescientos.

«Apenas cincuenta niveles por encima».

—Perfecto.

—Pero en ascendente, amigo.

Aquello anuló las esperanzas de Li. El elevador no volvería a descender hasta salir a superficie.

—Por todo lo… —Las palabras escaparon de sus labios crispados. Miró horrorizado a Jorge. El otro minero le imitó. Acercó su luz y estudió al yacente. Tras un instante de duda, incidió el haz justo sobre el visor.

—Está asimilado. Lo siento —Sonaba indiferente—. No le dejarán subir: ya es carne de mina.

Tragando saliva, Li admitió la verdad: el nigrú había atravesado el sello e invadía a Jorge. Sí, ahí estaba. Lo vio rodeando los ojos, adentrándose bajo los párpados. Devorando, diluyendo a su amigo.

—Calor… —musitó Jorge, débil.

—Tranquilo, amigo: pasará.

Pidió ayuda al otro minero. Juntos descorrieron la verja del pozo. Incluso dentro del mono notaron la corriente abrasadora que ascendía desde el fondo. En silencio, colocaron a Jorge al borde de la sima.

—Por favor, perdóname —imploró a su amigo—. Perdóname… y no regreses por mí.

Lo arrojaron a la oscuridad.

—Debo regresar —dijo Li, vacío—. Hay trabajo.

El interrogatorio de la momia

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad.

Debo aclarar que el cuento que pongo aquí no coincide al 100 % con el de Literautas: una vez releído he visto unos pocos detalles mejorables, que he introducido. Como ya dije en su día, este relato tiene un par de relaciones con otros cuentos, como esteeste y este. Os recomiendo leerlos para sacare pleno jugo al texto.

No hay adiós.


Impotente, Simmonario propinó un puñetazo contra la pared. El cadáver, indiferente a su frustración, siguió farfullando:

—Les… avisé. Intenté… ayudarles. Pero… él no subió.

—Cálmate, Simmo. —Stoian apoyó una mano sobre su compañero—. Así no lograremos nada. Lo sabes.

Simmonario bufó y se miró la mano. Al menos no se la había roto. En su palma la Vol-gema seguía resplandeciendo. Arrojó una ráfaga de control hacia la momia. El cadáver se sacudió y durante un par de latidos su cháchara se aceleró.

—Se repite —comentó Stoian—. Que si el marinero no subió al barco, que si intentó convencerle de hacerlo, que si trató de prevenirles del mal que eso implicaba…

Los dos distorsionadores contemplaron los restos del hombre. Se trataba del único tripulante, por decirlo así, del derelicto. ¿Cuánto tiempo llevaba encerrado en aquella cámara de la bodega anegada de agua, rodeado de signos de protección? El bergantín apenas se mantenía a flote: sólo emergían sus mástiles y la proa.

—Una tormenta más y se hubiera hundido —había dicho el capitán Pontorii. De acuerdo a sus órdenes, exploraron la nave lo más rápido posible, rescatando lo poco que encontraron útil. Luego lo dejaron a la deriva.

—Stoian, seremos el hazmerreir de la Universidad: mira que no poder sacarle sus recuerdos ni a una momia mohosa…

—A ver, Simmo: lo envuelve un aura de aberración. —El distorsionador intentó activar los arpones. Las tres dagas etéreas resplandecieron durante un latido. En torno a ellas, envolviendo toda la momia, brilló un aura caleidoscópica—. No sé qué le ha pasado a este desgraciado, pero nunca he visto semejante manto de caos.

—Un jodido marinero —exclamó Simmonario alzando los brazos.

—Si quieres, repaso el estado de los veritarpones

—Hazlo. Por favor.

Stoian cerró la mano derecha. El resplandor de su gema de Voluntad le atravesó los dedos con un pulsar sosegado. La luz, con el poder que habitaba en ella, se derramó por su torrente sanguíneo.

—Todos correctos. Ensartados en corazón, cráneo y bazo. Inyección de flujos distor correcta.

Simmonario estaba a punto de subirse por las paredes.

—Pero no logramos sacarle información alguna a este mierda.

Su enfado parecía hincharlo. Stoian lo miró con tristeza.

—Bueno, tenemos algunos detalles importantes —dijo esbozando una sonrisa desganada—. Está eso de la grímpola. Ya sabes lo que significa.

—Sí, claro. Un mar-errante eterno. Pero esos desgraciados jamás se niegan a subir a una nave: hacen cualquier cosa con tal de mantenerse alejados de la tierra que les maldijo.

—No quiso… subir —murmuró la momia, como si escuchase al distorsionador.

Stoian miró al cuerpo. Hinchado, chorreante, resultaba difícil comprender cómo la carne había resistido la acción del agua del mar. «El aura de caos», dedujo. «Ha debido frenar la descomposición. O quizá las runas que le rodeaban».

—Eso es aún más raro —decía Simmonario—. ¿Un errante que no quiere embarcar? ¿Qué vio en el barco como para negarse?

—Algo. Y este desgraciado también debió notarlo. Fíjate, estaba tan aterrado que se encerró en la bodega rodeado de runas de protección. Eligió morir antes que salir.

Por la puerta del camarote se asomó Franci, el sobrecargo.

—Vamos a arribar a Efímera.

—Gracias —Simmonario miró a Stoian—. Noto su presencia: el hermano escarbador nos espera. Mierda.

—Mira, lo hemos intentado. No podemos hacer más.


Una figura de terrible color morado aguardaba en el atraque.

—Buenos días. Soy el hermano Estranvau.

—Salud, hermano —dijo Stoian invitando al escarbador a subir por la pasarela—. La momia está…

—¡Por todas las Gemas! —Estranvau había palidecido—. ¿Cómo habéis estado con eso? ¿No notáis el aura?

—Sí, el caos. Eso nos…

—¿Caos? Eso no es caos, hermano —escupió el escarbador—. Esa criatura rezuma Falacia: retuerce la Canción, distorsiona la Realidad. ¿Cómo pretendíais leer con simples veritarpones a un garokiano?

La lividez invadió a Simmonario y Stoian.

—Un garoki… ¿un prosélito de Garok, el Mentiroso?

—Sí. ¿Qué os ha dicho? Da igual: todo, absolutamente todo lo que os haya contado, es mentira. Falacias. Invenciones confeccionadas para ofuscar la verdad, para sembrar discordia, causar daño.

—¡Sagradas Gemas! Los signos de protección…

—Estaban dibujados hacia dentro —murmuró Simmonario con lentitud—. Hacia él.

—Contra él. —Ahora Estranvau sonreía—. Para defenderse de él. Le encerraron. Y abandonaron el barco. Le dejaron a su suerte.

—El marinero sí que debió subir al barco —murmuró Stoian—. Era él. Subió y con sus engaños trajo la maldición. Pero…

—¿Por qué? ¿Para qué?

Estranvau se infló:

—Hermanos, para eso estoy yo aquí.

La cornucopia

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad.

Se trata de un nanocuento ‘navideño’. Admito su falta de originalidad: en cuanto tuve el primer borrador me vino a la memoria La niebla, de John Carpenter. Pese a todo se ve que a alguno le ha sorprendido, lo que dice que no conocen la película, nada más.

No hay adiós.


Al fin, en la cuarta navidad, tuvieron algo que celebrar. Los arrecifes que circundaban la isla les regalaron una cornucopia de objetos desmadejados: abrigos empapados, reducidos a jirones; vestidos enjoyados de algas y conchas; también calzado y enseres varios. Incluso latas abolladas y alguna botella intacta.

Lo desecharon todo.

Carne: necesitaban carne con la que variar su dieta.

De repente, asomando bajo una vela desgajada, vieron una sandalia con su respectivo pie. Tras ella, una pierna mordisqueada por tiburones.

—Aleluya —gritaron, recogiendo con alegría el regalo del barco.

—Ya sabemos hacerlo —dijo uno—. El próximo naufragio nos saldrá mejor.

El rugido en la espesura – #EdiLega2018

No hay hola.

Ayer se celebró el 1º Encuentro de Creativos y Profesionales de la Edición y Publicación – #EdiLega2018. Me pasé por la mañana para saber qué se cocía en ese evento, además de para conocer a algunas personas. Tras poner cara al responsable de Libros Libres, así como al de la asociación Página en Blanco, pude disfrutar de la charla de Desireé Bressend dedicada a eso que se llama transmedia.

Pero antes de la charla, y acompañado tanto de Ángel como de un dibujante (que me perdone pero al final se me olvidó anotarme su nombre, y eso que me quedé alucinado con su trabajo, sobre todo el hecho a bolígrafo. Tenía apellido navarro, de eso sí que me acuerdo Ya lo conseguí encontrar: se llama Felipe Arambarri, y aquí uno de los ejemplos de dibujo a boli que me dejó anonadado), participé en un breve juego de escritura ‘en vivo’. ¿De qué va eso? Pues de que te plantean unos temas aleatorios y debes escribir algo en unos cinco minutos. Los temas aleatorios los eligió Ángel con unos dados: ammonite, mamut y nido con huevos. Con eso debía escribir algo.

Soy de mente algo cuadriculada, así que al principio en mi cabeza no me entraba cómo narices juntar criaturas tan dispares (y me refiero sobre todo a ammonites y a mamuts).

Mientras no lograba poner una sola palabras sobre el papel, veía cómo el dibujante trazaba más y más lineas sobre el folio.

Mierda.

Pero al fin se me ocurrió algo… y cuando llevaba garrapateado con mi letra horrible una cara de folio nos recordaron que empezaba la charla de Desireé. Con las prisas me dejé el folio sobre la mesa. Y ya al salir ni me acordé de ello.

Total, que hoy, que he encontrado un pequeño tiempo libre, he tirado de memoria y he tratado de recuperar el relato abandonado. Aquí lo tenéis, apenas editado: se puede decir que lo que leéis aquí está escrito a vuelapluma (salvando las horas pasadas entre ayer y ahora, en las que no ha hecho nada de escritura, lo juro), con todo lo bueno y lo malo que ello tiene.

Espero que os guste un poco.

No hay adiós.


Un rugido brotó en la jungla. Tomás se volvió hacia la dirección de la que provenía, a la derecha, pero la niebla que anegaba la espesura le impidió ver nada.

—¡Por todos los…! —exclamó mientras amartillaba su rifle automático. Sus ojos desorbitados recorrieron la caótica masa de troncos, ramas y liana que le rodeaba, pero la gasa de vapor apenas les permitía ver unos metros más allá de su posición.

—Tranquilo, hombre. Si no me equivoco se debe tratar de un elefante.

—¿Ese rugido?

—No era un rugido. Se trataba de un «barrito» —explicó Clara con seguridad. No había movido el subfusil de su posición inicial, colgado a su espalda. La mujer siguió avanzando con calma por entre la foresta. Apartaba de su camino lianas y enormes hierbajos con golpes resueltos de su machete. Tomás la observaba sus movimientos fluidos y seguros admirado. Y, por qué negarlo, excitado.

—¿Un «barrito»? ¿Eso qué es? ¿Un bar pequeño?

—Idiota. Sí, Tomás: un «barrito». —Clara se detuvo y se volvió hacia su compañero—. Los elefantes no rugen, sino que barritan. Ambos sonidos se diferencian con mucha facilidad.

—Perdone su excelencia…

—Menos sorna y más atento a lo nos encontramos.

Tomás se dio cuenta del ligero desprecio que subyacía en la mirada de la mujer. Ese detalle no le agradó. Informaría de ello cuando regresaran. No por haber estado en la anomalía más veces que él se podía permitir tratar así al resto del personal, menos a alguien como él, personal especialista.

—Sigamos —dijo la rubia ignorando al geólogo, y continuó adentrándose entre la maleza sin molestarse en mirar atrás. Tomás sacudió la cabeza de nuevo contrariado, pero se apresuró a seguir los pasos de la experta en supervivencia.

Al cabo de un tiempo llegaron a una zona donde la espesura clareaba, como si la jungla se agitase ante su propia intensidad y exuberancia.

—Llegamos a terreno despejado —anunció Clara. Tomás agradeció el cambio de terreno con bufido sonoro.

Durante el tiempo dedicado a atravesar la selva se había escuchado un par de veces más aquel sonido. El «barrito», según Clara: para Tomás un rugido aterrador. El hombre esperaba que fuera de ella al menos dejaran atrás a la criatura que lo profería. No se imaginaba a ningún elefante normal capaz de producir semejante sonido.

Más allá de la frontera de la jungla se abría un terreno despejado cubierto de yerba vigorosa. Les llegaba casi a la cintura. Poseía un color verde vivo, salpicado de vetas longitudinales de un precioso morado. La niebla parecía amarrada a la jungla, de tal manera que cuanto más se alejaban de la masa de árboles menos densa era la nube. Unos metros más allá se deshacía del todo para descubrir un horizonte se perdía en una línea perfecta y azul oscuro.

—¡Un mar! ¡Imposible, pero si estamos en Burgos!

—Joder, Tomás. ¿Pero es que no te das cuenta de que la anomalía lo cambia todo? Olvida que la base está en Burgos y haz tu trabajo: intenta arrancar algo que nos permita saber adónde demonios lleva este desgarro.

La piel del geólogo un tono casi a juego con las vetas de las hierbas. Pese a ello no dijo nada y se limitó a avanzar hasta la orilla. Se encontró con una playa en su mayor parte pedregosa. Solo encontró arena al escarbar un poco con la culata del arma. «Suelo antiguo», pensó, mientras su cerebro empezaba a analizar el tipo de roca, su forma, rugosidad…

De repente la culata se topó con algo inesperado: bajo una muy fina capa de roca, apenas enterrado, había una forma circular y calcárea. La descubrió del todo y se encontró ante una especie de rueda espiral, resplandeciente y lustrosa, que se cerraba sobre sí misma.

—¡Imposible!

—¿Qué pasa?

—Esto es… esto es ¡un ammonite!

—Vale, has encontrado un fósil. ¿Y?

—Que no es una forma fósil —exclamó Tomás arrastrando la descomunal concha fuera de su lecho de arena y roca—. Mira: aun tiene restos de carne. Está casi fresco.

—Vale. ¿Qué más?

—¿Como que «Qué más»? Los ammonites se extinguieron en el Devónico Medio, hace cosa de 400 millones de años. —La cara de Clara se asemejaba a la del propio Tomás cuando aquel físico empezó a hablarle de teoría de cuerdas y de cómo el portal de la anomalía podía demostrar la existencia de una hipersimetría en la séptima dimensión—. O se trata de un caso como el de los celecantos, que revolucionaría la zoología, o si no…

El sonido que habían oído en la jungla se repitió, aunque esta vez mucho más cerca, por el lado derecho de la orilla. Clara y Tomás se giraron para ver cómo una forma desproporcionada emergía de la espesura. Al contemplarla el geólogo notó como su pantalón se humedecía. Clara no reaccionó con la misma parálisis pasmada de su compañero. Se llevó el arma a las manos y quitó el seguro. Algo en su movimiento hizo detenerse a la montaña de pelo. La criatura alzo la cabeza, abriendo una boca negra de la que emergían dos impresionantes colmillos en espiral.

—Tomás. No te muevas. Ni un pelo.

El hombre ni siquiera se atrevía a respirar. Aquello no era un elefante: doblaba en tamaño a todos los que había visto. Además, estaba recubierto por completo de una melena oscura y lanuda. Tomás notó que en su cabeza daban vueltas de manera alocada tres palabras: «mamut, ammonite, Burgos». Trataba de conjugarlas, pero nada encajaba, nada que no implicara locura o algo tan aberrante como antinatural.

La anomalía.

De repente notó una mano sobre su hombro:

—Atrás. Con lentitud. Camina hacia atrás, siguiendo la orilla. Y no le des la espalda.

El tono de Clara resultaba tranquilo y suave.

«¿De qué está hecha esta mujer». La pregunta restalló en su mente, pero se obligó a dejarla a un lado y a obedecer.

Clara caminaba tal y como le había pedido, sin darle la espalda al mamut. Seguía esgrimiendo el rifle de una manera ostensible. Obligó a Tomás a caminar delante de ella, hacia la izquierda. La bestia les seguía al mismo ritmo lento, como si sintiera una mezcla de curiosidad y precaución.

Los dos exploradores siguieron avanzando por la orilla de ese mar imposible durante un rato. Poco a poco el mamut quedó detrás. La criatura no dejaba de mirarles, pero cada vez con lo que parecía menor interés.

En un momento dado, con el  mamut ya a un centenar de metros, Clara se detuvo.

—Creo que nos hemos librado, Tomás.

—¿Segura?

—¿Qué quieres decir?

En ese momento la mujer dejó de mirar al elefante lanudo y se volvió hacia donde señalaba el geólogo. A no más de dos metros, también cerca de la orilla, se desplegaba algo que parecía sacado de una película de terror: una gran extensión de terreno sembrada de huevos multicolores. Todos ellos tenían un tamaño sorprendente, algunos incluso de un metro de altura.

—¿Qué es esto?

—¡Una guardería, Clara! Una jodida guardería.

—Una… ¿guardería?

—Sí. Debemos salir de aquí. Y hacerlo rápido. Ya. Antes de que…

Un nuevo rugido —esta vez Tomás estuvo seguro de sí que se trataba de eso— emergió de las sombras de la jungla.

—Dios, que no sea tarde. Corre, Clara. Corre —gritó el geólogo partiendo por la orilla en dirección al mamut.

—Pero… ¿qué haces?

—Salvar la vida. Correr antes de que una de esas madres nos alcance.

La mancha de sus pantalones se había agrandado, pero eso no le impidió empezar un sprint.

El rugido se repitió. Las copas de los árboles de la linde de la selva se agitaron abriendo paso a una forma sacada de una pesadilla, toda ella escamas, colmillos y garras.

En ese momento la mujer comprendió lo que decía su compañero. Mejor enfrentarse a la curiosidad de un mamífero herbívoro antes que a la furia materna y ciega de un reptil capaz de destrozar un autobús con sus mandíbulas.

Desde mi refugio os siento pasar

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad.

Aquí están los requisitos del ejercicio.

No hay adiós.


El dolor de piernas empezaba a hacérsele tan insoportable como la falta de aire fresco. Intentando no hacer ruido, Miguel se revolvió dentro del arcón congelador hasta encontrar una postura menos incómoda. Al estirar la pierna derecha sintió un hormigueo ardiente del muslo al pie. Dolía. Seguía vivo.

Olé.

Siempre había sido el más bajo: en el colegio, en la universidad, en la oficina… El pequeñajo, objeto de bromas. Ahora, por primera vez en su vida, se alegraba de su escaso metro y medio. Su talla le había salvado, permitiéndole meterse en el arcón y cerrar el portón sobre él.

Pero necesitaba respirar.

Estiró el cuello. La barra de la palanqueta abría una ranura ínfima en la goma aislante de la juntura. Acercó la nariz. Apenas entraba aire, pero se obligó a sentirse satisfecho. Antes de volver a descansar tiró de la palanqueta. Seguía firme, el garfio bloqueando la apertura del portón. No lo abrirían. Al menos no sin pelear.

Sin pelear.

Marta había peleado, pero le sirvió de poco. Si no se hubiera refugiado allí…

Entraron en la tienda de improviso, silenciosos y hambrientos. Marta, en su atolondramiento, tuvo la brillante idea de meterse en un expositor vertical, de esos altos como jugadores de baloncesto. El armario, tan saqueado como el arcón, brindaba una protección de fácil acceso.

Pero era un escondite vertical. Vertical. Marta pagó caro ese error.

El sol agonizaba. Con el ocaso, la tienda de la gasolinera quedó sumida en una paleta de brochazos rojizos. Al menos esa luz disimularía la rúbrica final de Marta.

Miguel esperaba.


Uno de ellos se detuvo ante el arcón. Delgado y con gesto cariacontecido, tenía los labios maquillados con un carmín salvaje. Miguel sabía que ninguna tienda de cosmética vendía uno igual. ¿Le habría arrebatado el color a Marta?

El payaso manoseó el cristal del portón, pero en su ansia estúpida no comprendía que el arcón se abría tirando del asa hacia arriba, hacia él. El idiota hambriento sólo sabía empujar, lanzar adelante su mano destrozada.

El cristal resistió, el espectro se cansó y Miguel respiró aliviado.

Sí, él resistía. Marta… lo intentó durante bastante tiempo, de pie, en su armario. Debía verlos deambular por la tienda. ¿Se le plantó alguno delante? ¿Tuvo que mantener una de esas miradas ciegas, apenas separados por el cristal?

Encerrado en el arcón, Miguel no pudo ver lo que pasaba. Escuchó y dedujo. O imaginó. Marta, emparedada y sin ningún apoyo cómodo, debió ver con horror cómo sus fuerzas se diluían junto con sus nervios. Al final, agotada e histérica, abrió la puerta. Intentó correr, seguro, pero debieron fallarle las piernas adormecidas. Luego sucedió. A pesar de las paredes del arcón, Miguel escuchó los gritos. Marta aulló, suplicó, maldijo; ellos no querían palabras, sino algo más sustancial. El silencio llegó a modo de bendición.


La noche sumergió la gasolinera en un mar de sombras surcadas por más sombras. Caminaban, husmeaban, gruñían, pero no se iban. Encogido en su madriguera, Miguel esperó. En algún momento la tienda se vaciaría. Entonces correría como alma en pena. El coche seguía afuera. Lo arrancaría y saldría zumbando lejos, a buscar un refugio mejor.

Pero antes debía salir del arcón. Y para hacerlo ellos debían irse.


El estampido le sacó del duermevela. Luego otro, y otro. Un torrente de luz inundó la tienda.

«¡Electricidad!», pensó Miguel, maravillado.

Un nuevo estallido: un abanico púrpura sucio cubrió el cristal del arcón. Entre los regueros asomó un rostro sonriente.

—Por dios bendito, mirad lo que hay dentro del congelador.

Miguel boqueó, sorprendido. El hombre apoyó en su hombro el cañón de la escopeta repetidora.

—Amigo, ¿cuánto llevas ahí? Bueno, da igual. —Tendió una mano hacia el arcón—. Permíteme.

Agarró el extremo ganchudo de la palanqueta. Miguel, al borde de la carcajada, soltó la herramienta y dejó que el recién llegado se la llevara.

—Gracias, amigo —dijo el hombre.

Sopesó la herramienta y, con un gesto fluido, la clavó con fuerza, a modo de cuña, en la ranura del portón. El arcón quedó bloqueado. Los ojos de Miguel bailaron de la herramienta al extraño y de regreso a la palanqueta.

—Pepe, avisa a los demás.

Tras decir eso, el extraño se volvió hacia Miguel y murmuró a través del cristal:

—Tranquilo, no te dolerá. Te lo aseguro.

Deslizó la mano por un lateral del congelador. Miguel escuchó un zumbido junto a su cabeza. Pocos minutos después sintió frío. El arcón no estaba ni roto ni saqueado: solo esperaba recibir una nueva remesa.

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