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De celeridades y otras desgracias

No hay hola.

Bueno, este mes pasado no pude participar en los talleres por falta de tiempo. Eso implica no disponer de cuentos que colgar en el blog, ni con ningún ‘Acerca de’. Para cubrir esos huecos aquí os dejo un texto que ha quedado libre de derechos hace cosa de un año. El cuento, un poco viejo, tiene su origen en el primer taller de relato corto en el que participé, y con diferencia el más serio y útil. De uno de los ejercicios, bajo la premisa de ‘la vi pasar con prisa’, surgió este ‘De celeridades y otras desgracias’. Supone un nuevo regreso a una temática que desde crío me ha llamado la atención: la mitología judeocristiana. El cuento en su día le gustó al profesor, si bien noté que le había dejado descolocado: supongo que el mensaje interno no acaba de agradar a un cristiano creyente.

Tras varios años de permanecer en el olvido, el cuento (revisado y ampliado) formó parte de la primera recopilación de la ya extinta Editorial Argonautas. Dado que los derechos de la editorial estaban reservados hasta 2017, ya lo puedo colgar aquí sin problemas.

Espero que os guste.

No hay adiós.


Saludos.

No puedes traspasar este umbral: al palacio sólo acceden los Elegidos y los Principales.

¿Cómo? ¿Ignoras dónde estás? Empecemos por saber adónde quieres ir.

¿Tampoco lo sabes? Pero, ¿cómo has llegado aquí?

¿Ni siquiera estás seguro de eso? ¿Cómo puedes estar tan perdido? A ver, dime lo último que recuerdas.

¿Que te acostaste en tu lecho y despertaste ahí fuera, en la pradera del otro lado del muro? Lo que dices carece de sentido.

Acércate un poco que te pueda contemplar mejor. Más, que esta noche no hay luna y mis ojos no son lo que eran. ¡Pero si aun estás en la flor de la vida! ¿Qué haces aquí?

¿Y toda esta multitud que te sigue? ¡Pero si casi todos son críos!

Esto no tiene sentido, ningún sentido. A menos que… espera. ¡Alabado sea nuestro Señor! Tus rasgos, tu piel morena… Déjame ver tu shenti: de lino de la mejor calidad, y con bordados en oro. Además tu nemes, aunque pequeño posee incrustaciones de lapislázuli. Perteneces a la nobleza, sin duda. ¡Por todo lo sagrado! Eres el hijo del…

Ahora lo entiendo: tu presencia y la de tu séquito. Y los rumores. Por el Poder bajo el domo, ¡los rumores!

Todo encaja.

Eso explica la manera tan apresurada en que Ella salió de palacio, y el torrente de sensaciones imposibles que me provocó al pasar a mi lado.

Y lo que vi en sus ojos.

Creerás que desvarío. No me comprendes, ¿verdad? Lo mejor será que os cuente lo que he visto esta mañana. No justificará el porqué estáis aquí, pero ojalá sirva para evitar que la culpéis: al fin y al cabo Ella sólo obedece órdenes. Recordadlo, por favor: Ella no tiene la culpa de nada, sólo acata lo que el Poder manda.

Venga, salgamos al exterior del recinto. Eso, en la pradera entramos todos sin problemas. Ale, sentaos a mi alrededor.

¿Por dónde puedo empezar? Quizá por aquello que me llamó la atención en un primer momento, lo que me hizo notar que algo extraño estaba sucediendo: esta mañana salió del palacio deprisa. Muy deprisa. Y la forma en la que lo hizo… Me atemorizó, me dejó paralizado.

Sí, suena ridículo: sentir miedo porque Ella camine rápido. Pero vosotros no visteis la manera en que lo hizo. Tampoco la conocéis, todavía no tenéis ni idea de la disciplina tan severa a la que se ha sometido desde siempre. Lo hace con el único objetivo de no exteriorizar los sentimientos. O de que eso sucediera las menos de las veces. Sí, se somete a sí misma a una rutina poco menos que maquinal. Nada ni nadie altera su forma de proceder. Siempre constante, siempre segura. Una de sus normas no escritas reza “nunca correr”: hay tiempo para todo, y todo tiene su tiempo.

Sin embargo esta mañana sucedió algo que la hizo… no me atrevo a usar la palabra “huir” porque, ¿qué podría hacerla huir a Ella? No me lo hubiera podido imaginar. Aunque ahora que os veo, ahora que asocio vuestra presencia a los rumores…

Cuando pasó tenía un aspecto extraño. Jamás la he visto así. Diría que avanzaba insegura, casi indefensa. Desvalida. Creo que esa palabra encaja a la perfección con cómo la vi: desvalida.

Como os he dicho verla así me afectó tanto como para dejarme paralizado de horror. Y eso que la conozco desde más tiempo del que podáis imaginar.

Eso ocurrió esta mañana, poco después del amanecer. Ahora, cuando un nuevo día está a punto de nacer, os tengo aquí ante mí.

Os noto tensos, dubitativos. Normal. No sé cómo puedo tranquilizaros. Aunque tampoco está en mi mano hacerlo: yo sólo aguardo aquí, en mi garita ante la puerta del recinto palaciego, vigilando que sólo entre quien tiene derecho a ello. Una tarea monótona y aburrida, sí, pero viendo vuestros ojos llenos de temor, agradezco esa falta de responsabilidad.

Alguien os explicará el porqué de vuestro destino. Yo no.

Creedme: todo tiene su sentido. Siempre. Todo está justificado, orientado a alcanzar un final apropiado y maravilloso. Aunque ahora resulte difícil de entender o creer.

Vuestros ojos os delatan: buscáis un culpable y vais a hacer recaer en ella todo el peso de vuestra situación. No lo hagáis: eso no sería justo. Bastante tiene con su carga, ya de por sí ingrata, como para que vosotros se la echéis en cara.

Por favor, escuchad lo que os voy a contar. Dejadme explicaros lo que vi. Seguro que una vez me hayáis escuchado la comprenderéis.

Los de ahí atrás, ¿me oís? Bien.

Yo estaba en mi puesto. Faltaba muy poco para el alba y todo indicaba que el día iba a transcurrir con total normalidad. Vuestra amada Sothis relumbraba reinando en el cielo nocturno. Bajo la cúpula que marca el corazón del palacio –allí al fondo lo podéis ver, aquel domo de oro con una constelación de diamantes engarzados– la reunión de los Principales aguardaba las órdenes del Poder. Por supuesto, entre los Principales se encontraba Ella. Como todos los días, justo antes del amanecer, el Poder reparte las comandas. Jamás he estado en esa sala, pero sé a la perfección lo que ocurre tras la maciza puerta de marfil: los Principales escuchan las órdenes, las interiorizan y, tras las obligadas alabanzas y jaculatorias parten para cumplirlas. Después la reunión se disuelve.

Esta mañana, como cualquier otra, Ella se debió levantar de su escaño, cubrió su rostro con la cogulla y, sin pronunciar palabra (nunca escucharéis escapar de sus labios pero o queja alguna) salió de la sala. De entre todos los Principales Ella es la que con más rapidez parte a cumplir las órdenes. El resto suelen quedarse un poco a comentan las órdenes formando corrillos. Sin embargo Ella rehúye esas conversaciones y, humilde y sumisa, se limita a cumplir su trabajo.

Al llegar ante la puerta de la sala de juntas su mano debió ondear un saludo al pregonero. Le conozco (no por nada pertenecemos al mismo gremio, lo que nos brinda un vínculo esencial) y me lo ha comentado más de una vez: Ella, a diferencia del resto de Principales, siempre le dedica un gesto de reconocimiento. El pregonero ha debido devolverle el saludo con una inclinación la cabeza llena de respeto (los comentarios de conmiseración quedan reservados a conversaciones más íntimas, entre otros miembros del gremio. Confío en que sepáis guardarme este pequeño secreto, chicos. ¿Lo haréis? Muy bien).

Tras devolver el saludo, cuando Ella apenas hubiera salido del salón, el pregonero procedió a cumplir su misión: se llevó la trompeta a los labios y sopló. Las notas empezaron a sonar propagándose por toda la ciudad. Mientras tanto Ella ya ha iniciado su recorrido a través de las incontables estancias del palacio.

El toque dorado de la trompa cruzó salas, habitaciones y jardines. La escuché sonar sobre mí, rebasar el muro, recorrer esta misma pradera para luego empezar a recorrer las calles. Visitó casas, tiendas y almacenes hasta llegar a las almenas de la muralla. Allí la nota vibró con especial intensidad: a fin de cuentas es el salvoconducto que permite al sol asomarse sobre el horizonte. Como respuesta un primer haz de luz saltó la muralla y se posó raudo sobre el domo. Cada mañana, antes del amanecer, el sol rinde pleitesía al Poder arrancando destellos de gloria en la cúpula de oro y diamantes. El torrente de luz bailoteó durante unos instantes sobre la cúpula, regodeándose de una comunión efímera con el Poder. Éste bendijo la luz del astro rey, ungiéndola con sus comandas. Una vez saturada de información, la cascada dorada se derramó sobre el resto de la ciudad. De esta manera, como todas las mañanas, la urbe despierta.

En el preciso momento en el que el torrente de luz se vertía sobre el Barrio Bajo Ella ya traspasaba el umbral de la última estancia del palacio. Yo todavía no la podía ver. Como podéis apreciar los jardines que lo circundan tienen una extensión enorme. Aun así, como el resto de mañanas, percibí su presencia desde lejos. Solía avanzar con paso seguro, envuelta en un halo de lúgubre majestuosidad más o menos denso según la gravedad de las órdenes que le han encomendado. Mientras recorre los jardines el sol conquista la noche. Las flores desperezan y reciben al día saludándolo con un torrente de aromas, con una cascada de colores que sólo se puede describir como lujuriante.

Sin embargo Ella se muestra indiferente: para Ella sólo existe el trabajo. Su trabajo, uno que paraliza corazones y decide destinos, conjura tragedias e inspira epopeyas. Las glorias y momentos culminantes de otros suponen para Ella el día a día.

Mi puesto se encuentra al final de la avenida de rosales, su favorita. Si os fijáis podéis verla a través de la puerta, esa misma por la que no os he dejado pasar. Hermosa avenida, ¿no?

Nunca me lo ha dicho pero lo sé: pese a su aparente indiferencia a Ella le gusta partir a cumplir su misión envuelta con la fragancia que anega esta parte del palacio. Cada mañana la contemplo cuando pasa ante mí. Disfruto del contrapunto que supone su presencia terrible frente a la vivacidad y alegría de las rosas. La Creación está repleta de contrastes, pero algo en ése en concreto me parece poco menos que sublime. Pero dado que mis tareas distan muchos de las de los poetas este tipo de ideas ésta me la dejo para mí. Así que ya sabéis: de esto tampoco digáis nada.

¿Cómo se me ocurre confesarme ante vosotros, si no os conozco de nada? No lo entiendo. Quizá se deba a ese aroma a inocencia desgarrada que emanáis.

Sea como fuere cada mañana Ella pasa ante mi puesto y yo aguardo su llegada, firme ante mi garita.

La suelo ver cuando ya ha recorrido dos tercios de los jardines. A veces se presenta tal cual, sin parafernalia alguna, una figura alta y delgada embozada en negro. Sé que hay quienes la idealizan como una mujer de belleza letal, mientras que para otros se asemeja a una bruja vieja y escuálida. Supongo que eso dependerá de los ojos con los que uno la mire. No, no os voy a decir con qué ojos la contemplo yo. Sólo os diré una cosa: no emana maldad. Recordad eso: ella no es mala.

Al llegar a mi sitio suele girar la cabeza para dedicarme una sonrisa, un gesto teñido de tristeza demasiadas veces. En otras ocasiones, cuando se siente más afligida, prefiere escudarse bajo una capa de bruma que rezuma desasosiego y fatalidad. Y a eso se suele limitar sus demostraciones de sentimientos.

Pero hoy ha sido distinto. Mucho peor: la calima de los días de mayor tristeza se había convertido en una galerna furibunda, un turbulento vórtice oscuro y opresivo. La visión de semejante espectáculo aterrorizaría a cualquier mortal, pero a mí no debía haber podido afectarme: entre mis órdenes no está el verme acongojado ante Ella. Y sin embargo algo se retorció en mi interior al enfrentarme a esa manifestación de poder ciego y apenas sometido. Noté algo que, incluso contra Su voluntad, sólo podía calificar como temor. Yo, un Guardián, sentí pánico.

Por favor, no se lo digáis a nadie.

El frente de la galerna se acercaba con extrema rapidez. Tenía la forma de un manchón cuya tonalidad bailaba entre el azul oscuro y el negro, una confusión burbujeante que ocultaba algo que no estaba seguro de querer descubrir. Avanzaba muy rápido. ¿Qué era aquello? Tan pronto como formulé la pregunta obtuve la respuesta gracias a un destello de intuición: se trataba de Ella, y huía. Pero yo debía estar equivocado. Tenía que estarlo: aquella explicación rozaba el ridículo. Nada en la Creación la puede hacer huir. Nada.

Pero, ¿qué había sucedido en el domo como para que se ocultara de esa manera? Para que corriese así ¿qué órdenes había recibido?

El cuajarón de tinieblas me envolvió. Apenas veía nada. En lo más profundo de la tormenta pude ver un súbito destello, frío y metálico: el filo del dalle. Y bajo la hoja, Ella, compacta y letal.

Estaba casi a mi lado.

Noté cómo el pánico me poseía, el más intenso pavor que jamás he experimentado. No podía, no debía temer nada de ella, ¡pero irradiaba tal energía! Me quedé paralizado, tan asombrado como aterrado. Sólo atiné a bajar la mirada rehuyendo su rostro.

Allí estaba, en el centro de la oscuridad. Pero había vuelto la cabeza al pasar a mi lado. Y supe (lo sentí como un estilete clavado en lo más profundo de mi ser) que me miraba. Me vi obligado a alzar la vista: algo en mí me decía que Ella, la más temida, me imploraba. A mí, a un simple y humilde Guardián, Ella se rebajaba a suplicar que le prestara mi atención.

¡Oh, chicos, no os podéis imaginar lo que había en esa mirada! Sus ojos. Sus ojos poseían un brillo especial, acuoso. Estaban anegados en lágrimas. Al contemplar esos ojos sentí como me derretía de horror. Me revolví presa de la incredulidad. Por un instante pensé que sufría alucinaciones. Pero entre mis órdenes tampoco estaba el imaginar. ¿Qué había podido provocar su llanto?

Ahora os tengo ante mí, os contemplo, y… Mejor vuelvo a mi narración.

Ella siguió avanzando. Como ya os he dicho, Ella caminaba muy rápido. Corría. Con la misma velocidad que había llegado la galerna pasó, dejando un rastro de rosas desgarradas y rosales arrancados. La tormenta rebasó los muros del palacio, cruzó esta pradera y se adentró en el Barrio Bajo. Luego llegó a la muralla, la rebasó y se perdió en el exterior, en vuestro mundo.

Y con ello la historia, vuestra historia, cambió para siempre.

Permanecí un rato hipnotizado, contemplando el punto en el que había desaparecido. El sol proseguía su ascenso, envalentonado ahora que Ella había partido. Su calor disipó mis temores. Me acomodé en mi garita y traté de apartar de mi mente lo que había visto.

La mañana transcurrió anodina. Los jardineros llegaron y se dispersaron cual zánganos por entre los rosales reparando los destrozos con una eficiencia indolente. Para mi sorpresa ni se preocuparon en saber qué había sucedido, qué había destrozado la avenida. Se limitaron a trabajar. Se limitaron a cotorrear entre ellos con su habitual cháchara alegre y distendida.

Pero uno de los rumores que les escuché llamó mi atención. Sumé ese rumor a otros que ya había oído de un tiempo acá, comentarios a los que hasta ahora no había prestado atención, y una luz se hizo en mi interior. Una terrible sospecha que ahora se materializa con vuestra presencia, niños.

Todos esos rumores hablaban de una serie de pruebas a las que el Poder había sometido a un distante pueblo, Kemet. Sí, el mismísimo Kemet: vuestro país, chicos. Los rumores que había oído describían nueve desafíos, nueve retos que el Poder ha planteado al gobernante de ese país. A tu padre, chico. Sí, a tu padre. Nueve tareas que habían supuesto trabajo adicional para Ella. Proezas relativas a mosquitos, ranas, alimañas y langostas, a granizo y fuego, llagas, sangre y oscuridad. Supongo que vosotros, como habitantes de Kemet, ya los conoceréis.

Pues bien: el rumor de esta mañana hablaba de una prueba más. En esta ocasión no se retorcían las leyes de la naturaleza generando plagas animales, ni se invocaba la acción de los reyes elementales. No, esta vez sólo se ha convocado un poder: el de Ella. Porque, como ya sabéis, Ella se ha convertido en la mano ejecutora de esa nueva prueba. Una prueba para demostrar la tozudez de tu padre, chaval. Una prueba para que tu pueblo descubra, de nuevo, el poder del Verbo.

Una prueba que os ha traído aquí, mis queridos niños, mis primogénitos.

No estuve en ese salón, el que se encuentra en el corazón del palacio que veis, bajo ese domo dorado e incrustado de diamantes. No vi cómo reaccionó Ella al escuchar las órdenes. Pero la conozco y sé lo que sintió. He visto el resultado de su sufrimiento. Ha pasado delante de mí convertida en un vórtice de celeridades, un torbellino de desgracias que restallaban llenas de furia.

La conozco y sé que esas órdenes han provocado sus lágrimas. Lágrimas suyas y las de muchos otros, de gentes humildes e inocentes, gentes que viven al otro lado de la ciudad.

No está dentro de mis órdenes el comprender lo que pasa. Pero sí os digo una cosa: pese a su poder, terrible y enorme, Ella sólo es un simple peón. Sólo obedece órdenes. No tiene la culpa de lo que ha sucedido.

Recordadlo: Ella no tiene la culpa. El filo de su dalle está manchado con vuestra sangre, sí, pero no os quedéis en ese detalle. Ella empuña el arma que os ha matado, pero sus manos están atadas y otro tira de los hilos.

Por favor, no lo olvidéis: Ella sólo acata las órdenes de un poder superior.

Ahora partid, niños. Con la luz de esta preciosa mañana me han llegado nuevas órdenes: según ellas acabáis de entrar en la lista de los Elegidos, lo que os permite pasar al interior del palacio.

Ale, mis niños, entrad en el palacio y buscad las respuestas. Espero que os acordéis de mí y me hagáis alguna visita, que las guardias se me hacen muy solitarias desde que… bueno, otro día os cuento esa historia.

Venga, id.

Pero si ahí dentro os dan la explicación a lo que ha pasado recordad mis palabras. Hacedme el favor de, si os encontréis con Ella en un futuro, tened en cuenta lo que os he dicho: hoy la vi huir, hoy descubrí sus lágrimas, unas lágrimas que evidencian un dolor demasiado intenso como para poderlo sublimar. Ella, como buen soldado obediente, sólo cumple las órdenes que le imponen. Aunque acatarlas suponga desgarrar su alma.

Recordadlo cuando la veáis.

Y no la culpéis.

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Acerca de ‘La huida en la boca de la pistola’

No hay hola.

Me da que poco voy a decir en este ‘Acerca de’, más que nada porque:

  1. Hace mucho que lo escribí y me acuerdo de poco del origen del texto.
  2. Un texto tan corto ya no se merece mucho ‘Acerca de’.

Recuerdo que lo redacté cuando me di cuenta que me había pasado que por mil palabras (ni más ni menos) del máximo de entrega. Me quedaban pocos días para la fecha tope y tenía que redactar algo tan nuevo como ajustado al leitmotiv de la convocatoria.

Recordé que en otro relato publicado por ellos, por Revista Argonautas, ya hablaba de un hotel. No me compliqué más: sabía que esa historia quedaba en el aire, así que me lancé a continuarla.

Recuerdo investigar acerca de nombres con aspecto brasileño Wikipedia mediante. Recuerdo hacer lo mismo con armas cortas, armas usadas por cuerpos policiales, y en concreto por detectives (así llegué a la Walther PPK).

Recuerdo trazar un ligero boceto de argumento.

También recuerdo cómo, de repente, me arrastró un fantasma de pasado, un espectro que en el cuento se convirtió en cierta mujer misteriosa. Al igual que al protagonista acabé en ese reservado sin saber bien cómo acabaría el encuentro. La aguja y lo narrado en toda esa escena surgió de ese fondo oscuro e inexplorado que hay en mi interior; un lugar de vez en cuando vomita ese tipo de situaciones sin que yo tenga el menor poder sobre ellas.

Una vez con la versión salvaje en negro sobre blanco sólo me quedaba pulir el texto, decorarlo… y tirar para adelante.

Ya os imaginaréis que, habiendo surgido de esa forma, no tengo ni la más remota idea de cómo sigue la historia. Supongo que su continuación y quizá su desenlace andarán por ese fondo del que hablo, regodeándose en mi ignorancia. Por ahora, y quizá por el resto de los días, esto que habéis leído es todo lo que hay. Si todavía no os lanzasteis a esa Brasilia de un futuro no muy lejano (y si con este ‘Acerca de’ tan poco alentador aun deseáis hacerlo) aquí os dejo el cuento.

No hay adiós.

Acerca de ‘Trabajo para dos’

No hay hola.

Cuando di el último repaso a ‘Trabajo para dos’ ya sabía que este cuento tenía poco recorrido, por no decir ninguno. Hablaré de este detalle más adelante (cuando la mate): por ahora me voy a limitar a comentar cómo surgió.

Había pasado ya un tiempo desde mi última aparición en la Revista Argonautas (en concreto en el número 11 de febrero). Así que este verano opté por intentar colar un nuevo relato en esa revista. Sí, sé que ya voy tres cuentos con ellos, pero dado que no conozco muchas revistas (se nota, ¿no?) intento hacerme un hueco en las que sí conozco.

Me pasé por su web y vi que el asunto del número de agosto’16 era ‘hoteles’. Al poco de darle vueltas a la palabra ya se me ocurrió una idea: escribir algo relativo al hotel de Hilbert. Puede que alguno de mis lectores ya sepa de qué va esa vaina, pero por si acaso les remito a la siempre socorrida Wikipedia o, si ésta se le hace árida, a un video divertido e ilustrativo de lo que ese curioso hotel implica. Esa paradoja matemática había vuelto a mi vida unas semanas atrás (cosas de picotear por la web), y me pareció un buen tema para un cuento.

Jugar con el infinito siempre resulta de lo más tentador. Y todo un reto, claro. ¿Se podía ambientar una historia en ese hotel siguiendo uno de los casos explicados por Hilbert? Sin lugar a dudas que sí. ¿Y hacerlo introduciendo un elemento de intriga o drama? También. El tema era darle vueltas al asunto. Unas cuantas, pero no infinitas, claro.

Pero una cosa es conocer la paradoja y otra crear una historia con ella como base o escenario. Hablar en el cuento del caso infinito más uno me parecía trivial, y el de infinitos de infinitos se me hacía demasiado complicado para un cuento tan corto. Sólo me quedaba el de doblar el infinito, algo que de por sí no está nada mal.

Ahora sólo (jajá, como si fuera poco) debía hacer visible ese caso concreto de la paradoja a través de un cuento de no más 2.500 palabras. ¿Cómo?

Nadie puede negar que la idea base ese hotel resulta como mínimo atrayente y sorprendente. Habitaciones que se multiplican por arte de magia (o de infinito). Qué lugar más extraño ese hotel. Y qué sufrido trabajar en él, sin lugar a dudas. Los engranajes de mi cocorota empezaron a funcionar. Trabajadores de hotel, curritos en un sitio infinito significa sí o sí trabajo infinito. Eso me hace pensar en esclavos, o al menos en trabajo esclavo. Sí, la mejor forma de mostrar cómo funcionaba el Hilbert era enseñando sus tripas desde la experiencia del personal del hotel. Por ejemplo usando el personal de limpieza como protagonista.

A partir del momento en que vi la escena con las camareras de habitación implicadas en el proceso de duplicación de los cuartos la cosa empezó a lanzarse ella sola. Sí, en este cuento me ha vuelto a pasar eso de aporrear el teclado sin saber a ciencia cierta lo que estoy escribiendo. Las palabras fluían casi solas, sin tener una idea clara de hacia dónde iban. Los números dorados, el contrato (lo del ‘desistimiento’ forma parte de la pura inspiración), el extraño terremoto, el resplandor, el hinchazón, el estallido, los duplicados… juro que no tenía el menor plan de todo eso, o al menos ninguno hasta que vi cómo las piezas caían en el tablero de juego. Una vez sobre él algunas encajaron solas y otras recibieron cierto empujón por parte.

De todo ello resultó un cuadro bastante coherente aunque incompleto: sí, quien haya leído la historia ya habrá visto que forma parte de un todo mucho más grande por contar. Por contar otro día, claro. Y el que ese día llegue… puntos suspensivos, nunca mejor puestos. Mientras tanto sabed que en algún lugar de mi mente se está gestando una conspiración de trabajadores descontentos en un hotel infinito.

A lo que iba: el cuento.

Ahora llega cuando la mató.

Me encontré con un primer borrador de apenas 2.200 palabras. Eso me daba margen para… ¡un momento! Antes de seguir me dio por volver vuelve a la página de la convocatoria y ¡ostias, que no son 2.500 sino 1.500 palabras! ¡Pero si mi anterior relato, el del número 11, tenía 2.500! ¡Horror de horrores! ¡Han cambiado la extensión máxima y no me he enterado!

A la mierda el relato: ya no podía ir a la revista. Jodido, lo dejé unos días apartado y me puse con otro que no pasara ese máximo de palabras. A volver a estrujarme las neuronas.

Cuando regresé a este ‘Trabajo para dos’ me marqué que el redactado final no superara las 2.500 palabras. Un par de reescrituras, barbecho, revisión y ¡lo logré! Aquí lo tenéis. Espero que os haya gustado.

No hay adiós.

PD: El  otro cuento, el de las 1.500, lo escribí sin apenas ideas y con prisas. Eso hizo que me quedara un cuento ‘dependiente’ de uno anterior, en plan serial. Lo envié a Argonautas sin la menor esperanza de que lo eligieran. El silencio demuestra que no estaba equivocado. Lo colgaré aquí en breve.

Acerca de ‘El juego de la elección’

No hay hola.

Hoy voy a escribir un ‘Acerca de’ diferente. Por una vez no voy a hablar de cómo me surgió el relato ‘El juego de la elección’: dadas las fechas en las que lo escribí, semanas después de los atentados de París y un poco antes de las elecciones españolas, no creo que haga falta mucha explicación. Sin embargo voy a hablar un poco de una tarea que casi siempre me lleva mucho, pero mucho tiempo: la ambientación y la documentación. Me voy a limitar a explicar los detalles del cuento y que cada cual saque, si quiere sus conclusiones.

En un primer lugar hablaré de Brasilia. Desde pequeño (y digo pequeño) esa ciudad creada de cero en medio de la jungla me llamó la atención. Creo recordar que me quedé de piedra al ver no sé donde su plano: no se parecía a ninguna ciudad que conociera. Sí, desde chico los planos me encantan. Me he pasado horas y horas pasando las páginas de un viejo atlas Aguilar que teníamos en casa (de los que incluye mapa de la provincia y plano de la capital: para mí toda una gozada). Ese atlas era de España, pero luego llegaron otros de Europa, del mundo… y yo feliz como unas castañuelas de leer nombres de ciudades. Lo que hubiera disfrutado si en mi juventud hubiera existido Google Maps, o por lo menos internet…

A lo que iba: Brasilia. Una ciudad trazada de manera planificada, nada del caótico crecimiento de las demás ciudades que conozco. Por supuesto que tuvo que salir en algún cuento mío. Le ha llegado el momento con éste.

El relato quise situarlo en un sitio real, que existiera. Así que tiré de buscador de hoteles de lujo, luego me di un paseo por la ciudad (sí, adoro eso del Street View) y escogí uno. Os invito a contemplar el Estadio Nacional Mané Garricha desde el Hotel Grand Bittar, en pleno Eixo Monumental. Sé que nunca viajaré hasta allí, pero al menos lo he visto con la tecnología y un poco de imaginación.

Estadio Nacional Mané Garricha

Estadio Nacional Mané Garricha

Ya tenía el dónde. Ahora a darle un poco de sustancia al decorado.

Lujo, lujo. Pues toma lujo. De entrada unos ridículos y carísimos sofás Flap de Edra. El tipo de diseño que seguro que la gente podrida de dinero tiene en su casa.

Flap de Edra Flap de Edra

Uno se sienta o tumba en ellos pero ¿qué pone delante? Pues algo igual de exquisito o exclusivo: mesitas vintage Fiori. Quien tenga estomago que investigue más sobre ellas y sus precios.

Mesitas vintage Fiori

Mesitas vintage Fiori

Bueno, el prota ya tenía donde recostarse y donde colocar… ¿el qué? Pues ¿qué cosa más exclusiva que un Highland Park 50 years old? Quien viva como muchos españolitos, llegando mal a fin de mes, se puede horrorizar con lo que algunos se pueden gastar en un botella de licor. Pero la historia requería ese tipo de monstruosidades, así que tuve que usarlas.

Highland Park 50 years old

Highland Park 50 years old

 

De vez en cuando me gusta meter alguna referencia literaria, y este cuento en cuestión me pedía a gritos meter al bueno de Philip José Farmer. En concreto a él y a su maravilloso A vuestros cuerpos dispersos, libro recomendable sin lugar a dudas, y en que incluso Hermann Göring llega a caer simpático. Bueno, tanto no. Aunque lo menciono en el relato no he leído Relaciones extrañas. Espero algún día poderme hacer con esa colección que en su día sacudió la escena de la cifi.

Philip José Farmer - A vuestros cuerpos dispersos

Philip José Farmer – A vuestros cuerpos dispersos

El Modigliani que oculta la caja fuerte, ‘Desnudo sentado’, por supuesto que existe. Aunque ahora esté en una colección privada de Amberes, quién sabe si en unos años no acaba en cierto hotel de Brasilia.

Amadeo Modigliani - Desnudo sentado Amadeo Modigliani – Desnudo sentado

Respecto a los números (4, 8, 15, 16, 23, 42) a nadie le costara ni un segundo descubrir de dónde los he sacado.

La cosa empieza a ponerse fea y seria. Es entonces cuando la investigación me hace pasar toda una tarde estudiando cierto magnicidio. Ese hecho histórico me viene que ni al pelo no sólo porque me permite introducir un arma carismática (esa Philadelphia Deringer, calibre 10,3 mm que recibe el protagonista como regalo de la Sociedad Surratt), sino para dejar caer el ya famoso ¡Sic semper tyrannis! y dejar en el aire un detalle del que hablaré más tarde. Por si no se ha enterado alguien, el magnicidio del que hablo es el asesinato de Abraham Lincoln.

Philadelphia Deringer, calibre 10,3 mm

Philadelphia Deringer, calibre 10,3 mm

Para acabar, en el giro de guión final hablo del Magdaleniense Superior. No, no se trata de magdalenas gordas ni de un nivel mejor que el normal, sino de una época de la prehistoria. ¿Por qué he usado ese y no otro? No sé, la verdad. Quizá el recuerdo de ese peliculón titulado The Man from Earth me hizo pensar en ello.

The Man from Earth

The Man from Earth

Pues bueno, ya he hablado del cuento de una manera distinta a las anteriores. Espero no haber aburrido a nadie.

Antes de acabar: ese detalle del que me quedaba hablar. El prota ¿se encarnó en su día John Wilkes Booth? ¿O quizá en Bruto? ¿O ninguno en de los dos y sólo le apasionaban las citas clásicas? Hagan sus apuestas.

No hay adiós.

Estreno 2016 con un nuevo relato en Revista Argonautas

Revista Argonautas

No hay hola.

Pues sí, enero de 2016 amaneció con un par noticias buenas. Por una parte la firma de un nuevo contrato del que espero poder hablar en breve; por otra el haber recibido un correo de la gente de Editorial Argonautas aceptando un relato para su nuevo número de la revista, la número 11.

Se trata de mi tercera colaboración con ellos, la primera en más de un año (si quieres ver las otras sólo debes pasarte por mi página de textos publicados). En unos días colgaré en esta web un ‘Acerca de’ de ese relato. En esta ocasión no se parecerá al resto, y creo que resultará tan interesante como instructivo.

Respeto al cuento aceptado, titulado ‘El juego de la elección’, debo decir que tiene mucho del momento en que se ha escrito. De hecho nace de unos acontecimientos sucedidos semanas antes y que todo el mundo conoce. Sin embargo espero que descontextualizado también puede agradar a los lectores. De hecho el relato juega con un concepto que espero revuelva algunas conciencias.

Pero mejor lo leéis y contáis. A continuación os pongo el enlace al contenido de la revista:

Antes de acabar debo decir que me ha gustado mucho la ilustración con la que han acompañado el texto. El detalle de los colgantes con los símbolos encaja muy bien con lo dicho en el cuento. Sólo decir que en tiene un pequeño defecto, pero dado que se trata de un detalle que sólo un lector con cierta cultura apreciará no merece darle mayor importancia. Esa nimiedad no eclipsa el resultado final, que me ha encantado. Mis felicitaciones para Raúl Castro.

No hay adiós.

Nuevo relato mío en Revista Argonautas nº 11

No hay hola.

Vaya por dios. Ayer, justo ayer, preparé un ‘Acerca de’ del relato que mandé a Revista Argonautas hace unos días. Escribí ese ‘Acerca de’ pensando que, como en mis últimos dos intentos (os dejo aquí y aquí los textos finales, ampliados tras los rechazos, para que no os los perdáis), no me lo iban a aceptar. ¿Por qué? Pues más que nada porque el final del mismo pecaba (por no decir se revolcaba) en lo ‘políticamente incorrecto’. Bueno, y también porque tiene un componente final de género fantástico que le da significado a toda la historia, pero que al mismo tiempo a un lector no predispuesto le puede tirar para atrás.

Pero, mira por donde, esta tarde abro el correo y ¡ta–chán! me encuentro con que me lo han aceptado. Así que de aquí a unas semanas vosotros mismos podréis decirme si de verdad me he pasado un poco con la resolución de la historia o no. Os voy a confesar la verdad, o al menos la mía a mi manera de verla. Desde mi punto de vista ese personaje, con el bagaje que se intuye en la historia, tiene todo el derecho a tomar esa decisión, o incluso una más cafre. Cuando leáis el cuento seguro que entenderéis de lo que hablo. Y puede que incluso alguno me secunde. Los que se escandalicen que me lo hagan saber, por favor.

Pero bueno, a lo que iba. Que sí: nuevo relato mío en Revista Argonautas, en el nº 11. Según me dicen estará a vuestra disposición el próximo 1 de febrero. ¡Y gratix! En esta ocasión el cuento se titula… na, ya lo veréis.

El ‘Acerca de’ que escribí ayer lo colgaré aquí, sin duda, pero ya para mediados de febrero. Para entonces habrá dado tiempo a que mis millones de fans lo tengan leído y releído. Aviso, se trata de un ‘Acerca de’ diferente al del resto de los que he escrito hasta ahora. Incluso –¡ madre mía!– tiene fotos.

Bueno, os dejo que debo seguir con la novela. Al ritmo al que voy, leeeeeento, me da que voy a acabar de publicar los de #LCAdR y todavía no va a estar acabada. Por dios, ¿por qué tendré esta manera tan lenta de escribir? ¿Por qué se me centuplican las escenas, las descripciones, los detalles de entorno/trasfondo que se engarzan entre sí, las situaciones –en definitiva, las palabras– y la cosa se alarga más que una semana sin pan?

No hay adiós.

P.D.: todavía estáis a tiempo de comprar un ejemplar de la I Antología de Argonautas. En ella, junto a mucha más gente muy interesante, no hay uno sino dos relatos míos. Así que si queréis regalar cultura (nada de estúpidos drones, móviles alienantes o videojuegos sorbecerebros) esa puede ser una magnífica oportunidad.

P.D. II: Un besito lleno de admiración a Philip José Farmer, allá donde esté, aunque sea en la Nada Más Absoluta.

¿Qué pasó con Fuerza de mascarón?

No hay hola.

Hace ya cerca de un año acabé el serial de Fuerza de mascarón. Cada semana aparecía una entrega en Tierra Quebrada. Tras terminar la historia me dije de intentar publicarla. Incluso un ilustrador (Sergio Peña) se ofreció a realizar una ilustración de la portada, de la que mostré un pequeño avance.

Pero de eso han pasado ya casi un año. ¿Qué ha pasado? Lo voy a explicar en las siguientes líneas.

Acabé el serial en pleno verano. Me dije que antes de darle un repaso a la novelette no sería mala idea dejar pasar unos meses. A mediados de otoño empecé a revisarla y vi que no. El texto evidenciaba lo que viví durante esos meses: apresuramiento, improvisación y una redacción muy, pero que muy mejorable. Apenas revisaba el texto dos veces, dos veces en las que reescribía y reescribía de manera salvaje. Nada reposado ni ‘barbechado’. Eso supuso unas 70.000 palabras de cuerpo de texto, un cuerpo que –insisto– como mínimo se puede calificar de ‘mejorable’.

¿Y qué hacía con ese esfuerzo de varios meses?

Vi dos opciones:

  • Revisar y casi reescribir el texto, reorganizando párrafos, recortando otros y eliminando algunos más, pero dejando la historia base íntegra, o…
  • Pasado el tiempo se me había ‘reordenado en la mente’ la historia (con un guion cuya redacción final con facilidad duplicaría la extensión del texto origen). Me tentaba la idea de usar todas esas nuevas ideas y darle a la historia toda la dimensión que de verdad se merecía.

Estuve pensando en ello tiempo y tras mucho meditarlo opté por la opción dos. Me puse a ello, redacté un nuevo inicio, reescribí alguno de los episodios y entonces vi el gran ‘pero’ que envolvía a todo este asunto. Un pero muy gordo: esa tarea (redactar 70.000 palabras más, encajarlas con las anteriores, reorganizar y adecentar) conociendo mi manera de trabajar, en espiral, supondría con facilidad un año de dedicación exclusiva a la novela. Un año sin redactar nada más aparte de la novela, sin mover ni un solo texto por ningún lado. Atascado en toda la definición de la palabra. No me parece la mejor de las opciones. Un sacrificio enorme para quizá encontrarme con que no ha valido para nada, sobre todo si ninguna editorial lo acepta.

Así que ha quedado ahí este Fuerza de mascarón, en el limbo. En el disco duro duerme el nuevo guion (con más historia, más acción, más trasfondo, más de todo), listo para desarrollarse. Algún día me pondré a con él. Supongo. Pero cuando vea que hay un panorama más dispuesto a recibir mis cosicas, como los dos relatos que me han publicado en Argonautas.

No hay adiós.

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