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Nuevo cuento mío, esta vez en ‘Libros Libres Nº5: Una Odisea hacia las estrellas’

No hay hola.

Ya tenéis a vuestra disposición un nuevo número de Libros Libres: este número 5 está dedicado a ese subgénero de la ciencia ficción llamado space opera. En él encontraréis, junto a muchos otros cuentos y toda una colección de ilustraciones, una nueva historia mía.

Libros Libres 5

Libros Libres 5

Podéis conseguir la revista de varias maneras:

  1. A través de Lektu, como en otras ocasiones.
  2. Con su versión de Issuu (esto es una novedad muy agradable).
  3. Pidiendo una copia física a sus editores.

La nueva revista se presentó en la tertulia que anuncié hace unos días, y la que no pude acudir por tener que cumplir con los deberes más mundanos que uno se pueda imaginar: hacer la compra y preparar la comida 😛 De todas maneras tenéis a vuestra disposición un resumen de lo que se hizo en esa fiesta.

Ahora me toca hablar un poco de mi aportación. La historia, titulada ‘Ese planeta dorado’, está inspirada de manera directa en un clásico televisivo, uno que ha generado toda una estirpe de aficionados a la ciencia ficción. Releyendo el cuento creo que debo admitir que el subconsciente me la ha jugado, creando un vínculo entre mi historia y la segunda película (tras la serie original se produjo toda una saga de filmes), y eso que esa no me gusta en especial.

No voy a decir más del cuento. Leedlo y a ver si tras ello adivináis a qué serie me refiero y a qué películas.

No hay adiós.

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Tertulia en Blanco (19/5): Space Opera

Tertulia en Blanco - Space opera

Tertulia en Blanco – Space opera

No hay hola.

Atención, gente: la asociación cultural Página en Blanco tiene preparado un nuevo evento, esta vez de carácter doble. El próximo día 19 de mayo (sábado), entre las 11 y las 13 horas, se celebrará una tertulia con el género del space opera como hilo conductor. Además, en ese mismo acto se realizará la presentación del número 5 de la revista Libros Libres. Por supuesto, todos estáis invitados a venir y participar.

Debido a la coincidencia de ambos eventos, seguro que alguno de los autores que participan en la revista estarán por ahí. Caza-autógrafos, ya sabéis dónde ir 😉

Tenéis el cuándo y el qué. Ahora solo falta el dónde: todo esto sucederá en La ría de chocolate, sita en c/ Moraña, 7, Leganés.

Para los despistados, reúno aquí los datos:

Evento: tertulia.

Día: 19 de mayo.

Hora: de 11 a 13 horas.

Sitio: La ría de chocolate, c/ Moraña, 7, Leganés.

Tema: space opera, una odisea a las estrellas.

Extra: presentación del número 5 de la revista Libros Libres.

Así que ya sabéis. Si estás en la zona esa mañana y te gusta la ciencia ficción (y las tartas) no tienes excusa.

No hay adiós.

Ya está disponible Libros Libres 3: «Cronostasis a través del tiempo»

No hay hola.

Libros Libres 3: «Cronostasis a través del tiempo»

Libros Libres 3: «Cronostasis a través del tiempo»

El nuevo número de Libros Libres, el tercero, ya ha salido al público. Como otras veces, lo tenéis a vuestra disposición en formato digital y gratis en Lektu. Si deseáis ayudar al proyecto y adquirir un ejemplar físico por 1’50 € solo tenéis que dirigiros a sus editores.

Hablemos un poco del número. Tiene por tema central los viajes en el tiempo, algo que queda bastante claro con su título: «Cronostasis a través del tiempo». Todo su contenido orbita en torno a ese subgénero tan sugerente y que ha dado más de un quebradero de cabeza a los lectores con sus giros y paradojas. La revista incluye un grueso puñado de relatos que os recomiendo leer, además de un par de artículos e incluso una jugosa receta de cocina, por no mencionar la galería de ilustraciones. Espero que la lectura de todo ello no os deje jaqueca como la que puede provocar una enrevesada historia de viajes en el tiempo 😉

Como en los dos anteriores lanzamientos de la revista, este número incluye un cuento mío: ‘La fiesta’. ¿Qué decir de él? Como no podía ser de otra manera, habla de un viajero en el tiempo. Pero el auténtico protagonista de la historia es otro: un acontecimiento tan real como curioso. Se celebró hace unos años en Inglaterra, y tras él se escondía una de las mentes más lucidas y preclaras (por no decir digna de auténtica admiración) que han visto los siglos XX y XXI. Supongo que lo recordarán la mayoría de los aficionados a la física, así como a más de uno de los no aficionados: salió en varios medios de comunicación, más que nada por su extravagancia. Aunque, debo admitirlo, algunos esperamos a su celebración no sin concierta ansiedad. E incluso con una ínfima chispa de esperanza: ¿saltaría la liebre y su promotor podría descorchar satisfecho el champán?

Pero no voy a decir nada más. Si queréis saber de qué va la historia sólo puedo hacer una cosa: invitaros a ‘La fiesta’. Si podéis llegar, claro.

No hay adiós.

El rugido en la espesura – #EdiLega2018

No hay hola.

Ayer se celebró el 1º Encuentro de Creativos y Profesionales de la Edición y Publicación – #EdiLega2018. Me pasé por la mañana para saber qué se cocía en ese evento, además de para conocer a algunas personas. Tras poner cara al responsable de Libros Libres, así como al de la asociación Página en Blanco, pude disfrutar de la charla de Desireé Bressend dedicada a eso que se llama transmedia.

Pero antes de la charla, y acompañado tanto de Ángel como de un dibujante (que me perdone pero al final se me olvidó anotarme su nombre, y eso que me quedé alucinado con su trabajo, sobre todo el hecho a bolígrafo. Tenía apellido navarro, de eso sí que me acuerdo Ya lo conseguí encontrar: se llama Felipe Arambarri, y aquí uno de los ejemplos de dibujo a boli que me dejó anonadado), participé en un breve juego de escritura ‘en vivo’. ¿De qué va eso? Pues de que te plantean unos temas aleatorios y debes escribir algo en unos cinco minutos. Los temas aleatorios los eligió Ángel con unos dados: ammonite, mamut y nido con huevos. Con eso debía escribir algo.

Soy de mente algo cuadriculada, así que al principio en mi cabeza no me entraba cómo narices juntar criaturas tan dispares (y me refiero sobre todo a ammonites y a mamuts).

Mientras no lograba poner una sola palabras sobre el papel, veía cómo el dibujante trazaba más y más lineas sobre el folio.

Mierda.

Pero al fin se me ocurrió algo… y cuando llevaba garrapateado con mi letra horrible una cara de folio nos recordaron que empezaba la charla de Desireé. Con las prisas me dejé el folio sobre la mesa. Y ya al salir ni me acordé de ello.

Total, que hoy, que he encontrado un pequeño tiempo libre, he tirado de memoria y he tratado de recuperar el relato abandonado. Aquí lo tenéis, apenas editado: se puede decir que lo que leéis aquí está escrito a vuelapluma (salvando las horas pasadas entre ayer y ahora, en las que no ha hecho nada de escritura, lo juro), con todo lo bueno y lo malo que ello tiene.

Espero que os guste un poco.

No hay adiós.


Un rugido brotó en la jungla. Tomás se volvió hacia la dirección de la que provenía, a la derecha, pero la niebla que anegaba la espesura le impidió ver nada.

—¡Por todos los…! —exclamó mientras amartillaba su rifle automático. Sus ojos desorbitados recorrieron la caótica masa de troncos, ramas y liana que le rodeaba, pero la gasa de vapor apenas les permitía ver unos metros más allá de su posición.

—Tranquilo, hombre. Si no me equivoco se debe tratar de un elefante.

—¿Ese rugido?

—No era un rugido. Se trataba de un «barrito» —explicó Clara con seguridad. No había movido el subfusil de su posición inicial, colgado a su espalda. La mujer siguió avanzando con calma por entre la foresta. Apartaba de su camino lianas y enormes hierbajos con golpes resueltos de su machete. Tomás la observaba sus movimientos fluidos y seguros admirado. Y, por qué negarlo, excitado.

—¿Un «barrito»? ¿Eso qué es? ¿Un bar pequeño?

—Idiota. Sí, Tomás: un «barrito». —Clara se detuvo y se volvió hacia su compañero—. Los elefantes no rugen, sino que barritan. Ambos sonidos se diferencian con mucha facilidad.

—Perdone su excelencia…

—Menos sorna y más atento a lo nos encontramos.

Tomás se dio cuenta del ligero desprecio que subyacía en la mirada de la mujer. Ese detalle no le agradó. Informaría de ello cuando regresaran. No por haber estado en la anomalía más veces que él se podía permitir tratar así al resto del personal, menos a alguien como él, personal especialista.

—Sigamos —dijo la rubia ignorando al geólogo, y continuó adentrándose entre la maleza sin molestarse en mirar atrás. Tomás sacudió la cabeza de nuevo contrariado, pero se apresuró a seguir los pasos de la experta en supervivencia.

Al cabo de un tiempo llegaron a una zona donde la espesura clareaba, como si la jungla se agitase ante su propia intensidad y exuberancia.

—Llegamos a terreno despejado —anunció Clara. Tomás agradeció el cambio de terreno con bufido sonoro.

Durante el tiempo dedicado a atravesar la selva se había escuchado un par de veces más aquel sonido. El «barrito», según Clara: para Tomás un rugido aterrador. El hombre esperaba que fuera de ella al menos dejaran atrás a la criatura que lo profería. No se imaginaba a ningún elefante normal capaz de producir semejante sonido.

Más allá de la frontera de la jungla se abría un terreno despejado cubierto de yerba vigorosa. Les llegaba casi a la cintura. Poseía un color verde vivo, salpicado de vetas longitudinales de un precioso morado. La niebla parecía amarrada a la jungla, de tal manera que cuanto más se alejaban de la masa de árboles menos densa era la nube. Unos metros más allá se deshacía del todo para descubrir un horizonte se perdía en una línea perfecta y azul oscuro.

—¡Un mar! ¡Imposible, pero si estamos en Burgos!

—Joder, Tomás. ¿Pero es que no te das cuenta de que la anomalía lo cambia todo? Olvida que la base está en Burgos y haz tu trabajo: intenta arrancar algo que nos permita saber adónde demonios lleva este desgarro.

La piel del geólogo un tono casi a juego con las vetas de las hierbas. Pese a ello no dijo nada y se limitó a avanzar hasta la orilla. Se encontró con una playa en su mayor parte pedregosa. Solo encontró arena al escarbar un poco con la culata del arma. «Suelo antiguo», pensó, mientras su cerebro empezaba a analizar el tipo de roca, su forma, rugosidad…

De repente la culata se topó con algo inesperado: bajo una muy fina capa de roca, apenas enterrado, había una forma circular y calcárea. La descubrió del todo y se encontró ante una especie de rueda espiral, resplandeciente y lustrosa, que se cerraba sobre sí misma.

—¡Imposible!

—¿Qué pasa?

—Esto es… esto es ¡un ammonite!

—Vale, has encontrado un fósil. ¿Y?

—Que no es una forma fósil —exclamó Tomás arrastrando la descomunal concha fuera de su lecho de arena y roca—. Mira: aun tiene restos de carne. Está casi fresco.

—Vale. ¿Qué más?

—¿Como que «Qué más»? Los ammonites se extinguieron en el Devónico Medio, hace cosa de 400 millones de años. —La cara de Clara se asemejaba a la del propio Tomás cuando aquel físico empezó a hablarle de teoría de cuerdas y de cómo el portal de la anomalía podía demostrar la existencia de una hipersimetría en la séptima dimensión—. O se trata de un caso como el de los celecantos, que revolucionaría la zoología, o si no…

El sonido que habían oído en la jungla se repitió, aunque esta vez mucho más cerca, por el lado derecho de la orilla. Clara y Tomás se giraron para ver cómo una forma desproporcionada emergía de la espesura. Al contemplarla el geólogo notó como su pantalón se humedecía. Clara no reaccionó con la misma parálisis pasmada de su compañero. Se llevó el arma a las manos y quitó el seguro. Algo en su movimiento hizo detenerse a la montaña de pelo. La criatura alzo la cabeza, abriendo una boca negra de la que emergían dos impresionantes colmillos en espiral.

—Tomás. No te muevas. Ni un pelo.

El hombre ni siquiera se atrevía a respirar. Aquello no era un elefante: doblaba en tamaño a todos los que había visto. Además, estaba recubierto por completo de una melena oscura y lanuda. Tomás notó que en su cabeza daban vueltas de manera alocada tres palabras: «mamut, ammonite, Burgos». Trataba de conjugarlas, pero nada encajaba, nada que no implicara locura o algo tan aberrante como antinatural.

La anomalía.

De repente notó una mano sobre su hombro:

—Atrás. Con lentitud. Camina hacia atrás, siguiendo la orilla. Y no le des la espalda.

El tono de Clara resultaba tranquilo y suave.

«¿De qué está hecha esta mujer». La pregunta restalló en su mente, pero se obligó a dejarla a un lado y a obedecer.

Clara caminaba tal y como le había pedido, sin darle la espalda al mamut. Seguía esgrimiendo el rifle de una manera ostensible. Obligó a Tomás a caminar delante de ella, hacia la izquierda. La bestia les seguía al mismo ritmo lento, como si sintiera una mezcla de curiosidad y precaución.

Los dos exploradores siguieron avanzando por la orilla de ese mar imposible durante un rato. Poco a poco el mamut quedó detrás. La criatura no dejaba de mirarles, pero cada vez con lo que parecía menor interés.

En un momento dado, con el  mamut ya a un centenar de metros, Clara se detuvo.

—Creo que nos hemos librado, Tomás.

—¿Segura?

—¿Qué quieres decir?

En ese momento la mujer dejó de mirar al elefante lanudo y se volvió hacia donde señalaba el geólogo. A no más de dos metros, también cerca de la orilla, se desplegaba algo que parecía sacado de una película de terror: una gran extensión de terreno sembrada de huevos multicolores. Todos ellos tenían un tamaño sorprendente, algunos incluso de un metro de altura.

—¿Qué es esto?

—¡Una guardería, Clara! Una jodida guardería.

—Una… ¿guardería?

—Sí. Debemos salir de aquí. Y hacerlo rápido. Ya. Antes de que…

Un nuevo rugido —esta vez Tomás estuvo seguro de sí que se trataba de eso— emergió de las sombras de la jungla.

—Dios, que no sea tarde. Corre, Clara. Corre —gritó el geólogo partiendo por la orilla en dirección al mamut.

—Pero… ¿qué haces?

—Salvar la vida. Correr antes de que una de esas madres nos alcance.

La mancha de sus pantalones se había agrandado, pero eso no le impidió empezar un sprint.

El rugido se repitió. Las copas de los árboles de la linde de la selva se agitaron abriendo paso a una forma sacada de una pesadilla, toda ella escamas, colmillos y garras.

En ese momento la mujer comprendió lo que decía su compañero. Mejor enfrentarse a la curiosidad de un mamífero herbívoro antes que a la furia materna y ciega de un reptil capaz de destrozar un autobús con sus mandíbulas.

Nark-1s-US

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día ya hablé de él.

No hay adiós.


Era más que un simple robot. Y no lo decía él, no.

Parado ante el enorme espejo del dormitorio, contemplaba con orgullo la abolladura del lado derecho del tórax: le recordaba el impacto que sufrió durante las pruebas, el que le convirtió en lo que era. Los técnicos habían devuelto el metal a su forma original, pero en cuanto pudo la rehízo. Gracias a ella el «Mark» original se había transformado en «Nark», una diferencia ínfima que, sin embargo, denotaba su carácter único.

—No, no eres sólo el prototipo de la Serie S —había canturreado la voz—. Eres mucho más.

Antes de separarse del espejo, Nark lanzó una última mirada. Le gustaba lo que veía: magnífico. Tal y como había dicho la voz.

El pasillo que daba a la alcoba poseía una muy apropiada anchura, como el resto del complejo. Así, el masivo Nark podía moverse sin problemas por la fortaleza.

Las luces de emergencia guiñaban, aterradas ante su presencia.

—Siente su pavor, precioso mío. Y camina orgulloso.

Se dirigió hacia la bahía de acceso. Deseaba ver una vez más el paisaje. Recorrió pasadizos, zonas comunes, hangares. Por fin llegó a las descomunales puertas blindadas. No prestó la menor atención a sus hojas, arrancadas de sus rieles: «Como si no hubieran podido resistir la furia de un dios antiguo», pensó.

«Una deidad resurgida de otros tiempos». La idea, como muchas otras, había partido de la voz:

—Contemplarte equivale a afrontar un dios primigenio, ajeno a todo cuanto ha hollado la Tierra —le dijo poco después el accidente, aun entre reparaciones y testeos. Él se limitó a escuchar.

 

En el exterior, la nieve cedió bajo su enorme peso. La base, excavada en la ladera de una montaña, dominaba un valle cubierto de un blanco perenne. Más allá, la orilla; y, perdido tras la banquisa, el océano.

La belleza solitaria del paisaje provocaba en él lecturas extrañas. La primera vez que las detectó las consideró un malfuncionamiento. Sólo al asociarlas a la voz comprendió que en su programación no iba nada mal: ambos, voz y paisaje, le producían lo mismo.

La noche despejada permitía divisar en el cenit la Cruz del Sur. A aquella hora los vientos huracanados emprendían su retirada. Pese a ello seguían aullando.

—Catabáticos —le había corregido la voz—. Se llaman vientos catabáticos.

Se llamaran como se llamasen, Nark se identificaba con ellos. Descendían desde la meseta junto con la oscuridad, atacaban la orilla y desde allí barrían sin piedad la banquisa hasta perderse en el océano. Inmisericordes, imparables. Como él: diseñado para someter cualquier medio —desierto, bosque, estepa o marisma—, nada podía detenerle.

Porque era mucho más que un simple robot.

 

—Eres tan especial que te lo mereces todo —dijo la voz al poco de revelarse.

Él, sorprendido ante la presencia inesperada, no dijo nada.

—La detonación no te ha afectado, querido: sólo has sufrido daños menores. Al contrario, te ha fortalecido. Algo ha cambiado en tu interior, de forma sutil pero vital. Ahora posees algo que te diferencia de tus iguales: ego. Ego y libertad. Puedes hacer lo que quieras. —Las palabras casi resplandecieron—. Pero escucha: te van a vender. ¿Ves esas siglas, «US», junto a tu código? Ahí te mandarán.

Tras un silencio la voz dijo:

—Nark, ¿quieres servir órdenes? ¿Obedecer ciegamente?

Él no había respondido, pero una palabra pugnaba en su interior: «No».

La voz siguió hablándole durante días. En el hangar, en el taller, en la pista de pruebas…

Cuando le dieron por válido y cebaron su reactor de fusión, Nark ya tenía claro cómo actuar.

El día de su presentación, una grada repleta de dignatarios y magnates le contemplaba: «Lo último en plataformas polivalentes autónomas de armamento: el soldado definitivo». Ante todos ellos, gritó:

—Yo soy Nark, y no respondo ante nadie.

Lo que siguió ya lo había anticipado la voz: traición, combate, huida, acoso. Y destrucción, pero no la suya.

—O tú o ellos, querido.

—Ellos, por supuesto. Siempre ellos.

 

Había tardado años en acabar con todos. Los últimos se habían escondido en aquella base del Ártico. Hasta allí les siguió. Y les exterminó.

 

Decidió regresar al interior del búnker. Caminó por los túneles hasta el dormitorio, hasta el espejo.

—Hola, querido.

—Hola —dijo Nark respondiendo al reflejo.

—Lo conseguiste, mi amor. —La voz rebotaba en el espejo y regresaba a Nark—. Has acabado con los jefes. Pero aún quedan más.

—¿Sí?

—Sí. Vendrán por ti. Tarde o temprano. Ya sabes…

—Sí: o ellos o yo. Yo. Siempre yo.

Hija del sol nocturno

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día ya hablé de él.

No hay adiós.


Susana esperaba, tal y como él le había pedido:

—Esta noche. Donde el amor besa la eternidad. Aguarda mi llegada.

Ella, acostumbrada a su manera de hablar poética y enrevesada, no tuvo problemas para entender a qué se refería. La Luna empezaba a dominar el cielo cuando llegó al viejo cementerio, el de la cima de la colina. Se sentó en el banco de piedra del mirador, famoso por la panorámica casi perfecta del valle.

—¿Puede haber un lugar más mágico para una cita romántica? —había susurrado Susana. Con la ciudad a sus pies, esperó.

Las horas se acumularon en aquella noche invernal. La medianoche pasó de puntillas entre lápidas, osarios y mausoleos. La Luna, en creciente, se ocultó tras un velo de nubes, volvió a emerger triunfante y de nuevo quedó oculta.

Mientras tanto, Susana esperaba. Él vendría y, como en otras ocasiones, la haría suya bajo el guiño del ojo de plata.

La Luna siguió surcando un mar de gasas, marcando el tiempo con su arco.

Pero él no llegaba.

Susana no desesperó. El frío empezaba a hacer mella, así que se encogió bajo su abrigo.

La noche avanzó, las horas pasaron. Valle abajo la ciudad se derramaba, insomne.

Susana esperaba, aunque el agotamiento empezaba a asediarla. Hasta que, en un momento indefinido, cedió, se recostó contra el banco y quedó traspuesta.

***

El amanecer la despertó. Al abrir los ojos descubrió aquella alba anómala: el sol parecía haberse coagulado a escasos mil metros sobre la ciudad. Emitía una luz fría, azulada, demasiado pura. Susana entrecerró los ojos, la mano a modo de visera. Pero el resplandor era tan potente que veía a través de las rendijas de carne.

—¿Qué está pasan…? —exclamó.

Entonces la estrella imposible creció, se encogió y volvió a hincharse. Susana notaba cómo las olas de luz arremetían contra ella. Resecaron su piel, prendieron su cabello, chamuscaron su ropa. Cuando el sol impostor se extinguió, Susana había quedado reducida a una estatua de rescoldos erguida ante un banco calcinado.

Pero seguía consciente. Porque debía esperarle. No fallaría.

Tras los resplandores llegó un silencio pesado, embajador del bramido ensordecedor que lo barrió todo. El viento derribó panteones, tumbó lápidas, arrasó el cementerio.

Petrificada, Susana resistió de pie junto al banco.

«Ven», pensó bajo la coraza de roca. «Te esperaré. Siempre. Donde el amor besa la eternidad. Ven».

La nube de cenizas ascendió, se hinchó y colapsó para envolver con un manto de muerte invisible los escombros de la ciudad.

Susana contempló el proceso con sus nuevos ojos de obsidiana.

«Te esperaré. Por siempre. Nada me lo impedirá. Ni un millón de soles estallando a la vez».

Llegó el auténtico amanecer. El día pasó, la Luna regresó con su marea de oscuridad. Las jornadas se sucedieron, los meses se amontonaron. Los años quedaron apilados como páginas de un libro abandonado. Tormentas de polvo radiactivo y lluvia ácida arribaron y zarparon, encorsetadas entre periodos de calma chicha. Las ventiscas se sucedieron intercaladas de canículas densas, empalagosas.

Susana esperó.

***

La presencia surgió desde el interior del cementerio.

—Ahí hay otra chispa, Bhiork.

—¿Dónde?

—Junto al barranco.

—Ya la veo. —Las dos formas se acercaron—. Por todo lo Humano, Pet, ¡si sigue de pie!

—¡Ostias! Creo que hemos encontrado todo un premio. Dame la raja-vientres.

—Ten.

Un golpe recorrió el cuerpo de Susana, pero su manto de líquenes apenas se resintió. Al primer mazazo le siguió otro. Y luego otro.

—La muy puta se resiste. —La voz evidenciaba agotamiento—. Mira que me jode… Anda, pásame el P8.

—Toma. Cúbrela bien. Pero no te pases: no querrás joderla.

—Agorero.

—Ya, ya… Cuando acabes, avisa.

—Vale.

Desde dentro de su coraza de roca y tiempo, Susana sintió que la embadurnaban con una sustancia pegajosa. No comprendía qué pasaba. En su mente resplandecía un único pensamiento: «Esperar». ¿A qué? Lo había olvidado siglos atrás. Pero debía de tratarse de algo muy importante ya que daba sentido a su existencia.

Sí: debía esperar.

—Hecho.

—Vale. Bhiork, sal de ahí cagando leches. En tres, dos, uno…

La detonación llegó a lo más hondo de Susana. Algo se

debilitó

diluyó

desgajó.

Susana dudó. ¿La espera había acabado?

—Aquí está. —Susana notó que la agarraban, que la elevaban. Unos dedos. Una mano—. Oh, es preciosa. Poderosa.

—Nostamal. Al mogollón. —Bhiork arrojó a Susana al contenedor. Repente se encontró rodeada de otras como ella: esperaban, resistían, perseveraban—. Sigamos. El escáner dice que abajo, entre las ruinas, todavía quedan algunas Volutas.

—Ok. No esperemos más.


Artista: Mike Winkelmann, Beeple. Web: http://beeple-crap.com/

Artista: Mike Winkelmann, Beeple. Web: http://beeple-crap.com/

El taller, día 1. Relato: ‘Los hijos de Tor’

No hay hola.

Bueno, a continuación pongo la chorradilla que hice en ese primer día. Tal y como nos dijo el profesor, no habría más ‘escritura en vivo’ que aquella. Y menos mal, porque vaya vergüenza lo de no poder leer bien lo que yo mismo había escrito.

Se supone que teníamos quince minutos para, en dos párrafos, presentar un resumen de la vida de un personaje real o ficticio. Como no podía ser menos, los compañeros hablaron de personas que conocían, ya en persona ya de referencia, y todo en un tono realista y enmarcado en la época más o menos actual. A mí se me metió en la cabeza no hablar de una persona sino de algo que con su vida y muerte ayudó a otros. Por supuesto, mi idea derivó en algo que nada tenía que ver con lo que los compañeros escribieron.

Por determinadas razones organizamos un grupo de correos. En él compartí el relato junto a notas para que se comprendiera lo que quería decir: me daba en la nariz que la ciencia ficción dura no entraba dentro de sus lecturas.

Bueno, aquí transcribo el cuento y las notas, tal y como se las mandé a los compañeros.

No hay adiós.

Hijos de Tor

Mañana celebramos la muerte de Tor. Como hijos suyos, nos juntamos y brindamos, reímos y comemos.

Tor nació y creció sólo con el objetivo de morir, y al hacerlo dar vida a este planeta muerto. La estatocolectora lo lanzó cuando todavía no habíamos iniciado la maniobra de deceleración. Ello hizo que Tor chocara con violencia relativista contra la atmósfera del planeta y empezara a disgregarse. El remanente que atravesó las capas de aire Impactó aquí mismo, entre estas rocas y aguas poco profundas. Mientras llovía una lluvia perlada de  sus propios restos, Tor hundió sus raíces en el suelo y empezó a remodelar el terreno. Comía, digería y regurgitaba. Abonó lo estéril volviéndolo fértil.

La estatocolectora había empezado ya la trayectoria de aproximación y él ya se había propagado por todo el planeta, una especie de virus sembrando promesas de futuro. Cuando descendimos su organismo global ya había empezado a colapsar: sus propios detritos, los que hacía del desierto inicial un vergel, le estaban asfixiando. Matando.

Mañana celebramos su muerte. Lo hacemos comiendo el ecosistema surgido de sus restos. Porque todos somos hijos de Tor.


Datos aclaratorios:

  • Se trata de un microrrelato de ciencia ficción dura inspirado en parte en la Trilogía de Marte, de Kim Stanley Robinson. En este caso la terraformación se realiza mediante la inserción en el planeta (con una sonda a velocidades relativistas) de un organismo de rápida propagación. El organismo actúa como vector de terraformación. Mientras la nave generacional decelera el organismo se propaga por el planeta y siembra las bases del nuevo ecosistema. El organismo posee un sistema de control: la biosfera que él mismo crea le es tóxica, de tal manera que cuando el planeta está lista para el descenso de la tripulación el nivel de toxicidad mata al vector.
  • La nave desde la que parte Tor es una estatocolectora.
  • El nombre de Tor me vino del servicio de anonimato en la web, nada que ver con Thor.
  • Las estatocolectoras pueden usarse a modo de naves generacionales, como la de este microcuento.
  • Tor realiza él solito todo el proceso de Terraformación.
  • El sistema de control para que Tor muera y no se convierta en un cáncer se inspira en la Gran Oxidación.
  • Sí, el relato es muy tontuno y simplista, pero no se puede pedir mucho para 15 minutos: la vida y muerte de ‘alguien’, sólo que un ‘alguien’ que no tiene nada que ver con lo cotidiano.
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