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Una tontería, pero que quizá con el paso del tiempo resulta útil

No hay hola.

Ayer, con esa mierdecilla que viene en el móvil y que me selecciona noticias en función de mi supuesto perfil de google (hola, Gran Googlermano. ¿Qué tal va tu Policía del Pensamiento?), me apareció esta noticia: Brandon Sanderson destripa el Cosmere, su técnica narrativa, que incluye una hoja de Excel, y el momento que lo convirtió en escritor.

Admito que jamás he leído nada de Sanderson, pero sé que es uno de los gordos actuales del fantástico. Pero no, no me llamó la atención el poder conocer algo de su obra, vida y milagros: para mí es un autor que no existe. Pero en el título de la noticia hablaban de Excel. ¿Qué narices pintaba el Excel en todo eso? Solo por eso me tragué todo el artículo.

Tras leerlo al completo, y aconsejo hacerlo, me enteré un poco de lo que iban sus libros. Quizá algún día, si llega uno a mis manos, le dé una oportunidad. También descubrí a lo que había venido: la tontería del Excel. Me resultó un detalle tan curioso que he empezado a hacer algo similar. A modo de primer apunte, hoy he sacado 2582 palabras. A ver si consigo mantener la media de las 2000 que sugería King. Tendré la Excel como prueba de ello.

No hay adiós.

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Parece ser que se rompió la maldición

No hay hola.

Mi anterior entrada hacía referencia a una maldición casi tan poderosa como la de la página en blanco: la procrastinación. Durante meses me he visto bajo su influjo: viendo series, leyendo libros, jugando con el móvil, escribiendo microrrelatos… mil y un escusas para no retomar el trabajo duro de verdad que tengo pendiente, la novela.

He de admitir que incluso me ha dado miedo no poder ponerme ante ella. No sé si se trataba de un tipo raro de bloqueo o qué, pero ahí estaba, no pudiendo plantarme ante el Word.

Sé que una parte de esa reticencia (una muy pequeña, pero que ahí está) puede que se deba a la ansiedad que me está entrando por la cercanía de publicación de mi primera novela. Se me acumulan las dudas. ¿Cómo la recibirá la gente? ¿Gustará? ¿O no? ¿Recibirá críticas buenas? ¿Malas? ¿Acaso habrá críticas? ¿Me la arrojarán a la cara?

Ese asunto apenas debe suponer una parte ínfima del problema de la procrastinación, lo sé. ¿A qué se debe esta? La verdad, lo ignoro.

Pero hoy puedo decir que parece que se ha roto la maldición: no hay nada mejor que una bronca familiar para encerrarme en el cuarto y darle al teclado. Como se suele decir, no hay mal que por bien no venga.

Sí, hoy he vuelto a meter mano a la novela. ¿Cómo? Repasando y ampliando lo último que escribí (cuatro miserables páginas) hace ya más de tres meses. Pero menos da una piedra. Espero retomar poco a poco el ritmo y acabar como cuando estaba con la otra, escribiendo una media de unas tres o cuatro horas diarias.

Aquí os dejo la prueba del delito: el inicio del capítulo que he repasado.

Se acabó la procrastinación.

Se acabó la procrastinación.

Viendo la imagen de arriba… puede que otra de las cosas que me ha hecho reticente a ponerme con la novela se deba al volumen que esta está adquiriendo. Si os fijáis en la imagen, estoy aún con el primer borrador (eso significa lo de “V1” en el título del capítulo), y ya me he plantado en la página 211.

Se dice pronto: doscientas once páginas.

De un primer borrador.

Y eso que la historia está en un punto más o menos intermedio.

¿El primer borrador llegará a las quinientas páginas? Teniendo en cuenta que mis segundos borradores siempre suelen aumentar en palabras (más subtramas, más detalles, más diálogos) en torno a un veinte por ciento, ¿el borrador definitivo llegará a las seiscientas páginas? ¿Quién cojones va a querer publicar semejante mostrenco?

Prefiero no pensar en eso. La acabaré. Encontraré un editor. Gustará. Y me sacará de pobre.

Hay que mostrarse positivo. Y por ahora hay algo muy real: vuelvo al trabajo, a tejer historias. A la vida de verdad. Porque sé que si escribo estoy vivo.

No hay adiós.

Procrastinación

Del lat. procrastinatio, -ōnis.

1. f. Acción y efecto de procrastinar.

2. f. Maldición vermiforme y adictiva que se aloja en el cerebro, donde devora de manera silenciosa el tiempo y la voluntad.

Acerca de ‘seres’ y ‘-mentes’, criaturas nada mitológicas

No hay hola.

Hace unos días, charlando con unos colegas de esto de la afición a la escritura, salió el tema de mi fobia al verbo ‘ser’. En concreto en cómo comento/corrijo los textos de otros que me llegan. Cuando me pongo a comentar un texto suelo acabar resaltando los verbos ‘ser’ cada vez que aparecen, y con ello siempre sugiero su eliminación. La última vez que los empecé a marcarlos (incluso en un cuento de apenas el centenar de palabras) me dijo un compañero: «¿Pero qué problema tienes con el verbo ‘ser’?», y soltó una carcajada.

Pues bien, voy a tratar de reproducir y ampliar lo que dije en ese momento.

Desde hace años considero al verbo ‘ser’ (y en menor medida el ‘estar’) como una palabra comodín. Digo lo de comodín en el sentido en el que hay quien tiende a usarlos en múltiples situaciones, para aplicarse a muy diferentes acciones y/o significados. En el caso concreto del verbo ‘ser’, parece casi un multiusos. No resulta raro encontrar textos en los que ese verbo aparece si no en cada frase, sí varias veces en cada párrafo. No tengo aquí ejemplos de textos libres de derechos que me sirvan de ejemplo (y no voy a colgar los de alguien aficionado), pero quien dude acerca de lo que digo solo tiene que coger un libro cualquiera y comprobarlo. El verbo ‘ser’, en sus diversas formas conjugadas (por no mencionar el de la pasiva innecesaria), tiende a aparecer poco menos que en todas partes.

Como decía, esa abundancia de ‘seres’ me ha acabado generando algo que podría considerar como hipersensibilidad al verbo ‘ser’. De manera inconsciente los detecto, poco menos que si resaltaran dentro de entre las palabras.

Bueno, entre el párrafo anterior y el actual hay un lapso de casi un día. En ese tiempo he pensado mucho (es un decir) y he decidido copiar parte de uno de los libros que en su momento me marcaron. Sé que no tengo derechos del mismo, pero dado que uso el párrafo a modo de muestra de estilo y por puro afán didáctico, espero no tener problemas por ello con el propietario. Ahí va. Voy a resaltar los verbos ‘ser’ que me he encontrado en una lectura rápida:

«En la boca de tormenta había un payaso. La luz era suficiente para que George Denbrough estuviese seguro de lo que veía. Era un payaso, como en el circo o en la tele. Parecía una mezcla de bozo y Clarabell, el que hablaba haciendo sonar su bocina en Howdy Doody, los sábados por la mañana. Búfalo Bob era el único que entendía a Clarabell, y eso siempre hacía reír a George. La cara del payaso metido en la boca de tormenta era blanca; tenía cómicos mechones de pelo rojo a cada lado de la calva y una gran sonrisa de payaso pintada alrededor de la boca. Si George hubiese vivido años después, habría pensado en Ronald Mcdonal antes que en Bozo o en Clarabell».

En todo el párrafo solo hay cuatro ‘seres’, pero os aseguro que hay textos (tanto de aficionados como de profesionales) en los que se prodigan mucho más. He escogido este libro porque, pese a sus defectos formales, tiene una fuerza comparable a muy pocas obras.

Ahora voy a hacer un poco de números:

Proporción de ‘seres’ respecto a la extensión total: 124 palabras / 4 ‘seres’ ≈ 1/17.

Proporción de ‘seres’ respecto a la cantidad de verbos: 15 verbos / 4 ‘seres’ ≈ 1/4.

Como veis, resulta llamativo no sólo su relación entre el total de palabras, sino su relación entre el total de vernos (he contado como verbo simple las formas compuestas), un preocupante 1 sobre 4. Y eso que este texto no sufre la sobreabundancia crítica a la que me refiero.

«Bah», dirá alguno. «¿Qué tiene de malo eso?».

Voy a ello. ¿Qué tiene el verbo ‘ser’ que me produce esa reacción?

Aviso: aquí entro en la valoración personal. Sé que mucha gente no coincide conmigo, algo obvio dado que sin el menor problema se editan textos con esa sobreabundancia.

A lo que iba: ¿qué tiene este verbo ‘ser’ que tanto me irrita? Su presencia excesiva, siempre desde mi punto de vista, arruina textos. ¿Cómo sucede eso? Pues porque, en la inmensa mayoría de las ocasiones, la presencia de uno de los ‘seres’ sustituye, por no decir quieta de en medio, a otro verbo diferente, más activo, más plástico, más visual o todo a la vez. A un verbo o un cambio en la estructura de la frase, incluso sin verbo alguno, pero un cambio de más viveza y dinamismo, más de mostrar en vez de contar.

Voy a retomar el texto anterior y realizar cuatro simples cambios de verbo:

«En la boca de tormenta había un payaso. Aquella luz bastaba para que George Denbrough estuviese seguro de lo que veía. Se trataba de un payaso, como en el circo o en la tele. Parecía una mezcla de bozo y Clarabell, el que hablaba haciendo sonar su bocina en Howdy Doody, los sábados por la mañana. Solo Búfalo Bob entendía a Clarabell, y eso siempre hacía reír a George. La cara del payaso metido en la boca de tormenta lucía blanca; tenía cómicos mechones de pelo rojo a cada lado de la calva y una gran sonrisa de payaso pintada alrededor de la boca. Si George hubiese vivido años después, habría pensado en Ronald Mcdonal antes que en Bozo o en Clarabell».

¿Ha perdido algo el texto al quitar los ‘seres’? mirad: queda claro que había bastante luz, el payaso sigue ahí, presente, se ha fortalecido la relación entre Búfalo Bob y Clarabell de tal manera que ahora los une un único y claro verbo, y de repente la cara del payaso no ‘es blanca’—sin más— sino que posee un matiz luminoso que bajo la tormenta llama la atención. Y todo eso sin necesitar el verbo comodín ‘ser’.

Vale, ya no es el texto original del autor pero, ¿gana o pierde? Para mí, gana.

Os invito a analizar textos de otros autores y tratar de hacer este ejercicio: a lo mejor os lleváis una sorpresa y descubrís cómo los textos se pueden mejorar.

Tras años practicando esta manera de leer, he llegado a un punto en el que intento de manera inconsciente nunca poner ‘seres’: sí, de vez en cuando se me escapa alguno (y sé que a veces resulta/es imposible huir de ellos), pero siempre trato de evitarlos.

Ahora que tengo ya esto escrito, cuando alguien me pregunte por qué le recomiendo no usar ‘seres’ ya tendré la respuesta preparada 😉

Hasta ahora he hablado de uno de los monstruos nada mitológicos de la escritura: el ‘ser’. Ahora hablaré de otro: el ‘-mente’. Con este en concreto no me voy a extender tanto como con el ‘ser’.

Cuando digo ‘-mente’ me refiero a los adverbios modales formados por una adjetivo como raíz y la terminación ‘-mente’. Pues bien, esos adverbios tan infantiles (perdón, pero ese adjetivo me viene a la mente al pensar en ellos, recordando cómo escribía yo de pequeño), si no tienes cuidado, acaban proliferando como chinches. Tal y como sucede con los ‘seres’, para cada ‘-mente’ suele existir siempre otro adverbio (o, mejor aún, una descripción modal) que le puede sustituir. De nuevo os invito a practicar a con ellos: buscarlos, contarlos, tratar de sustituirlos y comparar con el texto original.

El autor antes citado tiene por frase ‘consejo de escritura’ la de «El camino al infierno está enlosado de adverbios». Una pena que él mismo, sobre todo en sus obras más recientes, se haya empeñado en empedrar toda una autopista al infierno.

Sigo. Si en vez de escribir ‘caminé lentamente’ pongo  ‘caminé con paso de tortuga’ o ‘caminé con la calma de un reo acercándose al patíbulo’, creo (yo, insisto, yo) que consigo que el texto gane en calidad. Hablo de calidad y me refiero a mostrar más que contar, la regla olvidada por muchos aficionados… y no tan eficionados.

Para ver cómo el exceso de ‘-mentes’ se carga un texto no os voy a copiar ninguno. Eso ya lo he dicho antes. Por el contrario, os invito a sufrir la tortura de leer el relato «El segundo deseo» de Brian Lumley. Lo podéis encontrar en la antología Nuevos cuentos de los Mitos de Cthulhu, de la editorial Valdemar. Si alguno se atreve con él y quiere comentarme su impresión al acabar el último párrafo, invitado está. Yo, ¿por fortuna?, no sé dónde he metido el libro. Así no me tienta la idea de volver a leer/sufrir ese cuento.

Acabo ya.

¿Y todo esto, a qué viene? A que creo que la literatura debe poseer, en primer lugar, un cariz visual, inmersivo. Usando este tipo de muletillas, hábitos y defectos formales inciden en que los textos pierden (en mayor o menor medida) esa esencia descriptiva. De nuevo hago mención al mostrar más que contar.

También considero que escribir debe tener mucho de reto, de esfuerzo. Caer en muletillas y hábitos como los que he descrito va en contra de ese espíritu de superación. Más aún, un texto sobrecargado de ‘seres’ y ‘-mentes’ me indica dos cosas: o que no sepa el problema que representan, o que lo sabe y le da igual (esto es, dejadez, indiferencia y, al final, falta de respeto hacia el lector y hacia su propia obra). Sí, puede que con un texto descuidado vendas más, pero a lo mejor acabas convertido en un mero juntaletras. Y yo (y hablo de mí) a ese tipo de juntaletras nunca los llamo escritores. Ya pueden vender millones de libros y poseer fama internacional, pero un texto apresurado y descuidado no los convierte en escritores.

No hay adiós.

PD: Maquetando esta entrada veo que ya hablé una vez de los de los ‘seres’. Maldita memoria de pez.

No usar ‘ser’: un reto que debería durar por siempre

No hay hola.

Sólo dar un breve apunte. El taller de este mes de Literaturas va acompañado del ya habitual reto. Pero esta ocasión el reto reza lo siguiente:

Como reto adicional (no obligatorio), os proponemos una especie de juego: escribir el relato sin emplear el verbo “ser” en ninguna de sus conjugaciones.

La gente que me conoce del taller sabe de sobra lo que opino de ese verbo ‘ser’. Para mí, a pesar de lo mucho que se recurre a él, más que ayudar a los textos los embarra. ¿Por qué? Porque al incluir un verbo ‘ser’ en una frase suele tener como resultado el dejar por el camino un verbo mucho más ‘visual’ o ‘significativo’. Mi repulsión a ese verbo comodín se parece mucho a la que siento por los nauseabundos adverbio modales tipo ‘—mente’ que empiedran el camino al infierno literario.

¿Qué quiero decir con esto? Que el reto de este mes, el no usar nunca el verbo ‘ser’, no debería quedarse sólo a este mes sino que habría que vivirlo de manera permanente. No digo no poder usar ‘ser’ por el jamás de los jamases, pero sí evitar la sobreutilización que en el lenguaje oral se hace de él.

Bueno, ya he dicho lo que me pedía el cuerpo decir. Y sin necesidad de recurrir a un solo ‘ser’… salvo los de los ejemplos, claro 😛

No hay adiós.

PD: Sí, estas dos simples premisas de ‘buen hacer literario’ (evitar los ‘—mente’ y los ‘seres’) no las cumple la mayoría de autores que leo, afamados o no. Así ocurre que me provocan nauseas algunos textos y traducciones. Pero a ellos les editan; a mí no 😦

Se acabó el serial #LCAdR: ¿y ahora qué?

No hay hola.

Voy a desparramar un poco, así que avisado estás.

El pasado lunes acabó ‘La cuenta atrás del relojero’. Tras veinte semanas (veintiún capítulos) la historia llegó a su final. Veinte semanas. Cinco meses.

Me di ese tiempo para tener un texto definitivo de una novela. Parecía mucho, ¿no? Pues no. A día de hoy ni siquiera he acabado el primer borrador. Llevo escritas más de cien mil palabras, que calculo que suponen en torno a unos dos tercios de la extensión. Y estoy hablando de la extensión del primer borrador, que no del texto final: a medida que he ido avanzando me han surgido más y más notas de ambientación, notas que deberé introducir en la primera revisión. La mayor parte de esas notas no se refieren a naderías sino que consisten en pinceladas básicas (y necesarias) para poder dibujar el mundo tan complejo en el que me he sumergido con esta novela.

¿Cuánto tiempo me llevará acabarla? No me atrevo a dar una fecha, la verdad. Ojalá para navidad la pueda empezar a mover por editoriales o agentes. Ojalá.

El guion inicial (las tarjetas de base) consistía en treintaiún capítulos con once interludios, un prólogo y un epílogo. La obra actual ya cuenta con cuarenta capítulos y los interludios han pasado a ser diecinueve. Espero que esto sirva para hacerse una idea de cómo está engordando el original.

¿Cómo voy de avanzado? Ahora mismo tengo acabados los borradores (e insisto en ello: hablo de borradores, textos esbozados y temporales) de todos los interludios, y los veintisiete primeros capítulos. Eso me sitúa en que me queda más o menos por redactar un tercio de la obra.

Luego llega la ingrata y costosa labor de pulir y reescribir. Porque ya mismo sé que hay secciones enteras horribles: tienen su origen en los días en los que, pese a no estar nada inspirado, me he obligado a avanzar. Esos días he acabado perpetrando textos que apenas sirven como mero armazón de acontecimientos: requieren una reescritura absoluta, hecha con un mínimo de inspiración y no simple fuerza bruta.

Algunos pueden decir ¿por qué tanto esfuerzo, tantas horas? Sobre todo porque quiero hacer algo de lo que me sienta orgulloso. Intentaré que esta primera novela muestre mi manera de escribir y no se limite a algo hecho de manera apresurada. La historia de base podría haberse narrado en (a lo sumo) cincuenta mil palabras, pero lo que entonces tendría entre manos apenas podría calificarse de lectura ligera, carente ni de trasfondo, ni de ambientación, ni de atmósfera ni de personajes. No quiero que el primer título bajo mi nombre se asocie a obra de cartón piedra, como algunos ejemplos que ahora mismo tengo en mente y que me niego a nombrar. A día de hoy uno no resulta difícil encontrar lanzamientos editoriales que a mí me provocan vergüenza ajena. La calidad literaria ha dejado de ser un requisito. Mejor no hablemos de que estén escritas sin faltas de ortografía: hay editoriales y autores a los que les da igual que sus obras no superen la criba de una redacción de 2º de Primaria. El ‘pero me se entiende no?’ ya se ha instaurado incluso en la editoriales. Yo intentaré que en mi caso no me puedan echar en cara nada similar. Si para ello me debo tirar todo un año revisando, lo haré. Por todo esto que os cuento voy a seguir con la novela. Y voy a hacerlo hasta que acabe. Eso implica que hasta entonces esta web tendrá pocos contenidos.

Y hablando de contenidos ahora debo hablar de otra cosa que afecta lo que hasta ahora se leía en esta web: los cambios en Literautas.

En buena parte este blog empezó como resultado de mi relación con Literautas. Gracias a Literautas salí de un bloqueo creativo de en torno a diez años. La norma de los tres comentarios anónimos se me hacía de lo más interesante. Tanto es así que desde el primer momento he valorado más los tres comentarios anónimos que los que aparecían en la parte inferior del cuento (aunque no voy a negar que los otros no los recibiera mal). En el blog he ido colgando los comentarios, las impresiones a la hora de afrontar los retos.

Pero ahora esa ‘relación’ ha dado un giro de ciento ochenta grados: el taller ha pedido todo el interés, al menos para mí. ¿Qué ha pasado? Si no me equivoco lo de Literautas me parece la crónica de una muerte anunciada: una muerte de éxito. Se les está yendo de las manos, demasiado poblado. Ahora que los usuarios se han ¿duplicado? ¿triplicado? desde que yo llegara han dado el paso de ‘liberalizar’ el ecosistema: la norma de las tres críticas obligatorias y anónimas ha desaparecido. Para los responsables de la web sin duda supone una menor carga de trabajo. Pero me da en la nariz que va a tener sus consecuencias. Palabra de anticapitalista 😉 La desregulación libegal siempre tiene resultados nefastos. En este caso me temo que ocurrirá será que el taller convertirá en un patio de colegio poblado por grupitos endogámicos. Los miembros de esos grupos empezarán el consabido ritual de ‘cómo me gusto/cómo me gustas/comámonos uno a otro lo comible’, incapaces de decir a la cara ‘esto está mal por esta razón y por esta otra’. Porque ¿para qué me voy a esforzar en hacer una crítica constrictiva y elaborada para un desconocido cuando tengo mi círculo de amigos que me doran la píldora y yo se la doro a ellos? Eso sí, para los gestores resulta de los más cómodo. Se limitan a moderar los comentarios si alguno se sube de tono y ale, listo.

En definitiva, Literautas apunta a convertirse en una nueva y pequeña red social de amistades/contactos. Y a mí eso no me va (lo intenté con Scrites, pero no pude: esto del caralibro y similares me supera). No me va nada.

Lo dije desde el primer día: Literautas me ha servido de revulsivo, de acicate, de vigorizante. Me permitió salir del caparazón del bloqueo creativo, y de paso de mi cuarto oscuro, de esa dinámica de escribir sólo para mí. Todo ello se lo agradeceré siempre: si algún día me publican de verdad me siento en la obligación de incluirles en mi primera sección de Agradecimientos. Al César lo que es del César.

Pero el cambio en la dinámica del taller me hace alejarme de ellos. Casi con total seguridad no volveré a participar.

Así que sin aportaciones del taller ni serial ¿en qué quedará este blog? Pues en poco más que un escaparate de lo que vaya publicando por ahí, si consigo publicar algo. ¿De nuevo a la oscuridad de mi cuarto, a escribir en un 95% sólo para mí mismo? No lo sé. Al menos estoy seguro de que en esas tinieblas y en esa soledad me encuentro cómodo. El viaje fuera de ellas ha durado unos tres años, con un par de frutos destacables. No sé durante cuanto más se prolongará.

Hoy, más que nunca, tiene especial importancia la frase que cierra todas las entradas de este blog:

No hay adiós.

Cambios en los contenidos de esta web: un serial

No hay hola.

En efecto, tal y como reza el asunto de esta entrada dentro de unas semanas esta web empezará a alojar un serial. ¿Por qué? Os lo voy a explicar.

Tras más de veinte años escribiendo sólo relatos (veinte años interrumpidos por un paréntesis de casi nueve, eso sí) al fin he dejado que la realidad me dé una soberana bofetada: o escribo novela o esto no tiene el menor futuro. No pretendo compararme con ellos (Cthulhu me libre) pero me gustaría saber qué hubiera pasado con Poe o Lovecraft de vivir en esta España que me ha tocado sufrir. Ni un condenado editor les daría la menor oportunidad. ‘o escribe novela o nada, señor mío’.

Así que doliéndome mucho he optado por dejar de escribir relatos. Al menos por una temporada. ¿Cuánto tiempo? Calculo, a ojo de mal cubero, que en torno a medio año.

Quien conozca un poco esta web y sus contenidos (sé que al menos puedo contar dos perdonas que cumplen esa característica 😉 ) sabe que se centra en los relatos que escribo. Los relatos en sí mismos así como lo que opino de ellos, cómo me han surgido o los comentarios que han recibido en el taller de Literautas. ¿Qué pasará con la web si dejo de escribir relato? Uno podría decir que se quedaría vacía. Pero he decidido que no. ¿Cómo? Preparando un serial.

Llevo semanas metido hasta las cejas en un el texto, mi más reciente cuento ‘medio’. Con unas veinticinco mil palabras entra por derecho propio dentro del conjunto de los textos más largos que he acabado. Por supuesto no cuentan monstruos relegados al dique seco, como algún que otro borrador inacabado que tengo por ahí, cuarenta mil palabras o más que no han ido a ningún sitio.

Ahora mismo estoy ultimando el tercer borrador del cuento. Tercera vez que lo leo y reescribo buena parte de él. En cosa de días estará acabado ese borrador. Desde un tiempo atrás me he marcado escribir sólo tres borradores de las historias, tratando de cercenar así mi perfeccionismo (o inconformismo, o como se quiera llamar mi obsesión por reescribir y reescribir). Tras ello tocará imprimir el borrador y dejarlo en barbecho por lo menos dos semanas. Espero que con ese periodo de tiempo ‘olvide’ lo que he escrito y pueda darle el definitivo repaso. Eso me planta en que tendré el texto acabado a finales de octubre, como pronto. Si esos plazos se cumplen el serial podrá empezar en noviembre.

¿Qué encontraréis en ese serial? De entrada debo confesar que el cuento parte de un texto breve de Literautas. Los que tengan curiosidad podrán pasarse por mi sección de textos publicados y empezar a hacer apuestas sobre cuál de ellos acabará seriado. A ver si alguien acierta.

Pero no creáis que me he limitado a convertir setecientas cincuenta palabras en veinticinco mil. Mucha paja, podría pensar alguno. No del todo, no: el nuevo texto me ha permitido trazar un leve esbozo de uno de mis escenarios favoritos, la ciudad de Efímera. Esta creación mía apenas ha visto la luz hasta ahora. Tengo un relato ambientado en ella, ‘Los precios del avatar’. El texto canónico, por decirlo de alguna manera, que la vio nacer y crecer todavía lo tengo en la carpeta de ‘Área de trabajo’ (algún día, sí; algún día).

Junto al asunto de hablar un poco de Efímera el cuento ha crecido a base de tejer atmósferas y profundizar en el protagonista y su entorno. En esto puede que algunos piensen que ‘éste va a meter paja, mucha paja’. El concepto de paja siempre me ha parecido muy subjetivo. ¿Mete paja Stephen King cuando empieza a hablar de la vida y obras de las decenas de personajes de sus novelas? ¿Hablamos de paja cuando Ramsey Campbell se recrea en detalles ínfimos pero que página tras página te van machacando hasta obsesionarte? Hay gente que detesta a King porque tiende a crear mamotretos, y muchísimos más no soportan a Campbell. Pero se da la circunstancia de que adoro a esos autores. ¿Me veo influenciado por ellos? Negarlo sería una necedad.

Entonces, ¿Qué habrá en ese serial? Pues una versión barroca, o quizá gótica, o ambas cosas, del relato original. Adoro la literatura gótica, y disfruto como un niño cuando Lovecraft describe esos entornos alienantes por ejemplo en ‘La sombra fuera del tiempo’, en ‘En las montañas de la locura’ o el R’Lyeh de la mismísima ‘La llamada de Cthulhu’. Literatura arquitectónica, como yo la llamo. Pues en el cuento hay bastante de ello. En definitiva, una clara muestra de mi estilo desatado, sin las condenadas limitaciones de palabras.

El borrador ha acabado dividido en veinte episodios. La mayoría poseen más o menos la misma longitud (unas mil quinientas palabras), si bien hay uno más largo que el resto y un par más cortos. Esas cifras todavía no están fijadas: queda el periodo de barbecho y la última revisión. Pero espero no encontrarme con la necesidad de hacer demasiados cambios, y ninguno muy radical.

Veinte episodios, veinte entregas. Planificando una por semana eso me da un total de cinco meses de ‘ausencia’. Espero que en ese tiempo tenga una novela, si no acabada al menos sí muy avanzada. Desde noviembre de 2015 a abril de 2016. Un invierno enclaustrado tras el teclado. La idea me gusta, para qué negarlo.

Puede que entre medias me pase por Literautas y realice algún que otro ejercicio. Al fin y al cabo los ejercicios de esa web me están sirviendo como detonantes de buenas historias (lo de buenas lo digo yo, por supuesto). En definitiva, no niego que pueda acabar participando en algún ejercicio, pero tampoco aseguro nada.

A esto se reducen las novedades de las que quería hablaros. Espero no haber aburrido a nadie, y si lo he hecho lo siento. Ya avisaré cuando dé comienzo el serial, por supuesto.

No hay adiós.

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