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Resumen de escritura: septiembre 2019

No hay hola.

Sé que es tarde, sí: debería haber publicado esta entrada hace ya varios días, pero en seguida comprenderéis que tengo una excusa.

Resumen-2019-9

Resumen-2019-9

Aquí van los números de septiembre:

  • Días que he escrito: 26.
  • Días que no he escrito nada: 4. Mal, muy mal.
  • Días que he escrito por encima del listón de las 1999 palabras: 21.
  • Total palabras escritas: 116.241.
  • Media de palabras/día: 3.875.

Así a simple vista, sobre todo comparándolo con el mes anterior, hay un par de cifras que desconciertan. Por ejemplo la de la media de palabras escritas por día descuadra: unas casi imposibles 3.875 diarias frente a las más reales (pero no menos malas) 2.336. Pero es que la que puede dejar patidifuso es la suma total mensual: 116.241 palabras. ¡A reírse del NaNoWriMo!

¿Qué ha pasado?

De entrada, os pongo el detalle del mes:

resumen-2019-9 (detalle)

resumen-2019-9 (detalle)

¿Veis algo raro? Pinchad en la imagen para verla en grande, a no ser que tengáis vista de águila.

¿Ahora?

Sí, claro: así sí. Como veis, a partir del día 29 las cifras se disparan. ¿De verdad ese día escribí 29.700 palabras? Por supuesto que no. Pero sí que leí y repasé esa cifra aproximada de palabras: estaba con las galeradas de la novela que me van a publicar. Sé que no se puede decir que escribí esas palabras, pero sí que di por cerrada esa cantidad. Eso, al menos para mí, equivale a escribir: significa trabajo cerrado. Y además cerrado de una manera definitiva. Más que nunca, negro sobre blanco.

A las galeradas se sumaron algunas peticiones del editor. Cuando acabé con ello estaba rendido:

Levantarse a las seis y pico para ir al trabajo y luego por la tarde/noche ponerse a escribir destroza. A menos, a mí me destroza.

Tras cumplir con las obligaciones me he tirado un par de días de cerebro apagado: hay más vida, aparte de curro y escribir. Fuera del zulo existe un mundo.

Por esa razón no he podido colgar esta entrada hasta ahora. Pero ya he cumplido.

No hay adiós.

PD: mañana toca volver al tajo. A los dos tajos: el remunerado que me paga las lentejas y el no remunerado por ahora de escribir (debo empezar con el segundo borrador del monstruo).

PD 2: veo que los de WordPress se han cargado (al menos para los que seguimos con el editor viejo) la opción de poner una imagen destacada a las entradas. Pues no, ni con esas me paso el nuevo editor de bloques: me sigue pareciendo una auténtica mierda.

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Resumen de escritura: agosto 2019

No hay hola.

Tal y como dije el otro día, he empezado a contabilizar de manera sistemática las palabras que escribo. Esto lo estoy colgando de una hoja de Google Sheets, tanto para mí como para satisfacer la curiosidad de los enfermos de la estadística ajena.

Resumen 2019-8

Resumen 2019-8

Y como ya ha acabado el mes, toca hacer un resumen, siempre teniendo en cuenta que empecé a contabilizar el día 6:

  • Días que he escrito: 25.
  • Días que no he escrito nada: 1.
  • Días que he escrito por encima del listón de las 1999 palabras: 17.
  • Total palabras escritas: 60.732.
  • Media de palabras/día: 2.336.

Leyendo las cifras de este primer mes, cumplo los objetivos.

Como ya dije hace también unos días, me he encontrado con que llegaba a un record de palabras en un solo texto: 200.000. Decir que ya ha bajado a los 197.000 después de eliminar texto sobrante. Cosas de coger un viejo texto y estarle novelizando.

Bueno, a ver cómo se me da septiembre, pero dudo que tan bien. Se hará lo que se pueda.

No hay adiós.

Una tontería, pero que quizá con el paso del tiempo resulta útil

No hay hola.

Ayer, con esa mierdecilla que viene en el móvil y que me selecciona noticias en función de mi supuesto perfil de google (hola, Gran Googlermano. ¿Qué tal va tu Policía del Pensamiento?), me apareció esta noticia: Brandon Sanderson destripa el Cosmere, su técnica narrativa, que incluye una hoja de Excel, y el momento que lo convirtió en escritor.

Admito que jamás he leído nada de Sanderson, pero sé que es uno de los gordos actuales del fantástico. Pero no, no me llamó la atención el poder conocer algo de su obra, vida y milagros: para mí es un autor que no existe. Pero en el título de la noticia hablaban de Excel. ¿Qué narices pintaba el Excel en todo eso? Solo por eso me tragué todo el artículo.

Tras leerlo al completo, y aconsejo hacerlo, me enteré un poco de lo que iban sus libros. Quizá algún día, si llega uno a mis manos, le dé una oportunidad. También descubrí a lo que había venido: la tontería del Excel. Me resultó un detalle tan curioso que he empezado a hacer algo similar. A modo de primer apunte, hoy he sacado 2582 palabras. A ver si consigo mantener la media de las 2000 que sugería King. Tendré la Excel como prueba de ello.

No hay adiós.

Parece ser que se rompió la maldición

No hay hola.

Mi anterior entrada hacía referencia a una maldición casi tan poderosa como la de la página en blanco: la procrastinación. Durante meses me he visto bajo su influjo: viendo series, leyendo libros, jugando con el móvil, escribiendo microrrelatos… mil y un escusas para no retomar el trabajo duro de verdad que tengo pendiente, la novela.

He de admitir que incluso me ha dado miedo no poder ponerme ante ella. No sé si se trataba de un tipo raro de bloqueo o qué, pero ahí estaba, no pudiendo plantarme ante el Word.

Sé que una parte de esa reticencia (una muy pequeña, pero que ahí está) puede que se deba a la ansiedad que me está entrando por la cercanía de publicación de mi primera novela. Se me acumulan las dudas. ¿Cómo la recibirá la gente? ¿Gustará? ¿O no? ¿Recibirá críticas buenas? ¿Malas? ¿Acaso habrá críticas? ¿Me la arrojarán a la cara?

Ese asunto apenas debe suponer una parte ínfima del problema de la procrastinación, lo sé. ¿A qué se debe esta? La verdad, lo ignoro.

Pero hoy puedo decir que parece que se ha roto la maldición: no hay nada mejor que una bronca familiar para encerrarme en el cuarto y darle al teclado. Como se suele decir, no hay mal que por bien no venga.

Sí, hoy he vuelto a meter mano a la novela. ¿Cómo? Repasando y ampliando lo último que escribí (cuatro miserables páginas) hace ya más de tres meses. Pero menos da una piedra. Espero retomar poco a poco el ritmo y acabar como cuando estaba con la otra, escribiendo una media de unas tres o cuatro horas diarias.

Aquí os dejo la prueba del delito: el inicio del capítulo que he repasado.

Se acabó la procrastinación.

Se acabó la procrastinación.

Viendo la imagen de arriba… puede que otra de las cosas que me ha hecho reticente a ponerme con la novela se deba al volumen que esta está adquiriendo. Si os fijáis en la imagen, estoy aún con el primer borrador (eso significa lo de “V1” en el título del capítulo), y ya me he plantado en la página 211.

Se dice pronto: doscientas once páginas.

De un primer borrador.

Y eso que la historia está en un punto más o menos intermedio.

¿El primer borrador llegará a las quinientas páginas? Teniendo en cuenta que mis segundos borradores siempre suelen aumentar en palabras (más subtramas, más detalles, más diálogos) en torno a un veinte por ciento, ¿el borrador definitivo llegará a las seiscientas páginas? ¿Quién cojones va a querer publicar semejante mostrenco?

Prefiero no pensar en eso. La acabaré. Encontraré un editor. Gustará. Y me sacará de pobre.

Hay que mostrarse positivo. Y por ahora hay algo muy real: vuelvo al trabajo, a tejer historias. A la vida de verdad. Porque sé que si escribo estoy vivo.

No hay adiós.

Procrastinación

Del lat. procrastinatio, -ōnis.

1. f. Acción y efecto de procrastinar.

2. f. Maldición vermiforme y adictiva que se aloja en el cerebro, donde devora de manera silenciosa el tiempo y la voluntad.

Acerca de ‘seres’ y ‘-mentes’, criaturas nada mitológicas

No hay hola.

Hace unos días, charlando con unos colegas de esto de la afición a la escritura, salió el tema de mi fobia al verbo ‘ser’. En concreto en cómo comento/corrijo los textos de otros que me llegan. Cuando me pongo a comentar un texto suelo acabar resaltando los verbos ‘ser’ cada vez que aparecen, y con ello siempre sugiero su eliminación. La última vez que los empecé a marcarlos (incluso en un cuento de apenas el centenar de palabras) me dijo un compañero: «¿Pero qué problema tienes con el verbo ‘ser’?», y soltó una carcajada.

Pues bien, voy a tratar de reproducir y ampliar lo que dije en ese momento.

Desde hace años considero al verbo ‘ser’ (y en menor medida el ‘estar’) como una palabra comodín. Digo lo de comodín en el sentido en el que hay quien tiende a usarlos en múltiples situaciones, para aplicarse a muy diferentes acciones y/o significados. En el caso concreto del verbo ‘ser’, parece casi un multiusos. No resulta raro encontrar textos en los que ese verbo aparece si no en cada frase, sí varias veces en cada párrafo. No tengo aquí ejemplos de textos libres de derechos que me sirvan de ejemplo (y no voy a colgar los de alguien aficionado), pero quien dude acerca de lo que digo solo tiene que coger un libro cualquiera y comprobarlo. El verbo ‘ser’, en sus diversas formas conjugadas (por no mencionar el de la pasiva innecesaria), tiende a aparecer poco menos que en todas partes.

Como decía, esa abundancia de ‘seres’ me ha acabado generando algo que podría considerar como hipersensibilidad al verbo ‘ser’. De manera inconsciente los detecto, poco menos que si resaltaran dentro de entre las palabras.

Bueno, entre el párrafo anterior y el actual hay un lapso de casi un día. En ese tiempo he pensado mucho (es un decir) y he decidido copiar parte de uno de los libros que en su momento me marcaron. Sé que no tengo derechos del mismo, pero dado que uso el párrafo a modo de muestra de estilo y por puro afán didáctico, espero no tener problemas por ello con el propietario. Ahí va. Voy a resaltar los verbos ‘ser’ que me he encontrado en una lectura rápida:

«En la boca de tormenta había un payaso. La luz era suficiente para que George Denbrough estuviese seguro de lo que veía. Era un payaso, como en el circo o en la tele. Parecía una mezcla de bozo y Clarabell, el que hablaba haciendo sonar su bocina en Howdy Doody, los sábados por la mañana. Búfalo Bob era el único que entendía a Clarabell, y eso siempre hacía reír a George. La cara del payaso metido en la boca de tormenta era blanca; tenía cómicos mechones de pelo rojo a cada lado de la calva y una gran sonrisa de payaso pintada alrededor de la boca. Si George hubiese vivido años después, habría pensado en Ronald Mcdonal antes que en Bozo o en Clarabell».

En todo el párrafo solo hay cuatro ‘seres’, pero os aseguro que hay textos (tanto de aficionados como de profesionales) en los que se prodigan mucho más. He escogido este libro porque, pese a sus defectos formales, tiene una fuerza comparable a muy pocas obras.

Ahora voy a hacer un poco de números:

Proporción de ‘seres’ respecto a la extensión total: 124 palabras / 4 ‘seres’ ≈ 1/17.

Proporción de ‘seres’ respecto a la cantidad de verbos: 15 verbos / 4 ‘seres’ ≈ 1/4.

Como veis, resulta llamativo no sólo su relación entre el total de palabras, sino su relación entre el total de vernos (he contado como verbo simple las formas compuestas), un preocupante 1 sobre 4. Y eso que este texto no sufre la sobreabundancia crítica a la que me refiero.

«Bah», dirá alguno. «¿Qué tiene de malo eso?».

Voy a ello. ¿Qué tiene el verbo ‘ser’ que me produce esa reacción?

Aviso: aquí entro en la valoración personal. Sé que mucha gente no coincide conmigo, algo obvio dado que sin el menor problema se editan textos con esa sobreabundancia.

A lo que iba: ¿qué tiene este verbo ‘ser’ que tanto me irrita? Su presencia excesiva, siempre desde mi punto de vista, arruina textos. ¿Cómo sucede eso? Pues porque, en la inmensa mayoría de las ocasiones, la presencia de uno de los ‘seres’ sustituye, por no decir quieta de en medio, a otro verbo diferente, más activo, más plástico, más visual o todo a la vez. A un verbo o un cambio en la estructura de la frase, incluso sin verbo alguno, pero un cambio de más viveza y dinamismo, más de mostrar en vez de contar.

Voy a retomar el texto anterior y realizar cuatro simples cambios de verbo:

«En la boca de tormenta había un payaso. Aquella luz bastaba para que George Denbrough estuviese seguro de lo que veía. Se trataba de un payaso, como en el circo o en la tele. Parecía una mezcla de bozo y Clarabell, el que hablaba haciendo sonar su bocina en Howdy Doody, los sábados por la mañana. Solo Búfalo Bob entendía a Clarabell, y eso siempre hacía reír a George. La cara del payaso metido en la boca de tormenta lucía blanca; tenía cómicos mechones de pelo rojo a cada lado de la calva y una gran sonrisa de payaso pintada alrededor de la boca. Si George hubiese vivido años después, habría pensado en Ronald Mcdonal antes que en Bozo o en Clarabell».

¿Ha perdido algo el texto al quitar los ‘seres’? mirad: queda claro que había bastante luz, el payaso sigue ahí, presente, se ha fortalecido la relación entre Búfalo Bob y Clarabell de tal manera que ahora los une un único y claro verbo, y de repente la cara del payaso no ‘es blanca’—sin más— sino que posee un matiz luminoso que bajo la tormenta llama la atención. Y todo eso sin necesitar el verbo comodín ‘ser’.

Vale, ya no es el texto original del autor pero, ¿gana o pierde? Para mí, gana.

Os invito a analizar textos de otros autores y tratar de hacer este ejercicio: a lo mejor os lleváis una sorpresa y descubrís cómo los textos se pueden mejorar.

Tras años practicando esta manera de leer, he llegado a un punto en el que intento de manera inconsciente nunca poner ‘seres’: sí, de vez en cuando se me escapa alguno (y sé que a veces resulta/es imposible huir de ellos), pero siempre trato de evitarlos.

Ahora que tengo ya esto escrito, cuando alguien me pregunte por qué le recomiendo no usar ‘seres’ ya tendré la respuesta preparada 😉

Hasta ahora he hablado de uno de los monstruos nada mitológicos de la escritura: el ‘ser’. Ahora hablaré de otro: el ‘-mente’. Con este en concreto no me voy a extender tanto como con el ‘ser’.

Cuando digo ‘-mente’ me refiero a los adverbios modales formados por una adjetivo como raíz y la terminación ‘-mente’. Pues bien, esos adverbios tan infantiles (perdón, pero ese adjetivo me viene a la mente al pensar en ellos, recordando cómo escribía yo de pequeño), si no tienes cuidado, acaban proliferando como chinches. Tal y como sucede con los ‘seres’, para cada ‘-mente’ suele existir siempre otro adverbio (o, mejor aún, una descripción modal) que le puede sustituir. De nuevo os invito a practicar a con ellos: buscarlos, contarlos, tratar de sustituirlos y comparar con el texto original.

El autor antes citado tiene por frase ‘consejo de escritura’ la de «El camino al infierno está enlosado de adverbios». Una pena que él mismo, sobre todo en sus obras más recientes, se haya empeñado en empedrar toda una autopista al infierno.

Sigo. Si en vez de escribir ‘caminé lentamente’ pongo  ‘caminé con paso de tortuga’ o ‘caminé con la calma de un reo acercándose al patíbulo’, creo (yo, insisto, yo) que consigo que el texto gane en calidad. Hablo de calidad y me refiero a mostrar más que contar, la regla olvidada por muchos aficionados… y no tan eficionados.

Para ver cómo el exceso de ‘-mentes’ se carga un texto no os voy a copiar ninguno. Eso ya lo he dicho antes. Por el contrario, os invito a sufrir la tortura de leer el relato «El segundo deseo» de Brian Lumley. Lo podéis encontrar en la antología Nuevos cuentos de los Mitos de Cthulhu, de la editorial Valdemar. Si alguno se atreve con él y quiere comentarme su impresión al acabar el último párrafo, invitado está. Yo, ¿por fortuna?, no sé dónde he metido el libro. Así no me tienta la idea de volver a leer/sufrir ese cuento.

Acabo ya.

¿Y todo esto, a qué viene? A que creo que la literatura debe poseer, en primer lugar, un cariz visual, inmersivo. Usando este tipo de muletillas, hábitos y defectos formales inciden en que los textos pierden (en mayor o menor medida) esa esencia descriptiva. De nuevo hago mención al mostrar más que contar.

También considero que escribir debe tener mucho de reto, de esfuerzo. Caer en muletillas y hábitos como los que he descrito va en contra de ese espíritu de superación. Más aún, un texto sobrecargado de ‘seres’ y ‘-mentes’ me indica dos cosas: o que no sepa el problema que representan, o que lo sabe y le da igual (esto es, dejadez, indiferencia y, al final, falta de respeto hacia el lector y hacia su propia obra). Sí, puede que con un texto descuidado vendas más, pero a lo mejor acabas convertido en un mero juntaletras. Y yo (y hablo de mí) a ese tipo de juntaletras nunca los llamo escritores. Ya pueden vender millones de libros y poseer fama internacional, pero un texto apresurado y descuidado no los convierte en escritores.

No hay adiós.

PD: Maquetando esta entrada veo que ya hablé una vez de los de los ‘seres’. Maldita memoria de pez.

No usar ‘ser’: un reto que debería durar por siempre

No hay hola.

Sólo dar un breve apunte. El taller de este mes de Literaturas va acompañado del ya habitual reto. Pero esta ocasión el reto reza lo siguiente:

Como reto adicional (no obligatorio), os proponemos una especie de juego: escribir el relato sin emplear el verbo “ser” en ninguna de sus conjugaciones.

La gente que me conoce del taller sabe de sobra lo que opino de ese verbo ‘ser’. Para mí, a pesar de lo mucho que se recurre a él, más que ayudar a los textos los embarra. ¿Por qué? Porque al incluir un verbo ‘ser’ en una frase suele tener como resultado el dejar por el camino un verbo mucho más ‘visual’ o ‘significativo’. Mi repulsión a ese verbo comodín se parece mucho a la que siento por los nauseabundos adverbio modales tipo ‘—mente’ que empiedran el camino al infierno literario.

¿Qué quiero decir con esto? Que el reto de este mes, el no usar nunca el verbo ‘ser’, no debería quedarse sólo a este mes sino que habría que vivirlo de manera permanente. No digo no poder usar ‘ser’ por el jamás de los jamases, pero sí evitar la sobreutilización que en el lenguaje oral se hace de él.

Bueno, ya he dicho lo que me pedía el cuerpo decir. Y sin necesidad de recurrir a un solo ‘ser’… salvo los de los ejemplos, claro 😛

No hay adiós.

PD: Sí, estas dos simples premisas de ‘buen hacer literario’ (evitar los ‘—mente’ y los ‘seres’) no las cumple la mayoría de autores que leo, afamados o no. Así ocurre que me provocan nauseas algunos textos y traducciones. Pero a ellos les editan; a mí no 😦

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