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Me apunté a un taller de creación literaria

No hay hola.

Hoy hace justo un año que asistí a la primera clase de un pequeño taller de literatura. Estaba dirigido por Javier Morales, maestro (entre otros oficios) de la Escuela de Escritores. Se suponía que me apuntaba al taller más que nada para intentar pulir errores y, sobre todo, para que terceras personas que no me conocen de nada leyeran y opinaran acerca de mi manera de escribir. Se puede decir que ambas intenciones coinciden: si quien me escucha descubre errores y me los lanza a la cara, perfecto.

Para mi satisfacción vi que el taller, más que centrarse en escribir en el momento (‘en vivo’) y leer lo escrito, funcionaba a base de teoría y lectura de ejemplos magistrales junto a deberes a hacer en casa para la semana siguiente. Lo de ‘escribir en vivo’ lo odio por dos razones. La primera tiene su origen en mi manera de crear: a partir de una idea origen escribo y reescribo borradores incluso decenas de veces hasta tener un texto satisfactorio; imposible hacer eso ‘en vivo’. La segunda razón podría considerarse vergonzante, peor ahí está: al no tener costumbre de escribir a mano sufro del ‘complejo Rajoy’ y tiendo a no entender mi propia letra (máxime escribiendo rápido y bajo presión). Así que pudiendo hacer los deberes en casa y con calma, mejor que mejor.

A lo largo de las siguientes veinte semanas iré colgando los trabajos que he ido creando para este taller. Por supuesto que nada de lo creado en el taller posee la menor pretensión. Pero me gusta dejar constancia de lo que hice en él.

No hay adiós.

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Malditos formularios online que destrozan textos

V Edición de Microrrelatos Getafe Negro

V Edición de Microrrelatos Getafe Negro

No hay hola.

Hace unas semanas participé con un relato en el V Concurso de MIcrorrelatos de Getafe Negro (en una entrada posterior hablaré más de eso, que tiene tela). Ahora, un poco aburrido y otro tanto como curiosidad, me he metido en la web de Getafe Negro. En ella se puede encontrar la totalidad de los microrrelatos enviados a dicho concurso. Por supuesto me dispuse a buscar el mío. Y lo encontré… por decir algo: por completo descabalado, sin retorno de carro alguno.

Muestra de formato web relatos del V Concurso de Microtrelatos Getafe Negro

Muestra de formato web relatos del V Concurso de Microtrelatos Getafe Negro

Vamos, un despropósito. Pero no lo digo por el concurso, ni por el jurado: lo digo por la aplicación (la página web con el formulario para el envío de textos) que recoge los textos. La tienen que mejorar. Y hacerlo ya. Dicha página web (o motor o sistema o como se quiera decir) está alojada en Escuela de Escritores: tienen tarea para evitar ese maltrato a los textos de los participantes.

No hay adiós.

Post data: pensándolo con más calma se me ocurre que quizá no sea culpa de Escuela de Escritores. ¿Y sí la culpa la  han tenido los de Getafe Negro? ¿O se trata todo de un error al enviar los datos desde el formulario de Escuela de Escritores a la base de datos de Getafe Negro? Como lo ignoro con seguridad no voy a culpar a nadie. Pero sí estoy seguro de quienes son las víctimas: lectores y autores.

Y sigo viendo cosas raras en la VII Edición de Relatos en Cadena (La Ventana)

VII Concurso La Ventana (Finalistas)

VII Concurso La Ventana (Finalistas)

No hay hola.

Pues sí, seguimos con las incidencias dentro del concurso de La Ventana. Parece que la hubiera tomado con este concurso pero, si veo cosas raras, las digo.

En esta ocasión lo que ha sucedido me parece no sé si igual de grave o más que la anterior. En la página del concurso se lista un decálogo para escribir microrrelatos. Son los siguientes (adjunto además del texto una captura de pantalla con url):

VII Concurso La Ventana: Decálogo

VII Concurso La Ventana: Decálogo

Decálogo para escribir microcuentos

  • Un microcuento es una historia mínima que no necesita más que unas pocas líneas para ser contada, y no el resumen de un cuento más largo.
  • Un microcuento no es una anécdota, ni una greguería, ni una ocurrencia. Como todos los relatos, el microcuento tiene planteamiento, nudo y desenlace y su objetivo es contar un cambio, cómo se resuelve el conflicto que se plantea en las primeras líneas.
  • Habitualmente el periodo de tiempo que se cuente será pequeño. Es decir, no transcurrirá mucho tiempo entre el principio y el final de la historia.
  • Conviene evitar la proliferación de personajes. Por lo general, para un microcuento tres personajes ya son multitud.
  • El microcuento suele suceder en un solo escenario, dos a lo sumo. Son raros los microcuentos con escenarios múltiples.
  • Para evitar alargarnos en la presentación y descripción de espacios y personajes, es aconsejable seleccionar bien los detalles con los que serán descritos. Un detalle bien elegido puede decirlo todo.
  • Un microcuento es, sobre todo, un ejercicio de precisión en el contar y en el uso del lenguaje. Es muy importante seleccionar drásticamente lo que se cuenta (y también lo que no se cuenta), y encontrar las palabras justas que lo cuenten mejor. Por esta razón, en un microcuento el título es esencial: no ha de ser superfluo, es bueno que entre a formar parte de la historia y, con una extensión mínima, ha de desvelar algo importante.
  • Pese a su reducida extensión y a lo mínimo del suceso que narran, los microcuentos suelen tener un significado de orden superior. Es decir cuentan algo muy pequeño, pero que tiene un significado muy grande.
  • Es muy conveniente evitar las descripciones abstractas, las explicaciones, los juicios de valor y nunca hay que tratar de convencer al lector de lo que tiene que sentir. Contar cuentos es pintar con palabras, dibujar las escenas ante los ojos del lector para que este pueda conmoverse (o no) con ellas.
  •   Piensa distinto, no te conformes, huye de los tópicos. Uno no escribe (ni microcuentos ni nada) para contar lo que ya se ha dicho mil veces.

De este decálogo, opinable, voy a resaltar esta vez el punto segundo: Un microcuento no es una anécdota, ni una greguería, ni una ocurrencia. Como todos los relatos, el microcuento tiene planteamiento, nudo y desenlace y su objetivo es contar un cambio, cómo se resuelve el conflicto que se plantea en las primeras líneas.

Ahora miramos los finalistas de la segunda semana y nos encontramos con el texto de Raúl Buñuel, el texto titulado ‘Versión actualizada’ (de nuevo adjunto además del texto una captura de pantalla con url):

VII Concurso La Ventana: Semana 2

VII Concurso La Ventana: Semana 2

Érase una vez una princesa que besó un sapo. El médico le recetó Aciclovir para el herpes labial y haloperidol para la esquizofrenia paranoide.

Ahora que alguien me diga que eso no encaja como ejemplo de lo que no hay que hacer según el párrafo del Decálogo antes descrito.

Que conste que todo esto no lo pongo enfadado por no haber acabado ninguna de mis historias elegida (ya soy mayor como para esas tonterías) sino porque a un concurso literario auspiciado por una escuela de escritores le pido calidad de los textos (lo que no vi la semana anterior en un finalista concreto) y coherencia de criterios (no premiar lo que de entrada dices que no aceptas como microcuento).

Espero que los resultados de la tercera semana (no me han llamado, con lo cual entiendo que ninguno de los dos que envié ha ganado nada; tampoco me extraña ya que me despisté y los redacte con apenas una hora sobre el tiempo límite. Vamos, que no están muy meditados) no defrauden.

No hay adiós.

El contraejemplo envenenado que casi mató al maestro

No hay hola.

En el arte hay numerosos ejemplos dignos de seguir, muestras de maestría que analizadas se convierten en auténticas lecciones de cómo trabajar, de buen hacer.

Un pintor puede pasear por El Prado, por poner un ejemplo, y perderse en casi infinitas lecciones de maestría. Cualquiera puede sumergirse en cuadros de artistas (de distintos lugares y de las más diversas escuelas) y acercarse a los lienzos para estudiar cómo ha aplicado el autor las pinceladas, qué cantidad de pintura ha usado, cómo ha realizado la composición de la escena… mil y un detalles que alguien con ojo experto sabrá identificar y apreciar. Esa forma de admiración se convierte en otra manera más de ensalzar la figura del maestro: a través del análisis se reivindica y engrandece el talento.

Algo similar sucede con la literatura. Alguien que intenta aprender el difícil y minusvalorado arte de escribir puede acercarse a un texto de un consagrado escritor y hallar entre sus páginas auténticas lecciones de la profesión: desde el desarrollo de diálogos a la creación de personajes, pasando por la composición de atmósferas, el uso del tempo narrativo o la tensión. Mil detalles.

Todos esos detalles suponen un auténtico elogio para el maestro. Dicho elogio se puede magnificar más aun a través de la inspiración y/o emulación. Un discípulo auspiciado por un maestro, cuando alcanza la gloria, no hace otra cosa que entronizar a aquel del que aprendió, aquel que le permitió llegar al éxito. La calidad del alumno en cierta manera emana de la del maestro, identificándose con ella.

Pero creo que adelanto acontecimientos. Mejor regresemos a las lecciones magistrales.

Si en la pintura la apreciación de los detalles magistrales depende sobre todo del conocimiento del observador, en la literatura a veces uno se topa con una dificultad añadida: la traducción. El traductor por desgracia en demasiadas ocasiones ofusca al autor, sobre todo en lo relativo a la cuestión formal. Por ello siempre se recomienda, en la medida de lo posible, evitar las traducciones y beber del original: el ficho ‘traductor traidor’, aunque resulte ofensivo para ese gremio, no deja de tener su punto de verdad.

Leer un texto en su idioma original permite descubrir su belleza en estado puro; de ninguna otra manera se tiene mejor acceso al autor. Así se puede descubrir sus auténticas pinceladas como ejemplo de maestría. Y si el idioma original del texto coincide con el materno del estudiante, mejor que mejor: con mayor facilidad podrá arrancar esas gemas de sabiduría.

Pero claro, todo esto hablando de textos de calidad comprobada. Porque luego tenemos los malos textos, los de pésima calidad. Ellos también pueden resultar instructivos, si bien teniendo siempre en mente que se deben tomar de una manera opuesta: como contraejemplo.

Invito a todo el que quiera a leer el siguiente texto:

Autor: Daniel Quezada Tomianovic

Título: ‘Ficción I’

A grandes zancadas sobre las olas que dejó una rueda al pasar por el agua, corro hasta el borde de la alcantarilla, me acerco a la acera, lo que me ayuda a estimar mi altura, la cual no sobrepasa los cuarenta centímetros, me doy cuenta de que el

experimento tuvo éxito, el problema es que al parecer no ha sido contenido dentro del laboratorio, pero ahora comprendo que este no es mi mayor problema, ya que acabo de verme pasar, de tamaño normal, conversando al teléfono  despreocupado.

Está copiado tal cual de la web que aloja el concurso de microrrelatos del programa de radio La Ventana, concurso apoyado y aconsejado por la empresa llamada Escuela de Escritores. A continuación adjunto una captura de pantalla del mismo, url incluida.

VII Concurso La Ventana Semana 1

VII Concurso La Ventana Semana 1

A mi edad, habiendo leído casi sin la menor dudad más de dos mil libros leídos, me considero un lector con criterio. Un criterio que me permite discernir lo bueno de lo malo, la calidad de la basura. Y en mi criterio de lector fogueado sólo puedo calificar como malo el texto arriba citado. Como muy malo. Lo digo con todo el respeto hacia Daniel Quezada Tomianovic, pero en ese texto (ni siquiera se ha molestado en darle un título apropiado al contenido) encuentro semejante cantidad de defectos que creo que si estuviera incluido en un examen de literatura suspendería de manera automática. Sobre todo destaca en él la horrenda puntuación, sí, pero a ella hay que añadir fallos de concordancia, repeticiones mal engarzadas, abuso de verbo comodín, detalles en descripciones que resultan grotescos en un microcuento, faltas de ortografía… Todo eso en un texto de ochenta y un palabras.

Pero lo dicho: no culpo a Daniel Quezada Tomianovic. Él ha mandado un texto escribiendo lo mejor que ha creído posible, y ahí acaba su ‘culpa’.

Otra cosa muy diferente es que haya llegado a finalista de un concurso de microrrelatos. Un concurso de microrrelatos en el que, como parte del jurado, hay miembros de una Escuela de Escritores.

Al inicio de esta entrada he hablado de cómo las obras de los maestros suponen auténticas lecciones para los aprendices. Más aun, el extraer esas enseñanzas de dichas obras maestras ensalza al autor. También he descrito como la gloria y el buen hacer de los alumnos ensalza al maestro, convirtiéndose en referencia.

¿Qué me dice esta Ficción I del jurado que la ha escogido como finalista? Nada bueno, no señor. ¿Y qué me dice que en el jurado haya miembros de una autodenominada Escuela de Escritores? Pues que algo no me cuadra. Algo muy gordo. Se me ocurren dos posibles explicaciones a este engendro como finalista:

  1. Por un lado puede pasar que estos miembros de Escuela de Escritoreshan aprobado el texto y le han dado su visto bueno. En ese caso desearía estar en sus mentes para saber qué es lo que han encontrado en él tan reseñable como para acabar escogido finalista, porque NO LO ENTIENDO. De hecho se lo pregunté a través de twitter y no obtuve respuesta (no se lo echo en cara porque seguro que no dan abasto para responder a todos los mensajes que les llegan, aparte de que todos nos podemos despistar). Me he leído el texto ya muchas veces y sigo sin encontrar esa chispa de maestría que justifique su elección. A lo mejor me estoy volviendo ciego, que todo puede suceder.
  2. Por otro lado, si los miembros de Escuela de Escritores no han dado el aprobado a ese texto y aun así ha acabado como finalista, se deducen dos cosas: el nulo conocimiento del arte la escritura por parte de quien lo ha escogido (salvo que, como en el punto anterior, me explique con pelos y señales qué tiene de especial), y que dicha elección ensucia el nombre de Escuela de Escritores al asociar un texto tan burdo a su criterio selectivo.

Y ahora llego a lo que más les puede doler a los de Escuela de Escritores, y principal objetivo de esta entrada. Yo, como aficionado a la escritura que desea mejorar ¿me gastaría el dineral que cuestan los cursos de Escuela de Escritores sabiendo que su criterio de calidad y de buen hacer da validez a ese texto? ¿Los maestros de esa Escuela de Escritores consideran digno de finalista un texto que considero suspendería un examen de redacción? ¿Acaso Escuela de Escritores en realidad se reduce a ‘todo vale’ en aspectos literarios?

Insisto: ignoro lo que pasó para escoger a ese texto. No escucho la radio. De hecho hasta hace una semana ignoraba que existiera ese programa de radio, La Ventana. Tampoco me voy a poner ahora a escucharla, cuando nunca lo he hecho ni lo he necesitado. Pero en mi fuero interno, por completo personal e intransferible, se ha sembrado una muy seria duda acerca de la calidad de un empresa como Escuela de Escritores, una empresa cuyos maestros (esos que crean escritores en base a criterios de calidad) permiten que un texto como el arriba citado acompañe a su nombre.

El texto ‘Ficción I’ creo que se puede catalogar casi sin lugar a dudas como un contraejemplo de ficción mínima, un contraejemplo envenenado que amenaza con matar al maestro que lo apoyó.

No hay adiós.

PD: Escribo esto a las tantas de la madrugada, muerto de sueño y a toda prisa (más de mil trescientas palabras a vuelapluma), pero o lo decía o me moría. Por esas prisas espero sepan disculpar las posibles faltas de ortografía. Ni voy de maestro, ni pretendo serlo.

Posible avalancha de microrrelatos

No hay hola.

A través de mi twitter he descubierto a la gente de Escuela de Escritores, que tienen una cuenta de twitter que informa de bastantes concursos. De esa manera me he enterado de la existencia de varios a los que al final me he presentado, como por ejemplo el de La Ventana, Getafe Negro, Prado Rey o La Esfera Cultural.

Para esos concursos he optado por crear relatos a partir de cero, no intentar amañar alguno de los que tengo por ahí para que encajen. Dado que se trata de textos creados ex profeso tienen una caducidad y validez concretas. Se da la circunstancia de que en general esos concursos poseen una fecha de resolución muy próxima. Vamos, que no me veo obligado a esperar meses hasta saber quién ha ganado. Eso resulta muy útil para… ¿para qué? Pues para colgar de esta web los relatos no premiados.

¿Qué utilidad tendrían esos microcuentos almacenados en mi disco duro per secula seculorum? Ninguna. Así que a medida que venzan los plazos iré publicando esas nanohistorias, y así de paso quien quiera puede dar su opinión de los mismos.

En el título de esta entrada hablo de ‘avalancha’: bueno, ignoro si de verdad se tratará de una avalancha, pero dado que en los últimos tiempos el blog andaba un poco muerto sí que se notará más vidilla. No los publicaré todos de golpe, claro, sino de poco en poco para no agobiar.

Aunque la verdad sea dicha espero no tener que publicar ninguna historia, lo que indicaría que han ganado. Tiempo al tiempo.

No hay adiós.

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