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Ladrones de cuentos: Isis.desvelada y «Té rojo»

No hay hola.

«Té rojo»: datos del archivo.

«Té rojo»: datos del archivo.

Tenía pensado mandar «Té rojo», un antiguo microcuento, a cierto concurso. El cuento lo tenía escrito desde hace muchos años. El archivo en concreto tiene la siguiente fecha de última modificación: ‎jueves, ‎12‎ de ‎febrero‎ de ‎2004, ‏‎23:43:56. Vamos, más de quince años de antigüedad: como quien dice (y de hecho, de manera casi de manera literal), lo escribí en otra vida. En su momento lo publiqué en una web ya extinta. Pero, pese al transcurrir del tiempo, pese a no existir la web en la que lo colgué, e incluso con todo lo sucedido en aquella época, sigo siendo el autor del texto.

¡Ah, no! Que al parecer alguien, una tal Isis.desvelada, ha publicado el cuento como propio en su web hace unos diez años. La entrada tiene fecha de 11 de Marzo de 2009 00:28:45. Por supuesto, no pone por ningún lado que el texto sea de otra persona. ¿Para qué? ¿Qué más da cuando se puede hacer un copia y pega y atribuirse el mérito?

Robo de cuento: Isis.desvelada (de Pampling) me roba «Té rojo».

Robo de cuento: Isis.desvelada (de Pampling) me roba el microcuento «Té rojo».

Ha copiado el cuento casi punto por punto, coma por coma. Lo dicho, un copia y pega de manual. La copia es tan burda que repite mis viejo errores, como la puntuación y la adjetivación excesivas.

«Té rojo»: el cuento original, tal y como lo tengo en mi PC.

«Té rojo»: el cuento original, tal y como lo tengo en mi PC.

Bueno, debo decir que no lo ha clavado del todo:

  • Ha quitado los guiones en «blanca piel —casi apergaminada— y de gesto adusto» para anular la acotación y darle un carácter más adjetivo. Eso hace la frase demasiado larga.
  • Ha cometido la torpeza de poner cuatro puntos seguidos («….», sic), cuando la norma en castellano son tres («…»), ni más ni menos. Una falta de ortografía que yo jamás cometería.
  • En la última palabra se ha permitido un recurso que yo no hubiera usado por burdo, el de mayúsculas.

Si es que es lo que pasa con los ladrones intelectuales: que no dan para más. Ella ha copiado y pegado mi texto, y cuando ha intentado ‘aportar algo suyo’ no ha logrado más que estropearlo. ¿Podría crear uno por su propia cuenta? Su acto ya me dice que no. Sin embargo yo puedo crear otros cuentos como ese y, con los años de experiencia ganados, mucho mejores.

¿Puedes decir tú eso Isis.desvelada? ¿Cuántas de tus fotos o dibujos te pertenecen y no son robados?

¿Cuantos cuentos de mi vida anterior habrá por ahí dispersos, apropiados por otros? Hice bien en ceñirme a eso de «Borrón y cuenta nueva».

Bueno, no sigo porque me cabreo, y no tiene sentido hacerlo. Son cosas de otra vida. Y de gente con vidas tristes que tratan de ensalzar robando lo de otros.

Aquí os dejo mi texto, alojado en la web de Isis.desvelada, ladrona de cuentos. Si lo disfrutáis decidle que el cuento me pertenece a mí, no a ella.

Os aseguro que ahora hubiera escrito ese «Té rojo» mucho mejor. Pero mucho.

Quien me ha leído en estos últimos años seguro que puede reconocer mi estilo, así como las temáticas que uso, como para asociar ese cuento a mi firma.

Pero bueno, que ya no mando ese cuento al concurso 😦

No hay adiós.

PD: Al parecer la tal Isis.desvelada tiene de eso llamado Instagram, por si alguno que use esa red quiere decirle algo.

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El escollo final

No hay hola.

¡La caja, la caja!

¡La caja, la caja! Fuente.

Cuento redactado para el reto 41 de Inventízate III de ELDE. Primera y única vez que voy a participar en esa edición del Inventízate: apenas tengo tiempo para escribir microficciones. Ni siquiera para la segunda novela 😦 A ver si pasan los agobios.

Restricciones

  1. El relato debe tener tres onomatopeyas de categoría A y B (mínimo una de cada)..
  2. El/la protagonista debe despertar con una llave en la mano..
  3. Que aparezca la frase: “¿¡Qué hay en la caja?!”.

Palabras (máximo)

500

Comentarios

Ha recibido tres puntuaciones: 1, 7 y 9. Eso da una nota media de 5’6. Me hubiera gustado más, claro, pero menos da una piedra. Gracias a todos por los comentarios y por el esfuerzo de detectar los errores.

Dado que el lenguaje que he usado ha generado algunos problemas (de hecho, el 1 que me han plantado se debe más que nada a eso, que el lector no se ha enterado de nada), lo aclararé en una entrada posterior.

No hay adiós.

El filo hendió en la mejilla derecha con tal fuerza que partió en dos el maxilar superior y convirtió el inferior en un colgajo astillado.

«Glugluglú», borboteó la espiritrompa reducida a un harapo cianguinolento.

Pese a la herida, el suzargo no caía y seguía obstruyendo el paso. Sólo él me separaba de La Ofrenda. La veía tras él, a escasos padots. La mole rectangular fulguraba excitando mis ocelos, haciendo hervir mi linfa. ¿Qué nos habían regalado esta vez Los Altos? Nadie en la colmena lo sabía. Yo, como campeón trisenal, tenía que despejar el camino hasta ella y abrirla.

Aunque antes debía vencer al engendro. Como si no hubiera sentido mi golpe, la bestia proyectó su brazo derecho en un zarpazo descendente. Me revolví, me agaché. No bastó: la hoja siseó para acabar impactando contra un lateral de mi pronoto. La placa gimió, chirrió, pero no hubo crac alguno.

—Arf… —El gañido escapó a través de mis maxilas. Temblé ante aquella vergonzante muestra de debilidad.

El suzargo seguía resistiendo, más que ninguno otro antes. ¿Acaso…? Aquel presentimiento me hizo gritar:

—¡La caja! Maldito, ¡habla! ¡¿Qué hay en la caja?! ¡Lo sabes!

Él se limitó a alzarse sobre sus cuatro zancos. Pese a la herida, se pavoneaba:

—¡Aaaauuuu-gala-glá! —El aullido acabó con una tormenta de cianguinolentos escupitajos azules.

Desafiante, el suzargo desplegó los dos dalles en que acababan sus brazos superiores. Córneos y de filos aserrados, habían evolucionado para arrancar nuestra coraza de metalitina.

No me dejé impresionar: los jirones inferiores de su cabeza dibujaban una chorreante corbata cian sobre el cuello.

«Moría», pensé. «Y pronto. Pero…».

El suzargo se adelantó a mi pensamiento. Saltó con sus brazos dibujando dos espirales entrelazadas: más que golpear, las guadañas buscaban desgarrar mi exoesqueleto.

Aguardé al último momento. Solo entonces me deslicé a la izquierda. El torbellino gemelo acabó clavándose en la grava. Sin dudarlo hice descender mis dos alfanjes contra el guardián. La primera hoja se hundió en el lomo, la segunda acabó por decapitarlo.

Pero aquello no acabó con el condenado: su cerebro hiafásico reaccionó desatando una coz salvaje. Dos de sus pezuñas impactaron de lleno en mi tórax. Me encontré volando por los aires.

Entonces lo escuché. El chasquido recorrió todo mi cuerpo. El exoesqueleto había cedido.  Noté una punzada resplandeciente en el saco ventral. El terror se apoderó de mí: «¡La llave! ¡No puedo perderla!».

El impacto contra el suelo, brutal, aumentó el pavor. El marsupio se había desgarrado. Me tanteé el abdomen.

«¡No está!».

Aterrado, al borde del desmayo, palpé el suelo. Solo encontré polvo y terrones.

Aullé, sollocé. El dolor me ahogaba, pero seguí buscando, rastrillando, arañando, escarbando…

Perdí la consciencia.

Ignoro cuánto tiempo transcurrió. Desperté con el cadáver del suzargo a mi lado, helado; en mi mano, por algún milagro, la llave.

Dolorido, bendije a Los Altos y arrojé la señal de feromonas: «¡Camino despejado!». Repté los últimos padots hasta La Ofrenda. Solo me incorporé para abrirla. Croé satisfecho. Ya podía descansar: misión cumplida.

Carne de mina

No hay hola.

Este fue uno de los dos relatos que mandé al V Certamen Walskium de microrrelato de terror y fantástico. Lo publico porque, como se ve, no quedó entre los elegidos.

Ilustración Y Certamen Walskium de MIcrorrelato de Terror y Fantástico

Ilustración Y Certamen Walskium de MIcrorrelato de Terror y Fantástico, a cargo de Iker Paz.

Este ‘Carne de mina’ no sé si catalogarlo de fantasía oscura o terror, o quizá de ciencia ficción oscura. Lo dejo a vuestra elección.

Pero si algo tengo claro eso es que el cuento está dedicado a todos esos trabajadores que día a día se juegan la vida por un jornal, y en especial a los mineros del carbón. Va por ellos.

No hay adiós.


El chorro negro impactó de lleno en la máscara de Jorge. El minero soltó el gatillo de la barrena e intentó zafarse, pero para entonces el sifón ya le había arrojado a tres brazas de distancia.

Entre una mezcolanza de aullidos humanos y mecánicos, las turbinas empezaron a soplar contra la pared.

—¡Fuga! ¡Una fuga!

—¡Rápido, saquémosle! —Li cogió a su amigo por los hombros. Logró alejarle del sifón, aunque para entonces el negrú ya se retorcía sobre la máscara filtradora.

—¡Aplicad tampón!

Un taponador corría hacia allí con el inyector entre las manos; a su espalda, el depósito enorme de fibrorresina.

El sistema de ventilación bramaba mientras generaba la atmósfera negativa. La presión de aire contra las paredes de la mina, junto al coagulante tampón, debería contener la filtración de protoplasma hambriento. El caos lo completaban los lamedores: recorrían la galería esquivando las piernas de los mineros y absorbiendo cualquier resto de negrú. La galería debería quedar limpia lo antes posible: la producción no podía cesar.

Li depositó a Jorge sobre un volquete medio lleno. Una vez al volante, puso rumbo hacia el elevador.

—No noté… nada —La máscara filtradora apagaba más aún la voz de Jorge—. Ni… menor señal…

—Calla.

Li observó los hilos de negrú. Fluían ávidos sobre el respirador. Sin dejar de conducir, enfocó su linterna sobre la unión entre la máscara y el mono. «Malditos recortes», pensó. «Necesitamos mejores equipos, con mejor estanqueidad». El negrú se acumulaba en la juntura. Li casi podía notar cómo empujaba para romper el sello.

—Tengo… calor.

—Ya pasará, amigo. En cuanto salgamos.

Jorge tosió. El esputo quedó retenido en la cánula del respirador.

—Intenta relajarte. Queda poco.

—Calor. Mucho…

Li apretó el acelerador, pero el volquete no podía ir más rápido. La luz de su sirena oscilaba —roja, amarilla, roja— sobre las paredes incendiándolas con un fuego fantasmal y agorero.

Decidió tomar un atajo: una galería antigua, casi exhausta. Allí apenas había barrenadores. Los pocos que encontraron desviaban la mirada ante la negrura gelatinosa adherida al cuerpo de Jorge.

Una señal indicó la proximidad del pozo.

—Queda poco. Aguanta. —Li volvió a enfocar con la linterna a su amigo. Tras las ventanas oculares de la máscara, Jorge pestañeó. Movía con lentitud unos ojos apagados, lánguidos.

«Maldita sea».

Llegaron al pozo. La jaula no estaba y el indicador de nivel llevaba meses roto. Cerca de ahí un compañero, linterna en mano, revisaba el contenido de una vagoneta.

—¿Donde está la grillera?

—Si no me equivoco, por el trescientos.

«Apenas cincuenta niveles por encima».

—Perfecto.

—Pero en ascendente, amigo.

Aquello anuló las esperanzas de Li. El elevador no volvería a descender hasta salir a superficie.

—Por todo lo… —Las palabras escaparon de sus labios crispados. Miró horrorizado a Jorge. El otro minero le imitó. Acercó su luz y estudió al yacente. Tras un instante de duda, incidió el haz justo sobre el visor.

—Está asimilado. Lo siento —Sonaba indiferente—. No le dejarán subir: ya es carne de mina.

Tragando saliva, Li admitió la verdad: el nigrú había atravesado el sello e invadía a Jorge. Sí, ahí estaba. Lo vio rodeando los ojos, adentrándose bajo los párpados. Devorando, diluyendo a su amigo.

—Calor… —musitó Jorge, débil.

—Tranquilo, amigo: pasará.

Pidió ayuda al otro minero. Juntos descorrieron la verja del pozo. Incluso dentro del mono notaron la corriente abrasadora que ascendía desde el fondo. En silencio, colocaron a Jorge al borde de la sima.

—Por favor, perdóname —imploró a su amigo—. Perdóname… y no regreses por mí.

Lo arrojaron a la oscuridad.

—Debo regresar —dijo Li, vacío—. Hay trabajo.

El interrogatorio de la momia

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad.

Debo aclarar que el cuento que pongo aquí no coincide al 100 % con el de Literautas: una vez releído he visto unos pocos detalles mejorables, que he introducido. Como ya dije en su día, este relato tiene un par de relaciones con otros cuentos, como esteeste y este. Os recomiendo leerlos para sacare pleno jugo al texto.

No hay adiós.


Impotente, Simmonario propinó un puñetazo contra la pared. El cadáver, indiferente a su frustración, siguió farfullando:

—Les… avisé. Intenté… ayudarles. Pero… él no subió.

—Cálmate, Simmo. —Stoian apoyó una mano sobre su compañero—. Así no lograremos nada. Lo sabes.

Simmonario bufó y se miró la mano. Al menos no se la había roto. En su palma la Vol-gema seguía resplandeciendo. Arrojó una ráfaga de control hacia la momia. El cadáver se sacudió y durante un par de latidos su cháchara se aceleró.

—Se repite —comentó Stoian—. Que si el marinero no subió al barco, que si intentó convencerle de hacerlo, que si trató de prevenirles del mal que eso implicaba…

Los dos distorsionadores contemplaron los restos del hombre. Se trataba del único tripulante, por decirlo así, del derelicto. ¿Cuánto tiempo llevaba encerrado en aquella cámara de la bodega anegada de agua, rodeado de signos de protección? El bergantín apenas se mantenía a flote: sólo emergían sus mástiles y la proa.

—Una tormenta más y se hubiera hundido —había dicho el capitán Pontorii. De acuerdo a sus órdenes, exploraron la nave lo más rápido posible, rescatando lo poco que encontraron útil. Luego lo dejaron a la deriva.

—Stoian, seremos el hazmerreir de la Universidad: mira que no poder sacarle sus recuerdos ni a una momia mohosa…

—A ver, Simmo: lo envuelve un aura de aberración. —El distorsionador intentó activar los arpones. Las tres dagas etéreas resplandecieron durante un latido. En torno a ellas, envolviendo toda la momia, brilló un aura caleidoscópica—. No sé qué le ha pasado a este desgraciado, pero nunca he visto semejante manto de caos.

—Un jodido marinero —exclamó Simmonario alzando los brazos.

—Si quieres, repaso el estado de los veritarpones

—Hazlo. Por favor.

Stoian cerró la mano derecha. El resplandor de su gema de Voluntad le atravesó los dedos con un pulsar sosegado. La luz, con el poder que habitaba en ella, se derramó por su torrente sanguíneo.

—Todos correctos. Ensartados en corazón, cráneo y bazo. Inyección de flujos distor correcta.

Simmonario estaba a punto de subirse por las paredes.

—Pero no logramos sacarle información alguna a este mierda.

Su enfado parecía hincharlo. Stoian lo miró con tristeza.

—Bueno, tenemos algunos detalles importantes —dijo esbozando una sonrisa desganada—. Está eso de la grímpola. Ya sabes lo que significa.

—Sí, claro. Un mar-errante eterno. Pero esos desgraciados jamás se niegan a subir a una nave: hacen cualquier cosa con tal de mantenerse alejados de la tierra que les maldijo.

—No quiso… subir —murmuró la momia, como si escuchase al distorsionador.

Stoian miró al cuerpo. Hinchado, chorreante, resultaba difícil comprender cómo la carne había resistido la acción del agua del mar. «El aura de caos», dedujo. «Ha debido frenar la descomposición. O quizá las runas que le rodeaban».

—Eso es aún más raro —decía Simmonario—. ¿Un errante que no quiere embarcar? ¿Qué vio en el barco como para negarse?

—Algo. Y este desgraciado también debió notarlo. Fíjate, estaba tan aterrado que se encerró en la bodega rodeado de runas de protección. Eligió morir antes que salir.

Por la puerta del camarote se asomó Franci, el sobrecargo.

—Vamos a arribar a Efímera.

—Gracias —Simmonario miró a Stoian—. Noto su presencia: el hermano escarbador nos espera. Mierda.

—Mira, lo hemos intentado. No podemos hacer más.


Una figura de terrible color morado aguardaba en el atraque.

—Buenos días. Soy el hermano Estranvau.

—Salud, hermano —dijo Stoian invitando al escarbador a subir por la pasarela—. La momia está…

—¡Por todas las Gemas! —Estranvau había palidecido—. ¿Cómo habéis estado con eso? ¿No notáis el aura?

—Sí, el caos. Eso nos…

—¿Caos? Eso no es caos, hermano —escupió el escarbador—. Esa criatura rezuma Falacia: retuerce la Canción, distorsiona la Realidad. ¿Cómo pretendíais leer con simples veritarpones a un garokiano?

La lividez invadió a Simmonario y Stoian.

—Un garoki… ¿un prosélito de Garok, el Mentiroso?

—Sí. ¿Qué os ha dicho? Da igual: todo, absolutamente todo lo que os haya contado, es mentira. Falacias. Invenciones confeccionadas para ofuscar la verdad, para sembrar discordia, causar daño.

—¡Sagradas Gemas! Los signos de protección…

—Estaban dibujados hacia dentro —murmuró Simmonario con lentitud—. Hacia él.

—Contra él. —Ahora Estranvau sonreía—. Para defenderse de él. Le encerraron. Y abandonaron el barco. Le dejaron a su suerte.

—El marinero sí que debió subir al barco —murmuró Stoian—. Era él. Subió y con sus engaños trajo la maldición. Pero…

—¿Por qué? ¿Para qué?

Estranvau se infló:

—Hermanos, para eso estoy yo aquí.

El mentiroso

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día ya hablé de él.

No hay adiós.

Stalcius retorció la vejiga todo cuanto pudo pero no logró sacar ni una gota de maná. Estaba sólo ante su destino.

Siguió caminando. Atrás quedaban el mar de espejismos pulsantes y el erial de vacíos evanescentes. Ahora recorría un paraje montañoso erizado de difamaciones, espinas adiamantadas y vibrátiles. El interior de Garok no dejaba de sorprenderle. Ni de desafiarle.

El juggervol empezaba a escalar una loma de agujas iridiscentes —parecían fluctuar sin razón aparente— cuando se desató una lluvia de murmuraciones. Se arrebujó en el tejido de su avatar y anudó con fuerza los versículos de Canción de su alma. Tras asegurarse de que los filos de las difamaciones y el chubasco de embustes no le afectaban, alzó la vista y continuó.

«Podré», pensó. «Sí. Podré».


Le habían repetido la pregunta varias veces.

—¿Podrás?

—Por supuesto —contestó dirigiéndose no sólo al magister sino a todo el Sanedrín—. Podré. Entraré, lo recuperaré y saldré.

—Pero, ¿estás seguro? Muchos otros han fallado.

Él respondió retorciendo la realidad que le envolvía en un remolino multicolor, aullante, doloroso y lascivo. Nadie replicó: estaba decidido. El Sanedrín desgarró el icono de devoción y conjuró la puerta al interior de Garok, el Dios de la Mentira, el Repudiado. Stalcius se arrojó por el orificio sin mirar atrás.


La cordillera de engaños parecía no tener fin. Garok era así. Por desgracia, la Canción de Stalcius empezaba a quedarse sin compases. El juggervol caminaba y caminaba, cada vez más agotado. Subía colinas de agujas canallescas, atravesaba valles falaces, bordeaba precipicios de descrédito.

—Estoy en el corazón del dios, sin duda —murmuró dándose ánimos—. La meta no debe quedar lejos.

Caminó una eternidad. Aquel paraje demencial y yerto no acababa nunca.


Tras la colina se desplegaba una meseta azotada por un viento calumnioso. Al fondo, lejos, parecía moverse algo. ¿Vida? ¿Allí? Stalcius corrió esperanzado.

Las figuras saltaban con movimientos huidizos, engañosos. Iban de un lado a otro sin rumbo concreto, apareciendo y desvaneciéndose. De repente una de ellas se abalanzó sobre Stalcius. El espectro de susurros empezó a arrojarle palabras sin sentido, afiladas como puñales. Su contacto abrasaba. Otras biomentiras acudieron atraídas por su aullido de dolor. En un instante el juggervol quedó rodeado. Tenía que defenderse. Stalcius hizo resplandecer la Verdad de su Voluntad y alzó una esfera de determinación psimathemática. Durante una microeternidad los espectros intentaron desgarrar el escudo, pero cuando vieron que resistía escaparon aullando fábulas imposibles.

Stalcius continuó.

El cielo, un océano de trivialidades, palpitaba abrasador.


Divisó el macizo de flores bajo la luz engañosa del ocaso. Parecía resplandecer. Emitían un aroma radiante, sólido. Sorprendido de encontrar algo así en Garok, Stalcius arrancó una flor e hizo que su avatar la estudiara. ¡Increíble! Estaba trenzada con hilos de íntima sinceridad, algo insólito allí, en el corazón del Mentiroso Absoluto.

El juggervol aspiró su aroma. Había algo muy familiar en la fragancia. Volvió a aspirar. Los conceptos se fijaron: hogar, infancia, orgullo, soberbia, poder. Y sí, al fondo, uniendo todo ello con su argamasa de sangre y dolor, Efímera.

El aroma se consumía con la rapidez de una mecha encendida. Stalcius tomó otra flor. Paladeó su efluvio, lo consumió. Arrancó una tercera, y una cuarta, y una quinta… El aroma le embriagaba, enajenaba sus sentidos. No podía parar.

—No debo —susurró—. La misión…

Pero siguió devorando flores. Una tras otra.

Sin saber cómo, se encontró tendido en el suelo, exhausto. El torrente de fragancias había arrasado sus fuerzas. Aun así seguía paladeando los aromas, los recuerdos. Entre la bruma de imágenes floreció una idea: «No puedo seguir. Así de simple: no puedo».

Al instante Stalcius recordó lo que había dicho al Sanedrín. Una de sus palabras le machacaba: «Podré».

El juggervol suspiró.

«Podré».

Sollozó, avergonzado.

«Podré».

Stalcius aulló.

Desesperado, intentó entonar su Canción privada para recuperar energías. Debía salir de ahí, rápido. Pero las notas volaban espantadas, huidizas.

Se derrumbó.

Cerró unos ojos inexistentes y empezó a implorar piedad. Lloraba mientras reconocía la trampa: aquellas flores cargadas de recuerdos… Las imágenes de poder, los ecos de orgullo, las llamas de soberbia, las prendas que siempre habían vestido su alma: la falsa seguridad.

Falsa.

Stalcius gimió, aulló… suplicó.

Él tenía que oírle. Debía apreciar en su voz el tañido de la sinceridad mezquina. Comprendería. Le aceptaría. Garok, el Mentiroso, paladearía su nueva esencia y le admitiría como discípulo, otro hijo de la impostura.

Stalcius esperó. Y volvió a suplicar.

Mientras, horrorizado, veía cómo aquel cielo incandescente se hundía con el ocaso, calcinando el páramo.


Artista: Mike Winkelmann, Beeple. Web: http://beeple-crap.com/

Artista: Mike Winkelmann, Beeple. Web: http://beeple-crap.com/

El taller, día 3: ‘En tus labios, la súplica carmesí’

No hay hola.

Sigo con el taller al que me apunté hace un año. Esta vez con el tercer relato perpetrado en él. Una microhistoria ambientada en el universo de la Voluntad con muy ligeros toques de gore.

La premisa para redactarlo consistía en que había que acabarlo con la frase final (la marco en negrita) de Los papeles de Aspern. Se trata de una novelette de Henry James, que nos mandó leer el profesor. A mi entender una basurilla soporífera y mal escrita (o mal traducida, a saber que ni loco me voy a molestar en leerla en inglés) donde las haya. Pero nos lo mandaron leer como ejemplo de diálogos (me parto, con esos intercambios deshilachados y a veces caóticos), de ambientación (me mondo, ya que se trata de un torpe intento novela gótica), de psicología de personajes (me parto, me mondo y me descojono con los vaivenes de la sobrina, que de poco menos que casi deficiente mental pasa a tener unos injustificados -al menos según lo leído- cojones y orgullo) y de estilo (en eso coincido: es un perfecto ejemplo de cómo no narrar, con sus inacabables -seres y -mentes, por citar sólo dos defectos de principiante).

Pero bueno, aun soportando su lectura tuve que hacer el ejercicio. Y quedó esto. Ale, too vuestro.

No hay adiós.


La cabeza dio uno, dos botes sobre el entarimado, pero aun así siguió suplicando:

—Per… don.

—Sire, ¿le acallo?

Alcé la mano como única respuesta. El verdugo, todavía más desconcertado, retrocedió. La cabeza siguió rodando hasta quedar a tres pasos escasos de mi trono. La tráquea pulsaba como una segunda boca pero no sangraba. Me recordó a uno de esos amantes que se arrojan besos mudos. El senescal seguía dedicándome su atención incluso ahora, decapitado:

—Er… don.

Aquella inesperada insistencia me sorprendía.

—Valquiuus, inepto —le espeté—. Las cartas. En mi ausencia sólo tenías que hacer una jodida cosa: custodiarlas. Y vas y dejas que te las roben.

Los labios escarlata boquearon:

—Eh… don.

El sonido surgió más asfixiado, aunque todavía audible. ¿Desde cuándo Valquiuus poseía Vol? Jamás lo había demostrado, pero ahora la usaba de esa manera tan impresionante, digna de… digna de una estipe superior. Él, un simple plebeyo. Intolerable.

Desvié la mirada hacia el cuerpo. Sonreí. Ahí estaba el truco. En su agonía algunos decapitados quemaban las chispas de su Vol innata: pataleando, retorciéndose. Puro e inútil teatro. Pero Valquiuus no: él había dejado el cuerpo laxo para derivar su Voluntad hacia la cabeza y así proferir esas disculpas.

Parpadeé, aparté el Velo y contemplé la Filorrealidad. Lo vi. Tal y como suponía, de la herida brotaba un enorme y pulsante sáculo de hebras entretejidas. A falta de pulmones, ¿qué mejor que ese fuelle de Voluntad para seguir implorando perdón?

—Valiente y artero ilusionista.

—Señor. Puedo acabar con…

—No, Mordán. Vete. No te necesito.

Ondeé la mano en un gesto desganado. El verdugo (tembloroso, casi descompuesto) corrió para desaparecer del patíbulo. Sobre la tarima quedamos Valquiuus, el pingajo de su cuerpo y yo. El saco de hebras de Voluntad empezaba a desmoronarse.

«Al fin y al cabo no posees tanta Vol, viejo».

Me incorporé del trono y caminé hasta la cabeza. Todavía boqueaba resistiéndose a morir. Me agaché, la tomé entre las manos y enfrenté mi rostro al del senescal. Un último cara a cara, el primero a la misma altura. Valquiuus agradeció el gesto tosiendo. Su sangre me salpicó las mejillas, los labios, los ojos.

—Eh…

Resollaba. Apenas le quedaban fuerzas pero seguía insistiendo.

—Don.

Me sumergí en sus ojos. Incluso transfigurados por el dolor relucían llenos de determinación. Gritaban con más fuerza que sus labios.

—Me fallaste, viejo. Amaba esas cartas. Sólo podía confiar en ti. Me fallaste.

Sus labios carmesí borbotearon:

—¡Don!

Sellé su boca con mi índice empapado en sangre.

—No. Ya no. Aunque nadie olvidará lo que has hecho. Te lo juro.

Como senescal, Valquiuus, el plebeyo, conocía la Voluntad. Me había visto usarla, obrar milagros. Pero sólo los Señores debemos utilizarla. La dominamos, nos pertenece. Nadie se puede arrogar su uso. Nadie. Así que hice lo que debía hacerse. Tejí nuevos hilos, anudé los ya existentes, abrí flujos, cerré sumideros. Y creé un nuevo prodigio.

Valquiuus ahora ocupa un lugar preferente junto a mi trono, su cabeza convertida en un trofeo que atestigua mi Poder y sirve de advertencia doble. El senescal sigue vivo, balbuceando un agónico y eterno «per… don». Pero su falta sigue ahí. Cuando lo miro, mi enojo por la pérdida de las cartas se hace casi intolerable.

Aromas de interrogatorio

Cuento redactado para el reto 26 de Inventízate II de ELDE. Esta vez me he atrevido 😛 a usar un recurso por lo general poco utilizado. Además tiene mucho que ver con otros relatos:

Aquí os dejo el resultado.

Restricciones

  1. Deben haber tres acotaciones dicendi y tres acotaciones no dicendi.
  2. Deben aparecer dos gatos durante el tiempo presente del relato.
  3. Un personaje debe ir vestido de morado durante el tiempo presente del relato.

Palabras (máximo)

500


Una fragancia salada, rancia, macerada, asalta tu olfato y te despereza. Posee tal fuerza que empiezas a salivar. El aroma te obliga a alzar la cabeza, a husmear el denso aire del ocaso. Debes responder a su llamada.

En alas del efluvio, desciendes por el tejado. Tal y como esperabas, el olor proviene de la celda del Amo. Atraviesas la ventana abierta y de un salto te colocas a sus pies. Ronroneando, te frotas contra su hábito morado.

—Maldito —dice en ese momento—. ¿Qué buscabas a bordo del bergantín?

No comprendes sus palabras, aunque captas su irritación. Tú solo tienes ojos y olfato para la otra figura: una momia de carne putrefacta, amarrada con correas al potro de tortura. De ella emana el aroma a mar, a cosas vivas agonizando dentro de un cuerpo muerto.

—No. —Escuchas otra voz. Quebrada aunque desafiante. Borbotea del cadáver—. No es de tu incumbencia, mortal.

—Por mi cargo, por mi honor, te aseguro que sí. —El Amo agita la mano. En ella refulge su Vol-piedra—. Efímera te lo exige. Y para ti, ahora Efímera soy yo.

Chispas de luz que surgen del puño crispado del Amo. Sabes lo que va a pasar, así que te agazapas tras el faldón del hábito. Un rayo salta del puño al cuerpo amarrado. El cuchillo de luz hiende la carne, desgarra su alma. La cosa se retuerce de dolor.

«Curioso», piensas. «¿Algo muerto puede sentir dolor?».

Te da igual.

Pero el olor… El fuego-poder del Amo lo ha acentuando. Humedad, descomposición. El aroma te abruma. Necesitas acercarte, probar esa carne putrefacta.

Sales de la sombra del Amo y avanzas hacia el potro.

—Habla —exige tu dueño—. ¿Qué busca Garok en una nave de Efímera?

—¿Pretendes comprender los caminos del Dios Multicolor? —El cadáver ríe con un sonido húmedo, gelatinoso. Oírlo excita tu paladar—. Sus caminos son inescrutables incluso para mí. Yo solo obedezco.

Esa criatura te intriga. Ha dejado una huella de humedad en la madera del potro, sobre el suelo. Olfateas: aromas de salitre, de océano, de vida. Deliciosos. Pero también algo más. Entrecierras los ojos y lo ves. Un resplandor tenue envuelve al cadáver viviente: multicolor, danzarín, variable. Sin control ni pauta. Caos etéreo.

Recortas la distancia. Quieres verlo mejor.

Entonces le descubres: otro como tú. Emerge del resplandor de la momia. Su pelo brilla. Imposible, caleidoscópico. Sientes su mira de ojos fieros, inflamados. No ronronea; al contrario, bufa amenazador. Da un paso hacia ti. Enseña unos dientes renegridos, tan putrefactos como su amo. Se te eriza el lomo.

El otro se agazapa dispuesto a saltar. Su bufido se convierte en gruñido.

—¡Basta de juegos! —grita tu Amo. Agita la mano y una esfera de energía golpea la momia. El resplandor te ciega. Cuando vuelves a ver, el otro ha desaparecido.

El olor a descomposición se ha intensificado. Embriagador, casi irresistible… y preñado de matices extraños. Sin mirar atrás, sales por la ventana. En algún lugar de la cuidad encontrarás comida menos problemática.

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