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Acerca de ‘La fiesta’

No hay hola.

Tras mucho tiempo, aquí regreso con una “Acerca de”. En esta ocasión de mi reciente aparición en Libros Libres. El número 3 tiene por tema los viajes en el tiempo. No voy a negar que no suelo trabajar mucho esa temática, por no decir que nada. He leído de ella, más allá de la clásica Máquina del tiempo de Wells y alguna cosita más. Sí que he visto películas, claro, desde las medio tontunas como Regreso al futuro o La chica que saltaba a través del tiempo, pasando por otras más o menos palomiteras como Al filo del mañana o Arc, y llegando a algunas más complejas como Primer.

Con ese pequeño (y triste) bagaje me puse a intentar sacar una historia de unas mil quinientas palabras. Como era de esperar, me bloqueé: no salía nada. Pero nada de nada. Pasaban los días y empezaba a desesperarme… hasta que de repente surgió algo: una idea que retomaba de manera un poco descarada un cuento de Orson Scott Card (‘Bajo la tapa’, creo que era, uno incluido en Mapas en el espejo). Pero mi cuento contaba con una temática tan irreverente que, según me puse a escribirlo, supe que tenía pocas opciones de acabar publicado. Una cosa era gritar ‘¡Gora ETA!’ en una ficción, y otra narrar eso.

Nota: que quede claro que no me suelo auto censurar nunca. Pero otra cosa es que entre de por medio una tercera persona (el editor) y éste ya no se desee pringar en mis idas de olla. Lo comprendo, más aún en este país aún demasiado lleno de mojigatos reaccionarios. A modo de ejemplo, unos meses después de escribir el cuento un payaso, por hacer un chiste (uno en el que incluso vaticinaba lo que iba a pasar), ha acabado ante los jueces. Doy por hecho que el caso de ese comediante ha llegado a tener tanta relevancia porque el chiste ha tenido difusión nacional. Pero eso no quita que si se publica un relato como el mío en una revista no acabe la revista, o yo, recibiendo una citación del juzgado por ‘ofensas’.

Vamos, que no: ese cuento de momento no saldrá a la luz.

Pese a todo acabé con un borrador más o menos maduro del cuento. Luego lo metí en el cajón del olvido y seguí dándole vueltas al asunto de los viajes en el tiempo.

A volver a empezar. Y de nuevo me encontré con el mismo bloqueo. A darme de cabeza contra la pared. Por fortuna la tengo dura (la pared) y la técnica tuvo algo de efecto: de repente me acordé de la más famosa fiesta de viajeros en el tiempo que se ha celebrado jamás. Se trata de un evento tan real como vacío: la recepción que organizó Stephen Hawking el día 28 de junio de 2009. Se me ocurrió pensar en esto: ¿y si de verdad sí que alguien intentó ir?

Con ese germen me puse a darle vueltas en mi cabeza a la historia. Casi sin quererlo me encontré andando por Cambridge gracias a Google Street View. Así conocí Trinity Street, vi numerosas fotos de la calle y leí su historia. De esa manera conocí, situado en la acera de enfrente, el edificio de la iglesia de St. Michael, que aloja el Michaelhouse Café & Centre.

Ya tenía un escenario donde preparar las mil quinientas palabrillas de turno. Según conseguía descubrir más y más detalles de la calle y del edificio donde se celebró la fiesta, empezaba a hacerme una idea de cómo resolver el relato. Las piezas y la atmósfera del cuento empezaron a unirse en mi cabeza. El inicio del mismo se desató como quien dice solo, casi idéntico al de un relato que descarté para el número anterior, el de las distopías. El cuerpo central lo constituía mi visión de esa calle. Y el final, que surgió por sí solo, me hizo regresar a unas de las temáticas favoritas de mi infancia y juventud. Eso sí, no quise poner ningún nombre concreto: quien lo lea y esté iniciado sabrá de lo que hablo; quien no lo esté se limitará a vivir la indefensión y la incomprensión del protagonista.

Antes de acabar debo admitir que la historia me ha quedado muy encajonada. Para variar 😛 El doble de palabras le hubiera ido de perlas, permitiendo presentar bien tanto al protagonista como a sus intenciones, por no mencionar tejer mejor la atmósfera final. Pero mil quinientas palabras dan para lo que dan.

Bueno, espero que el resultado os guste.

No hay adiós.

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Aparezco en el «Especial Día del Libro 2018» de Libros Libres

No hay hola.

 

Libros Libres «Especial Día del Libro 2018»

Libros Libres «Especial Día del Libro 2018»

Como sabrá quien sigue este blog, llevo ya bastante tiempo escribiendo solo entradas relativas a talleres. Pero ha llegado la hora de cambiar de tercio y hablar de que me han publicado un cuento. En esta ocasión me ha elegido la gente de Libros Libres, un proyecto de la asociación cultural Página en Blanco. En los enlaces que os acabo de poner está la información de ambas iniciativas.

He entrado como uno de los partícipes en el «Especial Día del Libro 2018». Siempre me ha agradado este día, y si participo de esta manera tan humilde, pues ya es algo 🙂

Por lo que a mí me toca, debo decir que el trato recibido de la gente de Libros Libres ha resultado más que correcto. No solo ha habido una comunicación fluida y cordial, sino que (por segunda vez en mi vida) he podido disfrutar de un proceso de galeradas. Lo que se dice perfecto para dejar un texto de buen nivel.

¿Qué cuento me han publicado? Pues uno titulado «El partir de las hijas», escrito ex profeso para esta publicación. Dentro de unos días dejaré por aquí el correspondiente ‘Acerca de’ hablando de su proceso de creación.

¿Qué puedo decir aquí de «El partir de las hijas»? La verdad, poco: no quiero destripar nada de la historia. Aunque ya adelanté algo en Twitter:

En efecto, la historia relaciona a Pinocho con Morgana le Fay, los tardígrados y un ascensor espacial. ¿Que eso no tiene mucho sentido? Bueno, os lo dejo a vuestra opinión.

Solo diré un detalle más. Tal y como reza la nota en la portada de la revista, los cuentos contendidos deben ser aptos «para todos los públicos». La idea consistía en que los pudiesen leer niños, o que alguien se los leyera. Y que la historia no les causara traumas 😛 Quien me conozca sabe que me gusta narrar historias con cierta mala leche. Así pasó, que el primer texto que envié me lo rechazaron por rebasar esa barrera de «Apto». Por fortuna, esta segunda idea me la aceptaron ya sin reparos.

Podéis conseguir la revista en Letku (gratis a través del pago social). También, si queréis ayudar a esta iniciativa cultural, podéis comprar un ejemplar físico: para eso debéis poneros en contacto con los editores.

Ya acabo. Si alguno se atreve a comentar algo relativo a la historia, a la iniciativa de Libros Libres o a lo que quiera, será bienvenido.

No hay adiós.

PD: una amiga estuvo en la presentación y me ha mandado este montaje fotográfico con lo que vio y consiguió.

Presentación Libros Libres DdL2018

Presentación Libros Libres DdL2018

Gracias a ella y a la gente de Libros Libres.

Hija del sol nocturno

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día ya hablé de él.

No hay adiós.


Susana esperaba, tal y como él le había pedido:

—Esta noche. Donde el amor besa la eternidad. Aguarda mi llegada.

Ella, acostumbrada a su manera de hablar poética y enrevesada, no tuvo problemas para entender a qué se refería. La Luna empezaba a dominar el cielo cuando llegó al viejo cementerio, el de la cima de la colina. Se sentó en el banco de piedra del mirador, famoso por la panorámica casi perfecta del valle.

—¿Puede haber un lugar más mágico para una cita romántica? —había susurrado Susana. Con la ciudad a sus pies, esperó.

Las horas se acumularon en aquella noche invernal. La medianoche pasó de puntillas entre lápidas, osarios y mausoleos. La Luna, en creciente, se ocultó tras un velo de nubes, volvió a emerger triunfante y de nuevo quedó oculta.

Mientras tanto, Susana esperaba. Él vendría y, como en otras ocasiones, la haría suya bajo el guiño del ojo de plata.

La Luna siguió surcando un mar de gasas, marcando el tiempo con su arco.

Pero él no llegaba.

Susana no desesperó. El frío empezaba a hacer mella, así que se encogió bajo su abrigo.

La noche avanzó, las horas pasaron. Valle abajo la ciudad se derramaba, insomne.

Susana esperaba, aunque el agotamiento empezaba a asediarla. Hasta que, en un momento indefinido, cedió, se recostó contra el banco y quedó traspuesta.

***

El amanecer la despertó. Al abrir los ojos descubrió aquella alba anómala: el sol parecía haberse coagulado a escasos mil metros sobre la ciudad. Emitía una luz fría, azulada, demasiado pura. Susana entrecerró los ojos, la mano a modo de visera. Pero el resplandor era tan potente que veía a través de las rendijas de carne.

—¿Qué está pasan…? —exclamó.

Entonces la estrella imposible creció, se encogió y volvió a hincharse. Susana notaba cómo las olas de luz arremetían contra ella. Resecaron su piel, prendieron su cabello, chamuscaron su ropa. Cuando el sol impostor se extinguió, Susana había quedado reducida a una estatua de rescoldos erguida ante un banco calcinado.

Pero seguía consciente. Porque debía esperarle. No fallaría.

Tras los resplandores llegó un silencio pesado, embajador del bramido ensordecedor que lo barrió todo. El viento derribó panteones, tumbó lápidas, arrasó el cementerio.

Petrificada, Susana resistió de pie junto al banco.

«Ven», pensó bajo la coraza de roca. «Te esperaré. Siempre. Donde el amor besa la eternidad. Ven».

La nube de cenizas ascendió, se hinchó y colapsó para envolver con un manto de muerte invisible los escombros de la ciudad.

Susana contempló el proceso con sus nuevos ojos de obsidiana.

«Te esperaré. Por siempre. Nada me lo impedirá. Ni un millón de soles estallando a la vez».

Llegó el auténtico amanecer. El día pasó, la Luna regresó con su marea de oscuridad. Las jornadas se sucedieron, los meses se amontonaron. Los años quedaron apilados como páginas de un libro abandonado. Tormentas de polvo radiactivo y lluvia ácida arribaron y zarparon, encorsetadas entre periodos de calma chicha. Las ventiscas se sucedieron intercaladas de canículas densas, empalagosas.

Susana esperó.

***

La presencia surgió desde el interior del cementerio.

—Ahí hay otra chispa, Bhiork.

—¿Dónde?

—Junto al barranco.

—Ya la veo. —Las dos formas se acercaron—. Por todo lo Humano, Pet, ¡si sigue de pie!

—¡Ostias! Creo que hemos encontrado todo un premio. Dame la raja-vientres.

—Ten.

Un golpe recorrió el cuerpo de Susana, pero su manto de líquenes apenas se resintió. Al primer mazazo le siguió otro. Y luego otro.

—La muy puta se resiste. —La voz evidenciaba agotamiento—. Mira que me jode… Anda, pásame el P8.

—Toma. Cúbrela bien. Pero no te pases: no querrás joderla.

—Agorero.

—Ya, ya… Cuando acabes, avisa.

—Vale.

Desde dentro de su coraza de roca y tiempo, Susana sintió que la embadurnaban con una sustancia pegajosa. No comprendía qué pasaba. En su mente resplandecía un único pensamiento: «Esperar». ¿A qué? Lo había olvidado siglos atrás. Pero debía de tratarse de algo muy importante ya que daba sentido a su existencia.

Sí: debía esperar.

—Hecho.

—Vale. Bhiork, sal de ahí cagando leches. En tres, dos, uno…

La detonación llegó a lo más hondo de Susana. Algo se

debilitó

diluyó

desgajó.

Susana dudó. ¿La espera había acabado?

—Aquí está. —Susana notó que la agarraban, que la elevaban. Unos dedos. Una mano—. Oh, es preciosa. Poderosa.

—Nostamal. Al mogollón. —Bhiork arrojó a Susana al contenedor. Repente se encontró rodeada de otras como ella: esperaban, resistían, perseveraban—. Sigamos. El escáner dice que abajo, entre las ruinas, todavía quedan algunas Volutas.

—Ok. No esperemos más.


Artista: Mike Winkelmann, Beeple. Web: http://beeple-crap.com/

Artista: Mike Winkelmann, Beeple. Web: http://beeple-crap.com/

De celeridades y otras desgracias

No hay hola.

Bueno, este mes pasado no pude participar en los talleres por falta de tiempo. Eso implica no disponer de cuentos que colgar en el blog, ni con ningún ‘Acerca de’. Para cubrir esos huecos aquí os dejo un texto que ha quedado libre de derechos hace cosa de un año. El cuento, un poco viejo, tiene su origen en el primer taller de relato corto en el que participé, y con diferencia el más serio y útil. De uno de los ejercicios, bajo la premisa de ‘la vi pasar con prisa’, surgió este ‘De celeridades y otras desgracias’. Supone un nuevo regreso a una temática que desde crío me ha llamado la atención: la mitología judeocristiana. El cuento en su día le gustó al profesor, si bien noté que le había dejado descolocado: supongo que el mensaje interno no acaba de agradar a un cristiano creyente.

Tras varios años de permanecer en el olvido, el cuento (revisado y ampliado) formó parte de la primera recopilación de la ya extinta Editorial Argonautas. Dado que los derechos de la editorial estaban reservados hasta 2017, ya lo puedo colgar aquí sin problemas.

Espero que os guste.

No hay adiós.


Saludos.

No puedes traspasar este umbral: al palacio sólo acceden los Elegidos y los Principales.

¿Cómo? ¿Ignoras dónde estás? Empecemos por saber adónde quieres ir.

¿Tampoco lo sabes? Pero, ¿cómo has llegado aquí?

¿Ni siquiera estás seguro de eso? ¿Cómo puedes estar tan perdido? A ver, dime lo último que recuerdas.

¿Que te acostaste en tu lecho y despertaste ahí fuera, en la pradera del otro lado del muro? Lo que dices carece de sentido.

Acércate un poco que te pueda contemplar mejor. Más, que esta noche no hay luna y mis ojos no son lo que eran. ¡Pero si aun estás en la flor de la vida! ¿Qué haces aquí?

¿Y toda esta multitud que te sigue? ¡Pero si casi todos son críos!

Esto no tiene sentido, ningún sentido. A menos que… espera. ¡Alabado sea nuestro Señor! Tus rasgos, tu piel morena… Déjame ver tu shenti: de lino de la mejor calidad, y con bordados en oro. Además tu nemes, aunque pequeño posee incrustaciones de lapislázuli. Perteneces a la nobleza, sin duda. ¡Por todo lo sagrado! Eres el hijo del…

Ahora lo entiendo: tu presencia y la de tu séquito. Y los rumores. Por el Poder bajo el domo, ¡los rumores!

Todo encaja.

Eso explica la manera tan apresurada en que Ella salió de palacio, y el torrente de sensaciones imposibles que me provocó al pasar a mi lado.

Y lo que vi en sus ojos.

Creerás que desvarío. No me comprendes, ¿verdad? Lo mejor será que os cuente lo que he visto esta mañana. No justificará el porqué estáis aquí, pero ojalá sirva para evitar que la culpéis: al fin y al cabo Ella sólo obedece órdenes. Recordadlo, por favor: Ella no tiene la culpa de nada, sólo acata lo que el Poder manda.

Venga, salgamos al exterior del recinto. Eso, en la pradera entramos todos sin problemas. Ale, sentaos a mi alrededor.

¿Por dónde puedo empezar? Quizá por aquello que me llamó la atención en un primer momento, lo que me hizo notar que algo extraño estaba sucediendo: esta mañana salió del palacio deprisa. Muy deprisa. Y la forma en la que lo hizo… Me atemorizó, me dejó paralizado.

Sí, suena ridículo: sentir miedo porque Ella camine rápido. Pero vosotros no visteis la manera en que lo hizo. Tampoco la conocéis, todavía no tenéis ni idea de la disciplina tan severa a la que se ha sometido desde siempre. Lo hace con el único objetivo de no exteriorizar los sentimientos. O de que eso sucediera las menos de las veces. Sí, se somete a sí misma a una rutina poco menos que maquinal. Nada ni nadie altera su forma de proceder. Siempre constante, siempre segura. Una de sus normas no escritas reza “nunca correr”: hay tiempo para todo, y todo tiene su tiempo.

Sin embargo esta mañana sucedió algo que la hizo… no me atrevo a usar la palabra “huir” porque, ¿qué podría hacerla huir a Ella? No me lo hubiera podido imaginar. Aunque ahora que os veo, ahora que asocio vuestra presencia a los rumores…

Cuando pasó tenía un aspecto extraño. Jamás la he visto así. Diría que avanzaba insegura, casi indefensa. Desvalida. Creo que esa palabra encaja a la perfección con cómo la vi: desvalida.

Como os he dicho verla así me afectó tanto como para dejarme paralizado de horror. Y eso que la conozco desde más tiempo del que podáis imaginar.

Eso ocurrió esta mañana, poco después del amanecer. Ahora, cuando un nuevo día está a punto de nacer, os tengo aquí ante mí.

Os noto tensos, dubitativos. Normal. No sé cómo puedo tranquilizaros. Aunque tampoco está en mi mano hacerlo: yo sólo aguardo aquí, en mi garita ante la puerta del recinto palaciego, vigilando que sólo entre quien tiene derecho a ello. Una tarea monótona y aburrida, sí, pero viendo vuestros ojos llenos de temor, agradezco esa falta de responsabilidad.

Alguien os explicará el porqué de vuestro destino. Yo no.

Creedme: todo tiene su sentido. Siempre. Todo está justificado, orientado a alcanzar un final apropiado y maravilloso. Aunque ahora resulte difícil de entender o creer.

Vuestros ojos os delatan: buscáis un culpable y vais a hacer recaer en ella todo el peso de vuestra situación. No lo hagáis: eso no sería justo. Bastante tiene con su carga, ya de por sí ingrata, como para que vosotros se la echéis en cara.

Por favor, escuchad lo que os voy a contar. Dejadme explicaros lo que vi. Seguro que una vez me hayáis escuchado la comprenderéis.

Los de ahí atrás, ¿me oís? Bien.

Yo estaba en mi puesto. Faltaba muy poco para el alba y todo indicaba que el día iba a transcurrir con total normalidad. Vuestra amada Sothis relumbraba reinando en el cielo nocturno. Bajo la cúpula que marca el corazón del palacio –allí al fondo lo podéis ver, aquel domo de oro con una constelación de diamantes engarzados– la reunión de los Principales aguardaba las órdenes del Poder. Por supuesto, entre los Principales se encontraba Ella. Como todos los días, justo antes del amanecer, el Poder reparte las comandas. Jamás he estado en esa sala, pero sé a la perfección lo que ocurre tras la maciza puerta de marfil: los Principales escuchan las órdenes, las interiorizan y, tras las obligadas alabanzas y jaculatorias parten para cumplirlas. Después la reunión se disuelve.

Esta mañana, como cualquier otra, Ella se debió levantar de su escaño, cubrió su rostro con la cogulla y, sin pronunciar palabra (nunca escucharéis escapar de sus labios pero o queja alguna) salió de la sala. De entre todos los Principales Ella es la que con más rapidez parte a cumplir las órdenes. El resto suelen quedarse un poco a comentan las órdenes formando corrillos. Sin embargo Ella rehúye esas conversaciones y, humilde y sumisa, se limita a cumplir su trabajo.

Al llegar ante la puerta de la sala de juntas su mano debió ondear un saludo al pregonero. Le conozco (no por nada pertenecemos al mismo gremio, lo que nos brinda un vínculo esencial) y me lo ha comentado más de una vez: Ella, a diferencia del resto de Principales, siempre le dedica un gesto de reconocimiento. El pregonero ha debido devolverle el saludo con una inclinación la cabeza llena de respeto (los comentarios de conmiseración quedan reservados a conversaciones más íntimas, entre otros miembros del gremio. Confío en que sepáis guardarme este pequeño secreto, chicos. ¿Lo haréis? Muy bien).

Tras devolver el saludo, cuando Ella apenas hubiera salido del salón, el pregonero procedió a cumplir su misión: se llevó la trompeta a los labios y sopló. Las notas empezaron a sonar propagándose por toda la ciudad. Mientras tanto Ella ya ha iniciado su recorrido a través de las incontables estancias del palacio.

El toque dorado de la trompa cruzó salas, habitaciones y jardines. La escuché sonar sobre mí, rebasar el muro, recorrer esta misma pradera para luego empezar a recorrer las calles. Visitó casas, tiendas y almacenes hasta llegar a las almenas de la muralla. Allí la nota vibró con especial intensidad: a fin de cuentas es el salvoconducto que permite al sol asomarse sobre el horizonte. Como respuesta un primer haz de luz saltó la muralla y se posó raudo sobre el domo. Cada mañana, antes del amanecer, el sol rinde pleitesía al Poder arrancando destellos de gloria en la cúpula de oro y diamantes. El torrente de luz bailoteó durante unos instantes sobre la cúpula, regodeándose de una comunión efímera con el Poder. Éste bendijo la luz del astro rey, ungiéndola con sus comandas. Una vez saturada de información, la cascada dorada se derramó sobre el resto de la ciudad. De esta manera, como todas las mañanas, la urbe despierta.

En el preciso momento en el que el torrente de luz se vertía sobre el Barrio Bajo Ella ya traspasaba el umbral de la última estancia del palacio. Yo todavía no la podía ver. Como podéis apreciar los jardines que lo circundan tienen una extensión enorme. Aun así, como el resto de mañanas, percibí su presencia desde lejos. Solía avanzar con paso seguro, envuelta en un halo de lúgubre majestuosidad más o menos denso según la gravedad de las órdenes que le han encomendado. Mientras recorre los jardines el sol conquista la noche. Las flores desperezan y reciben al día saludándolo con un torrente de aromas, con una cascada de colores que sólo se puede describir como lujuriante.

Sin embargo Ella se muestra indiferente: para Ella sólo existe el trabajo. Su trabajo, uno que paraliza corazones y decide destinos, conjura tragedias e inspira epopeyas. Las glorias y momentos culminantes de otros suponen para Ella el día a día.

Mi puesto se encuentra al final de la avenida de rosales, su favorita. Si os fijáis podéis verla a través de la puerta, esa misma por la que no os he dejado pasar. Hermosa avenida, ¿no?

Nunca me lo ha dicho pero lo sé: pese a su aparente indiferencia a Ella le gusta partir a cumplir su misión envuelta con la fragancia que anega esta parte del palacio. Cada mañana la contemplo cuando pasa ante mí. Disfruto del contrapunto que supone su presencia terrible frente a la vivacidad y alegría de las rosas. La Creación está repleta de contrastes, pero algo en ése en concreto me parece poco menos que sublime. Pero dado que mis tareas distan muchos de las de los poetas este tipo de ideas ésta me la dejo para mí. Así que ya sabéis: de esto tampoco digáis nada.

¿Cómo se me ocurre confesarme ante vosotros, si no os conozco de nada? No lo entiendo. Quizá se deba a ese aroma a inocencia desgarrada que emanáis.

Sea como fuere cada mañana Ella pasa ante mi puesto y yo aguardo su llegada, firme ante mi garita.

La suelo ver cuando ya ha recorrido dos tercios de los jardines. A veces se presenta tal cual, sin parafernalia alguna, una figura alta y delgada embozada en negro. Sé que hay quienes la idealizan como una mujer de belleza letal, mientras que para otros se asemeja a una bruja vieja y escuálida. Supongo que eso dependerá de los ojos con los que uno la mire. No, no os voy a decir con qué ojos la contemplo yo. Sólo os diré una cosa: no emana maldad. Recordad eso: ella no es mala.

Al llegar a mi sitio suele girar la cabeza para dedicarme una sonrisa, un gesto teñido de tristeza demasiadas veces. En otras ocasiones, cuando se siente más afligida, prefiere escudarse bajo una capa de bruma que rezuma desasosiego y fatalidad. Y a eso se suele limitar sus demostraciones de sentimientos.

Pero hoy ha sido distinto. Mucho peor: la calima de los días de mayor tristeza se había convertido en una galerna furibunda, un turbulento vórtice oscuro y opresivo. La visión de semejante espectáculo aterrorizaría a cualquier mortal, pero a mí no debía haber podido afectarme: entre mis órdenes no está el verme acongojado ante Ella. Y sin embargo algo se retorció en mi interior al enfrentarme a esa manifestación de poder ciego y apenas sometido. Noté algo que, incluso contra Su voluntad, sólo podía calificar como temor. Yo, un Guardián, sentí pánico.

Por favor, no se lo digáis a nadie.

El frente de la galerna se acercaba con extrema rapidez. Tenía la forma de un manchón cuya tonalidad bailaba entre el azul oscuro y el negro, una confusión burbujeante que ocultaba algo que no estaba seguro de querer descubrir. Avanzaba muy rápido. ¿Qué era aquello? Tan pronto como formulé la pregunta obtuve la respuesta gracias a un destello de intuición: se trataba de Ella, y huía. Pero yo debía estar equivocado. Tenía que estarlo: aquella explicación rozaba el ridículo. Nada en la Creación la puede hacer huir. Nada.

Pero, ¿qué había sucedido en el domo como para que se ocultara de esa manera? Para que corriese así ¿qué órdenes había recibido?

El cuajarón de tinieblas me envolvió. Apenas veía nada. En lo más profundo de la tormenta pude ver un súbito destello, frío y metálico: el filo del dalle. Y bajo la hoja, Ella, compacta y letal.

Estaba casi a mi lado.

Noté cómo el pánico me poseía, el más intenso pavor que jamás he experimentado. No podía, no debía temer nada de ella, ¡pero irradiaba tal energía! Me quedé paralizado, tan asombrado como aterrado. Sólo atiné a bajar la mirada rehuyendo su rostro.

Allí estaba, en el centro de la oscuridad. Pero había vuelto la cabeza al pasar a mi lado. Y supe (lo sentí como un estilete clavado en lo más profundo de mi ser) que me miraba. Me vi obligado a alzar la vista: algo en mí me decía que Ella, la más temida, me imploraba. A mí, a un simple y humilde Guardián, Ella se rebajaba a suplicar que le prestara mi atención.

¡Oh, chicos, no os podéis imaginar lo que había en esa mirada! Sus ojos. Sus ojos poseían un brillo especial, acuoso. Estaban anegados en lágrimas. Al contemplar esos ojos sentí como me derretía de horror. Me revolví presa de la incredulidad. Por un instante pensé que sufría alucinaciones. Pero entre mis órdenes tampoco estaba el imaginar. ¿Qué había podido provocar su llanto?

Ahora os tengo ante mí, os contemplo, y… Mejor vuelvo a mi narración.

Ella siguió avanzando. Como ya os he dicho, Ella caminaba muy rápido. Corría. Con la misma velocidad que había llegado la galerna pasó, dejando un rastro de rosas desgarradas y rosales arrancados. La tormenta rebasó los muros del palacio, cruzó esta pradera y se adentró en el Barrio Bajo. Luego llegó a la muralla, la rebasó y se perdió en el exterior, en vuestro mundo.

Y con ello la historia, vuestra historia, cambió para siempre.

Permanecí un rato hipnotizado, contemplando el punto en el que había desaparecido. El sol proseguía su ascenso, envalentonado ahora que Ella había partido. Su calor disipó mis temores. Me acomodé en mi garita y traté de apartar de mi mente lo que había visto.

La mañana transcurrió anodina. Los jardineros llegaron y se dispersaron cual zánganos por entre los rosales reparando los destrozos con una eficiencia indolente. Para mi sorpresa ni se preocuparon en saber qué había sucedido, qué había destrozado la avenida. Se limitaron a trabajar. Se limitaron a cotorrear entre ellos con su habitual cháchara alegre y distendida.

Pero uno de los rumores que les escuché llamó mi atención. Sumé ese rumor a otros que ya había oído de un tiempo acá, comentarios a los que hasta ahora no había prestado atención, y una luz se hizo en mi interior. Una terrible sospecha que ahora se materializa con vuestra presencia, niños.

Todos esos rumores hablaban de una serie de pruebas a las que el Poder había sometido a un distante pueblo, Kemet. Sí, el mismísimo Kemet: vuestro país, chicos. Los rumores que había oído describían nueve desafíos, nueve retos que el Poder ha planteado al gobernante de ese país. A tu padre, chico. Sí, a tu padre. Nueve tareas que habían supuesto trabajo adicional para Ella. Proezas relativas a mosquitos, ranas, alimañas y langostas, a granizo y fuego, llagas, sangre y oscuridad. Supongo que vosotros, como habitantes de Kemet, ya los conoceréis.

Pues bien: el rumor de esta mañana hablaba de una prueba más. En esta ocasión no se retorcían las leyes de la naturaleza generando plagas animales, ni se invocaba la acción de los reyes elementales. No, esta vez sólo se ha convocado un poder: el de Ella. Porque, como ya sabéis, Ella se ha convertido en la mano ejecutora de esa nueva prueba. Una prueba para demostrar la tozudez de tu padre, chaval. Una prueba para que tu pueblo descubra, de nuevo, el poder del Verbo.

Una prueba que os ha traído aquí, mis queridos niños, mis primogénitos.

No estuve en ese salón, el que se encuentra en el corazón del palacio que veis, bajo ese domo dorado e incrustado de diamantes. No vi cómo reaccionó Ella al escuchar las órdenes. Pero la conozco y sé lo que sintió. He visto el resultado de su sufrimiento. Ha pasado delante de mí convertida en un vórtice de celeridades, un torbellino de desgracias que restallaban llenas de furia.

La conozco y sé que esas órdenes han provocado sus lágrimas. Lágrimas suyas y las de muchos otros, de gentes humildes e inocentes, gentes que viven al otro lado de la ciudad.

No está dentro de mis órdenes el comprender lo que pasa. Pero sí os digo una cosa: pese a su poder, terrible y enorme, Ella sólo es un simple peón. Sólo obedece órdenes. No tiene la culpa de lo que ha sucedido.

Recordadlo: Ella no tiene la culpa. El filo de su dalle está manchado con vuestra sangre, sí, pero no os quedéis en ese detalle. Ella empuña el arma que os ha matado, pero sus manos están atadas y otro tira de los hilos.

Por favor, no lo olvidéis: Ella sólo acata las órdenes de un poder superior.

Ahora partid, niños. Con la luz de esta preciosa mañana me han llegado nuevas órdenes: según ellas acabáis de entrar en la lista de los Elegidos, lo que os permite pasar al interior del palacio.

Ale, mis niños, entrad en el palacio y buscad las respuestas. Espero que os acordéis de mí y me hagáis alguna visita, que las guardias se me hacen muy solitarias desde que… bueno, otro día os cuento esa historia.

Venga, id.

Pero si ahí dentro os dan la explicación a lo que ha pasado recordad mis palabras. Hacedme el favor de, si os encontréis con Ella en un futuro, tened en cuenta lo que os he dicho: hoy la vi huir, hoy descubrí sus lágrimas, unas lágrimas que evidencian un dolor demasiado intenso como para poderlo sublimar. Ella, como buen soldado obediente, sólo cumple las órdenes que le imponen. Aunque acatarlas suponga desgarrar su alma.

Recordadlo cuando la veáis.

Y no la culpéis.

Como mosquitos en una trampa pegajosa

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día ya hablé de él.

No hay adiós.


Una vez más abro el frasco y aspiro tu Canción. Ahí estás, toda tu esencia concentrada en ese elixir. De repente un tango atraviesa la ventana e inunda la habitación. El antro mugriento y ruidoso de la planta baja no descansa, ni de día ni de noche. Reconozco la melodía: sonaba la noche que te conocí en aquel tugurio cercano al viejo malecón. Apago la luz y me asomo al alfeizar. Sé que no debería hacerlo, pero las notas me llaman. Forman una escalera sincopada mientras trepan por el aire denso de la noche. La tonada, unida al aroma, se convierte en un regalo: tu recuerdo se vuelve algo físico. Querría fundirme contigo, acabar con esta separación forzada.

Todavía no.

—Mañana. —Intento convencerme—. Quizá mañana.

Sé que ella continua peinando la ciudad. Buscándote, buscándonos. No puedo recrearte. Aún no.

Dejo abierta la ventana y regreso al interior del cuarto.

Y recuerdo:

—¿Funcionará? —preguntaste antes de que todo empezase.

—Lo he hecho más veces.

El mohín en tus labios me obligó a concretar:

—Pero nunca por amor.

—Si crees que funcionará, hazlo.

Lo hice. Te maté, te arranqué el alma, la encadené a ese frasco y huí. No: huimos. Juntos.

La canícula nocturna, junto al ventilador roto, convierten la habitación en una trampa para insectos. ¿Tú y yo?

Un chirrido de neumáticos frenando. Más que oírles, siento cómo salen de los coches. No les veo. Tampoco lo necesito. Las caras poco importan, sus armas sí. Están aquí.

Los gritos acallan el tango. Una voz de mujer, rabiosa:

—Los quiero. No importa cómo, pero los quiero.

Percibo su aura: una luz espectral que desafía la noche. Ella. Ha llegado. Tu viuda, que desea equiparar la partida. Sangre por sangre, alma por alma.

No hay tiempo. Entro en el baño. Mierda. No hay ventana, sólo un respiradero estrecho.

Preguntas, exclamaciones, insultos, carreras. El pasillo del motel bulle.

—Sal, hija de puta —ruje.

«Hija de puta».

Sonrío. Mantuviste bien el secreto, querido. Siento la tentación de salir y unirme a la turba de desconcertados huéspedes. Descarto la idea por temeraria y ridícula.

Ella vuelve a gritar. Debe acompañarle un psiónico, por lo menos uno capaz de rastrear auras. O incluso filoesencias. Sólo eso explica que nos hayan encontrado tan pronto.

El respiradero. No hay otra salida. Pero usarlo implica dejar todo atrás. Todo. Observo el frasco. En su interior refulge una diminuta luz. Sonrío. Te has decidido.

—Como desees, querido.

Obligo a mi uña corazón a crecer. Se alarga, se afila. Cuando se ha convertido en un bisturí rubrico con ella el sello de la Alianza sobre mi piel. El dolor me bendice con su lucidez. La sangre —la misma que ella reclama— empieza a derramarse, a bañarme.

—Aquí, mi señora. —Una voz imposible: un moldeado—. Alguien está usando Vol.

La puerta cruje pero se mantiene firme. Declamo los nombres de mis doce guardianes y rezo porque la madera resista un par de empellones más.

—Derribad esa puta puerta.

Las brumas del ritual (dolor, sangre y Vol entrelazados, efervescentes) me emborrachan. Mi cuerpo arde. Los huesos se licuan, la carne se derrite. En el último momento de solidez agarro la botella. Te derramo sobre mí, dentro de mí. Te envuelvo, nos unimos. Siempre contigo. Siempre.

La madera explota pero yo/nosotros fluyo/fluimos respiradero adentro.

—Que no escape.

Pese a carecer de oídos la agresividad de su alarido nos sacude.

Cuando arremeten contra la puerta del servicio nosotros ya nos estamos derramando fachada abajo. Nos deslizamos sobre la mugre y el polvo grasiento de los muros. Te retuerces lleno de repulsión.

—Tranquilo, querido. Aprenderás a soportarlo.

Pero sigues gritando mientras nos sumergimos en las cloacas. Sé que navegar entre heces no se parece a la huida romántica que habíamos planeado.

—Debemos dejarla atrás —susurro—. Ya recuperaremos luego la individualidad.

Percibo tu inseguridad.

—Aunque, si lo prefieres, siempre podemos mantener esta comunión.

Callas. Ese silencio me basta. Al menos por ahora.

La acequia desemboca en un albañal en la base de la muralla. Recupero mi forma.

Amanece. El sol incendia el pantano con tonos naranja rabiosos.

Sólo vestido de esperanza, empiezo a alejarme de los muros. Ni hombre de lata, ni espantapájaros ni león: encarno el papel de roedor furtivo perdido en un camino de baldosas de inmundicia.

Huyo sin destino fijo. Pero en mi pecho late el contenido muy especial de un frasco abandonado. Su calor me sirve de talismán, me impulsa a seguir. Porque dentro, en su luz, tú sonríes.

El taller, día 2: ‘El legado’

No hay hola.

Al acabar el primer día nos dejaron un ejercicio: nombrar una obra que te haya marcado/impresionado/apasionado, sacar de ella cinco palabras y con ellas escribir una historia de unas quinientas palabras.

Esto es lo que escogí:

  • Mi obra: La sombra sobre Innsmouth, de Howard P. Lovecraft.
  • Las palabras escogidas: borrachín, habitación, tiara, orden, arrecife.

Y salió esto. La cabra tira al monte y morirá trepando.

No hay adiós.

Sólo al descubrir el contenido de la caja supe cuánto me quería mi tío Benito, pero el muy condenado había esperado a morir para hacérmelo saber.

Tras la lectura del testamento, Mendoza, el notario, me llevó a una habitación.

—Aquí la tiene. —Sobre la mesa había una enorme caja cúbica de madera de pino, humilde pero embellecida por el barniz del tiempo y el maltrato—. Si necesita algo estaré en mi despacho.

Desconcertado, sólo acerté a asentir.

Toda familia tiene su oveja negra. En la mía se llamaba Benito. El tío trabajaba de comercial, un eterno viajero de mirada esquiva y verbo susurrante. Apenas le había visto una veintena de veces. Lo típico: bodas, bautizos, entierros… Siempre acababa chispa meneando su vaso de Stolichnaya mientras murmuraba sobre sus viajes. Nadie le hacía caso.

—Ya está con sus tonterías —le censuraba madre.

Pero yo me quedaba a su lado. Escuchaba anonadado mientras describía lugares remotos y exóticos. Asia, América, África; también Europa y, por supuesto, España. Me recordaba a un Indiana Jones barrigón, extremeño y borrachín. Ahora lo sé: le admiraba. Él apenas me dedicó atención más allá de una sonrisa o una caricia. Hasta ahora.

Mendoza había dejado un martillo y una palanqueta junto a la caja. Un par de golpes y la tapa se soltó revelando el contenido: volutas de corchopán. Por supuesto, debía haber más. Hundí la mano y palpé algo voluminoso y sólido. Bajo el olor químico del poliestireno percibí otro aroma. Salino, fermentado; a algas, a mar. Excitado, aparté las volutas. Saltaron por todas partes. Dejaron perdida la mesa, rodaron por el suelo de la habitación. Me daba igual: ardía de curiosidad.

El objeto estaba envuelto en un paño suave y azul. Intenté sacarlo tirando de él pero descubrí que pesaba demasiado. Opté por hacer palanca y volcar la caja sobre un lateral. Por fortuna algunas volutas sueltas amortiguaron el golpetazo contra la mesa: no deseaba llamar la atención del notario. El objeto salió y rodó junto con una cascada de corchopán. Lo sujeté antes de que cayera al suelo. Tenía forma más o menos ovoide, truncado por un extremo. El paño (delicada y preciosa seda de primera calidad) estaba anudado con firmeza, pero una vez vencida la resistencia inicial los nudos se deshicieron solos. La tela, casi líquida, se desparramó para revelar una impresionante tiara dorada, labrada con símbolos extraños y figuras incomprensibles.

Me quedé un buen rato mirándola anonadado. Pesaba lo suficiente como para estar hecha de oro macizo. Rico. ¡Era rico!

De repente me percaté de la nota:

“Querido Andrés. Tú me escuchabas; tú puedes continuar mi búsqueda. Sé que C existe: he aquí la prueba. Indaga sobre la Orden. Ellos tienen la clave.”

A continuación había escrito dos ternas de números. Coordenadas.

¿Qué significaba todo esto? Miré desconcertado la tiara, luego el pañuelo. Lucía un estampado de estilo japonés, una escena marina: olas azotando un arrecife; entre las rocas, desafiando los rompientes, un par de figuras humanas.

Introduje las coordenadas en el móvil: marcaban un punto de la Costa da Morte. Ignoraba lo que mi tío quería que investigara. ¿Acaso importaba? Si esa tiara provenía de ahí, ¿habría más objetos similares? Volví a taparla con el pañuelo y la introduje en la caja. Claveteé la tapa como pude y grité:

—Señor Mendoza, ¿podría pedirme un taxi?

Me esperaba un largo viaje.

La muchedumbre devoró el alarido

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día ya hablé de él.

No hay adiós.

La muchedumbre devoró el alarido

Se giró al escuchar el grito. Sortakii había completado su misión: detectar El Mal y purgarlo con fuego. En teoría ya podía irse. Pero aquella voz…

—¡Padre!

El inquisidor contempló la figura atada al poste, allí en medio. El joven le devolvió la miraba con ojos desorbitados. ¿Brillaba en ellos el pánico, el horror ante el destino al que Sortakii le había arrojado? El inquisidor estaba acostumbrado a ese tipo de reacción. Pero notaba crecer la incomodidad en su interior. Esa palabra: ‘padre’.

Las primeras lenguas de fuego serpenteaban entre los pies del chaval; unas pocas trepaban juguetonas sobre su sari engrasado.

Sortakii había ordenado erigir la pira en el patio central del castillo—colmena. Ahora las balconadas y gradas estaban repletas de curiosos, de morbosos. Les veía por doquier: apretujados en torno a la pira, festoneaban balcones y ventanas, se encaramaban a postes o al mismísimo zaguán circular. Todos acudían a contemplar el espectáculo de la quema del hereje.

Pero el inquisidor notó que el grito del chico había provocado un cambio en la multitud: algunos espectadores se habían vuelto hacia él y le miraban con curiosidad.

—¡Padre! —repitió el chico. En su grito había algo inconfundible, algo que el inquisidor supo identificar. Él y varios espectadores. Varios más —«demasiados», pensó—dejaron de atender al sacrificio para clavar sus ojos sobre Sortakii.

Las llamas abrazaban el torso del chaval. Unas pocas habían trepado hasta su cabeza y jugueteaban con sus cabellos; conjuraban una corona resplandeciente, casi gloriosa. El chico debía sentir un dolor inaudito, pero aun así gritaba esa maldita palabra de una manera tan sosegada…

—¡Padre!

El fuego empezaba a devorar los rasgos del chico. La piel se derretía borrando todo rastro de parecido con Sortakii. Sin embargo le seguía mirando con ojos enormes.

El inquisidor notó cómo toda la atención del castillo se volcaba en él. El cuerpo ennegrecido del chaval, su piel deshaciéndose, su melena elevándose en brazos de las llamas hacia el cielo nocturno… nada parecía interesarles. Ni siquiera les molestaba el hedor a carne quemada. Sólo parecía importarles esa palabra. Eso y la manera en que el joven la pronunciaba: llena de amor absoluto y servil.

El inquisidor dio un paso de regreso a la pira. Alzó su tridente en gesto acusador, pero de nuevo el chico se adelantó:

—¡Padre! —Los ojos del muchacho, a diferencia del resto del cuerpo, no ardían. ¿Acaso las lágrimas los protegían del fuego? En su mirada había tal expresividad, tal… ¡amor!

«Ese maldito crío», el pensamiento estalló en la mente del inquisidor. «No dejaré que me descubras. La puta de tu madre me hechizó obligándome a romper mi celibato. Y ardió. Ahora tú, maldito, ¿me amenazas con difundirlo? ¡Arde! ¡Muere!».

—¡Blasfemo! —gritó Sortakii, pero su voz surgió ahogada, exangüe. Sentía la presión de la multitud, de sus miradas acusadoras. Sabía lo que pensaban: si son padre e hijo, y el hijo está mancillado por El Mal, ¡ambos deben arder!

—¡Blasfemo! —insistió. Pero la marea de gente fluía hacia él. Querían limpiar todo mal.

«¿Cómo te enteraste?», pensó Sortakii agitando el tridente hacia la multitud. Ésta se detuvo amedrentada: el metal resplandecía lleno de poder, de Voluntad.

—¡Hermano!

Todos, Sortakii el primero, se volvieron hacia la pira. Se había convertido en una montaña de llamas compactas en cuyo seno se retorcía una forma negra y achaparrada.

—¡Hermano! —El inquisidor boqueó desconcertado. «Has… ¿has pactado? ¿Con El Mal?», pensó horrorizado.

El joven rugía sobre el bramido de las llamas. Su voz sonaba llena de orgullo y lascivia, carente del menor rastro de amor. Las llamas lo habían devorado hasta reducirle a un monstruo de carne carbonizada. Debía estar muerto. Pero no: aquellos ojos seguían acusándole. El golem se liberó del poste y dio un paso hacia Sortakii. Luego otro. Y otro. Salió de la pira con los brazos extendidos.

—Únete a mí, ¡hermano!

Lívido ante aquella acusación, Sortakii esgrimió el tridente. Del báculo emergió un rayo que impactó en la abominación. Tras un aullido de dolor, el golem se desmoronó reducido a una pila de carbones humeantes.

«Ahora sí», sonrió Sortakii. «Muere, mi vergüenza».

La multitud le rodeaba. Le miraban de una manera que él conocía muy bien: había incitado ese odio durante décadas.

El Mal debía ser purificado. El fuego seguía ardiendo y la turba sabía que “donde arde uno pueden arder dos”.

El tridente volvió a refulgir. Un miembro del gentío estalló en llamas.

Había muchos. Demasiados.

—¡Maldito! ¡Malditos! —gritó Sortakii, pero la muchedumbre devoró su alarido.

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