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‘Por culpa del inocente’, cuento en Libros Libres Nº 6

No hay hola.

Sé que el número ha salido hace ya varios días pero, entre asuntos personales y la novela, no he podido hasta ahora ponerlo aquí. Está visto que no valgo para hacerme autobombo, no.

Libros Libres Nº 6

A lo que iba: un nuevo cuento mío aparece en el número actual de Libros Libres. Esta edición se centra en los superhéroes. Además, para dar cierta coherencia al número, los editores diseñaron un trasfondo común sobre el que tejer las historias. La mía se titula ‘Por culpa del inocente’. La historia pretende mezclar un pequeño toque de humanidad con algo de horror, siempre con ese mundo de superhéroes de fondo. Espero haberlo conseguido.

Como siempre, os doy las direcciones donde conseguir un ejemplar:

Así que ya podéis disfrutar de ese cuento y de todos los demás contenidos del número. Todo vuestro.

No hay adiós.

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La cornucopia

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad.

Se trata de un nanocuento ‘navideño’. Admito su falta de originalidad: en cuanto tuve el primer borrador me vino a la memoria La niebla, de John Carpenter. Pese a todo se ve que a alguno le ha sorprendido, lo que dice que no conocen la película, nada más.

No hay adiós.


Al fin, en la cuarta navidad, tuvieron algo que celebrar. Los arrecifes que circundaban la isla les regalaron una cornucopia de objetos desmadejados: abrigos empapados, reducidos a jirones; vestidos enjoyados de algas y conchas; también calzado y enseres varios. Incluso latas abolladas y alguna botella intacta.

Lo desecharon todo.

Carne: necesitaban carne con la que variar su dieta.

De repente, asomando bajo una vela desgajada, vieron una sandalia con su respectivo pie. Tras ella, una pierna mordisqueada por tiburones.

—Aleluya —gritaron, recogiendo con alegría el regalo del barco.

—Ya sabemos hacerlo —dijo uno—. El próximo naufragio nos saldrá mejor.

El taller, día 4: ‘La lucha de la carne’

No hay hola.

Cuarto texto que redacté para el taller. No lo puedo negar, tras el anterior ‘En tus labios, la súplica carmesí’ busqué un texto mucho más provocativo. Pero había que hacerlo ajustándose a la siguiente premisa: en algún lugar del texto debe aparecer la frase «el hombre voluptuoso es el único que puede ser feliz», y el relato no debe superar la 400 palabras.

Admito que la frase está metida bastante a piñón, sí. Pero creo que lo que buscaba, generar un efecto repulsivo, o incluso shock, está logrado. Sobre todo teniendo en cuenta que el auditorio (los compañeros de taller son lectores de ficción costumbrista, casi todos de edad avanzada y algunos de ellos mujeres, abuelitas inclusive) no estaba acostumbrado a este tipo de textos.

Aviso: el texto posee un final bastante desagradable no apto para menores, ni para muchos adultos. Y por supuesto que no voy a hacer ni caso de comentarios feministas ni antiviolencia. Basta decir que yo jamás haría algo así, por supuesto. Pero eso no quita para escribir ficción en la que los personajes hagan eso. Y cosas mucho peores.

 

No hay adiós.

PD: Sí, sé qué día es hoy, y me da igual: no admito censuras, ni autocensuras, según el día que marque el calendario.


Inmersos en la penumbra del callejón, él se entregaba a ella y ella le recogía.

Él, cabello pelirrojo y empapado en sudor; ella, melena lacia y rubia con algunos mechones apelmazados por un rojo oscuro. Él, tan rubicundo que parecía congestionado; ella, una sombra pálida y apática. Muchos otros detalles los distanciaban. Pero a él le daba igual: empujaba y empujaba. Ella, sumisa, le recibía.

Un torrente salino fluía por el pecho desnudo del macho. La humedad empapaba el vello púbico y se acababa derramando por la base del pene erecto. Su cadera bombeaba al ritmo de su corazón. Sístole y diástole, adelante y atrás, empellones brutales que ella acogía con indiferencia.

La mujer estaba envuelta en un silencio lánguido y definitivo. Él profería resoplidos animales que reverberaban en aquel desfiladero de sombras. Bajo los jadeos se oía algo más, un chapoteo viscoso: el murmullo de carne luchando contra carne, una pelea mal lubricada con un líquido no ideado para ese tipo de juegos. No importaba: él seguía empujando, y ella resistía.

Él buscaba el éxtasis. Lo quería, lo necesitaba. En una ocasión, años atrás, había escuchado cierta frase: «el hombre voluptuoso es el único que puede ser feliz». Semejante chorrada sólo podía haber partido de un pedante sibarita, pero se identificaba con ella. Adoraba el placer, lo buscaba a toda costa. ¿Dónde? En las mujeres, por supuesto. Lo buscaba, y muchas veces lo encontraba. ¿Eso le convertía en un hombre feliz? Por momentos sí, pero en aquel no: ella, más recelosa que otras, se resistía a darle su porción de placer. Pero él no cejaba. Empujaba y empujaba. Adelante y atrás, adentro y afuera. Sistemático, cadencioso, maquinal.

Notaba la meta cerca, muy cerca. Siempre adentro, más adentro.

—Dámelo. Dámelo ya —murmuraba—. Dámelo como sólo vosotras sabéis darlo.

La lucha de la carne se intensificó. El sonido de chapoteo se hizo más denso: el lubricante estaba perdiendo su efecto.

—Probemos por el otro lado, zorra —dijo, y la tomó en sus manos como el juguete en que se había convertido. Ella ya no podía hacer nada. Una vez colocada a su gusto, el macho siguió bombeando.

—¡Sí! ¡Así mejor! —gimió satisfecho. Su lado práctico le incitaba a usar primero ese orificio porque se ajustaba mejor y además carecía de dientes. Su vertiente morbosa, la dominante, hacía que lo dejara para el final, a modo de guinda del pastel. Así se sentía un auténtico empalador.

Poseído por la excitación de saberse su dueño definitivo, embistió y embistió. El combate se prolongó varios minutos más. Pero no llegaba. Ella le negaba su premio, su dosis de éxtasis. La lubricación se había evaporado. El interior de ella se había convertido en un desierto desabrido. El pene le escocía tanto que el último empujón le arrancó un gemido teñido de dolor.

—Seca. Estás seca, puta. Seca y fría.

La sostuvo en vilo. Sus ojos inyectados buscaron los de ella, vacíos e inexpresivos.

—Me has ganado, zorra. Largo —rugió—. ¡Fuera!

Extrajo el pene de la tráquea y arrojó la cabeza lejos, al grumo de sombras donde yacía el resto del cuerpo. El macho se vistió rumiando maldiciones. Antes de huir del callejón desenfundó su enorme Bowie:

—Estoy harto de carne seca y fría, compañero —le dijo al filo —. Creo que debemos cambiar, volver a las relaciones más cálidas. Y vivas. ¿Tú qué dices?

El cuchillo respondió con un guiño tan cómplice como hambriento.

La muchedumbre devoró el alarido

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día ya hablé de él.

No hay adiós.

La muchedumbre devoró el alarido

Se giró al escuchar el grito. Sortakii había completado su misión: detectar El Mal y purgarlo con fuego. En teoría ya podía irse. Pero aquella voz…

—¡Padre!

El inquisidor contempló la figura atada al poste, allí en medio. El joven le devolvió la miraba con ojos desorbitados. ¿Brillaba en ellos el pánico, el horror ante el destino al que Sortakii le había arrojado? El inquisidor estaba acostumbrado a ese tipo de reacción. Pero notaba crecer la incomodidad en su interior. Esa palabra: ‘padre’.

Las primeras lenguas de fuego serpenteaban entre los pies del chaval; unas pocas trepaban juguetonas sobre su sari engrasado.

Sortakii había ordenado erigir la pira en el patio central del castillo—colmena. Ahora las balconadas y gradas estaban repletas de curiosos, de morbosos. Les veía por doquier: apretujados en torno a la pira, festoneaban balcones y ventanas, se encaramaban a postes o al mismísimo zaguán circular. Todos acudían a contemplar el espectáculo de la quema del hereje.

Pero el inquisidor notó que el grito del chico había provocado un cambio en la multitud: algunos espectadores se habían vuelto hacia él y le miraban con curiosidad.

—¡Padre! —repitió el chico. En su grito había algo inconfundible, algo que el inquisidor supo identificar. Él y varios espectadores. Varios más —«demasiados», pensó—dejaron de atender al sacrificio para clavar sus ojos sobre Sortakii.

Las llamas abrazaban el torso del chaval. Unas pocas habían trepado hasta su cabeza y jugueteaban con sus cabellos; conjuraban una corona resplandeciente, casi gloriosa. El chico debía sentir un dolor inaudito, pero aun así gritaba esa maldita palabra de una manera tan sosegada…

—¡Padre!

El fuego empezaba a devorar los rasgos del chico. La piel se derretía borrando todo rastro de parecido con Sortakii. Sin embargo le seguía mirando con ojos enormes.

El inquisidor notó cómo toda la atención del castillo se volcaba en él. El cuerpo ennegrecido del chaval, su piel deshaciéndose, su melena elevándose en brazos de las llamas hacia el cielo nocturno… nada parecía interesarles. Ni siquiera les molestaba el hedor a carne quemada. Sólo parecía importarles esa palabra. Eso y la manera en que el joven la pronunciaba: llena de amor absoluto y servil.

El inquisidor dio un paso de regreso a la pira. Alzó su tridente en gesto acusador, pero de nuevo el chico se adelantó:

—¡Padre! —Los ojos del muchacho, a diferencia del resto del cuerpo, no ardían. ¿Acaso las lágrimas los protegían del fuego? En su mirada había tal expresividad, tal… ¡amor!

«Ese maldito crío», el pensamiento estalló en la mente del inquisidor. «No dejaré que me descubras. La puta de tu madre me hechizó obligándome a romper mi celibato. Y ardió. Ahora tú, maldito, ¿me amenazas con difundirlo? ¡Arde! ¡Muere!».

—¡Blasfemo! —gritó Sortakii, pero su voz surgió ahogada, exangüe. Sentía la presión de la multitud, de sus miradas acusadoras. Sabía lo que pensaban: si son padre e hijo, y el hijo está mancillado por El Mal, ¡ambos deben arder!

—¡Blasfemo! —insistió. Pero la marea de gente fluía hacia él. Querían limpiar todo mal.

«¿Cómo te enteraste?», pensó Sortakii agitando el tridente hacia la multitud. Ésta se detuvo amedrentada: el metal resplandecía lleno de poder, de Voluntad.

—¡Hermano!

Todos, Sortakii el primero, se volvieron hacia la pira. Se había convertido en una montaña de llamas compactas en cuyo seno se retorcía una forma negra y achaparrada.

—¡Hermano! —El inquisidor boqueó desconcertado. «Has… ¿has pactado? ¿Con El Mal?», pensó horrorizado.

El joven rugía sobre el bramido de las llamas. Su voz sonaba llena de orgullo y lascivia, carente del menor rastro de amor. Las llamas lo habían devorado hasta reducirle a un monstruo de carne carbonizada. Debía estar muerto. Pero no: aquellos ojos seguían acusándole. El golem se liberó del poste y dio un paso hacia Sortakii. Luego otro. Y otro. Salió de la pira con los brazos extendidos.

—Únete a mí, ¡hermano!

Lívido ante aquella acusación, Sortakii esgrimió el tridente. Del báculo emergió un rayo que impactó en la abominación. Tras un aullido de dolor, el golem se desmoronó reducido a una pila de carbones humeantes.

«Ahora sí», sonrió Sortakii. «Muere, mi vergüenza».

La multitud le rodeaba. Le miraban de una manera que él conocía muy bien: había incitado ese odio durante décadas.

El Mal debía ser purificado. El fuego seguía ardiendo y la turba sabía que “donde arde uno pueden arder dos”.

El tridente volvió a refulgir. Un miembro del gentío estalló en llamas.

Había muchos. Demasiados.

—¡Maldito! ¡Malditos! —gritó Sortakii, pero la muchedumbre devoró su alarido.

El rostro del amo

Otra aportación más a ELDE.

Restricciones:

  • Debe usarse un tenedor como arma de Chéjov y para herir o matar a alguien;
  • Debe usarse un narrador omnisciente;
  • Un personaje debe decir “te lo dije”.

Palabras (máximo)

500

Tenéis a vuestra disposición el ‘Acerca de’ y el ‘Comentarios’.


Amparado en la noche sin luna, Zorga saltó el murete decrépito y se adentró en los jardines asilvestrados, directo hacia las ruinas del palacio. Corrió con ademán furtivo. Notaba cómo en su interior medraba la hiedra del terror, devorando la curiosidad.

«Debo descubrir qué significan esas luces», se dijo intentando aplacar el pavor creciente. «No huiré».

Tea en mano, recorrió pasillos, examinó estancias. Necesitaba hallar una explicación para las luminarias fantasmales que recorrían las ruinas.

De repente, el suelo cedió a sus pies.


—…ignorarás que, hace tiempo, el escafismo era un espectáculo público —decía una voz.

Una sensación de agotamiento cálido dominaba a Zorga: no podía moverse, pero logró abrir los ojos. A unos diez palmos flotaba una de aquellas luces. Entre él y la esfera luminosa, eclipsándola, se perfilaba una silueta encapuchada. El extraño alzó un tenedor y examinó la carne en él ensartada. Luego se la llevó a la boca.

—¡Deliciosa! ¡Se derrite en el paladar!

La luz orbitaba con lentitud en torno al individuo. Éste siguió hablando:

—¡Ah, las ejecuciones! Colocaban las artesas de vidrio en la Plaza Mayor, rodeadas de graderíos. —Los cubiertos buscaron la carne—. ¡Cómo disfrutaba la plebe con el espectáculo! Celebraban subastas por los puestos de la segunda fila. —Zorga empezó a discernir unos rasgos poderosos, inquietantes—. Lo recuerdo tan bien: pagaban pequeñas fortunas para ver de cerca cómo los ajusticiados se diluían en sus propias heces, devorados por las larvas.

De repente, con una mezcla de horror y maravilla, Zorga comprendió: «Es un Amo. ¡Un legendario Vol-Señor!».

El cuchillo atravesó la piel fermentada, el músculo macerado. Llegó al hueso, que se quebró, crocante. El Amo abrió la incisión con el tenedor.

—Los primeros asientos, por supuesto, nos pertenecían —la jactancia engolaba su voz—. Al igual que los reos.

Zorga sólo tenía ojos para aquel rostro.

El Amo se llevó un bocado chorreante a los labios:

—¡Qué manjar! ¡Cuánto tiempo…!

El tenedor vacío jugueteó entre los dos rostros. La volámpara le arrancó destellos húmedos.

—Aunque, ¿cómo podrías tú saber nada de eso? Desde entonces han pasado miles de vuestros años. —Un latigazo de enojo sacudió al Vol-Señor—. No quedan registros de esa época. Maldito tiempo, fluye imparable —dijo con pesar—. Sus meandros traicioneros sepultan edades que jamás deberían olvidarse.

»La gente cambia. Pero unos pocos, auténticos efimeranos —sonrió—, resistimos… y recordamos.

Los cubiertos se lanzaron sobre la carne con avidez.

Zorga, perplejo, hechizado, intentaba asimilar su situación, analizar aquellos rasgos prohibidos. «Su rostro. Estoy viendo su rostro».

—Así llegamos a ti, querido. Te lo dije: «La gente cambia». Maldita ciencia. Ahora nacen generaciones como la tuya. Engreídos, iconoclastas que reniegan y olvidan lo más sagrado de la ciudad: nosotros.

El Amo rezumaba reproche. Clavó con furia el tenedor en el corazón palpitante e hizo palanca. Zorga, sometido al mesmerismo, apenas notó nada. El órgano salió escupiendo sangre almibarada.

—¡Delicioso! —exclamó el Vol-Señor.

Zorga, inmerso en los miasmas de la artesa, medio despedazado, sólo tenía ojos para aquel rostro inaudito.

Acerca de ‘En un mar de dolor’

No hay hola.

Este relato es viejo. Tan, tan viejo que la versión inicial (apenas mil palabras) está entre las primeras historias que escribí. Pese a las diversas encarnaciones por las que ha pasado (ésta ya deber de ser, con facilidad, la cuarta) he querido que mantenga el estilo y ritmo con los que nació. Supongo que el lector encontrará en él un toque obsesivo; si se fija hay una repetición de estructuras que, sin acabar de poderse considerar una aliteración, flirtea con esa figura estilística. Lo admito: me encanta usar esas pinceladas reiterativas. Creo que con ellas se logra obtener un efecto a medio camino entre la demencia, la desesperación y la obsesión, conceptos con los que tanto me gusta jugar.

Y de todo eso (demencia, desesperación y obsesión) hay un poco en ‘En un mar de dolor’. El cuento empieza con un grito angustiado y acaba con otro. Intento que el lector entienda la agonía del protagonista, un sufrimiento que nunca ha buscado y para el que exige una justificación.

Se trata de una narración inspirada por uno de los grandes clásicos del terror y la ciencia ficción. Narra un encuentro, pero lo hace desde un aspecto del mito que jamás se ha tocado. O al menos que yo sepa. No comprendo cómo nadie ha profundizado en aspecto de la historia. En el tono desgarrado se mezclan el rencor y el odio, ambos teñidos de lágrimas de esperanza. A lo largo de la narración evito de manera premeditada dar nombres concretos. Al contrario, juego a desgranar pequeños detalles que guiarán al lector. Aquel admirador del protagonista acabará atando hilos y descubrirá (espero que a partes iguales con sorpresa y empatía) quién le habla y de qué.

[Imagen que falta: algo sencillo, un paisaje nocturno y polar. El cielo estrellado y despejado, con estrellas de las que se adivinan sus distintas tonalidades, lo ocupa casi todo. Una aurora boreal lo surca dando un aspecto fantasmal al velo nocturno. Sobre el horizonte se perfila una cordillera nevada, indiferente a lo que titila sobre ella. La cordillera muere en un mar cubierto en parte de hielo. En una orilla, empequeñecido por el paisaje, dormitan los restos de una balsa precaria. Un poco más allá, tierra adentro, las brasas moribundas de una hoguera.]

En el aspecto estilístico hay otro detalle que puede que haga este relato ‘desagradable’: está narrado en segunda persona, algo de por sí muy poco frecuente. Sin duda eso se le atragantará a más de uno. Pero yo jamás he pensado en escribir al gusto del consumidor, sin otro reto que el de ‘vender’. La prueba de ello está en que aquí sigo, apenas sin visibilidad. Me debo a la voz del cuento, y si ésta me obliga a narrar en segunda la obedezco.

Y así han quedado las 2.100 palabras largas de rencor y desesperación que constituyen ‘En un mar de dolor’.

No hay adiós.

Acerca de ‘El coloso rojo’

No hay hola.

Con esta entrada empiezo a hacer los ‘acerca de’ de cuentos que considero a día de hoy terminados. Se trata de narraciones que, por el momento, se quedan almacenadas en ‘el baúl’. ¿Verán algún día la luz? No lo sé. Supongo que cuando algún editor se muestre interesado por ellas (o cuando a mi muerte mi mujer los libere, a lo Kafka :P). ¿Por qué no lo cuelgo ya? Pues porque no vaya a suceder que, un día de estos, descubra que pueden encajar ‘en algún sitio’ que pidan originales inéditos. Ya me jodería no poderlo enviar por haberlo colgado aquí.

Sí, admito que hoy tengo un mal día, negro, depresivo y pesimista.

Toca hablar de ‘El coloso rojo’, cuatro mil palabras en las que la vida y la muerte danzan su baile caótico, sorpresivo y –demasiadas veces– sin sentido.

Me encanta la Historia, y cuanto más antigua mejor. Supongo que tiene que ver con ese atractivo (a veces infantil) que siento hacia lo mítico, lo oscuro y lo lúgubre. En el colegio, en la clase de Historia, a medida que las lecciones se acercaban a los tiempos modernos éstas suscitaban menos interés en mí. Decir que la Alta Edad Media estaba entre mis periodos favoritos supongo que resulta tópico. Pero no sólo esa: la Grecia Clásica, la Roma de la República, todos en general los pueblos del Mediterráneo, por no hablar del antiguo Egipto o Mesopotamia. Y por supuesto la prehistoria: me acuerdo de devorar un libro de cromos de arte rupestre y megalítico que editó le Caja de Ahorros de San Sebastian. Sí, por aquellos tiempos las cajas de ahorros hacían cosas tan extrañas como editar libros de cromos con semejante temática. Ahora te dan pucheros y toallas: quebraderos de cabeza que acaban en llantos que te debes secar con paños.

Gracias a esa curiosidad por la Historia conocí la apasionante lucha de los cántabros (sus guerras) contra los romanos. Los cántabros, pese a quien pese, el único pueblo que nunca acabó sometido a Roma del todo. Recomiendo leer el libro de Schulten “Los Cántabros y Astures y su guerra con Roma”, todo un clásico. No sé quién me dijo que ya estaba un poco ‘anticuado’, pero lo importante está en la semilla que sembró dentro de mí.

Los cántabros no sólo poseen un atractivo especial por su historia de rebelión y orgullo (más apasionante y dura, si cabe, que la de Numancia), sino que además poseen una mitología rica y sugerente. En ellos cabe la belleza casi etérea junto al más puro horror. Las cavernas y los ríos, las montañas y los cielos, los valles y los bosques. En un relato que algún día acabaré hago uso de los personajes más famosos de esa mitología para combinarlos con ciertos mitos modernos. Pero eso es otra historia que debe contarse en otro momento.

A lo que iba. ‘El coloso rojo’. En ese cuento he juntado estos ingredientes, los cántabros del s. I a. C., las legiones romanas y la mitología de Cantabria.

[Dibujo que no existe: Escena en medio de un desfiladero angosto y medio cubierto por la bruma. Rocas desprendidas sobre una alfombra de hierba verde y fresca. Un enorme oso pardo macho a dos patas, con las fauces abiertas chorreando sangre y las zarpas alzadas en actitud desafiante. Ante él un soldado romano, magullado, herido, con la lórica desgarrada y sosteniendo su pilum en ristre.]

Hablando de manera más concreta del texto he de decir que, de nuevo, en él la atmósfera tiene un peso muy importante. Hay que recordar que en aquella época la zona suponía todo un problema para la República: tratando de solucionarlo el mismísimo Augusto acudió a ella. Se trataba de una región inhóspita, poblada por una serie de tribus beligerantes y de carácter recio. En ese trasfondo sucede la historia.

Empieza cuando una de las habituales partidas de castigo de la IV Macedónica. La columna debe adentrarse en un terreno hostil, tanto por sus habitantes como por la propia orografía y clima. En ese ambiente sucede algo… y el relato empieza. En la narración intento combinar la brutalidad de esas escaramuzas con el terror que para un legionario supone encontrase en esa situación: tan lejos de todo lo que conoce, perdido en una región de naturaleza tan poderosa. Se trata de la lucha del Hombre contra su entorno, en un tiempo remoto en el que a los fenómenos naturales se les consideraba dioses. El Hombre, algo minúsculo e insignificante, pero que pese a todo debe enfrentarse a su destino y luchar por su vida. Y muchas veces encuentra más de lo que busca.

A ver si algún día el cuento ve la luz.

No hay adiós.

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