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La fuerza del mascarón

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Como he dejado de participar en ese taller, y como no existe otra copia del texto, lo alojo ahora yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día hablé de él y de los comentarios que recibió.

No hay adiós.

La fuerza del mascarón

–¡Vela a la vista! ¡A estribor!

El infeccioso grito del vigía contagió de actividad la cubierta. El capitán empezó a restallar órdenes.

Yo, tutor de mascarones y gobernante del bauprés, nada más oír al vigía salté al viento del botalón para liberar las cinchas del foque. Mientras lo hacía mi mirada danzaba sobre los tres ajados mascarones de la ‘Orgullo de Ashrae’. La superficie del maestro, incrustado bajo el mástil, apenas conservaba ya la capa de oro y esmeralda originales. Pero todavía imponía: clavaba su miraba ceñuda en el horizonte, desafiante. Sus voluminosos brazos prometían fuerza sobrehumana. Le flanqueaban los custodios, dos figuras de menor tamaño pero aspecto igual de impresionante. Por ellos ingresé en el templo, sufrí la iniciación y me tatuaron un corazón en el puño. Por ellos me enrolé: por los bellos y temibles mascarones de la Marina de Ashrae.

El viejo ladraba ordenando izar todo el paño.

–¿Qué sucede, Lork?

Mi compañero Lork tenía esa bendita habilidad de enterarse de todo cuanto ocurría a bordo, ya sucediera en la más profunda sentina o en el más alto de los mástiles.

– Esto no me gusta nada, Gus. Esa vela no enarbola estandarte alguno… y ha virado directo hacia nosotros.

Una nave sin bandera. Piratas.

–¡Larguen velas, caballeros!

Con el foque les libre ordené a Lork y sus compañeros que lo izaran. Similar operación sucedía por todo el barco: la nave saltó catapultada. El súbito empujón me tomó a contrapié, haciéndome caer. Sólo la red del chichorro me libró del chapuzón.

–¡Más velocidad! –bramaba el viejo. Desde mi posición divisaba los árboles con su velamen desplegado al completo. Miré a estribor, al otro buque: pequeño y ligero, nos alcanzaría sin dificultad.

Escuché un chapoteo a babor, luego otro, y otro. Soltábamos cargamento. El capitán debía haber visto en ese buque algo malo, muy malo, tanto como para tirar dinero por la borda.

–¡Señores: más velocidad!

El nerviosismo afilaba la voz del viejo. Llevaba cinco meses en el Orgullo y hubiera jurado que por las venas del capitán corría hielo. Ahora parecía una moza histérica.

–¡Los remos, preparen los remos!

»¡Gustaf! ¡Los mascarones!

Al fin se cumpliría mi sueño infantil: reviviría mascarones. Un mono no hubiera trepado por el bauprés más rápido que yo. Cuando pisé cubierta el viejo ya corría hacia mí.

–¡Venga, activémoslos! –en su aliento la furia apenas soterraba al pavor. Obedecí. Descubrí mi medallón de Thxotugá, señor del movimiento, y lo tendí hacia el viejo. Éste lo juntó a su emblema de Zuhlhu, guardián del océano. Sus poderes, unidos al anillo de Voluntad del capitán, obraron el milagro: la energía fluyo hasta mi puño activando la marca de vida. Mi mano estalló en un fuego que no quemaba. Me tendí sobre la cubierta y acaricié el pecho del mascarón maestro. Unos crujidos anunciaron el portento: los colosos salían de sus nichos. Quedaron quietos aguardando órdenes. Mis órdenes.

–A los remos –dije. Los mascarones caminaron hacia los seis desproporcionados remos que la tripulación ya había dispuesto.

–¡Bogad! ¡BOGAD!

Yo bramaba como un segundo viejo: todo capitán antes de ascender debe trabajar como tutor. Pero no todos los tutores llegan a capitán.

Nuestro Orgullo volaba gracias al viento y al empuje de los mascarones. Mientras tanto el capitán vigilaba en silencio al buque pirata. Ganábamos distancia. Sí, escaparíamos. El tiempo transcurrió mientras los colosos remaban impertérritos. Al fin el viejo sonrió: el peligro había pasado.

–Devuélvales, Gustaf.

–Parad. Regresad a los nichos.

Los titanes obedecieron soltando los remos. Ya caminaban de regreso a sus sitios cuando de improviso el mascarón principal se detuvo: había regresado a su estado natural de estatua. Los escoltas le secundaron, obedientes. El capitán me miró, pálido. Le devolví el gesto consciente de mi lividez. Nos acercamos al maestro y unimos los amuletos: por segunda vez llamas místicas envolvieron mi puño. Toqué el pecho del mascarón, pero éste no respondió. Insistí, golpeando con fuerza ese pecho de madera mística. No se movía. Pero debía hacerlo.

Debía hacerlo.

Apenas sentí las manos del capitán tendiéndome sobre la cubierta.

Yo miraba al mascarón. Seguía parado.

Tampoco vi el resplandor del cuchillo alzándose, letal.

No se movía. Nada.

La hoja se hundió en mi pecho. Hurgó. Sajó.

Mascarón. Quieto. Vergü…

***

Con gesto apesadumbrado el capitán extrajo el corazón de Gustaf y lo claveteó sobre el pecho del maestro: los mascarones despertaron.

–Regresad.

Los colosos avanzaron crujiendo maderas.

Gustaf había fallado: no pudo insuflarles vida. ‘Un tutor posee dos corazones: puede regalar dos vidas’, rezaba el dicho.

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Un silencio lleno de significado

Texto presentado al concurso La Ventana. Requisitos: un máximo de 100 palabras y debe de empezar por la frase ‘De ésa es de la que tú no quieres hablar’, que no contabiliza para la extensión final.

De ésa es de la que tú no quieres hablar. Mira la foto. Haces chanzas de casi todas las demás del álbum pero de esta nada. Últimamente parece que la esquivas. Ya ves: lo he notado. Qué, ¿no dices nada?

¿Qué hay en esa foto que tanto te disgusta, Carlos? ¡Si es del día que nos conocimos! Vale, estoy un poco desmejorada. ¿Y? Tú tampoco luces un tipazo, la verdad.

¿Sigues callado? El tiempo pasa y causa sus estragos, lo sabes.

¿No dices nada?

Por dios, habla. ¿Acaso te has quedad mudo? Si te importo di algo, lo que sea.

No me mires así.

¿Estás llorando? Carlos…

¡Carlos! ¿Adónde vas?

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Lo que oculta la puerta by Juan F. Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

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Lo que oculta la puerta

Texto presentado al concurso La Ventana. Requisitos: un máximo de 100 palabras y debe de empezar por la frase ‘De ésa es de la que tú no quieres hablar’, que no contabiliza para la extensión final.

–De ésa es de la que tú no quieres hablar: mi historia.

»Tú, tejedor de incontables aventuras: has sorprendido, ilusionado y aterrorizado a multitudes. Tú, rey Midas de la novela, acaudalado tanto en ventas como en admiración y prestigio académico, eres mi hijo pero evitas relatar mi historia.

»Te he acompañado durante toda tu vida. Siempre contigo, apoyándote, dándote cariño y cuidados. Incluso más allá de lo imaginable.

»Pero nunca quieres hablar de mí. ¿Te avergüenzo? No me ocultes tras una puerta. ¡Escribe sobre mí! ¡Existo!

–No, madre: los espectros sólo caben dentro de mis libros.

La madre respondió con un gemido angustiado. Su figura se diluyó mientras lloraba.

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Y sigo viendo cosas raras en la VII Edición de Relatos en Cadena (La Ventana)

VII Concurso La Ventana (Finalistas)

VII Concurso La Ventana (Finalistas)

No hay hola.

Pues sí, seguimos con las incidencias dentro del concurso de La Ventana. Parece que la hubiera tomado con este concurso pero, si veo cosas raras, las digo.

En esta ocasión lo que ha sucedido me parece no sé si igual de grave o más que la anterior. En la página del concurso se lista un decálogo para escribir microrrelatos. Son los siguientes (adjunto además del texto una captura de pantalla con url):

VII Concurso La Ventana: Decálogo

VII Concurso La Ventana: Decálogo

Decálogo para escribir microcuentos

  • Un microcuento es una historia mínima que no necesita más que unas pocas líneas para ser contada, y no el resumen de un cuento más largo.
  • Un microcuento no es una anécdota, ni una greguería, ni una ocurrencia. Como todos los relatos, el microcuento tiene planteamiento, nudo y desenlace y su objetivo es contar un cambio, cómo se resuelve el conflicto que se plantea en las primeras líneas.
  • Habitualmente el periodo de tiempo que se cuente será pequeño. Es decir, no transcurrirá mucho tiempo entre el principio y el final de la historia.
  • Conviene evitar la proliferación de personajes. Por lo general, para un microcuento tres personajes ya son multitud.
  • El microcuento suele suceder en un solo escenario, dos a lo sumo. Son raros los microcuentos con escenarios múltiples.
  • Para evitar alargarnos en la presentación y descripción de espacios y personajes, es aconsejable seleccionar bien los detalles con los que serán descritos. Un detalle bien elegido puede decirlo todo.
  • Un microcuento es, sobre todo, un ejercicio de precisión en el contar y en el uso del lenguaje. Es muy importante seleccionar drásticamente lo que se cuenta (y también lo que no se cuenta), y encontrar las palabras justas que lo cuenten mejor. Por esta razón, en un microcuento el título es esencial: no ha de ser superfluo, es bueno que entre a formar parte de la historia y, con una extensión mínima, ha de desvelar algo importante.
  • Pese a su reducida extensión y a lo mínimo del suceso que narran, los microcuentos suelen tener un significado de orden superior. Es decir cuentan algo muy pequeño, pero que tiene un significado muy grande.
  • Es muy conveniente evitar las descripciones abstractas, las explicaciones, los juicios de valor y nunca hay que tratar de convencer al lector de lo que tiene que sentir. Contar cuentos es pintar con palabras, dibujar las escenas ante los ojos del lector para que este pueda conmoverse (o no) con ellas.
  •   Piensa distinto, no te conformes, huye de los tópicos. Uno no escribe (ni microcuentos ni nada) para contar lo que ya se ha dicho mil veces.

De este decálogo, opinable, voy a resaltar esta vez el punto segundo: Un microcuento no es una anécdota, ni una greguería, ni una ocurrencia. Como todos los relatos, el microcuento tiene planteamiento, nudo y desenlace y su objetivo es contar un cambio, cómo se resuelve el conflicto que se plantea en las primeras líneas.

Ahora miramos los finalistas de la segunda semana y nos encontramos con el texto de Raúl Buñuel, el texto titulado ‘Versión actualizada’ (de nuevo adjunto además del texto una captura de pantalla con url):

VII Concurso La Ventana: Semana 2

VII Concurso La Ventana: Semana 2

Érase una vez una princesa que besó un sapo. El médico le recetó Aciclovir para el herpes labial y haloperidol para la esquizofrenia paranoide.

Ahora que alguien me diga que eso no encaja como ejemplo de lo que no hay que hacer según el párrafo del Decálogo antes descrito.

Que conste que todo esto no lo pongo enfadado por no haber acabado ninguna de mis historias elegida (ya soy mayor como para esas tonterías) sino porque a un concurso literario auspiciado por una escuela de escritores le pido calidad de los textos (lo que no vi la semana anterior en un finalista concreto) y coherencia de criterios (no premiar lo que de entrada dices que no aceptas como microcuento).

Espero que los resultados de la tercera semana (no me han llamado, con lo cual entiendo que ninguno de los dos que envié ha ganado nada; tampoco me extraña ya que me despisté y los redacte con apenas una hora sobre el tiempo límite. Vamos, que no están muy meditados) no defrauden.

No hay adiós.

Más allá de infinitas veces

Texto presentado al concurso La Ventana. Requisitos: un máximo de 100 palabras y debe de empezar por la frase ‘Érase una vez’, que no contabiliza para la extensión final.

Érase una vez. Y dos. Y tres, cuatro… Demasiados. Los ‘érase una vez’ anegaron Fantasía. La sorpresa, la ilusión y la maravilla se desgastaron, deslucidas. Las historias se desdibujaban carentes de sentido, espectrales.

Fueron demasiadas veces.

Un día los infinitos ‘érase una vez’ implosionaron devorándose unos a otros. Del festín surgió un nuevo ente, un Hambre de contradicciones, injusticia, drama y esperanza. La criatura constaba de todos los ‘érase una vez’, pero deformados. Quemados por jugos gástricos, desgarrados por colmillos, apestados por hálitos putrefactos.

Pero esos ‘érase una vez’, aun deformes, albergaban belleza. Se alzaron orgullosos y decidieron llamarse Realidad. Y se amaron.

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Más allá de infinitas veces by Juan F. Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

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Los sueños cautivos

Texto presentado al concurso La Ventana. Requisitos: un máximo de 100 palabras y debe de empezar por la frase ‘Érase una vez’, que no contabiliza para la extensión final.

Érase una vez. Así empiezan los cuentos de hadas. Algunos también arrancaban como la vida de Marta: en un orfanato, con el frío, el hambre y el maltrato como únicos compañeros.

Pero Marta, rebelde, escapaba de los muros de su realidad gracias a sus fantasías. Las pesadillas diurnas desaparecían llegada la noche. Entonces invocaba los ‘érase una vez’ y soñaba. Tejía vidas nuevas, ilusiones encarceladas.

Pasaron los años. Marta creció soñando fantasías reclusas.

Llegó el momento de abandonar el orfanato. En la calle comprobó que sus hijas, sus fantasías, habían quedado atrás. Pero tenía nueva compañía: la libertad. Nunca más engendraría sueños cautivos.

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El contraejemplo envenenado que casi mató al maestro

No hay hola.

En el arte hay numerosos ejemplos dignos de seguir, muestras de maestría que analizadas se convierten en auténticas lecciones de cómo trabajar, de buen hacer.

Un pintor puede pasear por El Prado, por poner un ejemplo, y perderse en casi infinitas lecciones de maestría. Cualquiera puede sumergirse en cuadros de artistas (de distintos lugares y de las más diversas escuelas) y acercarse a los lienzos para estudiar cómo ha aplicado el autor las pinceladas, qué cantidad de pintura ha usado, cómo ha realizado la composición de la escena… mil y un detalles que alguien con ojo experto sabrá identificar y apreciar. Esa forma de admiración se convierte en otra manera más de ensalzar la figura del maestro: a través del análisis se reivindica y engrandece el talento.

Algo similar sucede con la literatura. Alguien que intenta aprender el difícil y minusvalorado arte de escribir puede acercarse a un texto de un consagrado escritor y hallar entre sus páginas auténticas lecciones de la profesión: desde el desarrollo de diálogos a la creación de personajes, pasando por la composición de atmósferas, el uso del tempo narrativo o la tensión. Mil detalles.

Todos esos detalles suponen un auténtico elogio para el maestro. Dicho elogio se puede magnificar más aun a través de la inspiración y/o emulación. Un discípulo auspiciado por un maestro, cuando alcanza la gloria, no hace otra cosa que entronizar a aquel del que aprendió, aquel que le permitió llegar al éxito. La calidad del alumno en cierta manera emana de la del maestro, identificándose con ella.

Pero creo que adelanto acontecimientos. Mejor regresemos a las lecciones magistrales.

Si en la pintura la apreciación de los detalles magistrales depende sobre todo del conocimiento del observador, en la literatura a veces uno se topa con una dificultad añadida: la traducción. El traductor por desgracia en demasiadas ocasiones ofusca al autor, sobre todo en lo relativo a la cuestión formal. Por ello siempre se recomienda, en la medida de lo posible, evitar las traducciones y beber del original: el ficho ‘traductor traidor’, aunque resulte ofensivo para ese gremio, no deja de tener su punto de verdad.

Leer un texto en su idioma original permite descubrir su belleza en estado puro; de ninguna otra manera se tiene mejor acceso al autor. Así se puede descubrir sus auténticas pinceladas como ejemplo de maestría. Y si el idioma original del texto coincide con el materno del estudiante, mejor que mejor: con mayor facilidad podrá arrancar esas gemas de sabiduría.

Pero claro, todo esto hablando de textos de calidad comprobada. Porque luego tenemos los malos textos, los de pésima calidad. Ellos también pueden resultar instructivos, si bien teniendo siempre en mente que se deben tomar de una manera opuesta: como contraejemplo.

Invito a todo el que quiera a leer el siguiente texto:

Autor: Daniel Quezada Tomianovic

Título: ‘Ficción I’

A grandes zancadas sobre las olas que dejó una rueda al pasar por el agua, corro hasta el borde de la alcantarilla, me acerco a la acera, lo que me ayuda a estimar mi altura, la cual no sobrepasa los cuarenta centímetros, me doy cuenta de que el

experimento tuvo éxito, el problema es que al parecer no ha sido contenido dentro del laboratorio, pero ahora comprendo que este no es mi mayor problema, ya que acabo de verme pasar, de tamaño normal, conversando al teléfono  despreocupado.

Está copiado tal cual de la web que aloja el concurso de microrrelatos del programa de radio La Ventana, concurso apoyado y aconsejado por la empresa llamada Escuela de Escritores. A continuación adjunto una captura de pantalla del mismo, url incluida.

VII Concurso La Ventana Semana 1

VII Concurso La Ventana Semana 1

A mi edad, habiendo leído casi sin la menor dudad más de dos mil libros leídos, me considero un lector con criterio. Un criterio que me permite discernir lo bueno de lo malo, la calidad de la basura. Y en mi criterio de lector fogueado sólo puedo calificar como malo el texto arriba citado. Como muy malo. Lo digo con todo el respeto hacia Daniel Quezada Tomianovic, pero en ese texto (ni siquiera se ha molestado en darle un título apropiado al contenido) encuentro semejante cantidad de defectos que creo que si estuviera incluido en un examen de literatura suspendería de manera automática. Sobre todo destaca en él la horrenda puntuación, sí, pero a ella hay que añadir fallos de concordancia, repeticiones mal engarzadas, abuso de verbo comodín, detalles en descripciones que resultan grotescos en un microcuento, faltas de ortografía… Todo eso en un texto de ochenta y un palabras.

Pero lo dicho: no culpo a Daniel Quezada Tomianovic. Él ha mandado un texto escribiendo lo mejor que ha creído posible, y ahí acaba su ‘culpa’.

Otra cosa muy diferente es que haya llegado a finalista de un concurso de microrrelatos. Un concurso de microrrelatos en el que, como parte del jurado, hay miembros de una Escuela de Escritores.

Al inicio de esta entrada he hablado de cómo las obras de los maestros suponen auténticas lecciones para los aprendices. Más aun, el extraer esas enseñanzas de dichas obras maestras ensalza al autor. También he descrito como la gloria y el buen hacer de los alumnos ensalza al maestro, convirtiéndose en referencia.

¿Qué me dice esta Ficción I del jurado que la ha escogido como finalista? Nada bueno, no señor. ¿Y qué me dice que en el jurado haya miembros de una autodenominada Escuela de Escritores? Pues que algo no me cuadra. Algo muy gordo. Se me ocurren dos posibles explicaciones a este engendro como finalista:

  1. Por un lado puede pasar que estos miembros de Escuela de Escritoreshan aprobado el texto y le han dado su visto bueno. En ese caso desearía estar en sus mentes para saber qué es lo que han encontrado en él tan reseñable como para acabar escogido finalista, porque NO LO ENTIENDO. De hecho se lo pregunté a través de twitter y no obtuve respuesta (no se lo echo en cara porque seguro que no dan abasto para responder a todos los mensajes que les llegan, aparte de que todos nos podemos despistar). Me he leído el texto ya muchas veces y sigo sin encontrar esa chispa de maestría que justifique su elección. A lo mejor me estoy volviendo ciego, que todo puede suceder.
  2. Por otro lado, si los miembros de Escuela de Escritores no han dado el aprobado a ese texto y aun así ha acabado como finalista, se deducen dos cosas: el nulo conocimiento del arte la escritura por parte de quien lo ha escogido (salvo que, como en el punto anterior, me explique con pelos y señales qué tiene de especial), y que dicha elección ensucia el nombre de Escuela de Escritores al asociar un texto tan burdo a su criterio selectivo.

Y ahora llego a lo que más les puede doler a los de Escuela de Escritores, y principal objetivo de esta entrada. Yo, como aficionado a la escritura que desea mejorar ¿me gastaría el dineral que cuestan los cursos de Escuela de Escritores sabiendo que su criterio de calidad y de buen hacer da validez a ese texto? ¿Los maestros de esa Escuela de Escritores consideran digno de finalista un texto que considero suspendería un examen de redacción? ¿Acaso Escuela de Escritores en realidad se reduce a ‘todo vale’ en aspectos literarios?

Insisto: ignoro lo que pasó para escoger a ese texto. No escucho la radio. De hecho hasta hace una semana ignoraba que existiera ese programa de radio, La Ventana. Tampoco me voy a poner ahora a escucharla, cuando nunca lo he hecho ni lo he necesitado. Pero en mi fuero interno, por completo personal e intransferible, se ha sembrado una muy seria duda acerca de la calidad de un empresa como Escuela de Escritores, una empresa cuyos maestros (esos que crean escritores en base a criterios de calidad) permiten que un texto como el arriba citado acompañe a su nombre.

El texto ‘Ficción I’ creo que se puede catalogar casi sin lugar a dudas como un contraejemplo de ficción mínima, un contraejemplo envenenado que amenaza con matar al maestro que lo apoyó.

No hay adiós.

PD: Escribo esto a las tantas de la madrugada, muerto de sueño y a toda prisa (más de mil trescientas palabras a vuelapluma), pero o lo decía o me moría. Por esas prisas espero sepan disculpar las posibles faltas de ortografía. Ni voy de maestro, ni pretendo serlo.

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