• Libros Libres, magazine pulp

    Banner de la revista Libros Libres
  • Visiones fugaces: recopilación de microcuentos

    Visiones fugaces: recopilación de microcuentos
  • Renaissance: El nuevo ciclo de los mitos

    Renaissance: El nuevo ciclo de los mitos
  • Argonautas: I Antología y I Artbook

    Argonautas: I Antología y I Artbook. Nuevos ilustradores, nuevos autores. Y entre ellos este humilde servidor. ¡Sí!
  • Estoy en GoodReads

  • Esquirlas de Vacío

  • Si has caído en la sima ¿donas?

    PayPal Donate Button
  • Licencia Creative Commons

    Safe Creative #1410200141127

  • Anuncios

El interrogatorio de la momia

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad.

Debo aclarar que el cuento que pongo aquí no coincide al 100 % con el de Literautas: una vez releído he visto unos pocos detalles mejorables, que he introducido. Como ya dije en su día, este relato tiene un par de relaciones con otros cuentos, como esteeste y este. Os recomiendo leerlos para sacare pleno jugo al texto.

No hay adiós.


Impotente, Simmonario propinó un puñetazo contra la pared. El cadáver, indiferente a su frustración, siguió farfullando:

—Les… avisé. Intenté… ayudarles. Pero… él no subió.

—Cálmate, Simmo. —Stoian apoyó una mano sobre su compañero—. Así no lograremos nada. Lo sabes.

Simmonario bufó y se miró la mano. Al menos no se la había roto. En su palma la Vol-gema seguía resplandeciendo. Arrojó una ráfaga de control hacia la momia. El cadáver se sacudió y durante un par de latidos su cháchara se aceleró.

—Se repite —comentó Stoian—. Que si el marinero no subió al barco, que si intentó convencerle de hacerlo, que si trató de prevenirles del mal que eso implicaba…

Los dos distorsionadores contemplaron los restos del hombre. Se trataba del único tripulante, por decirlo así, del derelicto. ¿Cuánto tiempo llevaba encerrado en aquella cámara de la bodega anegada de agua, rodeado de signos de protección? El bergantín apenas se mantenía a flote: sólo emergían sus mástiles y la proa.

—Una tormenta más y se hubiera hundido —había dicho el capitán Pontorii. De acuerdo a sus órdenes, exploraron la nave lo más rápido posible, rescatando lo poco que encontraron útil. Luego lo dejaron a la deriva.

—Stoian, seremos el hazmerreir de la Universidad: mira que no poder sacarle sus recuerdos ni a una momia mohosa…

—A ver, Simmo: lo envuelve un aura de aberración. —El distorsionador intentó activar los arpones. Las tres dagas etéreas resplandecieron durante un latido. En torno a ellas, envolviendo toda la momia, brilló un aura caleidoscópica—. No sé qué le ha pasado a este desgraciado, pero nunca he visto semejante manto de caos.

—Un jodido marinero —exclamó Simmonario alzando los brazos.

—Si quieres, repaso el estado de los veritarpones

—Hazlo. Por favor.

Stoian cerró la mano derecha. El resplandor de su gema de Voluntad le atravesó los dedos con un pulsar sosegado. La luz, con el poder que habitaba en ella, se derramó por su torrente sanguíneo.

—Todos correctos. Ensartados en corazón, cráneo y bazo. Inyección de flujos distor correcta.

Simmonario estaba a punto de subirse por las paredes.

—Pero no logramos sacarle información alguna a este mierda.

Su enfado parecía hincharlo. Stoian lo miró con tristeza.

—Bueno, tenemos algunos detalles importantes —dijo esbozando una sonrisa desganada—. Está eso de la grímpola. Ya sabes lo que significa.

—Sí, claro. Un mar-errante eterno. Pero esos desgraciados jamás se niegan a subir a una nave: hacen cualquier cosa con tal de mantenerse alejados de la tierra que les maldijo.

—No quiso… subir —murmuró la momia, como si escuchase al distorsionador.

Stoian miró al cuerpo. Hinchado, chorreante, resultaba difícil comprender cómo la carne había resistido la acción del agua del mar. «El aura de caos», dedujo. «Ha debido frenar la descomposición. O quizá las runas que le rodeaban».

—Eso es aún más raro —decía Simmonario—. ¿Un errante que no quiere embarcar? ¿Qué vio en el barco como para negarse?

—Algo. Y este desgraciado también debió notarlo. Fíjate, estaba tan aterrado que se encerró en la bodega rodeado de runas de protección. Eligió morir antes que salir.

Por la puerta del camarote se asomó Franci, el sobrecargo.

—Vamos a arribar a Efímera.

—Gracias —Simmonario miró a Stoian—. Noto su presencia: el hermano escarbador nos espera. Mierda.

—Mira, lo hemos intentado. No podemos hacer más.


Una figura de terrible color morado aguardaba en el atraque.

—Buenos días. Soy el hermano Estranvau.

—Salud, hermano —dijo Stoian invitando al escarbador a subir por la pasarela—. La momia está…

—¡Por todas las Gemas! —Estranvau había palidecido—. ¿Cómo habéis estado con eso? ¿No notáis el aura?

—Sí, el caos. Eso nos…

—¿Caos? Eso no es caos, hermano —escupió el escarbador—. Esa criatura rezuma Falacia: retuerce la Canción, distorsiona la Realidad. ¿Cómo pretendíais leer con simples veritarpones a un garokiano?

La lividez invadió a Simmonario y Stoian.

—Un garoki… ¿un prosélito de Garok, el Mentiroso?

—Sí. ¿Qué os ha dicho? Da igual: todo, absolutamente todo lo que os haya contado, es mentira. Falacias. Invenciones confeccionadas para ofuscar la verdad, para sembrar discordia, causar daño.

—¡Sagradas Gemas! Los signos de protección…

—Estaban dibujados hacia dentro —murmuró Simmonario con lentitud—. Hacia él.

—Contra él. —Ahora Estranvau sonreía—. Para defenderse de él. Le encerraron. Y abandonaron el barco. Le dejaron a su suerte.

—El marinero sí que debió subir al barco —murmuró Stoian—. Era él. Subió y con sus engaños trajo la maldición. Pero…

—¿Por qué? ¿Para qué?

Estranvau se infló:

—Hermanos, para eso estoy yo aquí.

Anuncios

Una de banderas

No hay hola.

Por si tenéis alguna duda no, no soy Sheldon Cooper ni esto se llama Diversión con Banderas. Tampoco me considero un forofo de la vexilología, si bien es una de esas comeduras de tarro de mentes ociosas que me atrae.

Pero como esta web está bastante abandonada voy a darle un poco de contenido tratando de hablar de unos pocos detalles que se ajustan muy bien a ese campo.

Antes de nada: ¿a qué se debe el abandono de la web? Pues a que he dejado de centrarme en la creación de relatos (al menos como antes, al 100 %), y me he volcado a la escritura de novela. Las novelas con las que estoy requieren mucha documentación, tanto externa (debo estudiar y aprender los diversos aspectos que trato) como interna (diseño de escenarios, artefactos, etc.). Parte de esos diseños pasan por el desarrollo de cartografías, vehículos y (lo que voy a tratar ahora) banderas.

Voy a hablar de las tres banderas que he diseñado en los últimos meses: dos de ellas para mi primera novela, que acabé a finales de primavera y que ya está rulando por las editoriales. Las otras dos las he diseñado hace unos días para la novela que estoy escribiendo ahora mismo.

Empecemos con las banderas:

  • Bandera de Efímera: campo en oro, con base en sinople. En el centro, una columna color sable. En su base, lengua dentada en gules.
    • El dorado representa el poder de la ciudad estado. En el centro, ocupando una posición prominente, la imagen estilizada del volcán y sus fuegos, auténticos señores de la ciudad estado.
Bandera de Efímera

Bandera de Efímera

  • Bandera de la Marina de Efímera: igual a la anterior, pero con faldón inferior en azur.
    • La banda azul representa la relación de la Marina con el mar.
Bandera de la Marina de Efímera

Bandera de la Marina de Efímera

Nota acerca de las dos banderas de Efímera: dado la enorme antigüedad de la ciudad, esos dos pabellones corresponden a una época concreta, el periodo cercano a la Intrusión de Garok.

  • Bandera de Ashrrae: pabellón dividido en diagonal descendente de izquierda a derecha, arriba azur celeste, abajo blanco. En el centro del pabellón hay una circunferencia azur con borde en oro. En la esquina superior derecha un sol; en la inferior derecha, en gules, una representación esquemática de una cordillera montañosa con un lago (en azur) en Poniente.
    • Los colores de campo (azul y blanco) poseen carácter alegórico de pureza. La esfera central evoca el Orbe de Tinaloff, de vital importancia en la Guerra de Independencia de Ashrrae. El sol evoca poder; las montañas y el lago, el carácter indómito pero plácido de las gentes del país.
Bandera de Ashrrae

Bandera de Ashrrae

  • Bandera de Vertibre: sobre campo en sable ribeteado de gules, en el cuadro superior izquierdo una vértebra en blanco.
    • La presencia de la vértebra evoca el nombre del archipiélago. El blanco sobre negro se usa para que sus presas reconozcan el emblema a la mayor visibilidad posible.
Bandera de Vertibre

Bandera de Vertibre

Bueno, por ahora ya he dicho bastantes cosas de banderas. No sé si esto os hace estar interesados en lo que narro en las novelas. Espero que sí, de igual manera que la primera les agrade a los editores. Si la primera les gusta, estoy convencido de que la segunda no les dejará fríos… y eso que no son una saga ni nada similar.

No hay adiós.

Sigue leyendo

Hija del sol nocturno

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día ya hablé de él.

No hay adiós.


Susana esperaba, tal y como él le había pedido:

—Esta noche. Donde el amor besa la eternidad. Aguarda mi llegada.

Ella, acostumbrada a su manera de hablar poética y enrevesada, no tuvo problemas para entender a qué se refería. La Luna empezaba a dominar el cielo cuando llegó al viejo cementerio, el de la cima de la colina. Se sentó en el banco de piedra del mirador, famoso por la panorámica casi perfecta del valle.

—¿Puede haber un lugar más mágico para una cita romántica? —había susurrado Susana. Con la ciudad a sus pies, esperó.

Las horas se acumularon en aquella noche invernal. La medianoche pasó de puntillas entre lápidas, osarios y mausoleos. La Luna, en creciente, se ocultó tras un velo de nubes, volvió a emerger triunfante y de nuevo quedó oculta.

Mientras tanto, Susana esperaba. Él vendría y, como en otras ocasiones, la haría suya bajo el guiño del ojo de plata.

La Luna siguió surcando un mar de gasas, marcando el tiempo con su arco.

Pero él no llegaba.

Susana no desesperó. El frío empezaba a hacer mella, así que se encogió bajo su abrigo.

La noche avanzó, las horas pasaron. Valle abajo la ciudad se derramaba, insomne.

Susana esperaba, aunque el agotamiento empezaba a asediarla. Hasta que, en un momento indefinido, cedió, se recostó contra el banco y quedó traspuesta.

***

El amanecer la despertó. Al abrir los ojos descubrió aquella alba anómala: el sol parecía haberse coagulado a escasos mil metros sobre la ciudad. Emitía una luz fría, azulada, demasiado pura. Susana entrecerró los ojos, la mano a modo de visera. Pero el resplandor era tan potente que veía a través de las rendijas de carne.

—¿Qué está pasan…? —exclamó.

Entonces la estrella imposible creció, se encogió y volvió a hincharse. Susana notaba cómo las olas de luz arremetían contra ella. Resecaron su piel, prendieron su cabello, chamuscaron su ropa. Cuando el sol impostor se extinguió, Susana había quedado reducida a una estatua de rescoldos erguida ante un banco calcinado.

Pero seguía consciente. Porque debía esperarle. No fallaría.

Tras los resplandores llegó un silencio pesado, embajador del bramido ensordecedor que lo barrió todo. El viento derribó panteones, tumbó lápidas, arrasó el cementerio.

Petrificada, Susana resistió de pie junto al banco.

«Ven», pensó bajo la coraza de roca. «Te esperaré. Siempre. Donde el amor besa la eternidad. Ven».

La nube de cenizas ascendió, se hinchó y colapsó para envolver con un manto de muerte invisible los escombros de la ciudad.

Susana contempló el proceso con sus nuevos ojos de obsidiana.

«Te esperaré. Por siempre. Nada me lo impedirá. Ni un millón de soles estallando a la vez».

Llegó el auténtico amanecer. El día pasó, la Luna regresó con su marea de oscuridad. Las jornadas se sucedieron, los meses se amontonaron. Los años quedaron apilados como páginas de un libro abandonado. Tormentas de polvo radiactivo y lluvia ácida arribaron y zarparon, encorsetadas entre periodos de calma chicha. Las ventiscas se sucedieron intercaladas de canículas densas, empalagosas.

Susana esperó.

***

La presencia surgió desde el interior del cementerio.

—Ahí hay otra chispa, Bhiork.

—¿Dónde?

—Junto al barranco.

—Ya la veo. —Las dos formas se acercaron—. Por todo lo Humano, Pet, ¡si sigue de pie!

—¡Ostias! Creo que hemos encontrado todo un premio. Dame la raja-vientres.

—Ten.

Un golpe recorrió el cuerpo de Susana, pero su manto de líquenes apenas se resintió. Al primer mazazo le siguió otro. Y luego otro.

—La muy puta se resiste. —La voz evidenciaba agotamiento—. Mira que me jode… Anda, pásame el P8.

—Toma. Cúbrela bien. Pero no te pases: no querrás joderla.

—Agorero.

—Ya, ya… Cuando acabes, avisa.

—Vale.

Desde dentro de su coraza de roca y tiempo, Susana sintió que la embadurnaban con una sustancia pegajosa. No comprendía qué pasaba. En su mente resplandecía un único pensamiento: «Esperar». ¿A qué? Lo había olvidado siglos atrás. Pero debía de tratarse de algo muy importante ya que daba sentido a su existencia.

Sí: debía esperar.

—Hecho.

—Vale. Bhiork, sal de ahí cagando leches. En tres, dos, uno…

La detonación llegó a lo más hondo de Susana. Algo se

debilitó

diluyó

desgajó.

Susana dudó. ¿La espera había acabado?

—Aquí está. —Susana notó que la agarraban, que la elevaban. Unos dedos. Una mano—. Oh, es preciosa. Poderosa.

—Nostamal. Al mogollón. —Bhiork arrojó a Susana al contenedor. Repente se encontró rodeada de otras como ella: esperaban, resistían, perseveraban—. Sigamos. El escáner dice que abajo, entre las ruinas, todavía quedan algunas Volutas.

—Ok. No esperemos más.


Artista: Mike Winkelmann, Beeple. Web: http://beeple-crap.com/

Artista: Mike Winkelmann, Beeple. Web: http://beeple-crap.com/

El mentiroso

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día ya hablé de él.

No hay adiós.

Stalcius retorció la vejiga todo cuanto pudo pero no logró sacar ni una gota de maná. Estaba sólo ante su destino.

Siguió caminando. Atrás quedaban el mar de espejismos pulsantes y el erial de vacíos evanescentes. Ahora recorría un paraje montañoso erizado de difamaciones, espinas adiamantadas y vibrátiles. El interior de Garok no dejaba de sorprenderle. Ni de desafiarle.

El juggervol empezaba a escalar una loma de agujas iridiscentes —parecían fluctuar sin razón aparente— cuando se desató una lluvia de murmuraciones. Se arrebujó en el tejido de su avatar y anudó con fuerza los versículos de Canción de su alma. Tras asegurarse de que los filos de las difamaciones y el chubasco de embustes no le afectaban, alzó la vista y continuó.

«Podré», pensó. «Sí. Podré».


Le habían repetido la pregunta varias veces.

—¿Podrás?

—Por supuesto —contestó dirigiéndose no sólo al magister sino a todo el Sanedrín—. Podré. Entraré, lo recuperaré y saldré.

—Pero, ¿estás seguro? Muchos otros han fallado.

Él respondió retorciendo la realidad que le envolvía en un remolino multicolor, aullante, doloroso y lascivo. Nadie replicó: estaba decidido. El Sanedrín desgarró el icono de devoción y conjuró la puerta al interior de Garok, el Dios de la Mentira, el Repudiado. Stalcius se arrojó por el orificio sin mirar atrás.


La cordillera de engaños parecía no tener fin. Garok era así. Por desgracia, la Canción de Stalcius empezaba a quedarse sin compases. El juggervol caminaba y caminaba, cada vez más agotado. Subía colinas de agujas canallescas, atravesaba valles falaces, bordeaba precipicios de descrédito.

—Estoy en el corazón del dios, sin duda —murmuró dándose ánimos—. La meta no debe quedar lejos.

Caminó una eternidad. Aquel paraje demencial y yerto no acababa nunca.


Tras la colina se desplegaba una meseta azotada por un viento calumnioso. Al fondo, lejos, parecía moverse algo. ¿Vida? ¿Allí? Stalcius corrió esperanzado.

Las figuras saltaban con movimientos huidizos, engañosos. Iban de un lado a otro sin rumbo concreto, apareciendo y desvaneciéndose. De repente una de ellas se abalanzó sobre Stalcius. El espectro de susurros empezó a arrojarle palabras sin sentido, afiladas como puñales. Su contacto abrasaba. Otras biomentiras acudieron atraídas por su aullido de dolor. En un instante el juggervol quedó rodeado. Tenía que defenderse. Stalcius hizo resplandecer la Verdad de su Voluntad y alzó una esfera de determinación psimathemática. Durante una microeternidad los espectros intentaron desgarrar el escudo, pero cuando vieron que resistía escaparon aullando fábulas imposibles.

Stalcius continuó.

El cielo, un océano de trivialidades, palpitaba abrasador.


Divisó el macizo de flores bajo la luz engañosa del ocaso. Parecía resplandecer. Emitían un aroma radiante, sólido. Sorprendido de encontrar algo así en Garok, Stalcius arrancó una flor e hizo que su avatar la estudiara. ¡Increíble! Estaba trenzada con hilos de íntima sinceridad, algo insólito allí, en el corazón del Mentiroso Absoluto.

El juggervol aspiró su aroma. Había algo muy familiar en la fragancia. Volvió a aspirar. Los conceptos se fijaron: hogar, infancia, orgullo, soberbia, poder. Y sí, al fondo, uniendo todo ello con su argamasa de sangre y dolor, Efímera.

El aroma se consumía con la rapidez de una mecha encendida. Stalcius tomó otra flor. Paladeó su efluvio, lo consumió. Arrancó una tercera, y una cuarta, y una quinta… El aroma le embriagaba, enajenaba sus sentidos. No podía parar.

—No debo —susurró—. La misión…

Pero siguió devorando flores. Una tras otra.

Sin saber cómo, se encontró tendido en el suelo, exhausto. El torrente de fragancias había arrasado sus fuerzas. Aun así seguía paladeando los aromas, los recuerdos. Entre la bruma de imágenes floreció una idea: «No puedo seguir. Así de simple: no puedo».

Al instante Stalcius recordó lo que había dicho al Sanedrín. Una de sus palabras le machacaba: «Podré».

El juggervol suspiró.

«Podré».

Sollozó, avergonzado.

«Podré».

Stalcius aulló.

Desesperado, intentó entonar su Canción privada para recuperar energías. Debía salir de ahí, rápido. Pero las notas volaban espantadas, huidizas.

Se derrumbó.

Cerró unos ojos inexistentes y empezó a implorar piedad. Lloraba mientras reconocía la trampa: aquellas flores cargadas de recuerdos… Las imágenes de poder, los ecos de orgullo, las llamas de soberbia, las prendas que siempre habían vestido su alma: la falsa seguridad.

Falsa.

Stalcius gimió, aulló… suplicó.

Él tenía que oírle. Debía apreciar en su voz el tañido de la sinceridad mezquina. Comprendería. Le aceptaría. Garok, el Mentiroso, paladearía su nueva esencia y le admitiría como discípulo, otro hijo de la impostura.

Stalcius esperó. Y volvió a suplicar.

Mientras, horrorizado, veía cómo aquel cielo incandescente se hundía con el ocaso, calcinando el páramo.


Artista: Mike Winkelmann, Beeple. Web: http://beeple-crap.com/

Artista: Mike Winkelmann, Beeple. Web: http://beeple-crap.com/

El taller, día 3: ‘En tus labios, la súplica carmesí’

No hay hola.

Sigo con el taller al que me apunté hace un año. Esta vez con el tercer relato perpetrado en él. Una microhistoria ambientada en el universo de la Voluntad con muy ligeros toques de gore.

La premisa para redactarlo consistía en que había que acabarlo con la frase final (la marco en negrita) de Los papeles de Aspern. Se trata de una novelette de Henry James, que nos mandó leer el profesor. A mi entender una basurilla soporífera y mal escrita (o mal traducida, a saber que ni loco me voy a molestar en leerla en inglés) donde las haya. Pero nos lo mandaron leer como ejemplo de diálogos (me parto, con esos intercambios deshilachados y a veces caóticos), de ambientación (me mondo, ya que se trata de un torpe intento novela gótica), de psicología de personajes (me parto, me mondo y me descojono con los vaivenes de la sobrina, que de poco menos que casi deficiente mental pasa a tener unos injustificados -al menos según lo leído- cojones y orgullo) y de estilo (en eso coincido: es un perfecto ejemplo de cómo no narrar, con sus inacabables -seres y -mentes, por citar sólo dos defectos de principiante).

Pero bueno, aun soportando su lectura tuve que hacer el ejercicio. Y quedó esto. Ale, too vuestro.

No hay adiós.


La cabeza dio uno, dos botes sobre el entarimado, pero aun así siguió suplicando:

—Per… don.

—Sire, ¿le acallo?

Alcé la mano como única respuesta. El verdugo, todavía más desconcertado, retrocedió. La cabeza siguió rodando hasta quedar a tres pasos escasos de mi trono. La tráquea pulsaba como una segunda boca pero no sangraba. Me recordó a uno de esos amantes que se arrojan besos mudos. El senescal seguía dedicándome su atención incluso ahora, decapitado:

—Er… don.

Aquella inesperada insistencia me sorprendía.

—Valquiuus, inepto —le espeté—. Las cartas. En mi ausencia sólo tenías que hacer una jodida cosa: custodiarlas. Y vas y dejas que te las roben.

Los labios escarlata boquearon:

—Eh… don.

El sonido surgió más asfixiado, aunque todavía audible. ¿Desde cuándo Valquiuus poseía Vol? Jamás lo había demostrado, pero ahora la usaba de esa manera tan impresionante, digna de… digna de una estipe superior. Él, un simple plebeyo. Intolerable.

Desvié la mirada hacia el cuerpo. Sonreí. Ahí estaba el truco. En su agonía algunos decapitados quemaban las chispas de su Vol innata: pataleando, retorciéndose. Puro e inútil teatro. Pero Valquiuus no: él había dejado el cuerpo laxo para derivar su Voluntad hacia la cabeza y así proferir esas disculpas.

Parpadeé, aparté el Velo y contemplé la Filorrealidad. Lo vi. Tal y como suponía, de la herida brotaba un enorme y pulsante sáculo de hebras entretejidas. A falta de pulmones, ¿qué mejor que ese fuelle de Voluntad para seguir implorando perdón?

—Valiente y artero ilusionista.

—Señor. Puedo acabar con…

—No, Mordán. Vete. No te necesito.

Ondeé la mano en un gesto desganado. El verdugo (tembloroso, casi descompuesto) corrió para desaparecer del patíbulo. Sobre la tarima quedamos Valquiuus, el pingajo de su cuerpo y yo. El saco de hebras de Voluntad empezaba a desmoronarse.

«Al fin y al cabo no posees tanta Vol, viejo».

Me incorporé del trono y caminé hasta la cabeza. Todavía boqueaba resistiéndose a morir. Me agaché, la tomé entre las manos y enfrenté mi rostro al del senescal. Un último cara a cara, el primero a la misma altura. Valquiuus agradeció el gesto tosiendo. Su sangre me salpicó las mejillas, los labios, los ojos.

—Eh…

Resollaba. Apenas le quedaban fuerzas pero seguía insistiendo.

—Don.

Me sumergí en sus ojos. Incluso transfigurados por el dolor relucían llenos de determinación. Gritaban con más fuerza que sus labios.

—Me fallaste, viejo. Amaba esas cartas. Sólo podía confiar en ti. Me fallaste.

Sus labios carmesí borbotearon:

—¡Don!

Sellé su boca con mi índice empapado en sangre.

—No. Ya no. Aunque nadie olvidará lo que has hecho. Te lo juro.

Como senescal, Valquiuus, el plebeyo, conocía la Voluntad. Me había visto usarla, obrar milagros. Pero sólo los Señores debemos utilizarla. La dominamos, nos pertenece. Nadie se puede arrogar su uso. Nadie. Así que hice lo que debía hacerse. Tejí nuevos hilos, anudé los ya existentes, abrí flujos, cerré sumideros. Y creé un nuevo prodigio.

Valquiuus ahora ocupa un lugar preferente junto a mi trono, su cabeza convertida en un trofeo que atestigua mi Poder y sirve de advertencia doble. El senescal sigue vivo, balbuceando un agónico y eterno «per… don». Pero su falta sigue ahí. Cuando lo miro, mi enojo por la pérdida de las cartas se hace casi intolerable.

Como mosquitos en una trampa pegajosa

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día ya hablé de él.

No hay adiós.


Una vez más abro el frasco y aspiro tu Canción. Ahí estás, toda tu esencia concentrada en ese elixir. De repente un tango atraviesa la ventana e inunda la habitación. El antro mugriento y ruidoso de la planta baja no descansa, ni de día ni de noche. Reconozco la melodía: sonaba la noche que te conocí en aquel tugurio cercano al viejo malecón. Apago la luz y me asomo al alfeizar. Sé que no debería hacerlo, pero las notas me llaman. Forman una escalera sincopada mientras trepan por el aire denso de la noche. La tonada, unida al aroma, se convierte en un regalo: tu recuerdo se vuelve algo físico. Querría fundirme contigo, acabar con esta separación forzada.

Todavía no.

—Mañana. —Intento convencerme—. Quizá mañana.

Sé que ella continua peinando la ciudad. Buscándote, buscándonos. No puedo recrearte. Aún no.

Dejo abierta la ventana y regreso al interior del cuarto.

Y recuerdo:

—¿Funcionará? —preguntaste antes de que todo empezase.

—Lo he hecho más veces.

El mohín en tus labios me obligó a concretar:

—Pero nunca por amor.

—Si crees que funcionará, hazlo.

Lo hice. Te maté, te arranqué el alma, la encadené a ese frasco y huí. No: huimos. Juntos.

La canícula nocturna, junto al ventilador roto, convierten la habitación en una trampa para insectos. ¿Tú y yo?

Un chirrido de neumáticos frenando. Más que oírles, siento cómo salen de los coches. No les veo. Tampoco lo necesito. Las caras poco importan, sus armas sí. Están aquí.

Los gritos acallan el tango. Una voz de mujer, rabiosa:

—Los quiero. No importa cómo, pero los quiero.

Percibo su aura: una luz espectral que desafía la noche. Ella. Ha llegado. Tu viuda, que desea equiparar la partida. Sangre por sangre, alma por alma.

No hay tiempo. Entro en el baño. Mierda. No hay ventana, sólo un respiradero estrecho.

Preguntas, exclamaciones, insultos, carreras. El pasillo del motel bulle.

—Sal, hija de puta —ruje.

«Hija de puta».

Sonrío. Mantuviste bien el secreto, querido. Siento la tentación de salir y unirme a la turba de desconcertados huéspedes. Descarto la idea por temeraria y ridícula.

Ella vuelve a gritar. Debe acompañarle un psiónico, por lo menos uno capaz de rastrear auras. O incluso filoesencias. Sólo eso explica que nos hayan encontrado tan pronto.

El respiradero. No hay otra salida. Pero usarlo implica dejar todo atrás. Todo. Observo el frasco. En su interior refulge una diminuta luz. Sonrío. Te has decidido.

—Como desees, querido.

Obligo a mi uña corazón a crecer. Se alarga, se afila. Cuando se ha convertido en un bisturí rubrico con ella el sello de la Alianza sobre mi piel. El dolor me bendice con su lucidez. La sangre —la misma que ella reclama— empieza a derramarse, a bañarme.

—Aquí, mi señora. —Una voz imposible: un moldeado—. Alguien está usando Vol.

La puerta cruje pero se mantiene firme. Declamo los nombres de mis doce guardianes y rezo porque la madera resista un par de empellones más.

—Derribad esa puta puerta.

Las brumas del ritual (dolor, sangre y Vol entrelazados, efervescentes) me emborrachan. Mi cuerpo arde. Los huesos se licuan, la carne se derrite. En el último momento de solidez agarro la botella. Te derramo sobre mí, dentro de mí. Te envuelvo, nos unimos. Siempre contigo. Siempre.

La madera explota pero yo/nosotros fluyo/fluimos respiradero adentro.

—Que no escape.

Pese a carecer de oídos la agresividad de su alarido nos sacude.

Cuando arremeten contra la puerta del servicio nosotros ya nos estamos derramando fachada abajo. Nos deslizamos sobre la mugre y el polvo grasiento de los muros. Te retuerces lleno de repulsión.

—Tranquilo, querido. Aprenderás a soportarlo.

Pero sigues gritando mientras nos sumergimos en las cloacas. Sé que navegar entre heces no se parece a la huida romántica que habíamos planeado.

—Debemos dejarla atrás —susurro—. Ya recuperaremos luego la individualidad.

Percibo tu inseguridad.

—Aunque, si lo prefieres, siempre podemos mantener esta comunión.

Callas. Ese silencio me basta. Al menos por ahora.

La acequia desemboca en un albañal en la base de la muralla. Recupero mi forma.

Amanece. El sol incendia el pantano con tonos naranja rabiosos.

Sólo vestido de esperanza, empiezo a alejarme de los muros. Ni hombre de lata, ni espantapájaros ni león: encarno el papel de roedor furtivo perdido en un camino de baldosas de inmundicia.

Huyo sin destino fijo. Pero en mi pecho late el contenido muy especial de un frasco abandonado. Su calor me sirve de talismán, me impulsa a seguir. Porque dentro, en su luz, tú sonríes.

Aromas de interrogatorio

Cuento redactado para el reto 26 de Inventízate II de ELDE. Esta vez me he atrevido 😛 a usar un recurso por lo general poco utilizado. Además tiene mucho que ver con otros relatos:

Aquí os dejo el resultado.

Restricciones

  1. Deben haber tres acotaciones dicendi y tres acotaciones no dicendi.
  2. Deben aparecer dos gatos durante el tiempo presente del relato.
  3. Un personaje debe ir vestido de morado durante el tiempo presente del relato.

Palabras (máximo)

500


Una fragancia salada, rancia, macerada, asalta tu olfato y te despereza. Posee tal fuerza que empiezas a salivar. El aroma te obliga a alzar la cabeza, a husmear el denso aire del ocaso. Debes responder a su llamada.

En alas del efluvio, desciendes por el tejado. Tal y como esperabas, el olor proviene de la celda del Amo. Atraviesas la ventana abierta y de un salto te colocas a sus pies. Ronroneando, te frotas contra su hábito morado.

—Maldito —dice en ese momento—. ¿Qué buscabas a bordo del bergantín?

No comprendes sus palabras, aunque captas su irritación. Tú solo tienes ojos y olfato para la otra figura: una momia de carne putrefacta, amarrada con correas al potro de tortura. De ella emana el aroma a mar, a cosas vivas agonizando dentro de un cuerpo muerto.

—No. —Escuchas otra voz. Quebrada aunque desafiante. Borbotea del cadáver—. No es de tu incumbencia, mortal.

—Por mi cargo, por mi honor, te aseguro que sí. —El Amo agita la mano. En ella refulge su Vol-piedra—. Efímera te lo exige. Y para ti, ahora Efímera soy yo.

Chispas de luz que surgen del puño crispado del Amo. Sabes lo que va a pasar, así que te agazapas tras el faldón del hábito. Un rayo salta del puño al cuerpo amarrado. El cuchillo de luz hiende la carne, desgarra su alma. La cosa se retuerce de dolor.

«Curioso», piensas. «¿Algo muerto puede sentir dolor?».

Te da igual.

Pero el olor… El fuego-poder del Amo lo ha acentuando. Humedad, descomposición. El aroma te abruma. Necesitas acercarte, probar esa carne putrefacta.

Sales de la sombra del Amo y avanzas hacia el potro.

—Habla —exige tu dueño—. ¿Qué busca Garok en una nave de Efímera?

—¿Pretendes comprender los caminos del Dios Multicolor? —El cadáver ríe con un sonido húmedo, gelatinoso. Oírlo excita tu paladar—. Sus caminos son inescrutables incluso para mí. Yo solo obedezco.

Esa criatura te intriga. Ha dejado una huella de humedad en la madera del potro, sobre el suelo. Olfateas: aromas de salitre, de océano, de vida. Deliciosos. Pero también algo más. Entrecierras los ojos y lo ves. Un resplandor tenue envuelve al cadáver viviente: multicolor, danzarín, variable. Sin control ni pauta. Caos etéreo.

Recortas la distancia. Quieres verlo mejor.

Entonces le descubres: otro como tú. Emerge del resplandor de la momia. Su pelo brilla. Imposible, caleidoscópico. Sientes su mira de ojos fieros, inflamados. No ronronea; al contrario, bufa amenazador. Da un paso hacia ti. Enseña unos dientes renegridos, tan putrefactos como su amo. Se te eriza el lomo.

El otro se agazapa dispuesto a saltar. Su bufido se convierte en gruñido.

—¡Basta de juegos! —grita tu Amo. Agita la mano y una esfera de energía golpea la momia. El resplandor te ciega. Cuando vuelves a ver, el otro ha desaparecido.

El olor a descomposición se ha intensificado. Embriagador, casi irresistible… y preñado de matices extraños. Sin mirar atrás, sales por la ventana. En algún lugar de la cuidad encontrarás comida menos problemática.

Wolfdux's Lair

Blog de relatos

Las lecturas de Miss Iracunda

Libros que leo y otras historias

La desdicha de ser salmón

Pequeñas Literaturas por Aurora Losa

Miss Iracunda

Relatos perversos, macabros y peculiares.

A %d blogueros les gusta esto: