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Se acabó el serial #LCAdR: ¿y ahora qué?

No hay hola.

Voy a desparramar un poco, así que avisado estás.

El pasado lunes acabó ‘La cuenta atrás del relojero’. Tras veinte semanas (veintiún capítulos) la historia llegó a su final. Veinte semanas. Cinco meses.

Me di ese tiempo para tener un texto definitivo de una novela. Parecía mucho, ¿no? Pues no. A día de hoy ni siquiera he acabado el primer borrador. Llevo escritas más de cien mil palabras, que calculo que suponen en torno a unos dos tercios de la extensión. Y estoy hablando de la extensión del primer borrador, que no del texto final: a medida que he ido avanzando me han surgido más y más notas de ambientación, notas que deberé introducir en la primera revisión. La mayor parte de esas notas no se refieren a naderías sino que consisten en pinceladas básicas (y necesarias) para poder dibujar el mundo tan complejo en el que me he sumergido con esta novela.

¿Cuánto tiempo me llevará acabarla? No me atrevo a dar una fecha, la verdad. Ojalá para navidad la pueda empezar a mover por editoriales o agentes. Ojalá.

El guion inicial (las tarjetas de base) consistía en treintaiún capítulos con once interludios, un prólogo y un epílogo. La obra actual ya cuenta con cuarenta capítulos y los interludios han pasado a ser diecinueve. Espero que esto sirva para hacerse una idea de cómo está engordando el original.

¿Cómo voy de avanzado? Ahora mismo tengo acabados los borradores (e insisto en ello: hablo de borradores, textos esbozados y temporales) de todos los interludios, y los veintisiete primeros capítulos. Eso me sitúa en que me queda más o menos por redactar un tercio de la obra.

Luego llega la ingrata y costosa labor de pulir y reescribir. Porque ya mismo sé que hay secciones enteras horribles: tienen su origen en los días en los que, pese a no estar nada inspirado, me he obligado a avanzar. Esos días he acabado perpetrando textos que apenas sirven como mero armazón de acontecimientos: requieren una reescritura absoluta, hecha con un mínimo de inspiración y no simple fuerza bruta.

Algunos pueden decir ¿por qué tanto esfuerzo, tantas horas? Sobre todo porque quiero hacer algo de lo que me sienta orgulloso. Intentaré que esta primera novela muestre mi manera de escribir y no se limite a algo hecho de manera apresurada. La historia de base podría haberse narrado en (a lo sumo) cincuenta mil palabras, pero lo que entonces tendría entre manos apenas podría calificarse de lectura ligera, carente ni de trasfondo, ni de ambientación, ni de atmósfera ni de personajes. No quiero que el primer título bajo mi nombre se asocie a obra de cartón piedra, como algunos ejemplos que ahora mismo tengo en mente y que me niego a nombrar. A día de hoy uno no resulta difícil encontrar lanzamientos editoriales que a mí me provocan vergüenza ajena. La calidad literaria ha dejado de ser un requisito. Mejor no hablemos de que estén escritas sin faltas de ortografía: hay editoriales y autores a los que les da igual que sus obras no superen la criba de una redacción de 2º de Primaria. El ‘pero me se entiende no?’ ya se ha instaurado incluso en la editoriales. Yo intentaré que en mi caso no me puedan echar en cara nada similar. Si para ello me debo tirar todo un año revisando, lo haré. Por todo esto que os cuento voy a seguir con la novela. Y voy a hacerlo hasta que acabe. Eso implica que hasta entonces esta web tendrá pocos contenidos.

Y hablando de contenidos ahora debo hablar de otra cosa que afecta lo que hasta ahora se leía en esta web: los cambios en Literautas.

En buena parte este blog empezó como resultado de mi relación con Literautas. Gracias a Literautas salí de un bloqueo creativo de en torno a diez años. La norma de los tres comentarios anónimos se me hacía de lo más interesante. Tanto es así que desde el primer momento he valorado más los tres comentarios anónimos que los que aparecían en la parte inferior del cuento (aunque no voy a negar que los otros no los recibiera mal). En el blog he ido colgando los comentarios, las impresiones a la hora de afrontar los retos.

Pero ahora esa ‘relación’ ha dado un giro de ciento ochenta grados: el taller ha pedido todo el interés, al menos para mí. ¿Qué ha pasado? Si no me equivoco lo de Literautas me parece la crónica de una muerte anunciada: una muerte de éxito. Se les está yendo de las manos, demasiado poblado. Ahora que los usuarios se han ¿duplicado? ¿triplicado? desde que yo llegara han dado el paso de ‘liberalizar’ el ecosistema: la norma de las tres críticas obligatorias y anónimas ha desaparecido. Para los responsables de la web sin duda supone una menor carga de trabajo. Pero me da en la nariz que va a tener sus consecuencias. Palabra de anticapitalista 😉 La desregulación libegal siempre tiene resultados nefastos. En este caso me temo que ocurrirá será que el taller convertirá en un patio de colegio poblado por grupitos endogámicos. Los miembros de esos grupos empezarán el consabido ritual de ‘cómo me gusto/cómo me gustas/comámonos uno a otro lo comible’, incapaces de decir a la cara ‘esto está mal por esta razón y por esta otra’. Porque ¿para qué me voy a esforzar en hacer una crítica constrictiva y elaborada para un desconocido cuando tengo mi círculo de amigos que me doran la píldora y yo se la doro a ellos? Eso sí, para los gestores resulta de los más cómodo. Se limitan a moderar los comentarios si alguno se sube de tono y ale, listo.

En definitiva, Literautas apunta a convertirse en una nueva y pequeña red social de amistades/contactos. Y a mí eso no me va (lo intenté con Scrites, pero no pude: esto del caralibro y similares me supera). No me va nada.

Lo dije desde el primer día: Literautas me ha servido de revulsivo, de acicate, de vigorizante. Me permitió salir del caparazón del bloqueo creativo, y de paso de mi cuarto oscuro, de esa dinámica de escribir sólo para mí. Todo ello se lo agradeceré siempre: si algún día me publican de verdad me siento en la obligación de incluirles en mi primera sección de Agradecimientos. Al César lo que es del César.

Pero el cambio en la dinámica del taller me hace alejarme de ellos. Casi con total seguridad no volveré a participar.

Así que sin aportaciones del taller ni serial ¿en qué quedará este blog? Pues en poco más que un escaparate de lo que vaya publicando por ahí, si consigo publicar algo. ¿De nuevo a la oscuridad de mi cuarto, a escribir en un 95% sólo para mí mismo? No lo sé. Al menos estoy seguro de que en esas tinieblas y en esa soledad me encuentro cómodo. El viaje fuera de ellas ha durado unos tres años, con un par de frutos destacables. No sé durante cuanto más se prolongará.

Hoy, más que nunca, tiene especial importancia la frase que cierra todas las entradas de este blog:

No hay adiós.

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La cuenta atrás del relojero (XXI)

A aquel grito le sucedió una ristra de súplicas. Thiaverg parecía pedir perdón al mismo tiempo que imploraba piedad, todo ello con un tono de terror absoluto. Así se mantuvo durante unos segundos, con su voz subiendo de tono más y más. Hasta que la súplicas se transformaron en una cháchara apenas inteligible. Mareisha escuchaba todo, lívida. No podía imaginarse la causa de aquel súbito horror que hacía a su marido aullar de esa forma. ¿Qué era eso que había con él entre la niebla y que le hacía proferir esos alaridos?

Al cabo de un tiempo la mujer se percató de que no escuchaba un sinsentido histórico, sino que Thiaverg se había puesto a recitar textos a una velocidad endiablada. Las palabras se amontonaban en su garganta y salían por la boca aturulladas, unas sobre otras. Hablaba, gritaba, farfullaba, sollozaba. Escupía borbotones de palabras, y junto a ellas también profería extraños sonidos. Mareisha prestó atención a lo que decía su marido, intentando sacarle algún sentido. Tras unos segundos escuchando no logró comprender nada, pero sí se dio cuenta de que, entre las palabras en su idioma había muchas que sin duda pertenecían a otras lenguas, otros idiomas. Algunos de ellos incluso no hablados, sino silbados o gruñidos.

Aquello carecía del menor sentido. Debía informar a los Amos.

Pero antes de huir Mareisha dedicó una última mirada a la nube de niebla. Se había compactado tanto que ahora tenía forma de domo sólido con los límites bien definidos. En su superficie se apreciaban corrientes de viento lechoso, chorros de palabras más o menos gruesos. Luchaban entre sí estrellándose unos con otros, o bien girando formando tifones. Dentro de esa atmósfera de palabras todavía podía escuchar el bramido inarticulado de Thiaverg. Había alzado su tono hasta alcanzar una nota aguda, casi infantil.

Los jirones de niebla iban y venían. Entre ellos de vez en cuando se abría una zona despejada, fugaz pero apreciable. A través de ellas Mareisha intentó atisbar el interior de la burbuja. En el centro, tendido en el suelo, se veía un bulto. Por su tamaño muy bien podía tratarse de un hombre arrodillado o prostrado. Pero había algo más, algo que flotaba sobre él. Se trata de una masa enorme, una especie de líquido blanco y denso. Llenaba buena parte de la sección superior de la burbuja. Aquella esencia oscilaba y se retorcía, lanzando salpicaduras hacia la paredes superiores de la esfera, golpeándolas sin parar. Como si deseara escapar del domo.

Los Amos, pensó Mareisha. Debo correr a avisar a los Amos.

¿Acaso nadie más oía aquel escándalo de aullidos y voces? Mareisha buscó algún tipo de reacción en los edificios que rodeaban la plaza. En la Colmena se habían encendido apenas un puñado de luces. Sí, ahí. Y allí. Poco a poco la actividad empezó a infectar el complejo. La anciana miró al otro lado del patio, a la base de la torre del Reloj. En la oscuridad de su portalón se cuajaron un par de sombras.

Tras Mareisha el aullido de Thiaverg subió un poco más de tono. Parecía imposible que una garganta humana pudiera gritar de esa manera. Aterrada, la mujer se volvió de nuevo hacia la esfera. Su superficie parecía vibrar. Reverberaba y emitía una especie de burbujas densas, como si sufriera algún tipo de resonancia. En su interior las corrientes se habían acelerado confundiéndose en un maremágnum de destellos blanquecinos.

La anciana retrocedió más aún. Temía que el domo estallara.

Desesperada empezó a caminar hacia el Campanario, pero no anduvo mucho. Las dos figuras que habían emergido de él se acercaban con rapidez. Altas y en extremo delgadas iban vestidas con sotanas negras. Llevaban las cabezas cubiertas con capuchas enormes que ocultaban sus rostros al completo. La única parte de su cuerpo visible eran las manos, delgadas y pálidas. Con ellas no dejaban de trazar signos resplandecientes en el aire. Sobre el pecho de cada uno de ellos, resaltando sobre el uniforme negro, resplandecía un broche dorado en forma de reloj de arena.

Amos.

Mareisha se estaba volviendo hacia sus señores cuando a su espalda escuchó un sonido de succión. Giró la cabeza para, en el último momento, ver cómo la burbuja de bruma colapsaba sobre sí misma. Quedó reducida a un punto diminuto, no más grande que la falange de su dedo pulgar, brillaba como si contuviera mil soles. La anciana se protegió los ojos con las manos, pero aun así la luz atravesaba piel, carne y hueso.

La esfera flotaba a la altura de su cadera. Daba la impresión de que esperaba algo.

Una voz dulce brotó justo a la espalda de Mareisha. La mujer no necesitaba girarse para saber que pertenecía a los Amos. Se limitó a agachar la cabeza y mostrar humillación. No era digna de estar en su presencia, y menos aún en unas circunstancias como aquellas.

El Amo continuó musitando indiferente a la presencia de la mujer. Mareisha jamás había escuchado nada similar. La canica de luz respondió a la voz del Amo saltando hacia las alturas. En un abrir y cerrar de ojos se alzó hasta la cima del campanario, colocándose frente al orbe del Reloj Mayor. La anciana, atónita, no pudo evitar mirar hacia allí. Parecía que una estrella se había enganchado al campanario. El punto de luz, como un diminuto sol, iluminaba con luz fría y azulada la plaza del complejo. Aquí y allí los rostros de decenas, de centenares de relojeros se asomaban a las ventanas preguntándose el origen de aquel resplandor en plena noche. La canica seguía flotando ante el Reloj.

Uno de los Amos murmuró algo, y la diminuta estrella volvió a crecer. En un abrir y cerrar de ojos recuperó su forma de globo de bruma blanca. Su forma sólida empezó a degradarse, emitiendo tímidos jirones de niebla. Varios tentáculos tantearon el espacio alrededor del Reloj. Formaban oleadas: iban y venían desde el interior de la esfera; con cada asalto avanzaban un poco más. Hasta que uno de ellos se aferró al segundero. A ese primer tentáculo le siguieron otros. Hicieron presa en los otros brazos del Reloj, en los dígitos del orbe… Poco a poco la masa de niebla empezó a envolver el Reloj. Envolver o, como se percató Mareisha, introducirse dentro de él. Un minuto después de que el primer seudópodo se adhiriese al Reloj toda la burbuja de niebla había acabado desapareciendo dentro del orbe, que había recuperado su brillo habitual.

–Bien está lo que bien acaba –dijo uno de los Amos.

–Aunque para ello se deba recorrer caminos tortuosos –apostilló el otro.

Mareisha había vuelto a clavar la mirada en el suelo. No estaba acostumbrada a compartir espacio con Amos.

–Contempla el Reloj, Mareisha –dijo uno de los Amos.

La anciana obedeció y alzó la cabeza. El Reloj resplandecía con una intensidad renovada. Más incluso que antes.

–Sí, obsérvalo y recuerda –hablaba el otro Amo.

–Tu marido ha infringido el código, poniendo en peligro la realidad –dijeron al unísono–. Pero gracias a la Voluntad infiltrada en su carne, domeñada por el dolor, todo ha vuelto al orden establecido.

En la voz de los Amos no parecía haber reproche, pero aun así la anciana se sentía castigada.

–Ve, mujer. Regresa a la Colmena. Nosotros todavía tenemos trabajo.

Uno de los Amos le estaba indicando con la mano el camino al edificio. El otro se había acercado al sitio donde Thiaverg callera presa de los dolores. La anciana empezó a caminar hacia la Colmena, pero no sin antes ver lo que el Amo recogía del suelo: una pieza de metal dorado. Todavía surgían de ella finísimos hilos de humo. Un humo dorado… y que emitía un leve resplandor. El trozo de metal parecía retorcido, como si hubiera sufrido la acción de un fuego intenso en extremo. Aun así la mujer llegó a identificar su forma: se trataba de un broche en forma de candado. O quizá al revés.

El amo tomó la pieza y se volvió hacia su hermano.

–Uno más. Éste mucho más complejo. Espero que resista.

–O que lo haga por lo menos unos cuantos milenios más.

Aquellas últimas palabras Mareisha más que oírlas las adivinó. El Amo que había recogido el candado le dirigió una mirada intensa. La anciana giró la cabeza, espantada, y aceleró el paso todo lo que pudo. Sentía en su nuca aquellos ojos repletos de Voluntad.

El otro Amo dijo:

–Vamos. Debemos unirlo al resto. Ocho. Ya van ocho.

Mareisha hacía un enorme esfuerzo por no echar a correr. Sus pies casi volaban en dirección a la Colmena. Su cabeza bullía de ideas, de sensaciones, de temores. ¿Qué había pasado? Ignoraba cuánto tiempo le quedaba de vida, pero sabía que esos meses o años los pasaría en soledad. Había perdido para siempre a Shergev. Sin él los días se le harían más largos que nunca.

–¿Qué hiciste, viejo? ¿Viste acaso al Escritor?

Se repitió esas preguntas una y otra vez, hasta que las palabras empezaron a perder sentido. Porque en efecto: nada de lo que había visto tenía el menor sentido. O si lo tenía no quería conocerlo. Ya estaba muy vieja para ese tipo de misterios.

Sólo cuando llegó ante la entrada de la Colmena se permitió decelerar el paso y girarse. Justo en ese momento los Amos se introducían en el portalón del Campanario.

El Reloj.

Mareisha alzó la mirada hacia la esfera. Allí estaba, como si no hubiera sucedido nada. El brillo del orbe anunciaba la hora regalando su torrente de tiempo a toda la ciudad. A toda la realidad.

Y dentro de esa luz, de alguna manera, Shergev.

No, Shergev no, rectificó: Thiaverg. Su Shergev había desaparecido. Se había perdido antes de que la burbuja de niebla lo envolviera. Mucho antes de que los Amos lo encerraran en el Reloj.

¿Pero había llegado Thiaverg a elevarse? La anciana recordó la presencia que ocupaba la burbuja agazapada sobre su marido. Recordó cómo había pedido piedad, cómo su voz se había transformado en una jerga inarticulada y loca. Y como aquella masa luchaba por romper las paredes de la esfera. ¿Acaso había visto cómo, en el último momento ante de que el domo colapsara, esa entidad se arrojara sobre Thiaverg? Nunca lo sabría. Y estaba convencida de que aquel conocimiento no la pertenecía.

¿Qué había desatado Shergev?

“Algo que deberá evitarse al menos unos cuantos milenios más”. El Amo había dado a entender más o menos eso.

Milenios. Ella moriría y acabaría reducida a polvo muchísimo antes.

Volvió a mirar al Reloj. Cómo brillaba.

–Pareces nuevo.

Al decir eso Mareisha se dio cuenta, mejor que nunca, de lo inevitable del paso del tiempo. Y sonrió. El que uno se dé cuenta de cómo transcurre el tiempo sólo significa una cosa: que está vivo.

La cuenta atrás del relojero (XX)

El hombre alzó la mirada. Sus ojos parecían buscar algo en las alturas, pero la forma en que iban de una torre a otra, saltando entre las agujas y chapiteles, dejaba claro que no sabía el qué. Poco a poco bajó la mirada hacia los tejados, luego a las fachadas. Por fin miró lo que le rodeaba a ras de suelo. En su rostro no se apreció el menor gesto de comprensión.

No sabía cómo había llegado allí.

Estaba de pie, desnudo, en el centro de un patio enorme. La explanada estaba flanqueada por una serie de edificios extraños. La mayoría de ellos tenían un aspecto bulboso y alto, como enormes tubérculos de roca horadados por numerosas ventanas. Pero uno entre ellos destacaba, diferente a todos los demás. Se alzaba justo delante de él, y tenía la forma de columna descomunal. En su fachada no había el menor rastro de adornos o ventanas. La torre se elevaba como una especie de lanza de piedra dispuesta a ensartar el cielo nocturno.

Campanario, es un campanario, se dijo.

No comprendía cómo sabia eso. La voz se había alzado sólo con apenas algo más de fuerza que el caos de murmullos, gritos e increpaciones que bullía en su cabeza. Aquella cacofonía le impedía articular el menor pensamiento.

Aun así las preguntas se fueron acumulando. ¿Qué hacía allí? ¿Cómo había llegado? ¿Qué significaba aquel sitio? La tempestad de su cabeza barría cada una esas preguntas tan pronto como surgían.

El hombre se giró sobre sí mismo. Aquel sitio… lo conocía. Pero esa certeza provenía más  bien de su cuerpo, no de su mente. Junto a esa extraña impresión de seguridad había otra: algo no iba bien.

–Mira a la parte superior del campanario –escuchó decir a la voz. Sonaba apremiante. El hombre obedeció sin pensárselo dos veces–. ¿Qué ves?

Desconcertado trató de aguzar la mirada. Frunció el ceño, entrecerró los ojos, pero sólo veía cómo la torre se elevaba hasta confundirse con las nubes y la oscuridad de la noche.

–Nada –se atrevió a responder–. No veo nada.

–Justo. Eso es: no se ve nada. El campanario está apagado. El reloj no brilla. No funciona bien.

La voz poseía un tono singular, casi desesperado. Al hombre le dio la impresión de que en esas últimas palabras debía esconderse una especie de clave.

De repente el hombre notó una mano sobre su hombro. El contacto le dejó una sensación extraña, semejante a la que nadar en agua con lejía. La mano le sacudía. Se giró. La anciana iba enfundada en una bata. Por el aspecto del tejido, la prenda muy bien podía tener la misma edad que la mujer. Le miraba con intensidad.

–Shergev… ¿Eres tú? Estás desnudo. Y además… joven –la voz sonaba teñida de una pincelada de preocupación y un mal disimulado desdén–. ¿Qué ha pasado ahí abajo?

El nombre. Se le hacía familiar. Y al mismo tiempo no. Como si formara parte de un pasado ya cerrado. El hombre rebuscó en su mente. La mujer. La conocía, pero al mismo tiempo le provocaba una sensación similar a la de ese nombre. Cercano a él y también ajeno.

Cerró los ojos tratando de recordar, de comprender. En su mente el caos de voces persistía. Sonaban confusas y estridentes, enfrentadas unas contra otras sin orden ni concierto… Cada una narraba una historia y exigía al resto que le atendieran. En esa locura el hombre a duras penas podía mantener su propia identidad.

Pese a ello logró decir:

–No recuerdo…

Aquello no parecía bastarle a la mujer, que se plantó ante él con los brazos en jarras.

–¿Qué te ha pasado? Estás tan… cambiado. Joven, sí, pero no sólo eso. Mírate –dijo la anciana señalándole con una mano de pies a cabeza–. Estás pálido, muy pálido. Casi pareces de leche. Y el broche: ¡lo tienes clavado en el pecho!

El hombre se miró: las manos, los brazos, el pecho, las piernas. Sí, su piel tenía un color muy pálido. Quizá demasiado. Inclinó la cabeza hacia donde señalaba la anciana. En efecto, una especie de adorno metálico surgía de su pecho, justo sobre el corazón. Notaba cómo esa pieza palpitaba sobre su piel siguiendo un ritmo propio.

–Shergev –continuaba hablando la mujer–, Shergev … ¿qué ha sucedido en la sala de Maquinaria? El Reloj Mayor durante apenas un segundo se ha parado. Y ahora parece que funciona. Los sensores en Control dicen que sí que sigue generando tiempo. Pero la esfera no brilla.

El Reloj Mayor. El hombre alzó la mirada a la cumbre del campanario. Sí, allí estaba.

La mujer continuaba hablándole, cada vez con un tono más acusador. Parecía dar a entender que él tenía la culpa de lo que decía. ¿De verdad tenía él la culpa?

Aquella anciana insistía en llamarle Shergev. Cuanto más escuchaba ese nombre más se daba cuenta de que no le pertenecía.

Entonces recordó:

–No. No me llamo Shergev –la anciana dejó de hablar y le miró con intensidad–. Mi nombre es Thiaverg.

–Por el mismísimo Escritor, ¡pero qué dices!

–Thiaverg. Llámame Thiaverg.

La firmeza con la que hablaba dejó a la anciana sin palabras. Sólo acertó a repetir el nombre:

–Thiaverg.

Pero Thiaverg no la escuchaba. Pronunciar su nombre había desatado un hambre de saber más, tanto de él mismo como de lo que le había pasado. Hizo un nuevo esfuerzo por recordar. Se encontró con que su mente, más allá del caos de voces, estaba encapsulada en una especie de nada blanquecina. No logró visualizar recuerdo alguno. Volvió a tratar de enfocar sus pensamientos más allá del maremágnum de voces, de atravesar esa nube de vacío, pero no logró nada. Tras varios intentos Thiaverg acabó por cabecear impotente.

La anciana, indiferente a sus dudas, continuaba con su cháchara:

–Sin embargo la esfera no brilla –estaba diciendo–. Funciona pero no brilla. Algo raro, muy raro. Y todo ha ocurrido justo cuando tú estabas de servicio, Shergev… eh, Thiaverg. Los Amos están analizando lo que ha pasado. Espero que no descubran que tienes la culpa de todo este lío.

Los Amos. El mencionarlos pareció remover el velo que envolvía sus recuerdos.

–Ahora creo que me viene algo a la cabeza. Me cuesta, pero creo que… sí: golpes, humo. Y aullidos. Una sensación de, de… desencanto, de traición –Thiaverg clavó sus ojos en los de la mujer–. Y de deseo de venganza.

La anciana le devolvió la mirada sin comprender de lo que hablaba.

Los ojos del hombre resplandecieron cuando volvió a decir:

–Venganza.

La mujer creyó que la palabra la envolvía. Se retiró un paso. En su rostro arrugado se empezaba a dibujar algo semejante al temor. Ese movimiento permitió que Thiaverg la pudiera contemplar de pies a cabeza. ¿Quién era esa mujer? ¿La conocía?

Me ha llamado Serghev, pensó. El nombre me suena, sí. Pero con la misma sonoridad con la que en mi mente burbujean el resto de historias. Estoy inmerso hay un caos tan absoluto… Mi cabeza parece una biblioteca con las baldas arrasadas, con los libros tirados por el suelo. Libros a los que alguien ha arrancado páginas, páginas que alfombran el suelo sin orden ni concierto.

Por primera vez desde que despertara en ese patio Thiaverg empezaba a poder hilvanar pensamientos. Esbozando una sonrisa, continuó.

Me siento como si me hubieran arrojado a un torrente de palabras. Uno salvaje, indomable. Me arrastra hacia… no sé hacia dónde. Pero más que un torrente parece una colada de lava: arrasa con todo cuanto encuentra. Arrasa conmigo mismo. ¿Qué me pasa? ¿Por qué verbalizo de esta manera? Me cuesta no hacerlo. Las palabras me dominan, me satu…

–¡Agh!

Thiaverg se llevó las manos a la cabeza. Apretaba sus sienes con fuerza mientras boqueaba buscando aire.

–¿Qué te pasa? Por los Amos, ¿qué te pasa?

–Las palabras. Me ahogan. Me arrastran hacia… ¡Duele! Por favor, no, ¡dejad de fluir! No. Más. Palabras.

La anciana le tendió una mano temblorosa.

–Has usado la consunción, ¿no? Por eso estás tan joven…

–Por favor, no hables. Tus palabras desatan muchas más dentro de mi cabeza. Silencio. Por favor. ¡Silencio!

El hombre se arrojó al suelo. Allí, tendido en posición fetal, empezó a retorcerse. Gemía y soltaba espumarajos mientras se apretaba la cabeza con las manos.

–Shergev…

La mujer se atrevió a dar un paso más. Le veía tan indefenso, tan vulnerable. Y tan joven y hermoso. Como cuando se conocieron, demasiados años atrás.

Su piel. No había la menor arruga en ella.

–No temas, querido. Aquí está Mareisha para cuidarte. Como en los viejos tiempos.

El hombre no hacía caso, limitándose a cerrar los ojos con fuerza mientras se tapaba los oídos con las manos.

–Ssshhh, tranquilo.

La mano de la mujer volvió a acariciarle el hombro. Thiaverg sólo supo encogerse un poco más.

–Qué pálido estás. Blanco. Y qué suave. Déjame verte.

Mareisha se arrodilló junto al hombre que creía su marido, acercando su rostro a la piel marfileña. Sólo en ese momento se dio cuenta de que su piel no era del todo blanca. Incapaz de comprender lo que veía se aproximó más. Forzó la vista, frunció el ceño. Había algo, había algo extraño en esa piel. Sus labios temblaban, incapaces de contener la emoción ante lo que veía. Hasta que por fin explotó.

–Shergev. Esto blanco son… son… ¡palabras! Diminutas, casi ilegibles, pero miles, millones. ¡Todo tu cuerpo está cubierto de palabras tatuadas con tinta blanca!

El hombre empezó a convulsionar. Mareisha le aferró la mano, llegándosela a la cara.

–Estoy aquí, contigo.

Acarició el dorso de la mano de su marido con su mejilla. Qué tersa y elástica estaba. Tan joven…

Pero al hacerlo sus ojos se deslizaron sobre la piel. Incapaz de dominar su curiosidad empezó a mirar las frases. La inmensa mayoría de ellas estaban escritas con letra intrincada, poco menos que ilegible. Pero aquí y allí la topografía aumentaba haciéndoles más fáciles de leer. La mirada de la anciana se deslizó de una palabra a otra. Aun así como estaban, escritas en diminutas y apretujadas letras blancas sobre la piel de su marido, parecían querer decirle algo.

–Puedo leerlo –dijo Mareisha. Y entrecerrando los ojos musitó una frase cualquiera–. “Aquellos hombres recorrían un mundo devastado, amortajado…”

–¡No! ¡Noooo!

Una especie de vapor empezó a surgir de la piel de Thiaverg. El hombre se retorcía mientras volutas blancas emergían de su cuerpo. Los hilos de niebla dibujaban espirales intrincadas, escaleras de palabras que ascendían sin un objetivo concreto.

Mareisha saltó hacia atrás. El joven se revolvía presa del dolor. Cada vez surgía de él más bruma, tanta que poco a poco le fue ocultando. Gritaba. Entre sus alaridos Mareisha llegó a entender algo:

–Las palabras. Queman. Desgarran.

–Shergev –gritó ella, de repente asustada. No podía ver nada. La niebla se había vuelo demasiado densa. Giraba y se retorcía en jirones compactos. En ellos, o más bien formando parte de los mismos, Mareisha pudo ver palabras, frases, párrafos enteros. Las letras, blancas como la leche, se agrupaban formando mensajes efímeros. Algunas veces se detenían ante la anciana como si anhelaran que los leyera; otras volaban raudos como bandadas de pájaros esquivando su mirada. Los había formados por letras y palabras de lenguajes y alfabetos conocidos; en otras ocasiones sólo constaban de signos, grifos u otro tipo de dibujos que la anciana no llegaba a comprender.

Aquello la sobrepasaba. El pánico la había arrojado al suelo. Se puso a gatas y con una mano tanteó la niebla:

–¡Shergev!

Sus dedos no tocaron nada, salvo gasas de bruma. Los jirones poseían cierto matiz cálido, untuoso. Se adherían a la ropa, a la piel de la anciana. Trataban de impregnarla. Mareisha notó cómo las palabras se retorcían sobre su cuerpo, cómo mordisqueaban su piel con sus diminutas voces. ¿Qué significaba aquella locura?

Presa del pánico retrocedió. Debía escapar de allí. Junto con la niebla estaba empezando a escuchar unas voces, unos cánticos que parecían querer obligarla a quedarse, a unirse a ellos. Mareisha empezó a tararear una vieja canción. No la había cantado desde hacía décadas, pero de repente había surgido en su cabeza como una especie de balsa a la que aferrarse. Con ella sonando a todo volumen en su mente empezó a arrastrarse lejos de Shergev. O como ahora quería que lo llamaran.

Dentro de la nube Thiaverg seguía gritando. Ya no pronunciaba nada concreto, sólo gritos inarticulados. En su voz se apreciaba, junto al dolor, un terror intenso. Mareisha alzó el tono de su canción. No podía oírle sufrir así.

De repente el hombre calló. Mareisha se detuvo, quedándose donde estaba. Dejó de cantar y se mantuvo expectante. Había logrado apartarse de la nube de niebla, y ya no sentía las garras de aquellas voces. Sin embargo el súbito silencio se le hacía casi igual de insoportable.

La anciana miraba con ojos desorbitados la mancha de bruma. Dentro de ella seguía su marido. ¿Qué le había pasado? ¿Qué le había hecho callar?

–Hay algo más. Dentro de la niebla –gritó Thiaverg en un alarido agudo, histérico–, ¡hay algo más!

La cuenta atrás del relojero (XIX)

Despierta.

Espiral. Asciende.

Paredes. Húmedas. Oprimen.

Luz. Delante. Rectángulo. Salida.

Aire. Fresco. Escalofrío. Brisa. Exterior.

Patio. Oscuridad. Edificios. Altura. Libertad.

Parada. Descanso. Reflexión. Conciencia.

Voces. Miles. Caos. Historias. Locura.

Pelea. Voluntad. Lucha. Duda.

Yo. Soy. Muchos.

No. Uno.

Yo.

La cuenta atrás del relojero (XVIII)

El Reloj parecía seguir funcionando. El cuerpo de relojero de Thiaverg así se lo decía: el segundero del reloj Mayor no se había detenido.

Tic–tac. Tic–tac.

El flujo de tiempo seguía llenando la alcoba del Escritor.

Además había dado toda la cuerda. Justo sobre la hora, sí, pero lo había logrado. Se dio cuenta que estaba pensando buscando una excusa. Y ¿qué mejor que esa? Él había cumplido con su misión.

Pero lo que se revolvía dentro del mecanismo parecía indiferente al razonamiento del relojero. Continuaba propinando golpes salvajes, cada vez más furiosos. Ahora iban acompañados de algo más. Sobre los mazazos metálicos Thiaverg escuchó un coro de gemidos. Su timbre dejaba claro que no surgían de gargantas humanas: poseían un cariz metálico, artificial. Como si los profiriera la propia maquinaria.

La bruma empezó a vibrar al ritmo de los aullidos. El relojero empezó a creer que estaba inmerso en el hálito de un gigante de hielo. El frío se había propagado por toda la cámara. La niebla poseía tal densidad que casi ocultaba por completo el muro de maquinaria.

–Yo he hecho mi trabajo –Thiaverg sollozó presa del pánico­­–. No he fallado. ¡No he fallado!

Los aullidos del coro se tornaron alaridos. El relojero, loco de pánico, acabó uniéndose a ellos.

Thiaverg reculó unos pasos, aunque no apartó la mirada de la cortina de humo blanco. Una culpa indescriptible atenazaba su corazón. Pero al mismo tiempo la curiosidad le obliga a no apartar la vista, a no huir escaleras arriba.

De improviso los golpes cesaron, sustituidos por un gemido de metal desgarrado. A esto le siguió un silencio húmedo, pegajoso. El velo de vapor se revolvió. Los grumos niebla se retorcían como si algo los empujara. Algo físico y mucho más grande que Thiaverg. Algo vasto, descomunal. Una presencia surgida del interior del Mecanismo Mayor. Pero en sus entrañas sólo había engranajes, resortes. Eso y artificios místicos que retorcían la realidad y generaban tiempo. Tiempo para el… Para el Escritor.

El pánico se apoderó de Thiaverg. No quería saber lo que pasaba. Iba a levantarse cuando el muro de niebla se abalanzó sobre él. El relojero profirió un gañido y se revolvió. Debía huir. En su atolondramiento ni siquiera pudo ponerse en pie: como una bestia acorralada y herida sólo acertó a arrastrarse por el suelo. Gateaba hacia atrás, sobre su espalda. Una mano resbaló sobre las losas haciéndole caer. El giro le permitió ponerse boca abajo y, por fin, gatear de una manera más eficiente. Debía encontrar el portón de los candados, la antecámara. Y en ella las escaleras. Salir de ahí y avisar a los Amos. Quizá ellos, ellos…

La niebla lo llenaba todo. Le cegaba como una gasa. A pesar de ello siguió retrocediendo. La puerta debía estar a poca distancia. Logró ponerse en pie. Al hacerlo una vaharada de aire congelado acarició su espalda. Aquella prueba de la presencia, cada vez más cercana, le hizo abalanzarse hacia donde intuía que estaba la puerta.

La temperatura descendía a gran velocidad volviendo la bruma más y más densa, casi líquida. El relojero empezó a creer más que correr nadaba inmerso en una piscina helada.

¿Tan lejos estaba la puerta? ¿O acaso no estaba corriendo hacia ella sino en otra dirección?

Detrás de Thiaverg la presencia seguía creciendo. Apabullante, física. Había salido de la máquina. Los sonidos no habían cesado. Ahora en vez de golpes se escuchaba un caos de desgarro, de metal despedazado. O masticado por unas fauces inauditas.

–¡Yo hice mi trabajo!

El grito surgió de su garganta sin que fuera consciente de ello. La respuesta a su súplica llegó en forma de coro de alaridos. Sonaron cerca, muy cerca del relojero. Demasiado. En ellos se dibujaba toda una paleta de emociones. Thiaverg creyó adivinar ira junto a tristeza, desesperación teñida de júbilo, locura y serenidad. No tenía sentido, pero parecía que todas las emociones humanas estaban representadas en aquel coro.

El relojero aceleró su carrera, aunque ya empezaba a tener la seguridad de que el espacio se estaba deformando a su alrededor. El espacio o el tiempo.

El coro de gemidos se intensificaba. Sonaba a su espalda, pero también a sus lados e incluso delante. Le rodeaba con su maremágnum de sentimientos, ganando intensidad a cada latido. Thiaverg intentó no hacer caso a los cánticos pero éstos se clavaban en sus oídos. Empezó a identificar detalles y texturas. Los alaridos albergaban realidades ofuscadas, cántigas y epopeyas, amoríos y traiciones. Sin poder hacer nada por evitarlo el relojero se encontró naufragando en un océano de historias, zarandeado por olas en forma de giros argumentales, sorpresas, desgracias y maravillas.

El Escritor. Aquello sólo podía proceder del Escritor. El dios estaba saliendo.

La sinfonía de alaridos prosiguió tejiendo un caleidoscopio de demencia. Thiaverg pudo identificar algunas de las partes que cantaba: el horror se mezclaba con la maravilla, la náusea con el placer, lo magnánimo con lo depravado. Aterrado y maravillado se dio cuenta de que se estaba convirtiendo en el recipiente humano de todo aquel cúmulo de realidades. Las historias le empapaban penetrando su cuerpo. Le ahogaban violando su boca, anegando sus pulmones.

Perdido entre todas esas historias una de ellas, una ínfima pero reluciente, llamó su atención. La historia se materializó en la forma de una risa. ¿Una carcajada… femenina? Con la misma facilidad con la historia llegó se perdió. Thiaverg no podía aprehender nada concreto. Las corrientes narrativas, salvajes e iracundas, le arrastraban de un lado a otro.

Un nuevo gemido metálico llenó la cámara. Parecía un llanto, pero mucho más desgarrado que los que había oído hasta ese momento. Thiaverg supo que no quería conocer a la criatura que lo había proferido. En un último intento alargó la mano y tanteó el vacío.

Sí, allí estaba. Sólida aunque recubierta de escarcha: la puerta.

Se aferró a ella con todas sus fuerzas. Siguió palpando. Sí, allí estaba: el borde de la hoja. Y más allá el hueco que había cruzado una eternidad atrás. Cayó de bruces al otro lado de la puerta. La atmósfera de la antesala no parecía afectada por lo que pasaba en la cámara de la Maquinaria.

Los cerrojos, ahí estaban. Y las agarraderas. Empujó con fuerza. Sabía que el contrapeso estaba tan bien calibrado que un simple crío podía manejar las puertas. Pese a ello empujó con todas sus fuerzas. Lo hizo manteniendo los ojos cerrados: no quería ver el interior de la cámara. Bastante pavor le provocaba el coro y la descomunal forma que se escondía en la niebla. Una criatura que se deslizaba (o rodaba, o reptaba, o se arrastraba) hacia él con lentitud. Thiaverg notaba  su hálito, esa vaharada de narraciones inconclusas y dramas tan crueles como catárticos. El aliento del Escritor.

Por fin logró unir las hojas. Lo había conseguido. Con toda la rapidez que pudo empezó a activar los cerrojos. Una vez reconfigurados nada los podría romper. Nada saldría de la sala de la Maquinaria.

Activó el primer cerrojo en un abrir y cerrar de ojos.

El coro. Seguía escuchando el coro. Aullaban dentro de su cabeza. Dolía. Desgarraba.

El segundo y el tercer candado quedaron asegurados mientras los alaridos sonaban desaforados dentro de Thiaverg.

No podría soportar mucho tiempo más aquellas voces. Sonaban tan desesperadas, tan necesitadas por relatar sus historias. Las narraciones se revolvían dentro del relojero.

El cuarto cerrojo quedó firme mientras Thiaverg notaba cómo los cánticos maceraban su alma, royendo sus huesos y masticando su carne. Como una especie de consunción, pero más intensa y desaforada.

–¡Yo hice mi trabajo! –Sollozaba tratando de callar las voces– ¡Yo hice…!

Las palabras del relojero acabaron deformándose en un grito inconexo. Todavía le quedaba por cerrar el último candado cuando un pseudópodo blanco emergió del ojo de la cerradura. Thiaverg saltó hacia atrás. El extremo del tentáculo respondió surcando el aire como si se tratase de una bala para clavarse en la frente del relojero. Durante un segundo Thiaverg se quedó mudo, sus ojos clavados en aquello que perforaba su cabeza. El tiempo pasó mientras el psuedópodo actuaba. El relojero abrió los ojos más y más. Empezaba a comprender, a asimilar.

Al final emergió de su garganta un gritó. Thiaverg gritó una y otra vez suplicando piedad. Gritó y luego… luego nada, sólo una blancura absoluta. Cubriéndole. Ahogándole. Una blancura en la que volaban formas negras. Formas de tinta viva que escribían, llenándole de historias.

La cuenta atrás del relojero (XVII)

El inicio de las campanadas marcaba la cuenta atrás. Para cuando hubieran sonado los trece tañidos debería haber acabado de dar la cuerda.

Todavía le quedaba un poco de correa. El relojero se recompuso y siguió girando la manilla a la máxima velocidad que el mecanismo le permitía.

Mientras tanto la Maquinaria producía sonidos furiosos.

–No está diseñada para soportar este maltrato –musitaba Thiaverg–. Las campanadas no deberían atravesar nunca la puerta. El blindaje y los candados están en parte para eso.

La cámara volvió a temblar. Una nueva campanada descendía. El relojero volvió a acomodarse para recibir el golpe, pero sin dejar de girar la palanca.

La segunda campanada reverberó en la cámara. Pero por alguna razón llegó con menos energía, como desinflada. A Thiaverg le recordó el nacimiento de un segundo gemelo, siempre más agotado que el primero.

El relojero continuó accionando la manilla mientras las campanadas se sucedían. Por alguna razón el Mecanismo no parecía querer llegar a su tope. ¿Estaba mal el indicador? ¿Faltaba más recorrido del que indicaba?

Llegó la duodécima campanada. Para horror de Thiaverg la cuerda no había llegado a su fin. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Tan mal había calculado?

La Maquinaria Mayor volvió a temblar. Un golpe, luego otro. Thiaverg se preparó para la campanada final… cuando se dio cuenta de que las vibraciones provenían de dentro. Durante un instante dejó de girar la manilla. Al hacerlo, como si la estructura le respondiera, una de las planchas de metal situada sobre la manivela se abolló. Lo hizo hacia fuera, hacia él. Algo desde dentro del Mecanismo pretendía… ¿salir?

El relojero notó cómo toda su seguridad se derretía. No se atrevió a formular en palabras el horror que su cerebro había empezado a esbozar. Sólo supo reaccionar de una manera: volver a girar la manivela. Más, y más, y más.

A su espalda volvió a notar la presión. La decimotercera campanada se precipitaba hacia él. Justo cuando la onda expansiva le golpeó la manivela llegó a su tope. Había dado toda la cuerda.

Sin embargo lo que agitaba la Maquinaria Mayor desde dentro no parecía calmarse. El frontal de engranajes y mecanismos se sacudía como si algo lo martilleara. Thiaverg soltó la manivela y extrajo la mano llave del activador.

Vio con ojos desorbitados cómo la manilla se movía sola. A un lado, a otro. Daba la impresión de que alguien intentara forzar el sistema de correa. Alguien desde el otro lado del panel.

Aterrado, el relojero trastabilló alejándose de la maquinaria.

A través de las ranuras de los engranajes, aprovechando los espacios entre diales y chivatos, empezaron a surgir volutas de vapor. Blanquecinas, muy finas, tenían el aspecto de una bruma fina. Con ellas le asaltó a Thiaverg un frío intensísimo, impropio de la cámara. Su respiración cristalizaba en el aire, y una escarcha similar se empezó a formar sobre el metal.

Los golpes proseguían, ganando intensidad. Resonaban por toda la sala, metal contra metal, con un sonido semejante al que produce una enorme maza de acero al despedazar pequeñas piezas de metal. O un sistema de engranajes, ruedas dentadas y clavijas.

De seguir así la Maquinaria entera reventaría.

Thiaverg yacía tendido en el suelo. No se atrevía a apartar la mirada del Mecanismo. Las vaharadas seguían surgiendo, blancas y frías. La escarcha cubría buena parte del frontal como si se tratase de una hiedra albina.

Algo extraño y terrible estaba sucediendo.

Algo desatado por mí, pensó Thiaverg. Le dolía tener que reconocerlo: él tenía la culpa. Deseaba huir, escapar de allí, esconderse en el lugar más recóndito de la ciudad. Pero al mismo tiempo deseaba saber lo que había desencadenado. Una parte de él le decía que su culpa podía desaparecer sublimada en curiosidad, en ansia de conocimiento.

Pura esencia Humana.

¿Qué estaba pasando? ¿Al final su mujer tendría razón? ¿Había fracasado, defraudado a toda una estirpe de relojeros?

La cuenta atrás del relojero (XVI)

Su cuerpo latía tenso. Le gritaba que apenas restaba un minuto para la hora. Shergev se había dejado llevar por las fantasías. ¿Cuánta correa quedaba por activar? Un dial a su izquierda chivaba el dato: se podía decir que no faltaba nada. Sólo una pizca, una migaja más haría que la aguja marcara el punto cero.

Pero todavía no llegaba ese momento.

El relojero aplicó más fuerza a la manilla. El mecanismo respondió resistiéndose al esfuerzo. Pero debía obligarlo. No podía quedar nada de cuerda sin dar cuando resonara el carrillón del Reloj Mayor.

Miró el dial. Casi había acabado. Casi.

Al menos la voz de Mareisha parecía haber desistido. En la sala sólo se escuchaban sus bufidos de esfuerzo accionando la manilla. Le rodeaba un silencio denso, típico de la sala del Mecanismo.

Lo lograría. Para ello contaba con ese cuerpo nuevo. Gracias a él podría seguir trabajando muchas décadas más.

Se sentía nuevo. Tanto que muy bien podría ser otro. Pensó un instante en su nueva condición. Fresco, vigoroso, lleno de vida. Qué diferente del Shergev viejo, ajado y cansado que se había precipitado escaleras abajo. Tan diferente que, lo tuvo que reconocer, no se sentía identificado con él. En efecto, había renacido y ya nada tenía que ver con el anciano achacoso y vencido.

–No soy Shergev. Soy… –durante una latido dudó, pero el nombre le vino de forma intuitiva, como si siempre hubiera estado ahí– soy Thiaverg. Sí, me llamo Thiaverg gar Shergev.

Repitió el nombre una, dos veces. Al hacerlo se sentía más lleno de vida, eufórico.

Thiaverg gar Shergev. Thiaverg originado de Shergev.

Continuó girando la manivela.

Sí, iba a lograr dar toda la cuerda. Hacerlo antes de que el reloj marcara la hora trece.

Aceleró más aún el giro de la manilla. Un mugido, grave y denso, emergió del interior de los engranajes. El mecanismo se quejaba, la correa sufría, pero él no dejó de aplicar fuerza. El bramido se prolongó unos segundos, y luego empezó a decrecer. A Thiaverg le dio la impresión de que la maquinaria se estaba aclimatando al esfuerzo. Resistiría.

Incluso con ese nuevo cuerpo juvenil el relojero estaba empapado en sudor.

Quedaban unos pocos segundos para…

De repente el relojero notó un súbito temblor. La maquinaria se sacudía, propagando su vibración a la mano llave, a la manivela, al mismo aire de la cámara. Thiaverg tragó saliva, consciente de lo que sucedía. Sin producir el menor sonido todo empezó a temblar. El aire se agitaba, cada vez más denso. El relojero renacido husmeó a su alrededor. Sí, parecía que la misma atmósfera de la estancia se revolucionaba temerosa. Notó en su espalda un primer empujón, ligero pero identificable. Luego otro. Thiaverg sabía lo que estaba pasando: la onda sonora de la campanada descendía por las escaleras. Encajonada entre las paredes, reverberando sin parar contra los muros lubricados de humedad y limo, el frente se fortalecía a medida que descendía la espiral.

En el último momento Thiaverg acertó a abrir la boca y tensar su cuerpo, colocándolo en ángulo. El muro de aire y sonido acabó de descender y se derramó por la antecámara. El armario lleno de candiles tembló presa de la sacudida. Un parpadeo más tarde la avalancha sónica golpeaba al relojero con su estruendoso, brutal y comprimido tañido. Por fortuna se había preparado. Sólo así el mazazo se le hizo algo más soportable.

La hora trece estaba a punto de llegar.

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