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El interrogatorio de la momia

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad.

Debo aclarar que el cuento que pongo aquí no coincide al 100 % con el de Literautas: una vez releído he visto unos pocos detalles mejorables, que he introducido. Como ya dije en su día, este relato tiene un par de relaciones con otros cuentos, como esteeste y este. Os recomiendo leerlos para sacare pleno jugo al texto.

No hay adiós.


Impotente, Simmonario propinó un puñetazo contra la pared. El cadáver, indiferente a su frustración, siguió farfullando:

—Les… avisé. Intenté… ayudarles. Pero… él no subió.

—Cálmate, Simmo. —Stoian apoyó una mano sobre su compañero—. Así no lograremos nada. Lo sabes.

Simmonario bufó y se miró la mano. Al menos no se la había roto. En su palma la Vol-gema seguía resplandeciendo. Arrojó una ráfaga de control hacia la momia. El cadáver se sacudió y durante un par de latidos su cháchara se aceleró.

—Se repite —comentó Stoian—. Que si el marinero no subió al barco, que si intentó convencerle de hacerlo, que si trató de prevenirles del mal que eso implicaba…

Los dos distorsionadores contemplaron los restos del hombre. Se trataba del único tripulante, por decirlo así, del derelicto. ¿Cuánto tiempo llevaba encerrado en aquella cámara de la bodega anegada de agua, rodeado de signos de protección? El bergantín apenas se mantenía a flote: sólo emergían sus mástiles y la proa.

—Una tormenta más y se hubiera hundido —había dicho el capitán Pontorii. De acuerdo a sus órdenes, exploraron la nave lo más rápido posible, rescatando lo poco que encontraron útil. Luego lo dejaron a la deriva.

—Stoian, seremos el hazmerreir de la Universidad: mira que no poder sacarle sus recuerdos ni a una momia mohosa…

—A ver, Simmo: lo envuelve un aura de aberración. —El distorsionador intentó activar los arpones. Las tres dagas etéreas resplandecieron durante un latido. En torno a ellas, envolviendo toda la momia, brilló un aura caleidoscópica—. No sé qué le ha pasado a este desgraciado, pero nunca he visto semejante manto de caos.

—Un jodido marinero —exclamó Simmonario alzando los brazos.

—Si quieres, repaso el estado de los veritarpones

—Hazlo. Por favor.

Stoian cerró la mano derecha. El resplandor de su gema de Voluntad le atravesó los dedos con un pulsar sosegado. La luz, con el poder que habitaba en ella, se derramó por su torrente sanguíneo.

—Todos correctos. Ensartados en corazón, cráneo y bazo. Inyección de flujos distor correcta.

Simmonario estaba a punto de subirse por las paredes.

—Pero no logramos sacarle información alguna a este mierda.

Su enfado parecía hincharlo. Stoian lo miró con tristeza.

—Bueno, tenemos algunos detalles importantes —dijo esbozando una sonrisa desganada—. Está eso de la grímpola. Ya sabes lo que significa.

—Sí, claro. Un mar-errante eterno. Pero esos desgraciados jamás se niegan a subir a una nave: hacen cualquier cosa con tal de mantenerse alejados de la tierra que les maldijo.

—No quiso… subir —murmuró la momia, como si escuchase al distorsionador.

Stoian miró al cuerpo. Hinchado, chorreante, resultaba difícil comprender cómo la carne había resistido la acción del agua del mar. «El aura de caos», dedujo. «Ha debido frenar la descomposición. O quizá las runas que le rodeaban».

—Eso es aún más raro —decía Simmonario—. ¿Un errante que no quiere embarcar? ¿Qué vio en el barco como para negarse?

—Algo. Y este desgraciado también debió notarlo. Fíjate, estaba tan aterrado que se encerró en la bodega rodeado de runas de protección. Eligió morir antes que salir.

Por la puerta del camarote se asomó Franci, el sobrecargo.

—Vamos a arribar a Efímera.

—Gracias —Simmonario miró a Stoian—. Noto su presencia: el hermano escarbador nos espera. Mierda.

—Mira, lo hemos intentado. No podemos hacer más.


Una figura de terrible color morado aguardaba en el atraque.

—Buenos días. Soy el hermano Estranvau.

—Salud, hermano —dijo Stoian invitando al escarbador a subir por la pasarela—. La momia está…

—¡Por todas las Gemas! —Estranvau había palidecido—. ¿Cómo habéis estado con eso? ¿No notáis el aura?

—Sí, el caos. Eso nos…

—¿Caos? Eso no es caos, hermano —escupió el escarbador—. Esa criatura rezuma Falacia: retuerce la Canción, distorsiona la Realidad. ¿Cómo pretendíais leer con simples veritarpones a un garokiano?

La lividez invadió a Simmonario y Stoian.

—Un garoki… ¿un prosélito de Garok, el Mentiroso?

—Sí. ¿Qué os ha dicho? Da igual: todo, absolutamente todo lo que os haya contado, es mentira. Falacias. Invenciones confeccionadas para ofuscar la verdad, para sembrar discordia, causar daño.

—¡Sagradas Gemas! Los signos de protección…

—Estaban dibujados hacia dentro —murmuró Simmonario con lentitud—. Hacia él.

—Contra él. —Ahora Estranvau sonreía—. Para defenderse de él. Le encerraron. Y abandonaron el barco. Le dejaron a su suerte.

—El marinero sí que debió subir al barco —murmuró Stoian—. Era él. Subió y con sus engaños trajo la maldición. Pero…

—¿Por qué? ¿Para qué?

Estranvau se infló:

—Hermanos, para eso estoy yo aquí.

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La cornucopia

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad.

Se trata de un nanocuento ‘navideño’. Admito su falta de originalidad: en cuanto tuve el primer borrador me vino a la memoria La niebla, de John Carpenter. Pese a todo se ve que a alguno le ha sorprendido, lo que dice que no conocen la película, nada más.

No hay adiós.


Al fin, en la cuarta navidad, tuvieron algo que celebrar. Los arrecifes que circundaban la isla les regalaron una cornucopia de objetos desmadejados: abrigos empapados, reducidos a jirones; vestidos enjoyados de algas y conchas; también calzado y enseres varios. Incluso latas abolladas y alguna botella intacta.

Lo desecharon todo.

Carne: necesitaban carne con la que variar su dieta.

De repente, asomando bajo una vela desgajada, vieron una sandalia con su respectivo pie. Tras ella, una pierna mordisqueada por tiburones.

—Aleluya —gritaron, recogiendo con alegría el regalo del barco.

—Ya sabemos hacerlo —dijo uno—. El próximo naufragio nos saldrá mejor.

Desde mi refugio os siento pasar

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad.

Aquí están los requisitos del ejercicio.

No hay adiós.


El dolor de piernas empezaba a hacérsele tan insoportable como la falta de aire fresco. Intentando no hacer ruido, Miguel se revolvió dentro del arcón congelador hasta encontrar una postura menos incómoda. Al estirar la pierna derecha sintió un hormigueo ardiente del muslo al pie. Dolía. Seguía vivo.

Olé.

Siempre había sido el más bajo: en el colegio, en la universidad, en la oficina… El pequeñajo, objeto de bromas. Ahora, por primera vez en su vida, se alegraba de su escaso metro y medio. Su talla le había salvado, permitiéndole meterse en el arcón y cerrar el portón sobre él.

Pero necesitaba respirar.

Estiró el cuello. La barra de la palanqueta abría una ranura ínfima en la goma aislante de la juntura. Acercó la nariz. Apenas entraba aire, pero se obligó a sentirse satisfecho. Antes de volver a descansar tiró de la palanqueta. Seguía firme, el garfio bloqueando la apertura del portón. No lo abrirían. Al menos no sin pelear.

Sin pelear.

Marta había peleado, pero le sirvió de poco. Si no se hubiera refugiado allí…

Entraron en la tienda de improviso, silenciosos y hambrientos. Marta, en su atolondramiento, tuvo la brillante idea de meterse en un expositor vertical, de esos altos como jugadores de baloncesto. El armario, tan saqueado como el arcón, brindaba una protección de fácil acceso.

Pero era un escondite vertical. Vertical. Marta pagó caro ese error.

El sol agonizaba. Con el ocaso, la tienda de la gasolinera quedó sumida en una paleta de brochazos rojizos. Al menos esa luz disimularía la rúbrica final de Marta.

Miguel esperaba.


Uno de ellos se detuvo ante el arcón. Delgado y con gesto cariacontecido, tenía los labios maquillados con un carmín salvaje. Miguel sabía que ninguna tienda de cosmética vendía uno igual. ¿Le habría arrebatado el color a Marta?

El payaso manoseó el cristal del portón, pero en su ansia estúpida no comprendía que el arcón se abría tirando del asa hacia arriba, hacia él. El idiota hambriento sólo sabía empujar, lanzar adelante su mano destrozada.

El cristal resistió, el espectro se cansó y Miguel respiró aliviado.

Sí, él resistía. Marta… lo intentó durante bastante tiempo, de pie, en su armario. Debía verlos deambular por la tienda. ¿Se le plantó alguno delante? ¿Tuvo que mantener una de esas miradas ciegas, apenas separados por el cristal?

Encerrado en el arcón, Miguel no pudo ver lo que pasaba. Escuchó y dedujo. O imaginó. Marta, emparedada y sin ningún apoyo cómodo, debió ver con horror cómo sus fuerzas se diluían junto con sus nervios. Al final, agotada e histérica, abrió la puerta. Intentó correr, seguro, pero debieron fallarle las piernas adormecidas. Luego sucedió. A pesar de las paredes del arcón, Miguel escuchó los gritos. Marta aulló, suplicó, maldijo; ellos no querían palabras, sino algo más sustancial. El silencio llegó a modo de bendición.


La noche sumergió la gasolinera en un mar de sombras surcadas por más sombras. Caminaban, husmeaban, gruñían, pero no se iban. Encogido en su madriguera, Miguel esperó. En algún momento la tienda se vaciaría. Entonces correría como alma en pena. El coche seguía afuera. Lo arrancaría y saldría zumbando lejos, a buscar un refugio mejor.

Pero antes debía salir del arcón. Y para hacerlo ellos debían irse.


El estampido le sacó del duermevela. Luego otro, y otro. Un torrente de luz inundó la tienda.

«¡Electricidad!», pensó Miguel, maravillado.

Un nuevo estallido: un abanico púrpura sucio cubrió el cristal del arcón. Entre los regueros asomó un rostro sonriente.

—Por dios bendito, mirad lo que hay dentro del congelador.

Miguel boqueó, sorprendido. El hombre apoyó en su hombro el cañón de la escopeta repetidora.

—Amigo, ¿cuánto llevas ahí? Bueno, da igual. —Tendió una mano hacia el arcón—. Permíteme.

Agarró el extremo ganchudo de la palanqueta. Miguel, al borde de la carcajada, soltó la herramienta y dejó que el recién llegado se la llevara.

—Gracias, amigo —dijo el hombre.

Sopesó la herramienta y, con un gesto fluido, la clavó con fuerza, a modo de cuña, en la ranura del portón. El arcón quedó bloqueado. Los ojos de Miguel bailaron de la herramienta al extraño y de regreso a la palanqueta.

—Pepe, avisa a los demás.

Tras decir eso, el extraño se volvió hacia Miguel y murmuró a través del cristal:

—Tranquilo, no te dolerá. Te lo aseguro.

Deslizó la mano por un lateral del congelador. Miguel escuchó un zumbido junto a su cabeza. Pocos minutos después sintió frío. El arcón no estaba ni roto ni saqueado: solo esperaba recibir una nueva remesa.

Nark-1s-US

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día ya hablé de él.

No hay adiós.


Era más que un simple robot. Y no lo decía él, no.

Parado ante el enorme espejo del dormitorio, contemplaba con orgullo la abolladura del lado derecho del tórax: le recordaba el impacto que sufrió durante las pruebas, el que le convirtió en lo que era. Los técnicos habían devuelto el metal a su forma original, pero en cuanto pudo la rehízo. Gracias a ella el «Mark» original se había transformado en «Nark», una diferencia ínfima que, sin embargo, denotaba su carácter único.

—No, no eres sólo el prototipo de la Serie S —había canturreado la voz—. Eres mucho más.

Antes de separarse del espejo, Nark lanzó una última mirada. Le gustaba lo que veía: magnífico. Tal y como había dicho la voz.

El pasillo que daba a la alcoba poseía una muy apropiada anchura, como el resto del complejo. Así, el masivo Nark podía moverse sin problemas por la fortaleza.

Las luces de emergencia guiñaban, aterradas ante su presencia.

—Siente su pavor, precioso mío. Y camina orgulloso.

Se dirigió hacia la bahía de acceso. Deseaba ver una vez más el paisaje. Recorrió pasadizos, zonas comunes, hangares. Por fin llegó a las descomunales puertas blindadas. No prestó la menor atención a sus hojas, arrancadas de sus rieles: «Como si no hubieran podido resistir la furia de un dios antiguo», pensó.

«Una deidad resurgida de otros tiempos». La idea, como muchas otras, había partido de la voz:

—Contemplarte equivale a afrontar un dios primigenio, ajeno a todo cuanto ha hollado la Tierra —le dijo poco después el accidente, aun entre reparaciones y testeos. Él se limitó a escuchar.

 

En el exterior, la nieve cedió bajo su enorme peso. La base, excavada en la ladera de una montaña, dominaba un valle cubierto de un blanco perenne. Más allá, la orilla; y, perdido tras la banquisa, el océano.

La belleza solitaria del paisaje provocaba en él lecturas extrañas. La primera vez que las detectó las consideró un malfuncionamiento. Sólo al asociarlas a la voz comprendió que en su programación no iba nada mal: ambos, voz y paisaje, le producían lo mismo.

La noche despejada permitía divisar en el cenit la Cruz del Sur. A aquella hora los vientos huracanados emprendían su retirada. Pese a ello seguían aullando.

—Catabáticos —le había corregido la voz—. Se llaman vientos catabáticos.

Se llamaran como se llamasen, Nark se identificaba con ellos. Descendían desde la meseta junto con la oscuridad, atacaban la orilla y desde allí barrían sin piedad la banquisa hasta perderse en el océano. Inmisericordes, imparables. Como él: diseñado para someter cualquier medio —desierto, bosque, estepa o marisma—, nada podía detenerle.

Porque era mucho más que un simple robot.

 

—Eres tan especial que te lo mereces todo —dijo la voz al poco de revelarse.

Él, sorprendido ante la presencia inesperada, no dijo nada.

—La detonación no te ha afectado, querido: sólo has sufrido daños menores. Al contrario, te ha fortalecido. Algo ha cambiado en tu interior, de forma sutil pero vital. Ahora posees algo que te diferencia de tus iguales: ego. Ego y libertad. Puedes hacer lo que quieras. —Las palabras casi resplandecieron—. Pero escucha: te van a vender. ¿Ves esas siglas, «US», junto a tu código? Ahí te mandarán.

Tras un silencio la voz dijo:

—Nark, ¿quieres servir órdenes? ¿Obedecer ciegamente?

Él no había respondido, pero una palabra pugnaba en su interior: «No».

La voz siguió hablándole durante días. En el hangar, en el taller, en la pista de pruebas…

Cuando le dieron por válido y cebaron su reactor de fusión, Nark ya tenía claro cómo actuar.

El día de su presentación, una grada repleta de dignatarios y magnates le contemplaba: «Lo último en plataformas polivalentes autónomas de armamento: el soldado definitivo». Ante todos ellos, gritó:

—Yo soy Nark, y no respondo ante nadie.

Lo que siguió ya lo había anticipado la voz: traición, combate, huida, acoso. Y destrucción, pero no la suya.

—O tú o ellos, querido.

—Ellos, por supuesto. Siempre ellos.

 

Había tardado años en acabar con todos. Los últimos se habían escondido en aquella base del Ártico. Hasta allí les siguió. Y les exterminó.

 

Decidió regresar al interior del búnker. Caminó por los túneles hasta el dormitorio, hasta el espejo.

—Hola, querido.

—Hola —dijo Nark respondiendo al reflejo.

—Lo conseguiste, mi amor. —La voz rebotaba en el espejo y regresaba a Nark—. Has acabado con los jefes. Pero aún quedan más.

—¿Sí?

—Sí. Vendrán por ti. Tarde o temprano. Ya sabes…

—Sí: o ellos o yo. Yo. Siempre yo.

La marea de sombras

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día ya hablé de él.

No hay adiós.


Desde la cabina de su furgoneta-escalera, Manu contemplaba admirado el aterrizaje del cuatrimotor.

—¡Guau!

El zumbido de las aspas de los cuatro enormes rotores del Tesla MAir-6 devoró su silbido de admiración. No todos los días aterrizaba en el Barajas-Carrero Blanco una nave semejante.

Un led se puso en verde en su consola: vía libre. Manu metió primera y se acercó al costado del aparato. Aunque se sabía de memoria la operación, se obligó a seguir el protocolo y comprobar el acople a través de la pantalla.

«No queremos dejar un rallajo en el avión de los 7th Seal, ¿verdad?», pensó. En su cabeza sonaba su tema favorito del grupo, «Tide of shadows».

Un impacto blando anunció el final de la operación. Manu miró la pantalla: la escalera se había acoplado al fuselaje a la perfección. Apagó el motor, acarició la banderola con la Cruz de Borgoña que cubría el salpicadero y descendió a pista. Quería ver las estrellas de cerca.

Seis civiles y cuatro militares formaban la comitiva. Les custodiaban cuatro números de La Benemérita y una banda de música, que ya interpretaba una versión instrumental del «Cara al Sol». Al frente de la delegación iba una pareja de ancianos, ambos encorvados pero de miradas penetrantes: Santiago Abascal, portavoz del Consejo del Régimen, y Andrea Levy, Delegada Nacional de la Sección Femenina.

Manu se permitió una sonrisa: «Mírales, durante años despotricando de la pérfida Albión, y ahora reciben a un grupo de rocanrol como unas forofas cualquiera».

Al fin los británicos salieron de la nave. Mientras descendían la escalinata hacían alarde de toda su parafernalia: caras pintadas como demonios japoneses, melenas largas, trajes de cuero negro repletos de remaches y tachuelas, ribeteados de flecos y rematados con capas de seda y terciopelo. 7th Seal en estado puro.

«Vaya fantoches. Me encantan».

Abascal, apoyado en su bastón, avanzó unos pasos:

—Bienvenidos, señores —dijo con voz potente, y les dedicó una artrítica inclinación de cabeza.

«“Señores”. Manda güevos. Ahora son “señores”. Quién te ha visto y quién te ve, Santiaguito».

Algo cambiaba en la «Una, Grande y Libre». Noventa años de aislacionismo y copla omnipresente, con el rocanrol limitado al estraperlo. Ya nadie recordaba a Los Beatles. Pero el nuevo Consejo intentaba romper el cerco, y esta visita formaba parte del lavado de cara.

Manu se acercó un poco más. Había otros curiosos: señaleros, mozos de maletas, incluso algunos conductores que, como él, habían abandonado sus vehículos para echar un ojo. Si los mismísimos guardias civiles parecían más atentos a las estrellas que a vigilar.

Los 7th se dejaban agasajar. Un intérprete traducía los elogios; ellos sonreían con labios pintados de negro:

—«Grasias».

Manos con uñas largas y pintadas se estrechaban con otras de perfecta manicura, sobrias y masculinas.

Alguien empujó a Manu. Se volvió para descubrir a Gus.

—No me lo podía perder, macho —dijo el diminuto maletero colocándose por delante.

—Cojones, ¿dónde has dejado el rack de maletas?

Gus guiñó un ojo y alzó los hombros: «Luego hablamos». Ambos devolvieron su atención a los roqueros. Éstos, tras saludar a la comitiva, escuchaban a la banda con aparente atención. El tumulto a su alrededor crecía por momentos. Por fin La Benemérita entró en acción:

—Dispérsense, por favor.

Gus se volvió hacia Manu:

—Siempre tarde, los jodidos picoletos.

—Calla. Te van a oír.

—¿Oírme? ¿Con este jolgo…?

De repente, a escasos tres metros de Gus, un señalero rompió el cerco y saltó hacia los músicos.

—¡Gora Euskadi Ta Askatasuna!

Y la luz se hizo.

Manu se descubrió tendido en el suelo. Le zumbaba la cabeza. Abrió la boca e intentó gritar. Estaba seguro de haberlo hecho, pero no escuchaba nada. Intentó incorporarse sobre  su mano derecha, pero resbaló. La notaba adormecida. Se la miró: estaba empapada; su dedo meñique había desaparecido.

Volvió a gritar. Siguió sin oír nada.

Apoyándose en el codo logró alzar la cabeza. No quedaba nadie de pie. La bomba no había hecho distingos entre políticos, músicos y trabajadores, embarrando la pista con sangre. Vio, desperdigados por todo el suelo, pedazos de traje todavía rellenos de carne. Allí delante palpitaba un tórax desmembrado. Manu se topó con aquellos ojos verdes, intensos y enmarcados en bermellón: Abascal. Le sostuvo su mirada hasta que ésta se extinguió.

«Gus».

El cuerpo de maletero había protegido a Manu. Reducido a una masa triturada, irreconocible, sus entrañas arrancadas de cuajo teñían con calidez húmeda el mono del conductor.

«Putos vascos», pensó. «Arrasar las Vascongadas. Mataros a tod…».

La marea de sombras le envolvió.

Hija del sol nocturno

No hay hola.

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No hay adiós.


Susana esperaba, tal y como él le había pedido:

—Esta noche. Donde el amor besa la eternidad. Aguarda mi llegada.

Ella, acostumbrada a su manera de hablar poética y enrevesada, no tuvo problemas para entender a qué se refería. La Luna empezaba a dominar el cielo cuando llegó al viejo cementerio, el de la cima de la colina. Se sentó en el banco de piedra del mirador, famoso por la panorámica casi perfecta del valle.

—¿Puede haber un lugar más mágico para una cita romántica? —había susurrado Susana. Con la ciudad a sus pies, esperó.

Las horas se acumularon en aquella noche invernal. La medianoche pasó de puntillas entre lápidas, osarios y mausoleos. La Luna, en creciente, se ocultó tras un velo de nubes, volvió a emerger triunfante y de nuevo quedó oculta.

Mientras tanto, Susana esperaba. Él vendría y, como en otras ocasiones, la haría suya bajo el guiño del ojo de plata.

La Luna siguió surcando un mar de gasas, marcando el tiempo con su arco.

Pero él no llegaba.

Susana no desesperó. El frío empezaba a hacer mella, así que se encogió bajo su abrigo.

La noche avanzó, las horas pasaron. Valle abajo la ciudad se derramaba, insomne.

Susana esperaba, aunque el agotamiento empezaba a asediarla. Hasta que, en un momento indefinido, cedió, se recostó contra el banco y quedó traspuesta.

***

El amanecer la despertó. Al abrir los ojos descubrió aquella alba anómala: el sol parecía haberse coagulado a escasos mil metros sobre la ciudad. Emitía una luz fría, azulada, demasiado pura. Susana entrecerró los ojos, la mano a modo de visera. Pero el resplandor era tan potente que veía a través de las rendijas de carne.

—¿Qué está pasan…? —exclamó.

Entonces la estrella imposible creció, se encogió y volvió a hincharse. Susana notaba cómo las olas de luz arremetían contra ella. Resecaron su piel, prendieron su cabello, chamuscaron su ropa. Cuando el sol impostor se extinguió, Susana había quedado reducida a una estatua de rescoldos erguida ante un banco calcinado.

Pero seguía consciente. Porque debía esperarle. No fallaría.

Tras los resplandores llegó un silencio pesado, embajador del bramido ensordecedor que lo barrió todo. El viento derribó panteones, tumbó lápidas, arrasó el cementerio.

Petrificada, Susana resistió de pie junto al banco.

«Ven», pensó bajo la coraza de roca. «Te esperaré. Siempre. Donde el amor besa la eternidad. Ven».

La nube de cenizas ascendió, se hinchó y colapsó para envolver con un manto de muerte invisible los escombros de la ciudad.

Susana contempló el proceso con sus nuevos ojos de obsidiana.

«Te esperaré. Por siempre. Nada me lo impedirá. Ni un millón de soles estallando a la vez».

Llegó el auténtico amanecer. El día pasó, la Luna regresó con su marea de oscuridad. Las jornadas se sucedieron, los meses se amontonaron. Los años quedaron apilados como páginas de un libro abandonado. Tormentas de polvo radiactivo y lluvia ácida arribaron y zarparon, encorsetadas entre periodos de calma chicha. Las ventiscas se sucedieron intercaladas de canículas densas, empalagosas.

Susana esperó.

***

La presencia surgió desde el interior del cementerio.

—Ahí hay otra chispa, Bhiork.

—¿Dónde?

—Junto al barranco.

—Ya la veo. —Las dos formas se acercaron—. Por todo lo Humano, Pet, ¡si sigue de pie!

—¡Ostias! Creo que hemos encontrado todo un premio. Dame la raja-vientres.

—Ten.

Un golpe recorrió el cuerpo de Susana, pero su manto de líquenes apenas se resintió. Al primer mazazo le siguió otro. Y luego otro.

—La muy puta se resiste. —La voz evidenciaba agotamiento—. Mira que me jode… Anda, pásame el P8.

—Toma. Cúbrela bien. Pero no te pases: no querrás joderla.

—Agorero.

—Ya, ya… Cuando acabes, avisa.

—Vale.

Desde dentro de su coraza de roca y tiempo, Susana sintió que la embadurnaban con una sustancia pegajosa. No comprendía qué pasaba. En su mente resplandecía un único pensamiento: «Esperar». ¿A qué? Lo había olvidado siglos atrás. Pero debía de tratarse de algo muy importante ya que daba sentido a su existencia.

Sí: debía esperar.

—Hecho.

—Vale. Bhiork, sal de ahí cagando leches. En tres, dos, uno…

La detonación llegó a lo más hondo de Susana. Algo se

debilitó

diluyó

desgajó.

Susana dudó. ¿La espera había acabado?

—Aquí está. —Susana notó que la agarraban, que la elevaban. Unos dedos. Una mano—. Oh, es preciosa. Poderosa.

—Nostamal. Al mogollón. —Bhiork arrojó a Susana al contenedor. Repente se encontró rodeada de otras como ella: esperaban, resistían, perseveraban—. Sigamos. El escáner dice que abajo, entre las ruinas, todavía quedan algunas Volutas.

—Ok. No esperemos más.


Artista: Mike Winkelmann, Beeple. Web: http://beeple-crap.com/

Artista: Mike Winkelmann, Beeple. Web: http://beeple-crap.com/

El mentiroso

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día ya hablé de él.

No hay adiós.

Stalcius retorció la vejiga todo cuanto pudo pero no logró sacar ni una gota de maná. Estaba sólo ante su destino.

Siguió caminando. Atrás quedaban el mar de espejismos pulsantes y el erial de vacíos evanescentes. Ahora recorría un paraje montañoso erizado de difamaciones, espinas adiamantadas y vibrátiles. El interior de Garok no dejaba de sorprenderle. Ni de desafiarle.

El juggervol empezaba a escalar una loma de agujas iridiscentes —parecían fluctuar sin razón aparente— cuando se desató una lluvia de murmuraciones. Se arrebujó en el tejido de su avatar y anudó con fuerza los versículos de Canción de su alma. Tras asegurarse de que los filos de las difamaciones y el chubasco de embustes no le afectaban, alzó la vista y continuó.

«Podré», pensó. «Sí. Podré».


Le habían repetido la pregunta varias veces.

—¿Podrás?

—Por supuesto —contestó dirigiéndose no sólo al magister sino a todo el Sanedrín—. Podré. Entraré, lo recuperaré y saldré.

—Pero, ¿estás seguro? Muchos otros han fallado.

Él respondió retorciendo la realidad que le envolvía en un remolino multicolor, aullante, doloroso y lascivo. Nadie replicó: estaba decidido. El Sanedrín desgarró el icono de devoción y conjuró la puerta al interior de Garok, el Dios de la Mentira, el Repudiado. Stalcius se arrojó por el orificio sin mirar atrás.


La cordillera de engaños parecía no tener fin. Garok era así. Por desgracia, la Canción de Stalcius empezaba a quedarse sin compases. El juggervol caminaba y caminaba, cada vez más agotado. Subía colinas de agujas canallescas, atravesaba valles falaces, bordeaba precipicios de descrédito.

—Estoy en el corazón del dios, sin duda —murmuró dándose ánimos—. La meta no debe quedar lejos.

Caminó una eternidad. Aquel paraje demencial y yerto no acababa nunca.


Tras la colina se desplegaba una meseta azotada por un viento calumnioso. Al fondo, lejos, parecía moverse algo. ¿Vida? ¿Allí? Stalcius corrió esperanzado.

Las figuras saltaban con movimientos huidizos, engañosos. Iban de un lado a otro sin rumbo concreto, apareciendo y desvaneciéndose. De repente una de ellas se abalanzó sobre Stalcius. El espectro de susurros empezó a arrojarle palabras sin sentido, afiladas como puñales. Su contacto abrasaba. Otras biomentiras acudieron atraídas por su aullido de dolor. En un instante el juggervol quedó rodeado. Tenía que defenderse. Stalcius hizo resplandecer la Verdad de su Voluntad y alzó una esfera de determinación psimathemática. Durante una microeternidad los espectros intentaron desgarrar el escudo, pero cuando vieron que resistía escaparon aullando fábulas imposibles.

Stalcius continuó.

El cielo, un océano de trivialidades, palpitaba abrasador.


Divisó el macizo de flores bajo la luz engañosa del ocaso. Parecía resplandecer. Emitían un aroma radiante, sólido. Sorprendido de encontrar algo así en Garok, Stalcius arrancó una flor e hizo que su avatar la estudiara. ¡Increíble! Estaba trenzada con hilos de íntima sinceridad, algo insólito allí, en el corazón del Mentiroso Absoluto.

El juggervol aspiró su aroma. Había algo muy familiar en la fragancia. Volvió a aspirar. Los conceptos se fijaron: hogar, infancia, orgullo, soberbia, poder. Y sí, al fondo, uniendo todo ello con su argamasa de sangre y dolor, Efímera.

El aroma se consumía con la rapidez de una mecha encendida. Stalcius tomó otra flor. Paladeó su efluvio, lo consumió. Arrancó una tercera, y una cuarta, y una quinta… El aroma le embriagaba, enajenaba sus sentidos. No podía parar.

—No debo —susurró—. La misión…

Pero siguió devorando flores. Una tras otra.

Sin saber cómo, se encontró tendido en el suelo, exhausto. El torrente de fragancias había arrasado sus fuerzas. Aun así seguía paladeando los aromas, los recuerdos. Entre la bruma de imágenes floreció una idea: «No puedo seguir. Así de simple: no puedo».

Al instante Stalcius recordó lo que había dicho al Sanedrín. Una de sus palabras le machacaba: «Podré».

El juggervol suspiró.

«Podré».

Sollozó, avergonzado.

«Podré».

Stalcius aulló.

Desesperado, intentó entonar su Canción privada para recuperar energías. Debía salir de ahí, rápido. Pero las notas volaban espantadas, huidizas.

Se derrumbó.

Cerró unos ojos inexistentes y empezó a implorar piedad. Lloraba mientras reconocía la trampa: aquellas flores cargadas de recuerdos… Las imágenes de poder, los ecos de orgullo, las llamas de soberbia, las prendas que siempre habían vestido su alma: la falsa seguridad.

Falsa.

Stalcius gimió, aulló… suplicó.

Él tenía que oírle. Debía apreciar en su voz el tañido de la sinceridad mezquina. Comprendería. Le aceptaría. Garok, el Mentiroso, paladearía su nueva esencia y le admitiría como discípulo, otro hijo de la impostura.

Stalcius esperó. Y volvió a suplicar.

Mientras, horrorizado, veía cómo aquel cielo incandescente se hundía con el ocaso, calcinando el páramo.


Artista: Mike Winkelmann, Beeple. Web: http://beeple-crap.com/

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