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Canción del alba

No hay hola.

Envié este cuento para participar en el I Certamen de Microrrelatos “Miguel Hernández”. Lo escribí a saltacaballo el último día del plazo de entrega, entregándolo poco menos que sobre el límite.

El día de la entrega de premios (el pasado 27 de abril) estuve en el colegio donde se celebró el evento, a ver si había un poco de suerte. Pero no, mi cuento no ganó 😦

Entrega Premios I Certamen de Microrrelatos “Miguel Hernández”

Entrega Premios I Certamen de Microrrelatos “Miguel Hernández”.

Voy a hablar un poco de mi ‘Canción del alba’. Se trata de una historia sin toque fantástico alguno: decidí eliminar todo elemento fantasioso u oscuro para así no espantar al jurado. Lo hice porque me esperaba que fuera de un corte más tradicional que el que suele participar en concursos de género. Por eso elegí una historia como la presente. De ella decir que la orienté de manera premeditada hacia el autor que da nombre al premio, Miguel Hernández. Quien conozca un poco su vida y obra de captará los guiños que le hago al poeta, y sobre todo a su obra más famosa, Las nanas de la cebolla. Pensaba que así conseguiría caer en gracia, pero se ve que esa táctica no funcionó 😛

En la ceremonia de entrega, aparte de leer el cuento ganador, se leyeron algunos de los relatos finalistas. Para mi sorpresa, entre ellos había mucha mala leche: que contaban historias de odio, rabia e incluso humor negro. Y pensar que yo me esforcé en escribir un relato ligero y blanco, uno que no asustase ni por imágenes macabras ni de corte depresivo 😛 Está visto que tengo una capacidad nula para leer lo que busca un jurado. Así me va con los concursos.

Qué se va a hacer.

Nota: una vez fui jurado de un concurso de cortos. La experiencia se me hizo muy desagradable porque, pese a la criba previa (me entregaron una veintena de relatos finalistas, de un centenar recibidos), me encontré con cuentos redactados mal no, lo siguiente. El tema de la puntuación, que yo intento cumplir a rajatabla, se saltaba del todo por alto. Me pregunto si, entre esas historias finalistas (con un fondo duro e interesante), habrá alguna que yo hubiera descartado por tener una forma mala: problemas de sintaxis, de puntuación o faltas de ortografía. Sí, sigo siento un intransigente en ese aspecto: tanto para mis textos como para los de los demás. Y yo mismo me doy cuenta de que cometo muchos errores de ese tipo, que conste. Sobre todo en texto a vuelapluma como este.

Bueno, no me enrollo más, que ya ocupa más esta introducción que el propio relato que presenta. Aquí os dejo mi cuento. Espero que esta ‘Canción del alba’ os guste más que al jurado.

No hay adiós.


Los primeros rayos de sol despuntaban sobre la sierra cuando Manuel llegó al huerto. La mañana de enero, fría e inhóspita, le retaba a regresar a su casa:

—Manuel, aquí solo hay negrura y escarcha —parecía decir la madrugada—. Vuelve, desiste.

Pero él amaba su campo, su huerta.

En el pequeño cobertizo, repleto de aperos, había una llave de paso. Al girarla escuchó el murmullo alegre del agua al fluir libre. Cogió una azadilla: incluso en esa época del año los hierbajos no concedían tregua.

Cuando salió del chamizo el sol ya cubría el terreno con una manta de claridad fantasmal. Bajo ella descubrió el huerto tapizado de flores blancas. Indiferentes al espectáculo, los aspersores arrojaban una lluvia que desgranaba los rayos solares en niebla arcoíris.

El espectáculo sacudió a Manuel:

—El huerto llora y sonríe —murmuró—. Y el sol lo bendice con besos multicolores.

De repente le invadió una imagen de rejas, hambre y soledad. Tras ella fluyó una melodía tierna, cadenciosa.

Se adentró entre las flores. Lo hizo tatareando la canción dulce, arrulladora. Paternal.

Una espina se desgajó de su corazón.

Manuel esbozó una sonrisa. Reconfortado, se dispuso a cuidar de su huerto, su amado cebollar.

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Ladrones de cuentos: Isis.desvelada y «Té rojo»

No hay hola.

«Té rojo»: datos del archivo.

«Té rojo»: datos del archivo.

Tenía pensado mandar «Té rojo», un antiguo microcuento, a cierto concurso. El cuento lo tenía escrito desde hace muchos años. El archivo en concreto tiene la siguiente fecha de última modificación: ‎jueves, ‎12‎ de ‎febrero‎ de ‎2004, ‏‎23:43:56. Vamos, más de quince años de antigüedad: como quien dice (y de hecho, de manera casi de manera literal), lo escribí en otra vida. En su momento lo publiqué en una web ya extinta. Pero, pese al transcurrir del tiempo, pese a no existir la web en la que lo colgué, e incluso con todo lo sucedido en aquella época, sigo siendo el autor del texto.

¡Ah, no! Que al parecer alguien, una tal Isis.desvelada, ha publicado el cuento como propio en su web hace unos diez años. La entrada tiene fecha de 11 de Marzo de 2009 00:28:45. Por supuesto, no pone por ningún lado que el texto sea de otra persona. ¿Para qué? ¿Qué más da cuando se puede hacer un copia y pega y atribuirse el mérito?

Robo de cuento: Isis.desvelada (de Pampling) me roba «Té rojo».

Robo de cuento: Isis.desvelada (de Pampling) me roba el microcuento «Té rojo».

Ha copiado el cuento casi punto por punto, coma por coma. Lo dicho, un copia y pega de manual. La copia es tan burda que repite mis viejo errores, como la puntuación y la adjetivación excesivas.

«Té rojo»: el cuento original, tal y como lo tengo en mi PC.

«Té rojo»: el cuento original, tal y como lo tengo en mi PC.

Bueno, debo decir que no lo ha clavado del todo:

  • Ha quitado los guiones en «blanca piel —casi apergaminada— y de gesto adusto» para anular la acotación y darle un carácter más adjetivo. Eso hace la frase demasiado larga.
  • Ha cometido la torpeza de poner cuatro puntos seguidos («….», sic), cuando la norma en castellano son tres («…»), ni más ni menos. Una falta de ortografía que yo jamás cometería.
  • En la última palabra se ha permitido un recurso que yo no hubiera usado por burdo, el de mayúsculas.

Si es que es lo que pasa con los ladrones intelectuales: que no dan para más. Ella ha copiado y pegado mi texto, y cuando ha intentado ‘aportar algo suyo’ no ha logrado más que estropearlo. ¿Podría crear uno por su propia cuenta? Su acto ya me dice que no. Sin embargo yo puedo crear otros cuentos como ese y, con los años de experiencia ganados, mucho mejores.

¿Puedes decir tú eso Isis.desvelada? ¿Cuántas de tus fotos o dibujos te pertenecen y no son robados?

¿Cuantos cuentos de mi vida anterior habrá por ahí dispersos, apropiados por otros? Hice bien en ceñirme a eso de «Borrón y cuenta nueva».

Bueno, no sigo porque me cabreo, y no tiene sentido hacerlo. Son cosas de otra vida. Y de gente con vidas tristes que tratan de ensalzar robando lo de otros.

Aquí os dejo mi texto, alojado en la web de Isis.desvelada, ladrona de cuentos. Si lo disfrutáis decidle que el cuento me pertenece a mí, no a ella.

Os aseguro que ahora hubiera escrito ese «Té rojo» mucho mejor. Pero mucho.

Quien me ha leído en estos últimos años seguro que puede reconocer mi estilo, así como las temáticas que uso, como para asociar ese cuento a mi firma.

Pero bueno, que ya no mando ese cuento al concurso 😦

No hay adiós.

PD: Al parecer la tal Isis.desvelada tiene de eso llamado Instagram, por si alguno que use esa red quiere decirle algo.

El escollo final

No hay hola.

¡La caja, la caja!

¡La caja, la caja! Fuente.

Cuento redactado para el reto 41 de Inventízate III de ELDE. Primera y única vez que voy a participar en esa edición del Inventízate: apenas tengo tiempo para escribir microficciones. Ni siquiera para la segunda novela 😦 A ver si pasan los agobios.

Restricciones

  1. El relato debe tener tres onomatopeyas de categoría A y B (mínimo una de cada)..
  2. El/la protagonista debe despertar con una llave en la mano..
  3. Que aparezca la frase: “¿¡Qué hay en la caja?!”.

Palabras (máximo)

500

Comentarios

Ha recibido tres puntuaciones: 1, 7 y 9. Eso da una nota media de 5’6. Me hubiera gustado más, claro, pero menos da una piedra. Gracias a todos por los comentarios y por el esfuerzo de detectar los errores.

Dado que el lenguaje que he usado ha generado algunos problemas (de hecho, el 1 que me han plantado se debe más que nada a eso, que el lector no se ha enterado de nada), lo aclararé en una entrada posterior.

No hay adiós.

El filo hendió en la mejilla derecha con tal fuerza que partió en dos el maxilar superior y convirtió el inferior en un colgajo astillado.

«Glugluglú», borboteó la espiritrompa reducida a un harapo cianguinolento.

Pese a la herida, el suzargo no caía y seguía obstruyendo el paso. Sólo él me separaba de La Ofrenda. La veía tras él, a escasos padots. La mole rectangular fulguraba excitando mis ocelos, haciendo hervir mi linfa. ¿Qué nos habían regalado esta vez Los Altos? Nadie en la colmena lo sabía. Yo, como campeón trisenal, tenía que despejar el camino hasta ella y abrirla.

Aunque antes debía vencer al engendro. Como si no hubiera sentido mi golpe, la bestia proyectó su brazo derecho en un zarpazo descendente. Me revolví, me agaché. No bastó: la hoja siseó para acabar impactando contra un lateral de mi pronoto. La placa gimió, chirrió, pero no hubo crac alguno.

—Arf… —El gañido escapó a través de mis maxilas. Temblé ante aquella vergonzante muestra de debilidad.

El suzargo seguía resistiendo, más que ninguno otro antes. ¿Acaso…? Aquel presentimiento me hizo gritar:

—¡La caja! Maldito, ¡habla! ¡¿Qué hay en la caja?! ¡Lo sabes!

Él se limitó a alzarse sobre sus cuatro zancos. Pese a la herida, se pavoneaba:

—¡Aaaauuuu-gala-glá! —El aullido acabó con una tormenta de cianguinolentos escupitajos azules.

Desafiante, el suzargo desplegó los dos dalles en que acababan sus brazos superiores. Córneos y de filos aserrados, habían evolucionado para arrancar nuestra coraza de metalitina.

No me dejé impresionar: los jirones inferiores de su cabeza dibujaban una chorreante corbata cian sobre el cuello.

«Moría», pensé. «Y pronto. Pero…».

El suzargo se adelantó a mi pensamiento. Saltó con sus brazos dibujando dos espirales entrelazadas: más que golpear, las guadañas buscaban desgarrar mi exoesqueleto.

Aguardé al último momento. Solo entonces me deslicé a la izquierda. El torbellino gemelo acabó clavándose en la grava. Sin dudarlo hice descender mis dos alfanjes contra el guardián. La primera hoja se hundió en el lomo, la segunda acabó por decapitarlo.

Pero aquello no acabó con el condenado: su cerebro hiafásico reaccionó desatando una coz salvaje. Dos de sus pezuñas impactaron de lleno en mi tórax. Me encontré volando por los aires.

Entonces lo escuché. El chasquido recorrió todo mi cuerpo. El exoesqueleto había cedido.  Noté una punzada resplandeciente en el saco ventral. El terror se apoderó de mí: «¡La llave! ¡No puedo perderla!».

El impacto contra el suelo, brutal, aumentó el pavor. El marsupio se había desgarrado. Me tanteé el abdomen.

«¡No está!».

Aterrado, al borde del desmayo, palpé el suelo. Solo encontré polvo y terrones.

Aullé, sollocé. El dolor me ahogaba, pero seguí buscando, rastrillando, arañando, escarbando…

Perdí la consciencia.

Ignoro cuánto tiempo transcurrió. Desperté con el cadáver del suzargo a mi lado, helado; en mi mano, por algún milagro, la llave.

Dolorido, bendije a Los Altos y arrojé la señal de feromonas: «¡Camino despejado!». Repté los últimos padots hasta La Ofrenda. Solo me incorporé para abrirla. Croé satisfecho. Ya podía descansar: misión cumplida.

Aquella maldita marca

No hay hola.

Tal y como dije el mes pasado, envié dos relatos al V Certamen Walskium de microrrelato de terror y fantástico. Ya tenéis uno de los dos no ganadores. y mi preferido de ambos. Ahora os mando el segundo, inspirado directamente en la ilustración del certamen.

Le he dado un repaso, ya con más calma, para pulir algunos defectos. A ver si os gusta.

No hay adiós.


Incluso inmersa en llamas, aquella maldita marca persistía. ¿Podría hacerla desaparecer de alguna manera? ¿Nunca me libraría de ella?

Trabajo en para agencia inmobiliaria especializada en subastas, y desde que la vi en el catálogo interno supe que la casa era un autentico chollo. «Esta herencia no reclamada debe ser mía», pensé. Tres plantas sobre un acantilado; fachada principal mirando al Atlántico, bañada en esos ocasos mágicos de la Costa Da Morte. Estaba amueblada siguiendo un estilo indiano que, aunque decrépito, me enamoró.

Apenas hice cambios: modernizar la cocina, adaptar la instalación eléctrica… El resto, tras limpiar el polvo, lo dejé igual.


Nunca había bajado al sótano. La primera vez que lo hice, al pulsar el interruptor estalló la bombilla.

—Joder —exclamé. Sonreía: el detalle acentuaba la atmósfera de misterio.

Volví con una linterna. Al encenderla me encontré con un espacio diáfano, desnudo. Tierra prensada, nada más.

«Ni un puñetero trasto. Mejor».

Si el anterior dueño había dejado algo, la inmobiliaria había ordenado retirarlos antes de la venta.

Deslicé el haz. Justo en el centro del suelo había una vieja mancha oscura, de más o menos un metro cuadrado. Nada más.

Satisfecho, regresé arriba.


Los primeros días transcurrieron con normalidad. La casa quedaba lejos de la oficina, pero tenía mi ordenador y una buena conexión. Como catalogador podía hacer el grueso del trabajo desde el mirador, contemplando el paso de los barcos. Una delicia.

Lo peor eran las noches: escuchaba aullidos suaves pero agudos.

—La casa sobre el acantilado, peinando el viento con los aleros —dije para mí imitando la voz de Vincent Price.

Una madrugada salí a investigar. Me recibió una brisa suave. Tal y como esperaba, los sonidos provenían de las partes altas de la casa.

«Ya me acostumbraré».


En efecto, me hice a esa plañidera. Pero las molestias continuaron en forma de visiones extrañas. Nada concreto, sólo imágenes brumosas de algo descomunal, casi montañoso. Eso y la impresión de que me miraban. Que me miraban… desde abajo.

La inquietud nocturna aumentó, así como la sensación de acoso. Los Noctamid se juntaron a los Lexatim. Luego llegaron drogas más duras.

Las pesadillas se volvieron lúcidas. En ellas regresaba al sótano. Ya no estaba vacío: había una efigie en medio. Sobre una peana cúbica —de dimensiones que reconocía demasiado bien— se alzaba… algo. Agazapada, esa masa de tentáculos y alas me vigilaba.


Cierta noche, incapaz de soportar la tensión,  bajé al sótano. Prendí la luz. Por supuesto, allí no había ninguna estatua, solo la marca. Pero ahora sabía qué la había dejado: el pedestal.

Esa misma noche rastrillé el suelo. Luego cambié la tierra. No quedó huella alguna.

Una semana después la mancha había regresado. Mandé pavimentar el sótano con cemento. En vano: tras cinco días el cuadrado emergió


Los sueños me acosaban. Ella lo exigía: debía volver a erigir su altar. Si no… Tuve visiones del infierno que la criatura alojaba en sus entrañas.

«Yo te daré infierno», pensé.

En la cochera guardaba una lata de gasolina. En la cocina, cerillas.

Bajé al sótano. Sonriendo, derramé el combustible sobre la mancha cuadrada. Encendí el fósforo. Lo vi caer a cámara lenta, disfrutando. Las llamas estallaron, arrojándome un sopapo de calor.

—¡Arde, arde!

Hundí la mirada en el charco de fuego. Pero ahí seguía el cuadrado de oscuridad. Cada vez más negro, más… más tentador.

Escuché su llamada. Desde dentro.

Empecé a reír:

—¡No! ¡Yo gano!

El cuadrado brillaba. Primero en tonos verdes, luego azulados. Resplandecía preñado de estrellas plateadas.

Tentado, me acerqué.

«Oh. Es bello», pensé.

Me incliné… y resbalé hacia las llamas, hacia la mancha. Dentro de ella.

Allí me esperaba.

Ahora, maravillado y horrorizado ante lo que contiene la mancha, ni siquiera puedo gritar.

Carne de mina

No hay hola.

Este fue uno de los dos relatos que mandé al V Certamen Walskium de microrrelato de terror y fantástico. Lo publico porque, como se ve, no quedó entre los elegidos.

Ilustración Y Certamen Walskium de MIcrorrelato de Terror y Fantástico

Ilustración Y Certamen Walskium de MIcrorrelato de Terror y Fantástico, a cargo de Iker Paz.

Este ‘Carne de mina’ no sé si catalogarlo de fantasía oscura o terror, o quizá de ciencia ficción oscura. Lo dejo a vuestra elección.

Pero si algo tengo claro eso es que el cuento está dedicado a todos esos trabajadores que día a día se juegan la vida por un jornal, y en especial a los mineros del carbón. Va por ellos.

No hay adiós.


El chorro negro impactó de lleno en la máscara de Jorge. El minero soltó el gatillo de la barrena e intentó zafarse, pero para entonces el sifón ya le había arrojado a tres brazas de distancia.

Entre una mezcolanza de aullidos humanos y mecánicos, las turbinas empezaron a soplar contra la pared.

—¡Fuga! ¡Una fuga!

—¡Rápido, saquémosle! —Li cogió a su amigo por los hombros. Logró alejarle del sifón, aunque para entonces el negrú ya se retorcía sobre la máscara filtradora.

—¡Aplicad tampón!

Un taponador corría hacia allí con el inyector entre las manos; a su espalda, el depósito enorme de fibrorresina.

El sistema de ventilación bramaba mientras generaba la atmósfera negativa. La presión de aire contra las paredes de la mina, junto al coagulante tampón, debería contener la filtración de protoplasma hambriento. El caos lo completaban los lamedores: recorrían la galería esquivando las piernas de los mineros y absorbiendo cualquier resto de negrú. La galería debería quedar limpia lo antes posible: la producción no podía cesar.

Li depositó a Jorge sobre un volquete medio lleno. Una vez al volante, puso rumbo hacia el elevador.

—No noté… nada —La máscara filtradora apagaba más aún la voz de Jorge—. Ni… menor señal…

—Calla.

Li observó los hilos de negrú. Fluían ávidos sobre el respirador. Sin dejar de conducir, enfocó su linterna sobre la unión entre la máscara y el mono. «Malditos recortes», pensó. «Necesitamos mejores equipos, con mejor estanqueidad». El negrú se acumulaba en la juntura. Li casi podía notar cómo empujaba para romper el sello.

—Tengo… calor.

—Ya pasará, amigo. En cuanto salgamos.

Jorge tosió. El esputo quedó retenido en la cánula del respirador.

—Intenta relajarte. Queda poco.

—Calor. Mucho…

Li apretó el acelerador, pero el volquete no podía ir más rápido. La luz de su sirena oscilaba —roja, amarilla, roja— sobre las paredes incendiándolas con un fuego fantasmal y agorero.

Decidió tomar un atajo: una galería antigua, casi exhausta. Allí apenas había barrenadores. Los pocos que encontraron desviaban la mirada ante la negrura gelatinosa adherida al cuerpo de Jorge.

Una señal indicó la proximidad del pozo.

—Queda poco. Aguanta. —Li volvió a enfocar con la linterna a su amigo. Tras las ventanas oculares de la máscara, Jorge pestañeó. Movía con lentitud unos ojos apagados, lánguidos.

«Maldita sea».

Llegaron al pozo. La jaula no estaba y el indicador de nivel llevaba meses roto. Cerca de ahí un compañero, linterna en mano, revisaba el contenido de una vagoneta.

—¿Donde está la grillera?

—Si no me equivoco, por el trescientos.

«Apenas cincuenta niveles por encima».

—Perfecto.

—Pero en ascendente, amigo.

Aquello anuló las esperanzas de Li. El elevador no volvería a descender hasta salir a superficie.

—Por todo lo… —Las palabras escaparon de sus labios crispados. Miró horrorizado a Jorge. El otro minero le imitó. Acercó su luz y estudió al yacente. Tras un instante de duda, incidió el haz justo sobre el visor.

—Está asimilado. Lo siento —Sonaba indiferente—. No le dejarán subir: ya es carne de mina.

Tragando saliva, Li admitió la verdad: el nigrú había atravesado el sello e invadía a Jorge. Sí, ahí estaba. Lo vio rodeando los ojos, adentrándose bajo los párpados. Devorando, diluyendo a su amigo.

—Calor… —musitó Jorge, débil.

—Tranquilo, amigo: pasará.

Pidió ayuda al otro minero. Juntos descorrieron la verja del pozo. Incluso dentro del mono notaron la corriente abrasadora que ascendía desde el fondo. En silencio, colocaron a Jorge al borde de la sima.

—Por favor, perdóname —imploró a su amigo—. Perdóname… y no regreses por mí.

Lo arrojaron a la oscuridad.

—Debo regresar —dijo Li, vacío—. Hay trabajo.

El interrogatorio de la momia

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad.

Debo aclarar que el cuento que pongo aquí no coincide al 100 % con el de Literautas: una vez releído he visto unos pocos detalles mejorables, que he introducido. Como ya dije en su día, este relato tiene un par de relaciones con otros cuentos, como esteeste y este. Os recomiendo leerlos para sacare pleno jugo al texto.

No hay adiós.


Impotente, Simmonario propinó un puñetazo contra la pared. El cadáver, indiferente a su frustración, siguió farfullando:

—Les… avisé. Intenté… ayudarles. Pero… él no subió.

—Cálmate, Simmo. —Stoian apoyó una mano sobre su compañero—. Así no lograremos nada. Lo sabes.

Simmonario bufó y se miró la mano. Al menos no se la había roto. En su palma la Vol-gema seguía resplandeciendo. Arrojó una ráfaga de control hacia la momia. El cadáver se sacudió y durante un par de latidos su cháchara se aceleró.

—Se repite —comentó Stoian—. Que si el marinero no subió al barco, que si intentó convencerle de hacerlo, que si trató de prevenirles del mal que eso implicaba…

Los dos distorsionadores contemplaron los restos del hombre. Se trataba del único tripulante, por decirlo así, del derelicto. ¿Cuánto tiempo llevaba encerrado en aquella cámara de la bodega anegada de agua, rodeado de signos de protección? El bergantín apenas se mantenía a flote: sólo emergían sus mástiles y la proa.

—Una tormenta más y se hubiera hundido —había dicho el capitán Pontorii. De acuerdo a sus órdenes, exploraron la nave lo más rápido posible, rescatando lo poco que encontraron útil. Luego lo dejaron a la deriva.

—Stoian, seremos el hazmerreir de la Universidad: mira que no poder sacarle sus recuerdos ni a una momia mohosa…

—A ver, Simmo: lo envuelve un aura de aberración. —El distorsionador intentó activar los arpones. Las tres dagas etéreas resplandecieron durante un latido. En torno a ellas, envolviendo toda la momia, brilló un aura caleidoscópica—. No sé qué le ha pasado a este desgraciado, pero nunca he visto semejante manto de caos.

—Un jodido marinero —exclamó Simmonario alzando los brazos.

—Si quieres, repaso el estado de los veritarpones

—Hazlo. Por favor.

Stoian cerró la mano derecha. El resplandor de su gema de Voluntad le atravesó los dedos con un pulsar sosegado. La luz, con el poder que habitaba en ella, se derramó por su torrente sanguíneo.

—Todos correctos. Ensartados en corazón, cráneo y bazo. Inyección de flujos distor correcta.

Simmonario estaba a punto de subirse por las paredes.

—Pero no logramos sacarle información alguna a este mierda.

Su enfado parecía hincharlo. Stoian lo miró con tristeza.

—Bueno, tenemos algunos detalles importantes —dijo esbozando una sonrisa desganada—. Está eso de la grímpola. Ya sabes lo que significa.

—Sí, claro. Un mar-errante eterno. Pero esos desgraciados jamás se niegan a subir a una nave: hacen cualquier cosa con tal de mantenerse alejados de la tierra que les maldijo.

—No quiso… subir —murmuró la momia, como si escuchase al distorsionador.

Stoian miró al cuerpo. Hinchado, chorreante, resultaba difícil comprender cómo la carne había resistido la acción del agua del mar. «El aura de caos», dedujo. «Ha debido frenar la descomposición. O quizá las runas que le rodeaban».

—Eso es aún más raro —decía Simmonario—. ¿Un errante que no quiere embarcar? ¿Qué vio en el barco como para negarse?

—Algo. Y este desgraciado también debió notarlo. Fíjate, estaba tan aterrado que se encerró en la bodega rodeado de runas de protección. Eligió morir antes que salir.

Por la puerta del camarote se asomó Franci, el sobrecargo.

—Vamos a arribar a Efímera.

—Gracias —Simmonario miró a Stoian—. Noto su presencia: el hermano escarbador nos espera. Mierda.

—Mira, lo hemos intentado. No podemos hacer más.


Una figura de terrible color morado aguardaba en el atraque.

—Buenos días. Soy el hermano Estranvau.

—Salud, hermano —dijo Stoian invitando al escarbador a subir por la pasarela—. La momia está…

—¡Por todas las Gemas! —Estranvau había palidecido—. ¿Cómo habéis estado con eso? ¿No notáis el aura?

—Sí, el caos. Eso nos…

—¿Caos? Eso no es caos, hermano —escupió el escarbador—. Esa criatura rezuma Falacia: retuerce la Canción, distorsiona la Realidad. ¿Cómo pretendíais leer con simples veritarpones a un garokiano?

La lividez invadió a Simmonario y Stoian.

—Un garoki… ¿un prosélito de Garok, el Mentiroso?

—Sí. ¿Qué os ha dicho? Da igual: todo, absolutamente todo lo que os haya contado, es mentira. Falacias. Invenciones confeccionadas para ofuscar la verdad, para sembrar discordia, causar daño.

—¡Sagradas Gemas! Los signos de protección…

—Estaban dibujados hacia dentro —murmuró Simmonario con lentitud—. Hacia él.

—Contra él. —Ahora Estranvau sonreía—. Para defenderse de él. Le encerraron. Y abandonaron el barco. Le dejaron a su suerte.

—El marinero sí que debió subir al barco —murmuró Stoian—. Era él. Subió y con sus engaños trajo la maldición. Pero…

—¿Por qué? ¿Para qué?

Estranvau se infló:

—Hermanos, para eso estoy yo aquí.

Acerca de ‘La fiesta’

No hay hola.

Tras mucho tiempo, aquí regreso con una “Acerca de”. En esta ocasión de mi reciente aparición en Libros Libres. El número 3 tiene por tema los viajes en el tiempo. No voy a negar que no suelo trabajar mucho esa temática, por no decir que nada. He leído de ella, más allá de la clásica Máquina del tiempo de Wells y alguna cosita más. Sí que he visto películas, claro, desde las medio tontunas como Regreso al futuro o La chica que saltaba a través del tiempo, pasando por otras más o menos palomiteras como Al filo del mañana o Arc, y llegando a algunas más complejas como Primer.

Con ese pequeño (y triste) bagaje me puse a intentar sacar una historia de unas mil quinientas palabras. Como era de esperar, me bloqueé: no salía nada. Pero nada de nada. Pasaban los días y empezaba a desesperarme… hasta que de repente surgió algo: una idea que retomaba de manera un poco descarada un cuento de Orson Scott Card (‘Bajo la tapa’, creo que era, uno incluido en Mapas en el espejo). Pero mi cuento contaba con una temática tan irreverente que, según me puse a escribirlo, supe que tenía pocas opciones de acabar publicado. Una cosa era gritar ‘¡Gora ETA!’ en una ficción, y otra narrar eso.

Nota: que quede claro que no me suelo auto censurar nunca. Pero otra cosa es que entre de por medio una tercera persona (el editor) y éste ya no se desee pringar en mis idas de olla. Lo comprendo, más aún en este país aún demasiado lleno de mojigatos reaccionarios. A modo de ejemplo, unos meses después de escribir el cuento un payaso, por hacer un chiste (uno en el que incluso vaticinaba lo que iba a pasar), ha acabado ante los jueces. Doy por hecho que el caso de ese comediante ha llegado a tener tanta relevancia porque el chiste ha tenido difusión nacional. Pero eso no quita que si se publica un relato como el mío en una revista no acabe la revista, o yo, recibiendo una citación del juzgado por ‘ofensas’.

Vamos, que no: ese cuento de momento no saldrá a la luz.

Pese a todo acabé con un borrador más o menos maduro del cuento. Luego lo metí en el cajón del olvido y seguí dándole vueltas al asunto de los viajes en el tiempo.

A volver a empezar. Y de nuevo me encontré con el mismo bloqueo. A darme de cabeza contra la pared. Por fortuna la tengo dura (la pared) y la técnica tuvo algo de efecto: de repente me acordé de la más famosa fiesta de viajeros en el tiempo que se ha celebrado jamás. Se trata de un evento tan real como vacío: la recepción que organizó Stephen Hawking el día 28 de junio de 2009. Se me ocurrió pensar en esto: ¿y si de verdad sí que alguien intentó ir?

Con ese germen me puse a darle vueltas en mi cabeza a la historia. Casi sin quererlo me encontré andando por Cambridge gracias a Google Street View. Así conocí Trinity Street, vi numerosas fotos de la calle y leí su historia. De esa manera conocí, situado en la acera de enfrente, el edificio de la iglesia de St. Michael, que aloja el Michaelhouse Café & Centre.

Ya tenía un escenario donde preparar las mil quinientas palabrillas de turno. Según conseguía descubrir más y más detalles de la calle y del edificio donde se celebró la fiesta, empezaba a hacerme una idea de cómo resolver el relato. Las piezas y la atmósfera del cuento empezaron a unirse en mi cabeza. El inicio del mismo se desató como quien dice solo, casi idéntico al de un relato que descarté para el número anterior, el de las distopías. El cuerpo central lo constituía mi visión de esa calle. Y el final, que surgió por sí solo, me hizo regresar a unas de las temáticas favoritas de mi infancia y juventud. Eso sí, no quise poner ningún nombre concreto: quien lo lea y esté iniciado sabrá de lo que hablo; quien no lo esté se limitará a vivir la indefensión y la incomprensión del protagonista.

Antes de acabar debo admitir que la historia me ha quedado muy encajonada. Para variar 😛 El doble de palabras le hubiera ido de perlas, permitiendo presentar bien tanto al protagonista como a sus intenciones, por no mencionar tejer mejor la atmósfera final. Pero mil quinientas palabras dan para lo que dan.

Bueno, espero que el resultado os guste.

No hay adiós.

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Pequeñas Literaturas por Aurora Losa

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Relatos perversos, macabros y peculiares.

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