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La cuenta atrás del relojero (XIV)

Al despertar el anciano se creyó envuelto en una manta tejida a base de hormigas. Notaba el cuerpo hipersensible, como si un millón de diminutas patitas bailaran sobre su piel. Poco a poco, a medida que esa manta de agujas se evaporaba, empezó a ser consciente de su cuerpo. Volvía a notar sus brazos y sus manos, las dos. Sintió el suelo bajo su costado mientras sus pies descalzos rozaban las baldosas. Su pecho subía y bajaba al ritmo de la respiración. Un ritmo normal. Sin miedo, sin dolor, sin angustia. La respiración de un cuerpo nuevo.

Al separar los parpados notó cierta sensación untuosa, como si estuvieran recubiertos de una fina película grasienta. O legañas. No le dio la menor importancia y parpadeó con fuerza mientras los ojos se habituaban a la tenue claridad. A su lado seguía el candil. El resplandor de la llama le confirmó lo que ya sabía: estaba desnudo del todo. Al revolverse sintió al lado unos restos quebradizos: parecían los restos de su ropa, un amasijo de telas medio calcinadas, incluso cristalizadas.

Pero no tenía frío. Al contrario, se sentía lleno de energía, más vital que nunca.

¡El Mecanismo! No había olvidado su misión.

¿Podría ya abrir los candados? Buscó el broche. Debería estar entre las cenizas de su traje. Pero por más que rebuscó en ellas no lo encontró. De repente percibió un ligero destello bajo su mandíbula. Inclinó la cabeza y sí, allí estaba la joya: incrustada en el pecho sobre el corazón y orlada por una banda de tejido cicatricial sonrosado. El resplandor del candil arrancó otro destello a la gema. ¿Qué pasaría con él, con Shergev, ahora que el broche se había fundido a su carne? Debería informar a los Amos. Ellos sabrían.

Pero eso debería esperar: lo primero era acabar la tarea. Apenas restaban diez minutos para la hora límite.

El relojero cerró los ojos. Notaba su cuerpo extraño, pero se trataba de una extrañeza agradable. Le recordaba algo que no acababa de identificar. De repente lo comprendió: estaba sintiendo de nuevo la juventud. Lozanía, plenitud de energías, vitalidad. ¿Hacía cuanto tiempo que no se notaba tan exultante? Shergev tenía que admitirlo: a todos los efectos había renacido. ¿Cómo no se había fijado en que ya no había arrugas, que su cuerpo volvía a verse firme y musculoso? ¿Tan interiorizada tenía la edad y sus achaques que no se había dado cuenta del cambio?

Sí, la consunción le había arrojado a una locura de dolor, de agonía… Pero ahora regresaba nuevo. Nuevo del todo.

Shergev volvió a abrir los ojos y se incorporó de un salto. Los músculos respondieron con presteza, llenos de energía. ¡La mano! Miró la llave. Estaba perfecta. Movió las falanges, retorció los músculos obligándoles a tomar una tras otra una sucesión de configuraciones. Perfecta. Respondía a cada orden que le daba.

No debía demorarse más. Se abalanzó sobre el portón. Todavía le quedaban varios candados por abrir. Introdujo la mano en el cuarto. El metal acarició su piel de recién nacido. El contacto del acero, incluso ese pulido y desgastado tras siglos de uso, le produjo un leve escozor. Pero lo supo ignorar. El relojero movió las falanges de la llave mientras musitaba la ristra de palabras clave, al tiempo que su mente dibujaba los glifos necesarios para desbloquear la cerradura.

Shergev sintió cómo la ínfima chispa de Voluntad, esa que todo relojero mayor alojaba en la mano llave, se activaba.

La cerradura cedió con un ligero chasquido. Repitió el proceso con las restantes. No había pasado ni un minuto cuando todos los candados estaban desbloqueados. Por fin la puerta quedó abierta.

El joven–anciano relojero tiró de las agarraderas que flanqueaban los candados. Un simple tirón bastaba para activar el sistema de contrapesos. Las dos hojas de la puerta se movieron hacia él sin emitir el menor sonido. Pulgada a pulgada se iban separando. No dejaba de maravillarle la suavidad con la que se movían. Nunca había podido calcular su peso, pero en vista de su grosor (superior al un hombre con los brazos extendidos) cada una de las hojas debía igualar al de un edificio. En toda Efímera no había puertas blindadas semejantes. El ambiente de la cámara interior era seco y cálido, lo que contrastaba con el de la antecámara. Al entreabrirse la puerta ambas atmósferas se enfrentaban emitiendo un leve susurro, una vaharada de brisa que golpeó con suavidad el rostro de Shergev.

El relojero cogió el candil del suelo y lo sostuvo en alto mientras la puerta se seguía abriendo. Cuando el hueco tuvo la suficiente anchura como para pasar por él de lado lo atravesó. Por fin estaba dentro en la sala de la maquinaria. Una vez al otro lado tiró de una de las manijas interiores. Las puertas detuvieron su apertura con la misma suavidad con la que se habían empezado.

Al contrario que la antecámara, la cámara de la Maquinaria podía describirse como un recinto agradable y acogedor. Las baldosas no chorreaban y había una temperatura que invitaba a quedarse. Uno se sentía poco menos que en el hogar, al menos en el hogar de todo relojero mayor.

Las paredes, hasta donde llegaba la vista, estaban revestidas de una inmensa masa de metal, engranajes y cableado. El Mecanismo. Los paneles de control, indicadores y chivatos se sucedían de izquierda a derecha como una cenefa fluctuante y multicolor. Shergev no comprendía la mayor parte de ellos: el saber leerlos correspondía a la casta justo superior a la suya, a esa a la que siempre había optado y nunca le había acogido.

Para malestar de Mareisha.

Aun así sabía que el Mecanismo, descomunal y en extremo complejo, se adentraba en las entrañas de la tierra socavando los cimentos de todo el complejo del campanario. Algunos decían que se comunicaba con el mismísimo corazón de Thothkar–Naa, del que extraería parte de la energía. Shergev no lo creía. Si de verdad fuera así ¿para qué había que darle cuerda cada cierto tiempo? Además, el volcán y sus misterios jamás le habían interesado. Para el relojero ahora sólo existía el mecanismo de correa, el corazón del reloj.

No necesitaba la luz del candil para saber dónde debía introducir por última vez su llave. Lo dejó en el suelo y se enfrentó a la parte del Mecanismo que la interesaba, la de la correa. Insertó el dedo llave en una ranura ribeteada de diamantes, gruesos como ojos, y destrabó el mecanismo activador. Una manivela de metal emergía de la pared de mecanismos, a un par de palmos de la cerradura. La agarró con la mano izquierda y empezó a girarla. Eso reiniciaba el sistema la correa. Los engranajes crujieron indicando que el resorte se tensaba.

El reloj interno de Shergev le anunció que apenas quedaban ocho minutos.

–Bastante tiempo –murmuró. Aunque sabía que, de verdad, andaba un poco justo–. Será suficiente.

Y se obligó a creer lo que decía mientras giraba la manilla.

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La cuenta atrás del relojero (XIII)

El anciano tenía la absoluta certeza de que había pronunciado esas palabras. Sin embargo las tres últimas, las que constituían la orden ritual, no las llegó a escuchar.

El dolor. Oh, el dolor. Súbito, resplandeciente, intensísimo, poco menos que absoluto. Le asaltó. Arremetió contra él como una bestia desbocada.

Durante un instante infinitesimal Shergev recordó la desesperación con la que había musitado la invocación. Su propia voz le había sonado extraña, como si perteneciera a otra persona. En cierta medida así era: una parte de él deseaba estar lejos, muy lejos, demasiado consciente de lo que iba a acaecer. Esa parte de su mente, al mismo tiempo que pronunciaba las palabras, galopaba alocada atravesando las sombras de la antesala, trepando desesperada por las escaleras. Alejarse, estar lejos, muy lejos. Sólo quería eso, alejarse. Tanto como pudiera.

Por supuesto que no pudo huir. Estaba atado a la realidad de la carne, a esa masa de músculos, huesos y sangre que acababa de pronunciar las palabras.

‘Recrea’.

El sonido se alargó, deformándose hasta convertirse en un grito asfixiado y preñado de anticipación. El cepo de la consunción desgarró el cuerpo de Shergev arrojándole al suelo: la reconstrucción de emergencia empezaba.

Tendido junto a la puerta el relojero notó como la Voluntad emergía del broche y empezaba a fluir por su cuerpo. Empezó a derramarse como una especie de llamarada fría. Shergev notó cómo la joya irradiaba lenguas de fuego azulado. Sus ojos creyeron ver aquella flor de dolor. Surgía en su pecho, un estallido de incandescencia gélida. La flor crecía alimentada por lo que se ocultaba dentro del medallón. Sus pétalos se propagaron, envolviéndole por completo mientras las raíces se hundían en la carne y la recorrían dejando tras de sí una retícula de esencia gélida, una agonía de agujas y cuchillas.

El anciano había leído acerca del proceso de la consunción. Varios volúmenes de la biblioteca incluían descripciones vívidas y colorista. Pero nada podía compararse a lo que estaba viviendo.

Shergev intentaba bracear en esa riada de fuego gélido. Una parte de su mente todavía se negaba a aceptar la consunción. Aferrado a ella como un náufrago se a un madero, el anciano intentaba dar con una salida. Fuera de la antesala, escaleras arriba, hacia la noche sin estrellas. Prefería enfrentarse al castigo de los Amos, la vergüenza ante sus compañeros de Orden, cualquier castigo antes que aquel dolor.

Pero la consunción, o la Voluntad que la desataba, tenía sus propios planes. La flor del pecho había encadenado al alma del relojero sometiéndole, impidiéndole huir. Ni siquiera le permitía perder la consciencia.

Tendido sobre el suelo el anciano convulsionaba. Veía, escuchaba e incluso olía el proceso. La cabeza de Shergev había quedado girada en un ángulo forzado, de tal manera que sus ojos contemplaran su pecho y buena parte de sus extremidades. La Voluntad así lo quería: el sujeto de la consunción debe contemplar el proceso.

La luz del candil, aunque débil y remota, no ocultaba detalle alguno del horror.

La mano llave estaba a escasas pulgadas del rostro del anciano. Vio cómo la carne empezaba a bullir. Primero la palma, luego el dorso, al final toda ella. Más que carne o piel parecía agua rompiendo a hervir sobre un fuego descontrolado. La superficie no se quebraba. Shergev notaba un calor insoportable, aunque no vio el menor rastro de vapor. La piel se limitaba a emitir burbujas que se hinchaban más y más, hasta que en un momento dado parecían perder fuelle y se desinflaban. Sí que apreció cierta aura pálida, como si el aire en contacto con la mano se viera contagiado de… algo.

En un momento dado la piel empezó a hundirse. No, pensó Shergev, no se hunde: se licua, se derrite. Como cera al fuego.

El relojero no podía apartar la mirada. Sabía que, aunque la Voluntad le dejara hacerlo, él seguiría contemplando aquella maravilla horrible. La piel, sin perder su forma, se había convertido en un icor sonrosado. A pesar de su aspecto líquido no cayó la menor gota al suelo: el músculo actuaba como una esponja absorbiendo la sustancia. Instantes después Shergev veía los músculos de su mano, desnudos y resplandecientes, llenos de sangre. Piezas rojizas cruzadas por otras de tono más blanquecino, todas apoyadas en pequeñas masas blancuzcas. Los tendones abrazaban con firmeza los músculos hinchados, repletos de piel diluida, anclándolos a los huesos. Incluso creyó adivinar la red de capilares así como venas y arterias más importantes. Solo que aquella malla resplandecía como oro líquido. Y abrasaba de igual manera.

Shergev creía que iba a volverse loco de dolor. Pero aun así sostuvo la mirada.

La visión apenas duró. El proceso que había consumido la piel atacó a los músculos. Empezaron a pulsar y temblar mientras perdían consistencia. Pocos latidos después se habían convertido en masas de barro rojizo y burbujeante. Igual que había sucedido con la piel, en su superficie se formaban bultos hinchados que no acababan de explotar. En un momento dado el lodo empezó a retroceder, como si el calor de la consunción lo consumiera. El barro muscular empezó replegarse a los huesos.

El dolor resultaba inconcebible. Los nervios, incluso una vez derretidos, parecían no querer morir. Lanzaban descargas de agonía al cerebro del relojero que seguía consciente, recibiendo el castigo sin poder hacer nada. Sólo observar, callar y sufrir.

La Voluntad proseguía con su trabajo. Una mutación similar a la producida en la mano empezó a ocurrir por todo el cuerpo de Shergev. Las burbujas de su carne ondeabana e hinchaban los restos del traje. El relojero lo veía todo, obligado por la Voluntad.

La mano llave se había convertido en huesos desnudos, apenas unidos entre sí por restos de tendones y por la malla incandescente. Pero incluso aquellos empezaban a deshacerse incapaces de soportar el fuego que fluía por las venas doradas. Más que huesos parecían caramelos de niño, se deshaciéndose bajo la caricia de una llama.

Con un poco de suerte así acabará mi tortura, pensó Shergev.

Como respuesta a esa idea la Voluntad giró su cabeza cambiando su ángulo de visión: ahora contemplaba torso, piernas e incluso pies. Al igual que había sucedido con su mano y su brazo derecho, las piernas se estaban consumiendo. Pero su pecho… su pecho no se parecía a nada que hubiera visto jamás. Estaba hinchado y deforme, convertido en una masa ardiente. Con un súbito resplandor de intuición Shergev comprendió lo que veía. Los músculos no habían absorbido la piel derretida; ni aquellos habían acabado consumidos hasta sólo quedar los huesos desnudos. Más aún, éstos no se estaban derritiendo. No. De alguna forma toda esa materia se estaba licuando y fluyendo hacia el tronco, acumulándose en su pecho hasta formar ese enorme grumo burbujeante.

Pero ¿qué pasaba con la cabeza? Por alguna razón la Voluntad la estaba manteniendo intacta, reservándola para un momento posterior. Sólo así se podía explicar que Shergev viera, escuchara y oliera toda la metamorfosis.

De repente el coágulo de sustancias en el que se había convertido su pecho empezó a derramarse en el suelo. En un abrir y cerrar de ojos se formó un enorme charco de tonos entre el rosáceo, bermellón y el marrón, salpicado con esquirlas de color blanquecino.

Shergev no quería ver. Nada más. Pero su cabeza, su cerebro y sus ojos todavía resistían. ¿Cómo describir el saberse reducido a una simple cabeza solitaria flotando sobre un charco formado por tu mismísima materia? El relojero seguía sintiendo todo. La maraña de nervios le asaltaba con imposibles mensajes. Las manos se mezclaban con las piernas con el pecho, con la espalda, con las ingles. Las terminaciones se enredaban unas con otras generando caricias fantasma, bofetadas sensoriales convertidas en latigazos a causa del fuego frío desatado por la Voluntad.

El tiempo que se mantuvo la cabeza flotando en medio de esa inmundicia se le hizo eterno. Pero por fin sintió cómo el mismísimo cráneo empezaba a derretirse. Una película de piel licuada le veló los ojos durante unos instantes. ¿Quizá los párpados al disolverse? A Shergev le daba igual. Sólo deseaba que la tortura acabara, que dejara de contemplar ese espectáculo demencial.

La negrura llegó como una bendición. Incandescente, saturada de un dolor absoluto, pero deseada. El anciano hubiera querido gritar, aullar su agonía, proclamar su alegría al volverse ciego y sordo, pero carecía de medios para ello. Sólo quedaban el dolor y él.

La Voluntad continuaba con su tarea. Con el relojero reducido a un charco fundido acabó la primera fase. Dentro de ese líquido la conciencia de Shergev, todavía despierta, luchaba por mantener la cordura. El anciano se sentía aterrado. Según lo que había leído esa primera fase era la más suave. Al fin y al cabo se trataba de simple destrucción. El auténtico tormento empezaba con la segunda etapa, cuando la Voluntad desplegaba todo su poder y obligaba a la materia a reorganizarse, a emerger de la arcilla primordial. Y a hacerlo dejando intacta, consciente, la mente que albergaba.

El relojero no necesitó que nadie la anunciara el inicio de esa segunda etapa. Todas y cada una sus células aullaron cuando la Voluntad empezó a tirar de ellas, a moldearlas según su deseo. Pero aquella Voluntad sabía que iba a necesitar a un Shergev fresco cuando acabara el proceso: reinstauró los umbrales de dolor. De improviso Shergev se vio arrastrado a una escalada vertiginosa hacia la esencia del dolor absoluto. Tras ella, por fin, la inconsciencia.

La cuenta atrás del relojero (XII)

Por un instante Shergev dudó de su cordura. Esa presencia fantasmal de Mareisha le empezaba a obsesionar. Y preocupar. La mujer no estaba allí. Sin embargo las carcajadas sonaban tan reales, tan materiales… De no saber con absoluta certeza que la mujer tenía vedado el acceso a esa sala hubiera jurado que le había seguido escaletas abajo, y que ahora le gritaba escondida entre las sombras. Porque de verdad que no estaba allí. ¿O sí?

El anciano se volvió en un gesto súbito y alzó el candil. Más allá de la esfera de claridad sólo había las húmedas paredes y la estantería con los otros candiles. Eso y una negrura vacía. Ni rastro de su mujer. Al fondo, apenas visible bajo la débil luz del candil, los escalones le devolvían destellos afilados.

Sin embargo hubiera jurado que las risas venían de allí, del fondo. ¿Se estaba volviendo loco?

El movimiento brusco le había devuelto a la realidad del dolor. El dolor y lo que implicaba.

No tenía tiempo para pensar en tonterías como la de Mareisha. El Mecanismo Mayor estaba cerca, muy cerca: al otro lado de la puerta. El reloj interno del anciano gritaba que apenas quedaba media hora. Si no daba la cuerda …

Pero tenía rota la llave. Alzó la mano y la contempló. En su estado, inflamada e irritada, no podría abrir los candados ni dar la cuerda. El Mecanismo se quedaría sin energía para crear tiempo y el Escritor… el Escritor dejaría de narrar. ¿Qué sucedería luego? Un clavo de hielo atravesó la columna vertebral de Shergev de arriba abajo.

No podía permitirlo. No dejaría que su nombre quedara manchado de esa manera. No le daría a Mareisha la oportunidad de echárselo en cara.

Contempló su mano llave. Así no valía para nada. Sólo le quedaba una opción: la consunción. El simple hecho de pensar en ella arrancó temblores en el anciano. Shergev acarició el broche de su pecho con su mano sana. Lo notó frío, mucho más de lo que se podría esperar. Como si estuviera hambriento. Ávido de Shergev.

Dentro de ese ornamento de metal se ocultaba algo que escapaba a la comprensión del relojero. Una Voluntad. Sabía lo que era, pero su mente humana no podía abarcar la totalidad de su poder. La pequeña Voluntad poseía su propia conciencia, si bien de una naturaleza del todo ajena a cualquier cosa que Shergev conociera; sólo los Amos y los Vols comprendían las Voluntades, llegando a manipularlas y hacer que acataran órdenes. El anciano, como un simple humano, sólo podía invocarlas y rezar porque una vez desatadas cumplieran la misión a la que se supone estaban atadas.

Shergev sabía que, una vez liberada, la Voluntad escaparía a su control.

¿Control? ¿Qué control?, se preguntó. Estoy anulado. Como relojero ya no puedo hacer más. Y todo depende ahora de mí.

El terror atenazaba al anciano relojero. Pero sabía debía hacerlo. Recorrió con los dedos la superficie del broche. Fría. Estaba muy fría.

–¡Cobarde! ¡Da cuerda al reloj! –Resonó la voz de Mareisha. Esta vez no tenía la menor duda: la escuchaba desde dentro de su cabeza­. ¿Se estaba volviendo loco? ¿O de verdad la tenía tan interiorizada que al cabo de los años una parte de ella se había fundido a él?

La voz volvió a chillar:

–¿Deseas que el Escritor se detenga?

De nuevo aquella maldita pregunta. La mayor ofensa que se puede hacer a un relojero de su categoría. Y una alusión directa al horror que se podría desatar.

Las palabras de esa Mareisha, imaginaria o no, sonaban tan apremiantes como burlescas:

–¿Deseas que el Escritor se detenga?

La mujer soltó una nueva carcajada. Entonces Shergev estuvo seguro: se burlaba de él, le desafiaba. ¿Tan poco confiaba en su capacidad?

–¿Deseas que el Escritor se detenga? ¿Deseas tirar por tierra todo el trabajo de generaciones y generaciones de relojeros?

El puño izquierdo de Shergev estrujó el broche. No podía tolerar esa manera de hablarle. Le ofendía no sólo a él, sino también a su padre, a su abuelo… A todos sus antepasados, a la estirpe de relojeros mayores. Y por extensión se insultaba a sí misma.¿Qué significaba todo esto? Nunca había oído nada similar, pero en aquel mundo dominado por Voluntades –demasiadas veces enfrentadas– todo era posible.

Mareisha y Shergev llevaban viviendo juntos décadas. Muchas, más de las que a veces quería recordar el anciano. Habían tenido sus momentos buenos y malos. A lo largo de esos años habían compartido tantas cosas… allí debía estar el origen de aquella voz: habían compartido tanto que en el interior de Shergev debía haber germinado una diminuta Voluntad, una esquirla de Mareisha clavada en lo más íntimo de él. Debería consultarlo en las Crónicas. ¿Había ocurrido antes algo semejante?

Pero en ese momento el anciano ni podía consultar nada ni podía tolerar ninguna intromisión en su cerebro.

–Shergev, ¿vas a actuar o no, viejo carcamal? –Se carcajeó la presencia de su mujer.

Sin duda debía haber algún vínculo entre aquellas palabras y lo que pensaba Mareisha. Lo llevaba intuyendo desde hacía tiempo. Sus silencios tras las guardias, sus quejas cuando le descubría consultando las crónicas… A veces, cuando bajaban al patio a dar un paseo, emitía un suspiro no muy disimulado al contemplar la Torre de los Amos, el hogar de la más alta casta de relojeros. Tras ello le solía dedicar una mirada cargada de emoción. ¿Cuál? Ahora Shergev parecía entenderla: daba la impresión de que Maeisha, sin querer usar palabras, deseaba dejarle claro que le había defraudado.

No lo podía tolerar. Él siempre había cumplido con las normas, mostrándose fiel a la tradición. Si no se siguen las normas llega la anarquía y el caos. Y los relojeros, desde su fundación una eternidad atrás, habían luchado contra el desorden. ‘Todo en su sitio y momento oportunos’, rezaba una de las divisas de los Cuerpos Expedicionarios de los Relojeros.

¿Quién se creía ella para pretender que él se saltara las normas para ascender en el escalafón?

No. Él seguía las órdenes de los Amos, de la jerarquía. A pesar de que ello supusiera no lograr las aspiraciones de Mareisha.

No era el momento de pensar más en ello.

–Calla. ¡Calla! ¡Sal de mi cabeza!

El relojero aguardó durante unos cuantos latidos. No hubo respuesta alguna. ¿Se había ido? Parecía que sí.

De repente se dio cuenta de que tenía algo clavado en la mano izquierda: el broche. Lo había apretado tanto que la sangre fluía entre sus dedos, mezclándose con el limo que le cubría.

Aquella nueva herida daba igual. En peor estado se encontraba su mano llave. Hinchada, inutilizada.

La consunción. Debía acudir a ella ya mismo.

Shergev notaba frío, mucho frio. En las piernas, en los brazos, incluso en el pecho. Tenía los músculos agarrotados. Un hormigueo molesto había empezado a apoderarse de su mano llave. La sensación estaba subiendo por el antebrazo hacia el codo, mordisqueando la carne con furia. ¿Qué significaba? ¿Acaso la muerte empezaba a apoderarse de su cuerpo, empezando por si mano llave? Porque si no podía dar cuerda al Reloj Mayor quizá eso le esperaba, a él y a toda la realidad: el abrazo de la muerte.

¿De verdad había fallado?

Contempló su mano derecha una vez más. Notó cómo un vacío se formaba en su interior. De repente Shergev se dio cuenta de lo rendido, lo agotado que se sentía. Los ojos le escocían, y supo que no sólo se debía al dolor. La simple idea de tener que darle la razón a Mareisha (a esa entidad, espectral pero no menos mordaz, que se había enquistado en su mente) le dolía casi tanto como la mano. Le horrorizaba que el desprecio y desdén de su mujer triunfaran.

Sin pensárselo dos veces se acercó el broche a los labios y susurró:

–Por favor, haz que todo regrese a su forma. Destruye y recrea.

La cuenta atrás del relojero (XI)

Cuando el relojero abrió los ojos en su mente sólo tenía una pregunta: ¿cuánto tiempo había pasado? Sobre la estantería el candil seguía encendido. Su luz generaba una pequeña esfera de claridad en la que Shergev se bañaba lleno de desconcierto.

Debía saber cuánto había transcurrido.

Agarrándose como pudo a las baldas se empezó a incorporar. Se sentía agotado, pero el terror le dominaba dándole fuerzas. Al fin se pudo poner en pie. Agarró el candil y lo sopesó: no parecía haber bajado mucho el nivel del aceite. Bien.

El trabajo esperaba.

Tomó la luz y apoyándose en el mueble se giró enfrentando el fondo de la antecámara. Allí le esperaba la puerta blindada que protegía la Maquinaria Mayor. Sabía que no le separaban de ella más de diez brazas, pero en su estado aquella distancia parecía casi insalvable.

Debía llegar a la puerta, abrirla, entrar en la cámara y activar el mecanismo.

No podía recorrer ese espacio en línea recta. Sus piernas no se lo permitirían. Debía acercarse dando un rodeo apoyándose en la pared y dejando que ésta cargara con la mayor parte posible de peso. El anciano empezó a avanzar. Cada paso que daba suponía una pequeña tortura. Pero seguía. Un pie tras otro, la espalda raspando la superficie empapada de la pared. Le daba impresión de que tenía por piernas sendas columnas de lava.

Pese a todo Shergev lograba mantenerse en pie. Y avanzaba. Un codo, luego otro. La mano sana sosteniendo el candil; la otra, junto con todo el antebrazo, la mantenía apoyada en la pared.

La puerta cada vez quedaba más cerca. El relojero sonreía a medida que la burbuja de claridad revelaba los detalles de la puerta. Poco a poco empezaron a tomar forma los bajorrelieves.

Aunque en ese momento Shergev no estaba para contemplarlos: el dolor le horadaba, lento pero implacable. No podría soportar mucho más aquella agonía. Las esquirlas de los huesos triturados mordían sus músculos. Notaba cómo desgarraban las fibras, cómo segaban los tendones y amenazaban con cercenar los nervios. El relojero jamás se hubiera imaginado que alguien pudiera vivir semejante dolor.

Todavía le quedaba llegar a los candados, abrir la puerta, alcanzar el Mecanismo, darle cuerda… empezaba a pensar que la tarea le superaba.

Cabeceó irritado. No podía pensar así. Debía llegar. A cualquier precio.

¿A cualquiera?

En su mente una idea iba ganando consistencia: le quedaba un último recurso, el de la consunción. Shergev no conocía a ninguno que hubiera recurrido a él, pero sabía de sobra cómo funcionaba y lo que suponía. La consunción le renovaba a uno por completo, pero a través de sumergirse en una agonía voluntaria que hacía ínfimo el dolor que ahora sufría.

No. Seguiría como estaba, lo lograría. Cumpliría su cometido. Y lo haría a tiempo. Su reloj interno le decía que había pasado mucho. En una situación normal ya hubiera acabado con todo muchos minutos atrás. Pero todavía le quedaba margen de maniobra.

Lo lograría.

Si las piernas no le dolieran tanto…

Estaba perdiendo un tiempo precioso recorriendo el perímetro de la antesala. Tenía la puerta ya casi delante de él. Si avanzaba en línea recta, entonces… Desesperado, Shergev se dejó caer al suelo. El camino más corto entre dos puntos es la línea recta. Al menos para un simple humano modificado como él. De nuevo se encontró arrastrarse como una lombriz. Pero en esta ocasión lo hacía de forma voluntaria. Sí, se trataba de una actitud indigna, pero no veía otra forma más segura y rápida de llegar a los candados.

Cambió el candil de mano. Introdujo la llave en la manilla. Sí, podía sostenerlo sin apenas dolor. Sólo tenía que arrastrarlo por el suelo. No hacía falta mantenerlo en alto.

Se volvió a repetir el proceso. Lanzar la mano sana adelante y clavar los dedos en las junturas de las losas. Tirar del cuerpo, intentando que el movimiento no repercutiera en las piernas. Empujar el candil para que quedara delante. Y volver a empezar.

Uniendo todos los movimientos, como si se tratase del aglutinador universal, estaba el dolor. Siempre el dolor.

Debía seguir. Siempre hacia la puerta, hacia los candados.

La puerta que custodiaba la Maquinaria Mayor era una mole de metal, descomunal y repleta de refuerzos y remaches. Tenían tal altura que sus extremos superiores se perdían en la oscuridad. Sendas planchas de acero, decorado con bajorrelieves alegóricos, revestían las dos hojas. de los Trabajos del Tiempo. En su juventud, una vez que había acabado de dar cuerda al Mecanismo, Shergev solía quedarse a contemplar maravillado esas ilustraciones. Pero ahora sólo deseaba desactivar los candados, lograr que los goznes emitieran el habitual mugido suave y grave, que las hojas se apartaran revelando la cámara del Mecanismo.

El relojero se siguió arrastrando, rebozándose en el limo del suelo y en su propio dolor. Por fin acarició los faldones de la puerta. Ya tenía los siete candados al alcance de su llave. Los cerrojos se alineaban formando una columna casi tan alta como un hombre. En sí mismos representaban una suerte de camino iniciático o un test de aptitud. El inferior apenas suponía un problema para cualquier relojero. Sin embargo la complejidad de los movimientos a realizar con la mano llave aumentaba a medida que se ascendía. El séptimo sello sólo lo podía liberar alguien como Shergev, un descendiente de la casta Mayor. No existía en toda la Canción llave ni poder alguno que pudiera abrirlos. La puerta poseía su propia Voluntad que custodiaba celosa el Mecanismo. Sólo las manos llave de los relojeros consagrados podían abrirla.

Pero la mano de Shergev había sufrido mucho, quizá demasiado. El anciano estudió las falanges guía una última vez. La hinchazón había remitido lo suficiente. Se podría decir casi había regresado a la normalidad. Aunque el veredicto lo dictarían las propias cerraduras. Acercó la mano al primer candado e introdujo el dedo por el ojo de la cerradura. Una vez dentro manipuló la materia de su llave: estirando la piel, retorciendo el hueso, conjurando formas a base de retorcer y someter las hebras de Voluntad que tenía injertadas en las falanges. Apenas un segundo después sonó un clic desde dentro del candado. Desbloqueado.

El anciano suspiró aliviado.

Repitió la operación en la segunda cerradura. Tampoco le presentó problemas. Con el tercero le costó un poco más conjurar la configuración de apertura, pero al final lo logró. Sin embargo al llegar al cuarto candado descubrió que la carne se había vuelto a inflamar: ni siquiera pudo introducir la llave. Contempló su mano con una mezcla de horror y sentimiento de traición. El dedo estaba inutilizado. No podía seguir.

–Por todos los dioses –juró Shergev destrozado–. ¡Por el mismísimo Escritor!

Pero por mucho que maldijera la verdad no cambiaba: no podía seguir. Tenía la sala de la Maquinaria al otro lado de la puerta y no podía llegar a ella. Ni dar cuerda al Reloj Mayor.

Creyó escuchar una risa femenina. Y de repente una palabra, clara y concisa:

–Inútil.

La cuenta atrás del relojero (X)

La humedad empezaba a afectar a Shergev. Los dedos de la mano sana se le habían hinchado y apenas los sentía. Eso le hizo casi no notar la diferencia de rugosidad y de materiales cuando las yemas de sus dedos pasaron del yeso a la madera. Pero sí logró identificar las baldas. El anciano relojero emitió un gemido de satisfacción. Ahora sólo necesitaba encender un candil.

Tanteó el interior de una estantería. Tal y como esperaba, en ella había varios objetos cilíndricos que al chocar entre sí emitieron sonidos metálicos. Tomó uno. Pesaba. Shergev sonrió: estaba bien repleto de aceite. El relojero giró el candil de tal manera que su punta quedara hacia él.

El frío y humedad que habían dejado insensibles las manos había tenido su contrapartida: el dolor se había alejado un poco, lo suficiente para poder manipular el candil con relativa facilidad. Acercó el extremo de la boca del candil al emblema que todavía llevaba prendido al pecho de su librea. Con un hilo de voz el anciano le susurró al broche. La Voluntad le escuchó y obedeció: una tímida llama quebró la oscuridad. Pocas veces se había sentido Shergev tan contento al contemplar una llama.

La mano llave, debía comprobar su estado. La acercó a la luz. El movimiento volvió a provocarle calambrazos a lo largo del brazo. Apretó los dientes y estudió la mano. A primera vista la piel no sufría desgarro alguno, apenas unos arañazos. Sin embargo lo de verdad importante, el dedo guía, tenía un aspecto raro. El anciano lo alzó al contraluz de la llama. Las falanges no estaban en su posición natural. Intentó mover el dedo un poco dibujando una configuración básica. Notó un chasquido seguido de un latigazo de dolor. De repente sentía como si hubiera sumergido la mano en aceite hirviendo. Shergev acertó a dejar el candil sobre la estantería antes de que la debilidad se apoderara de él. Recostado contra la madera, exhausto, logró permanecer en pie.

Que sea sólo una luxación, pensaba desesperado.

Debía intentarlo. Sujetó el dedo guía con los de la otra mano y, tras respirar hondo, tiró de  con fuerza. Un nuevo grito quebró el silencio de la oscuridad. Por un instante Shergev creyó que volvería a desmayarse. Sin embargo logró resistir y continuó recolocando los huesos. Uno tras otro, desde la base hasta el extremo, alineó la decena de pequeñas falanges. Cada movimiento suponía una tortura. El anciano sólo podía soportarlas pensando en lo que significaba que su mano no funcionara. El Reloj parado, el Escritor desatado. La realidad…

Cuando acabó el dolor que envolvía el dedo adquirió un nuevo cariz. Shergev no se atrevía a considerarlo ‘dolor dulce’, pero sí que encontraba en él cierto alivio. Se sentía agotado y empapado en sudor, pero lo había logrado: el dedo estaba más o menos en su posición de relajación. Alzó la mano una vez más y estudió el resultado de su trabajo: no tenía mal aspecto, hinchado pero recto. El relojero sonrió satisfecho. Contaría aquello como una proeza.

Estaba a punto de lanzar una carcajada de triunfo cuando la debilidad se abalanzó sobre él. Sin que pudiera hacer nada para evitarlo, Shergev se desplomó en el suelo.

La cuenta atrás del relojero (IX)

Tenía que encontrar esa alacena y hacerlo lo antes posible. El tiempo transcurría sin pausa: cada vez quedaba menos para la hora en punto. Antes de que eso sucediera tenía que haber acabado de dar cuerda al Mecanismo Mayor. Si no lo hacía así, tras las campanadas el Reloj Mayor se quedaría sin cuerda y dejaría de crear tiempo para el Escritor. Y si eso pasaba…

Shergev seguía arrastrándose por el suelo de la antesala. Hundía como podía los dedos de la mano izquierda en las baldosas del suelo, tensaba los músculos del brazo y tiraba de su cuerpo hacia delante. Eso le permitía ganar unas pocas pulgadas. Luego, resollando agotado, extendía la mano tanteando el vacío en busca de algo tangible. Nunca encontraba nada, sólo un vacío húmedo y frío. Tras ello el anciano volvía a alargar el brazo clavando los dedos en el suelo. Un proceso lento y agotador.

No podía seguir así.

Apretando los dientes intentó incorporarse sobre su mano izquierda. Para su sorpresa el brazo resistió. Siguió obligando a los músculos a mantenerle erguido. Logró apoyarse sobre la cadera. Empujó un poco más y al fin acabó sentado. Bien. Seguía manteniendo la mano derecha, la de la llave, protegida tras su espalda. Pero ya no hacía falta. Con suma lentitud se la llevó delante. Notó cómo los músculos del antebrazo gemían. Los pinchazos seguían ahí, delatando la fractura de los huesos. No se atrevió a mover la llave. La notaba adormecida. ¿Entumecida pero no fracturada? No quiso saberlo. Al menos no por ese momento. Debía encontrar los candiles.

Shergev sabía que ahora quedaba lo más complicado. Se echó para adelante y empezó a desplazar parte de las piernas. Éstas respondieron vomitando una llamarada de fuego líquido que ascendió por el árbol de su columna. El anciano profirió un alarido mientras se desplomaba de nuevo sobre el suelo.

El mecanismo, pensó desesperado. No puedo fallar. Debo dar la cuerda.

Notaba cómo la riada de dolor se propagaba por su espalda, adentrándose en sus pulmones, ascendiendo por su garganta, penetrando en lo más recóndito de su cerebro…

Debía reconocerlo: la caída por las escaleras le había destrozado.

No podía pedir ayuda. En ese sitio y esas circunstancias era imposible. Se hallaba solo. En sus manos podía estar no sólo le futuro de su Orden, de su ciudad, sino quizá de toda la realidad.

Debía cumplir su misión.

Notaba cómo los huesos astillados se hundían en la carne. Pese a ello Shergev volvió a incorporarse. El dolor le provocaba arcadas. Pero seguía luchando. Se arrastró, gateó y se revolcó por el suelo. Con el brazo izquierdo tanteaba la oscuridad. ¿Dónde estaba la maldita estantería?

Las fuerzas se le agotaban. El dolor las consumía como una llama devora paja seca. No podría continuar mucho tiempo así. Pese a todo de dejaba de tender la mano en la oscuridad. Con encontrar una pared bastaba. Una vez logrado eso la seguiría hasta llegar a la alacena de los candiles.

Sus dedos sólo desgarraban el vacío.

Mientras tanto el tiempo seguía transcurriendo.

El Escritor.

–¿Deseas que el Escritor se detenga?

La voz de Mareisha resonó de repente en su cabeza, acusadora.

–¿Deseas que el Escritor se detenga, Shergev? –Repitió el fantasma de la mujer–. ¿Deseas de verdad saber lo que pasa si el Escritor se detiene, viejo?

El relojero se detuvo. ¿Acaso notaba un deje de placer en la voz de la mujer? ¿O quizá de superioridad? De un tiempo a ahora Mareisha le fustigaba con comentarios y pullas teñidas de un cada vez más evidente desprecio. Parecía una mujer amargada. ¿Al fin se había dado cuenta de que nunca lograrían el estatus soñado? ¿Acaso le culpaba a él? Shergev había hecho todo lo posible por prosperar. Nadie más que él deseaba ascender en el escalafón, participar como oferente en ceremonias tan importantes como la de La Ofrenda al Tiempo. Pero los Amos no lo habían considerado apto, u oportuno. Shergev sabía que acabaría sus días como miembro del departamento de manteamiento del Reloj Mayor. Aquello ya suponía formar parte de una élite de escogidos, sí, pero tanto él como Mareisha habían aspirado a más.

Había fracasado. Debía admitirlo: había fracasado. Pero en su defensa sabía que lo había intentado, que había hecho todo lo que pudo. ¿Por qué ahora su mujer le acusaba de ello? Ya tenía bastante castigo sabiéndolo.

Y ahora aquella caída.

Sí, había fallado. Tendido en el suelo de la antecámara de la Maquinaria, asaltado por le dolor, Shergev se daba cuenta de su absoluto fracaso.

–¿Deseas que el Escritor se detenga?

En las palabras de Mareisha había un desprecio claro y directo. Se habían acabado las medias tintas. El anciano, lleno de rabia, sólo atinó a gritar:

–¡No! ¡No se detendrá!

Su grito llenó la oscuridad. Ésta le respondió con una caricia húmeda y sólida en las yemas de los dedos de su mano izquierda. La pared.

–¿Ves? ¡Lo logré! No se detendrá –gritó a punto de prorrumpir en carcajadas–. No se parará.

De repente se notó falto de aire. Cayó al suelo y empezó a gemir, agotado. Pero seguía con el brazo estirado, palpando el muro. Sí, ahí estaba la pared de la antecámara, fría y empapada. Sólo tenía que recorrerla y…

Respiró hondo. Notó cómo la esquirla de una costilla fracturada pinchaba su pulmón. Pero aun así volvió a arrastrarse. Tenía una dirección clara: hacia la pared.

–Haré mi trabajo. Luego subiré a la Colmena y te demostraré quien manda.

La pared chorreaba. Según la tocaba notaba cómo sus dedos se empapaban. Las gotas fluían con una peculiar densidad, como si en el agua hubiera disuelto algo más. El líquido fluía de las yemas a la palma de la mano, y de esta muñeca abajo hacia el antebrazo. Las gotas lamían su piel como lenguas congeladas. La sensación le alivió el dolor.

Shergev siguió palpando la pared. Se arrastraba como podía junto a ella. El yeso se había desprendido en numerosos tramos revelando la roca desnuda y rugosa. El relojero se aferraba a la pared igual que un escalador lo hace a una montaña. A veces apretaba los dedos con tanta fuerza que su presa cedía, arrojando al anciano al suelo y dejándole con limo y restos de yeso o piedra podrida entre los dedos. Poco le importaba. Bufando se volvía a incorporar. Seguir la pared, encontrar el armario. Sólo importaba eso. Dar con los candiles y conseguir luz para poder ver cómo estaba, para encontrar el camino hacia el Mecanismo.

Y cumplir con su deber.

Debía avanzar más rápido. Apoyando de lleno la mano en el muro, haciendo que la mayor parte de su peso recayera en ella, Shergev intentó de nuevo ponerse en pie. El dolor en las piernas apenas había cedido. Apretó los dientes y elevó la pierna derecha. Luego la izquierda. El pavor que le provocaba la idea de fallar a sus semejantes, a los Amos y al mismísimo Escritor le hizo tragar saliva y seguir. Por fin logró incorporarse del todo. Temblaba, se sentía como una marioneta a la que le hubieran cortado las cuerdas. Los huesos rotos aullaban dentro de sus piernas. Pero aguantó. Apretando los dientes, tratando no gritar, el viejo relojero siguió recorriendo la pared.

La cuenta atrás del relojero (VIII)

El silencio y la oscuridad formaban parte intrínseca de aquella antesala. La Maquinaria Mayor a pesar de su tamaño y complejidad apenas emitían sonidos. A lo sumo, si se prestaba atención, se oía un lejano latido, como el de un corazón temerosos de proclamar su presencia. Pero ese inapreciable pulsar quedaba devorado por la esponjosa superficie de las paredes chorreantes de la sala de máquinas. Ellas, junto a la puerta que separaba a ésta de la antesala vedando el acceso a los relojeros no bendecidos –maciza y enorme–, apagaban cualquier posible sonido. A todos los efectos, para la ciudad el reloj era mudo.

A Shergev aquella antesala siempre le había parecido el lugar más tranquilo de toda Efímera. Oscura, húmeda, envuelta en un silencio mortal. La cámara podía describirse como un coágulo de oscuridad húmeda y expectante. Su atmósfera sólo se veía quebrada durante muy pocos minutos al día, cuando los relojeros la cruzaban para cumplir con sus tareas de mantenimiento. Nunca hablaban, incluso cuando acudían en parejas: sabían demasiado bien lo que tenían que hacer y cómo hacerlo; no necesitaban gastar energías en vocalizar ningún pensamiento. Llegaban, cumplía su tarea y se iban. Todo en perfecto silencio.

Por eso los crujidos con los que se precipitó Shergev en la sala supusieron toda una novedad. Su cuerpo desmadejado se abalanzó por el último tramo de escaleras emitiendo chasquidos blandos, sanguinolentos. El impulso le hizo rodar una decena de codos antes de acabar derramándose en el suelo, reducido a un amasijo de carne machacada. Allí quedó, tendido sobre las losas. La librea estaba desgarrada por numerosas partes, toda ella empapada en sangre y el limo de las paredes y los escalones. Apenas podía reconocerse el uniforme de la Casa de Relojeros.

Pero incluso en aquel estado todavía persistía en la mente de Shergev una diminuta chispa de Voluntad. Como vulgar hombre apenas podía decirse que poseyera el Poder; sin embargo su calidad de relojero, descendiente de una casta de humanos remodelados y criados por los Amos para realizar una función concreta, le hacía poseedor de una llama mínima de Voluntad enfocada en cumplir su misión: la Maquinaria, cuidar y mantener la Maquinaria. El rescoldo de Voluntad ardía dentro de su cerebro. Sabía que Shergev estaba inmerso en una misión y que por diversos azares no la estaba llevando a cabo. La esquirla de Voluntad empezó a hincharse dentro del relojero, prendiéndose cada vez con más viveza. Había que realizar el trabajo, y hacerlo ya.

La chispa se avivó, propagándose por el cerebro del anciano. Como si se tratase de una colada de metal fundido discurrió por los laberintos mentales del relojero, prendiendo fuego a todo cuanto encontraba. Lo necesario para despertar a Shergev. El dolor en la cabeza del relojero ganó intensidad, una marea candente cuyas olas golpeaban gritando ‘cumple con tu tarea, cumple con tu tarea’.

–¡Cumple! –La voz restalló como un latigazo dentro del anciano, obligándole a emerger de la inconsciencia. Shergev abrió los ojos con lentitud.

El dolor le envolvía como si se tratase una manta, una agonía punzante que cubría todo su cuerpo. Le abrasaba, le consumía. Para su sorpresa Shergev comprobó que podía tolerar ese suplicio: la idea de fallar en su misión predominaba sobre él. El sufrimiento físico quedaba eclipsado por uno mucho más poderoso y sutil: la agonía moral de no cumplir su tarea.

Seguía tendido en el suelo de la antecámara. Notaba su cuerpo pulverizado, deshecho tras aquella caída poco menos que eterna. Intentó mover la pierna izquierda. Al hacerlo el muslo estalló con un dolor resplandeciente a una altura próxima a la ingle. Shergev se hundió en el suelo, arrastrado por la súbita marea de sufrimiento. No creía poderlo soportar. La extremidad se había convertido en una barra de hierro al rojo vivo.

El relojero intentó respirar hondo, recuperar el control. Inhaló con fuerza. Una, dos, tres veces. El aire de la estancia, húmedo y frío, se adentraba en sus pulmones con un efecto sedante. Al cabo de unos instantes el anciano logró recuperar la calma. Con el dolor aún presente, pero más relejado, giró la cabeza hacia abajo. Tenía que ver lo que le pasaba a esa pierna. El brazo izquierdo, plegado sobre su espalda, le permitió ver a la perfección su pierna. El fémur no estaba recto sino que formaba un ángulo abierto.

Incluso así debía hacer su trabajo. Volvió a mover esa pierna, probando por segunda vez su estado. El nuevo intento le hizo aullar de dolor: notaba cómo un millón de agujas incandescentes se clavaban en su carne, desgarrando los músculos. Algunas de ellas incluso asomaban a través de la piel tiñendo su ropa de rojo sucio.

El Mecanismo. Debía reactivarlo.

Apoyándose en el brazo izquierdo descubrió que sólo le dolía de una manera superficial. Por algún azar la extremidad parecía no tener ninguna rotura. Quizá la caída no hubiera resultado tan grave, salvo en esa pierna. Movió el brazo derecho. Una sucesión de rayos restallaron desde su mano y ascendieron hasta el pecho, donde golpearon como martillos. Shergev empezó a temblar de horror al darse cuenta de cuál era el origen de ese dolor. Lo más sagrado para todo relojero: su mano derecha, la de la llave. El dolor indicaba que estaba destrozada.

–No –musitó el relojero aterrado–. No. No, no.

Pero más allá de esas palabras no sabía qué mas hacer.

Intentar acabar su tarea. No, intentarlo no: hacerlo.

Dejó que la mayor parte de su peso recayera en el brazo izquierdo. Tenía una pierna y un brazo poco menos que inútiles. Pero el otro brazo parecía haber salido casi indemne. ¿Cómo estaría la pierna derecha? La movió, arrastrando el pie por el suelo para apoyar la planta. El tobillo le ardía. Apenas soportaba su propio peso, menos aún el del resto del cuerpo. Las dentelladas agudas que emitía el tobillo, similar a tenerlo atrapado por un cepo descomunal, indicaban que también lo tenía fracturado.

El Mecanismo. Debía llegar a él.

Tratando de ignorar el dolor Shergev empezó a arrastrarse. Lanzaba el brazo izquierdo hacia delante, engarfiaba los dedos sobre el suelo y luchaba por conseguir que el cuerpo avanzara unas pulgadas más. Inmerso como estaba en esa negrura densa no sabía hacia dónde se dirigía. Pero la antesala tenía unas dimensiones reducidas. Antes o después encontraría una pared, o la mismísima puerta que daba a la sala de Maquinaria. Debía dar con un punto de referencia. Las paredes. Si llegaba a ellas las podría recorrer hasta localizar la puerta y los candados.

Shergev siguió arrastrándose sobre el suelo de la antecámara. Notaba cómo la humedad de las baldosas empapaba su ropa, se mezclaba con su sangre e incluso se adentraba en las heridas. Pero seguía reptando como un gusano ciego. Su cabeza husmeaba a un lado y a otro, tratando de percibir en la negrura algo que le sirviera de referencia. Cada movimiento (de las piernas, del brazo derecho, incluso la mismísima respiración) suponía una pequeña agonía. Junto a las extremidades fracturadas había descubierto que también tenía varias costillas rotas. Aun así debía sentirse agradecido: la suerte le había sonreído y no la tenía afectada la columna. Si se hubiera roto el cuello… su trabajo, su Orden, quizá incluso la propia realidad, todo traicionado por un candil mal llenado.

La idea le provocó un dolor inaudito, mucho más intenso que el de sus heridas. ¿De verdad era digno de confianza? ¿Los Amos habían visto en él esa flaqueza? En un flash recordó las escaleras que ascendían al orbe de la cima del Campanario. Los Amos jamás le habían bendecido permitiéndole participar de la Ofrenda al Tiempo. ¿Acaso no confían en mí?, pensó emitiendo un gañido. Sin embargo no me han degradado: sigo entre los escogidos para dar la cuerda al Mecanismo Mayor. Aquella certeza le hizo recuperar parte de su confianza. Sí, los Amos consideraban que tenía la suficiente valía como para el cargo. No podía fallarles.

–Más te vale no defraudarnos a todos, viejo.

De nuevo regresaba la voz de Mareisha. Incluso allí, en las entrañas del complejo, la presencia de su esposa le seguía.

–No, mujer, no fallaré. Te lo demostraré. Se lo demostraré a todos, a los Amos. No os fallaré.

La mera suposición de defraudar a su Orden le llenaba de pavor. Pero no sólo temía traicionar a la tradición o a sus amos. Si fallaba entonces el Escritor…

Mejor no pensar en ello. Debía llegar. Llegar y hacer aquello que llevaba haciendo décadas, aquello para lo que había sido engendrado y adiestrado.

Mientras avanzaba, arrastrándose pulgada a pulgada por el suelo, rezaba para que el dolor de la mano llave cediera. Intentaba mantenerla en la espalda, protegida de todo roce o esfuerzo. Pero incluso así no acababa de extinguirse el fuego que ardía en ella.

Shregev se retorcía en el suelo ciego, buscando algo que le indicara en qué parte de la antesala se encontraba. Sublimaba los gemidos de dolor con súplicas apenas farfulladas: pedía a los poderes del Tiempo para que las falanges de la mano derecha se mantuvieran intactas. De ellas dependía para realizar las configuraciones apropiadas que abrían la puerta. Debería comprobar el estado de la llave. Necesitaba luz. En esa antesala había un armario similar al de la sala de vigilancia, lleno de candiles de emergencia. Shergev solo tenía que dar con él, encender uno y ver el estado de la mano. Pero antes debía llegar a una pared.

De improviso, al pensar en la alacena con los candiles de emergencia, el anciano sufrió un espasmo de terror. No, no podía suceder lo mismo dos veces en la misma noche. Shergev rezó porque los hermanos reponedores no hubieran actuado de manera tan inconsciente como en su sala de vigilancia.

–Por favor, ¡por favor! Que los candiles tengan aceite.

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