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La cuenta atrás del relojero (VII)

El Escritor. Curioso dios aquel, el Escritor.

Los amos habían transmitido a los relojeros la historia del Escritor generación tras generación. Durante una eternidad habían recalcado la importancia de impedir que la Maquinaria se detuviera:

–El Escritor narra al son del Reloj, escribiendo sobre el lienzo de tiempo que éste teje. Si el Reloj se detiene el Escritor dejará de relatar.

Así empezaba el prefacio de los Escritos de Mantenimiento. El manuscrito reposaba en la sala de Guardia Principal, en la planta baja de la Colmena Madre. Una burbuja de éxtasis lo preservaba liberándolo de los estragos de ese mismo tiempo que con tanto celo describía cómo generar. Con el paso de los milenios se había convertido en mucho más que un simple manual: había adquirido la condición de reliquia, un objeto tan venerado como el propio Escritor.

De pequeño el padre de Shergev le llevaba a menudo a contemplarlo. El chiquillo, como cualquier otro cachorro de relojero, observaba atónito el volumen flotando ingrávido en la pompa traslúcida. Las páginas ondeaban como mecidas por un viento invisible.

–Esa brisa que contemplas es la furia impotente del tiempo –decía su padre–, que no puede vencer el poder de los Amos y su burbuja de éxtasis.

El niño asentía crédulo. Ya mayor Shergev supo que ni la menor esquirla de tiempo atravesaba las paredes de la esfera. ¿De dónde surgía esa especie de viento? Sólo los Amos lo sabían, si de verdad lo sabían. Al menos ese conocimiento no lo compartían con sus lacayos.

Si el original de los Escritos escapaba a los estragos del tiempo inmerso en su burbuja, no ocurría lo mismo con sus facsímiles. Los siervos del Reloj los estudiaban desde que aprendían a leer. Así Shergev, como todos los miembros de la Orden, lo había memorizado al completo, hasta la última runa.

Pero esas enseñanzas quedaban huérfanas sin la presencia de los Amos. Aparte del reloj ellos constituían la base de la Orden. Ellos la habían instaurado, ellos habían modelado a los primeros relojeros, ellos habían diseñado las castas y repartido las tareas. Sin los Amos la Orden no hubiera podido existir.

Con el peso de los siglos su presencia se había vuelto brumosa, difusa.

Los Amos se dejaban ver cada vez menos por el complejo del Campanario. En opinión de Shergev transcurría demasiado tiempo entre visita y visita. Casi daba la impresión de que hubieran perdido el interés en el Campanario y el Escritor. El viejo relojero sospechaba que buena parte de la decadencia de la Orden se debía a que los Amos ya no constituían una presencia constante.

Shergev añoraba los días de su infancia. Por aquella época todavía no resultaba raro verles recorrer los laberintos del complejo. Figuras oscuras y silenciosas, supervisaban a los relojeros con ojo severo. El anciano anhelaba aquella sensación opresiva, el saber que tras cualquier sombra se podía ocultar un Amo. Sin ellos se sentía desvalido, abandonado.

¿Por qué se habían alejado de sus hijos? Quizá porque hacían bien, demasiado bien, su labor principal: mantener en perfecto funcionamiento el Reloj y darle tiempo y más tiempo al Escritor.

Ya no se necesitaban las otras habilidades de la Orden. Los tiempos de conquista, de gloria y terror con los que Efímera había sometido a medio plano se disiparon eones atrás. Los Vol–señores había perdido su impulso belicoso, languideciendo en sus mansiones mirando más a las alturas amenazadoras del volcán que a sus viejos dominios, al otro lado del mar. Y con ellos los propios Amos habían decaído.

Dar cuerda al Reloj, mantener satisfecho al Escritor. Eso bastaba.

Así, volcada en cumplir su función principal, la Orden se mantenía.

¿Qué sucedería si Shergev y los suyos fallaban y el Reloj Mayor se detenía? Esa pregunta se la habían planteado los relojeros a lo largo de las generaciones. Nadie lo sabía a ciencia cierta. Siempre que se la remitían a los Amos éstos esquivaban el tema:

–Para eso os hemos creado, para que jamás ocurra esa calamidad –respondían.

El padre de Shergev le narró lo que sucedió la última vez que un relojero se la musitó, lleno de pavor a un Amo. El Amo reaccionó oscureciendo el aire que le rodeaba, ofuscando su figura y envolviéndola de una capa de amenaza resplandeciente. El anciano recordaba cómo su padre temblaba ante el mero recuerdo. El amo había irradiado tal potencia que no hizo falta más respuesta.

La pregunta seguía en la mente de Shergaev, pero nunca se había atrevido a vocalizarla. Él se limitaba a cumplir con su misión. Debía someter su curiosidad bajo la disciplina moldeada por el pavor. Al puro estilo de Efímera.

Sin embargo el relojero no podía evitar su lado humano, dejando volar la imaginación.

Mientras se hundía escaleras abajo, hacia las entrañas de la Torre, regresaban a su memoria todas esas murmuraciones que había escuchado.

Generaciones y generaciones de sospechas y conjeturas, murmuradas con temor, procurando que jamás llegaran a oídos de los Amos. Entre ellas destacaba la que decía que el Escritor, al perder el impulso del reloj, destruiría del Códice de la Historia borrando la Realidad. Se creía que eso significaba anular el pasado, borrar el presente y condenar el futuro a la Nada. Reiniciar la existencia. O algo peor: desgarrar el mismo tejido de la Realidad arrojándola a las fauces de ese Olvido Primigenio del que nada regresa. Jamás.

–Y yo llego tarde –musitaba Shergev mientras descendía espoleado por el terror.

Sostenía con su mano izquierda el candil bien alto. La esfera de luz mordía la oscuridad. Su claridad revelaba una escalera que se retorcía en una interminable espiral. A medida que se adentraba en las profundidades la roca desnuda exudaba más y más humedad y el pasadizo se volvía más angosto. Los peldaños se sucedían –abajo, siempre más abajo– sin aparente fin.

Shergev había hecho ese recorrido miles de veces. Se sabía de memoria la forma de cada peldaño y sus hendiduras, la manera en la que la alfombra de humedad formaba charquitos o dónde creaba películas deslizantes y dónde no. Gracias a ese conocimiento se permitió acelerar el paso. Sus pies volaban sobre los escalones. El anciano relojero descendía en picado por la escalera, buscando con desesperación su meta en el fondo. Sus pies pisaban aquí y allí, buscando los apoyos seguros. No se equivocaba jamás, lo que le hizo acelerar más aún. Aun así de vez en cuando se apoyaba en la pared con la mano derecha. En aquellas profundidades la pared estaba tapizada de moho y musgo. A veces aplicaba demasiada fuerza y arrancaba desconchones negros y gelatinosos. Al cabo de unos minutos de descenso la suciedad le teñía no sólo la mano, sino que las salpicaduras manchaban de negro su librea. Shergev no se molestaba por ello: dar cuerda al Reloj Mayor y salir limpio resultaba poco menos que imposible. Además la suciedad le importaba nada y menos frente a la posibilidad de llegar tarde. Para arreglar ese estropicio estaban esos ociosos de la lavandería. No les vendría mal un poco de trabajo.

Había recorrido tres cuartas partes del descenso cuando la llama empezó a guiñar exhausta. Durante todo ese tiempo se había olvidado de que la había rellenado de manera tan apresurada.

–No, por favor –la voz de Shergev, encerrada en la escalera, sonó más ahogada y desesperada de lo que quería–. ¡No te apagues!

Pero el candil estaba agotando su combustible. Tras unos minutos de parpadeo por fin la luz desapareció. Shergev se encontró de repente sumergido en una oscuridad sólida.

–¡No!

El pavor le dominó. Todavía le quedaba mucho para llegar al fondo. Debería avanzar de memoria. Pero iba a tal velocidad… Debía frenar. Pero para eso debía apoyarse con fuerza. Obligado por la inercia dio otro paso más. Obligando a su memoria a funcionar a toda prisa tendió el pie para colocarlo donde el hábito le decía que estaba la zona más firme, la parte central del escalón. Acertó. Hizo que la pierna recibiera buena parte de su peso, lo que redujo un poco la velocidad. Pero no lo suficiente. Tuvo que dar un nuevo salto. Buscó un segundo apoyo. Adelantó el pie. Esta vez la memoria le decía que debía apoyarse un poco a la derecha, donde el escalón se había agrietado. Notó cómo la puntera de la sandalia tomaba contacto con la roca. Se apoyaba en ella y… resbalaba. Durante un instante infinitesimal se dio cuenta del error: su pie se había desviado apenas una pulgada de la zona segura. No hacía falta más. La suela de cáñamo embreado resbaló arrojándole a una oscuridad mucho más aterradora que esa en la que estaba sumergido.

En un primer momento los gritos de Shergev sofocaron el sonido de los tumbos y golpes. Sus músculos y huesos recibían los golpes contra las paredes y los peldaños, arrancándole bufidos de dolor. Rodaba sobre sí mismo al tiempo que se deslizaba escalones abajo. Más rápido, cada vez más rápido. Todo ello entre una retahíla de quejidos y gemidos.

Sin embargo, a medida que iba ganando velocidad su voz acabó por desaparecer. El anciano siguió precipitándose sin freno por las escaleras. El dolor, aquella realidad tan terrible pero inherente a Efímera, había acudido en su auxilio sumiéndole en la inconsciencia.

La caída prosiguió. El cuerpo desmadejado del relojero emitía chasquidos apagados acompañados de sonidos de desgarro: los huesos se quebraban como pajas emergiendo a través de la piel. El corazón de Shergev dejó de seguir el ritmo de su reloj interno para acompasarse a esos crujidos.

Y siguió cayendo. Y cayendo.

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La cuenta atrás del relojero (VI)

La oquedad descubría sin el menor pudor el interior del Campanario. Una vez atravesados los muros (lienzos gruesos como dos hombres con los brazos extendidos) se entraba en una especie de cueva artificial, espaciosa, fresca y casi agradable.

Aquel espacio resultaba inaccesible a la mayoría de los habitantes de Efímera. Para ellos visitar el interior de la torre significaba contemplar las bambalinas de uno de los poderes de la ciudad. Pero para los miembros de la Orden de Relojeros ese lugar tenía otros significados. Para ellos el Campanario y sus entrañas constituían uno de los espacios más sagrados, al mismo tiempo que uno de los más anodinos debido a la asiduidad con la que lo frecuentaba.

El interior del campanario podía recordar a una chimenea descomunal, una especie de columna hueca de más de treinta brazas de radio, y que se elevaba en un vacío poco menos que infinito. A los neófitos les solía causar una sensación de vértigo, reforzada por la manera en que los sonidos reverberaban en las paredes circulares: el menor susurro generaba ecos que ascendían hacia las alturas. Daba la impresión de que huían de sus emisores… o de que corrían a chivarse al reloj y a la entidad que trabajaba tras él, el Escritor.

Pero el interior del torreón no estaba del todo vacío: justo en su centro se erguía una gruesa columna. A intervalos regulares emergían de ella arbotantes que como ramas espirales se desplegaban abrazando el interior de la fachada. El pilar parecía una suerte de columna vertebral, consistente en una acumulación de sillares cilíndricos ciclópeos de roca blanca, que a más de uno se le hacían demasiado similares a vertebras. Por si solo sostenía la mayor parte del peso de la estructura. Labrada en los sillares, formando un voladizo continuo, ascendía una amplísima escalera en espiral. Poseía tal anchura que podían ascender por ella sin el menor problema diez hombres alienados en fila, hombro con hombro. La escalinata ascendía y ascendía sin el menor descanso, perdiéndose en las entrañas de la torre. Cada vez que Shergev pasaba ante ella sentía una punzada de fracaso. Una vez al año, en la ceremonia de La Ofrenda al Tiempo, recorrían la escalera los más altos dignatarios de la ciudad, con el alcalde y el Sumo Prelán al frente. La celebración se prolongaba duraba una semana entera, el tiempo imprescindible requerido para ascender al orbe del Reloj Mayor, realizar el sacrificio y luego descender. Desde crío Shergev había soñado con formar parte de ese séquito. Pero el acompañar a los Poderes en su humillación ante el Reloj estaba reservado sólo a unos pocos relojeros, los más afamados. Él, incluso en esos tiempos de degradación de la Orden que le había tocado vivir, y a pesar de haber dado toda su existencia al Reloj Mayor y su mecanismo, no estaba entre esos elegidos.

Para él sólo existía la otra escalera, la ascendente. Esa, mucho más humilde y estrecha, se hundía hacia las entrañas del Campanario. Sus primeros escalones empezaban justo en la sombra de la escalinata, oculta tras ella. Hacia abajo, siempre hacia abajo. Recorriéndola se llegaba al Mecanismo Mayor. La maquinaria trabajaba en el mismísimo corazón rocoso de la ciudad, protegida de toda desgracia. Entre sus engranajes se combinaban lo mecánico con lo místico, de tal manera que generaba las energías que alimentaban tanto al Reloj Mayor como al complejo en sí mismo.

El relojero, sin apenas frenar su carrera, se lanzó hacia esa escalera. Sabía que, por mucho Poder y Gloria que recorrieran el tramo ascendente, todo dependía de lo bien que funcionara lo que había bajo tierra. En las alturas brillaba el Alma iluminando el mundo, pero en el subsuelo el Corazón latía bombeado energía y tiempo.

Shergev invocó la luz para su candil al sumergirse en la negrura. Su mano derecha acarició el broche cosido en el chaleco de su librea, justo sobre su corazón. Al hacerlo murmuró una plegaria más antigua que la propia Orden. El broche respondió conjurando una llama en el extremo del candil. La luz reveló unos empinados peldaños constreñidos entre paredes. La escalera estaba labrada en la roca viva y carecía de todo ornato. Ni siquiera contaba con un pasamano. Estaba destinada sólo para el uso de los propios relojeros, por lo que no requería el menor adorno: sólo debía resultar funcional.

En la superficie de cada uno de los escalones se apreciaban dos zonas hundidas, desgastadas y pulidas, consecuencia de los incontables pies que las habían pisado a lo largo de las generaciones. Cada cierto tiempo, siglos, había que renovar esas losas. El anciano sabía que las actuales debían haberse repuesto hacía ya años, pero por alguna razón que sólo el Escritor sabía esa obra no se había realizado.

La Orden se degradaba más y más…

A medida que la escalera se hundía la humedad aumentaba. El relojero no había descendido un centenar de peldaños cuando una pátina resbaladiza ya los recubría. Un pie inexperto podría pisar en falso con facilidad y acabar precipitándose hacia el fondo invisible, pero Shergev llevaba realizando ese descenso desde que tenía memoria: sabía dónde, cuándo y cómo pisar. Por si acaso mantenía alzado el candil con su mano izquierda. Así observaba los escalones, buscando algún cambio respecto a la última vez.

El anciano descendía lo más rápido que podía. El haberse dormido, junto a la pérdida de tiempo rellenando el candil, le había hecho retrasarse demasiado. Por ello se hundía en las escaleras pisando los escalones de dos en dos, incluso de tres en tres. Para asegurar su descenso se apoyaba en la pared con su mano llave. A ese ritmo llegaría al fondo en menos de quince minutos. Así dispondría de tiempo de sobra para cumplir su misión: abrir los siete candados y dar cuerda al Reloj, todo ello para que el Escritor siguiera recibiendo flujo de tiempo sobre el que escribir.

La cuenta atrás del relojero (V)

Al fin llegó a la planta baja. El enorme portal le recibió con un coro de ecos vacíos. Al otro lado del hueco desnudo de la puerta desplegaba el patio mayor del complejo del Campanario. Aquella noche ninguna luna pendía sobre la ciudad. Al contrario, un velo de nubes ocultaba todas las estrellas sumiendo Efímera en unas tinieblas densas, casi tangibles.

Shergev giró la cabeza hacia la derecha buscando la silueta de la ciudad al otro lado del muro que demarcaba el complejo. Aquí y allí, formando un enrevesado collar de fuego, divisó numerosos resplandores. Titilaban contra el telón del océano, casi tan oscuro como el mismo cielo. Cada uno de ellos marcaba la presencia de uno de los templetes que coronaban las mansiones más importantes. Aquella noche de negrura intensa servía de telón perfecto para prender fuegos propiciatorios.

Una ráfaga de brisa acarició el rostro del anciano. Llegaba cargada de la frescura salina del mar, ciudad abajo. Pero junto a ese aroma delicioso y natural acarreaba otro no menos agradable para Shergev, un olor característico de las noches veraniegas como aquella. Ascendía las colinas de la ciudad en forma de hebras de humo imperceptibles.

El anciano respiró un poco más hondo, paladeando la brisa. Sí, ahí estaba, punzante y especiado: el aroma de la carne humana consumiéndose, quemándose en los centenares de fuegos que salpicaban la noche de Efímera. Durante un instante el anciano se dejó llevar y por los recuerdos: los oficios a los que había acudido con su padre, cuando los prelanes ocupaban la plaza mayor de la ciudad y purificaban a los esclavos a través de la consunción y el posterior fuego. Alzadas por las piras, las columnas de cenizas se elevaban formando una sexta torre rivalizando con las de la catedral. El pilar acababa por fundirse, allá en las alturas, con la celda dorada y su ocupante. Porque para él se realizaban todos los sacrificios, para que supiera que la ciudad seguía a sus pies, desafiando su poder pero al mismo tiempo brindándole almas.

Los oficios. Sangre derramada, carne mutando –consumiéndose–, huesos calcinándose. Y, destacando sobre todo, los gritos. El viejo relojero prestó atención. Sí, allí estaban, cabalgando la brisa nocturna. Aullidos, alaridos, gemidos. Súplicas y maldiciones, la esencia de los tormentos, la furia rebelde de los sacrificados. Shergev no pudo evitar esbozar una sonrisa satisfecha. La vida en la ciudad proseguía su curso, retorcido y sangriento, ajena a la decadencia de su Orden.

Pero él debía cumplir con su misión, dar la cuerda al Mecanismo Mayor.

La brisa arreció por momentos llenando el patio de olores y sonidos. La capa de nubes cada vez se volvía más densa. Se acercaba una galerna. Peligro.

Aceleró el paso.

Shergev apenas veía donde ponía los pies, aunque tampoco lo necesitaba: había realizado ese mismo camino millares de veces, tantas que podía recitar de memoria las runas que pisaba y en el preciso orden en el que lo hacía. El complejo del Campanario se articulaba en torno a una gran explanada. Su suelo estaba embaldosado por losas en forma de reloj de arena engarzadas entre sí, unas grises claras y otras de un tono oscuro azabache. En cada una de ellas había grabado un reloj, todos distintos y únicos. Dentro de ellos, desmoronándose junto con la arena, había una palabra: un ideograma. De esa forma el suelo del patio componía una especie de libro formado por miles de conceptos. El conjunto creaba una suerte de metáfora de la enormidad del tiempo y de cómo cada instante tiene su valor único e irrepetible.

Pero en aquel momento toda esa alegoría carecía del menor interés. El anciano siguió adentrándose en la negrura del patio, sólo pensando en hacer su trabajo.

El Campanario se alzaba justo enfrente de la Colmena. Shergev se abalanzó hacia aquel, consciente de cómo pasaban los segundos. Mientras corría le vino a la mente un extracto de Los Escritos:

“El tiempo lo es todo. El tiempo es narración. El fluir de las palabras en el río del tiempo se vuelve canción, se vuelve realidad. Sin el tiempo la realidad carece de sentido, se desvanece.

Y toda la realidad se podría colapsar si un simple relojero no cumple con su misión.”

–Corre, viejo haragán.

Las palabras brotaron de sus labios, pero sabía que tras ellas estaba Mareisha. Su mujer… o más bien su recuerdo, su influencia. De repente notó cierto calor en su rostro. ¿Se estaba ruborizando? Pero ¿de qué? ¿Por qué? ¿Vergüenza? ¿Irritación? Sólo se le ocurrió responder en voz alta:

–Calla, mujer. Ya te daré yo. En la cena.

Una nueva campanada atrapó a Shergev en medio de la explanada. Sin detenerse alzó la mirada buscando el origen del sonido. Un resplandor blanquecino y pulsante hendía la oscuridad muy por encima de su cabeza: el ojo luminiscente del reloj. El orbe coronaba el campanario a una altura sólo superada por la aguja central de la catedral. Todo un simbolismo: el reloj y el poder que albergaba nada más rendían pleitesía ante el dios enjaulado.

Pese a la presencia señorial del Campanario Mayor el complejo evidenciaba una decrepitud casi dolorosa. La torre se alzaba todavía desafiante, sí, pero al mismo tiempo agrietada y sucia. El resto de edificios que la custodiaban (el archivo, el domo de consunciones, los cuarteles, así como otras construcciones) tenían peor aspecto. Sus fachadas apenas se sostenían. La de los cuarteles, que siglos atrás habían servido de residencia eventual de los Amos, se había desmoronado mucho antes del nacimiento de Shergev. Las obras para reconstruirla apenas habían servido para demostrar la falta de energía de la Orden. Ésta se retorcía agonizante, un simple espectro de lo que representó en otra época.

Shergev maldijo por haberse puesto a leer esa vieja crónica. Le había hecho soñar, revivir los tiempos pasados, y hacerlo con tal intensidad que todavía creía saborearlos.

–Un carcamal que se regodea en los tiempos pasados. Como tú, viejo.

La voz de Mareisha parecía no querer callar. Demasiados años juntos, pensó el relojero. He llegado a interiorizarla de tal manera, a hacer mía su manera de pensar que incluso aquí, lejos de ella, su presencia me persigue.

No había tiempo que perder. Con un gesto de la mano se deshizo de la presencia molesta de su mujer y siguió corriendo hacia el Campanario. La figura maciza del edificio se elevaba como una descomunal columna. Recto y carente por completo de ventanas, su silueta se perdía en la oscuridad de las alturas como si no acabara nunca. Sólo la lejana de la esfera del reloj anunciaba su cima, topada por un espigado chapitel de pizarra verdeazulada, invisible esa noche.

Shergev sabía que desde la lejanía el Campanario tenía un aspecto muy diferente. Formaba parte de la silueta inconfundible de Efímera, un cono de paredes de suave pendiente; de noche se convertía en un punto de referencia poco menos que vital para los barcos que buscaban el abrigo de la bahía. El Campanario, la catedral, el faro nuevo, las Agujas de los Aullidos, el mismísimo volcán… Numerosas formas se repartían por la ciudad dándola esa personalidad, edificios que parecían luchar entre ellos por ganar la atención del espectador. La del Campanario no se asemejaba a la de sus rivales. Su fachada (sobria y marmórea) estaba dotaba de una simpleza absoluta que contrastaba con las formas recargadas de la cercana catedral. Tampoco poseía la ondulante y húmeda esencia de las Agujas, y sin duda no albergaba ese embrión de perenne amenaza de Thothkar–Naa, el volcán que presidía la estampa de Efímera. El campanario sólo regalaba tiempo a la ciudad, sólo marcaba las horas de tal manera que siempre el Escritor tuviera papel sobre el que narrar.

Humilde pero de importancia vital.

En él sólo destacaban dos rasgos. Por un lado una esfera que derramaba un torrente de tiempo sobre la ciudad; por otro una puerta en su base, desnuda y sin hojas salvo por el marco adornado con figuras recargadas, que daba acceso a sus entrañas. Nada más. Hacia ella se dirigía Shergev.

La cuenta atrás del relojero (IV)

El pasillo, mal iluminado por hachones dispersos aquí y allí,  tenía el aspecto de una caverna, lúgubre y nada acogedor. Shergev empezó a recorrerlo escuchando cómo sus pasos reverberaban en las paredes.

Soledad. Cuanta soledad hay aquí.

Se obligó a no pensar de esa manera.

Las escaleras estaban al fondo. Antes de llegar a ellas debía pasar junto a la puerta de las cocinas. La hoja estaba entreabierta, derramando por el hueco una cascada de luz cálida.

–Salgo. Ya sabes que me toca descender.

–Sí, sí –Mareisha se acercó a la puerta y asomó la cabeza. Traía consigo una vaharada blanquecina de calor, humedad y aromas. La atmósfera saturada de la cocina parecía multiplicar las arrugas que surcaban su cara. Cuando la nube se hubo disipado la anciana siguió hablando con gesto irritado–. ¿Pero no vas un poco justo de tiempo?

–Los candiles estaban sin rellenar –Shergev sabía que eso sonaba a excusa, pero ¡qué demonios!, era la verdad. La anciana le miró extrañada, por lo que insistió–. Sí, todos.

El ceño de Mareisha se frunció más aún.

–Si veo a Asharnia se lo diré. No se puede descuidar algo tan importante.

–Pero eso hazlo tú. Yo me voy ya. Como se me agote la luz en plena tarea…

–Razón de más para que te apresures –rezongó la mujer–. Están dando las doce y todavía sigues aquí. ¿Deseas que el Escritor se detenga, haragán?

La imagen regresó a Shergev, que retorció los dedos de su mano izquierda en un signo de protección.

–¡Ni lo nombres!

Como para enfatizar su grito en ese preciso instante sonó una nueva campanada. Ambos ancianos volvieron la cabeza hacia el origen del sonido. “Mientras el reloj habla todos han de escuchar”. Así se les había enseñado desde pequeños. Aguardaron respetuosos a que el sonido se extinguiera. Sólo entonces la mujer dijo:

–Baja ya mismo hacia la Maquinaria, so holgazán. Para cuando regreses ya estará preparada la cena. ¡Sal, viejo!

Con esto Mareisha dio por acabada la conversación, girándose y perdiéndose cocina adentro. Shergev odiaba esa sensación que le dejaba la mujer, como si ella tuviera siempre la última palabra. ¡Y además con ese tono! Ambos tendrían unas palabras luego, en la cena.

–Mujer. Condenada mujer –farfulló Shergev mientras seguía adentrándose en el pasillo–. Cuando regrese me vas a oír. Te voy a dar cena. ¡Anda que si te la voy a dar!

Aceleró el paso. Su respiración iba dejando un rastro de pequeñas nubes de vaho. Ya no tenía edad para esas prisas. Se sabía más lento, y sus piernas habían perdido la elasticidad de la juventud.

La voz de la mujer resonó en su cabeza:

–Haragán. Viejo haragán.

Aunque nunca le admitiese que se había quedado dormido, Shergev estaba seguro de que ella lo sabía. Incluso encerrada en la cocina parecía enterarse de todo. Llevaban décadas juntos. En ese tiempo el relojero había llegado a creer que entre ambos se había creado un vínculo especial, poco menos que mágico. Si no no se explicaba cómo ella, con una simple mirada, podía descubrir más que lo que él mismo creía saber.

Sí, ella estaría enterada de su cabezadita.

Se estaba haciendo viejo, y entre los achaques estaba el de la somnolencia. Un sopor además agravado por leer ese tipo de libros, teñidos de Voluntad.

Estaba envejeciendo, sí. Y no le gustaba. Esa decrepitud le arrastraba a cometer deslices como el de esa noche. Pero jamás, jamás, lo admitiría ante ella. Al fin y al cabo ¿qué sabía ella de esa responsabilidad? Su puesto, como el resto de mujeres de relojeros, estaba lejos de la Torre. Desde siempre las mujeres habían quedado relegadas a tareas de logística o mantenimiento menor, jamás en contacto directo con las Voluntades que dormitaban dentro de los Mecanismos. Y, por supuesto, no podían acercarse a las entrañas del Campanario Mayor. En otras palabras, las mujeres ignoraban lo que suponía enfrentarse a Los Poderes. En tales circunstancias ¿se atrevían a censurar a sus maridos, los auténticos relojeros?

Sí, en la cena la dejaría las cosas claras.

A medida que descendía el frío se intensificaba en las escaleras, tanto que el aire parecía crepitar. Tiempo atrás, con la Colmena llena, hubieran estado concurridas día y noche. Entonces el simple trasiego de los miles de relojeros caldeaba el edificio; ahora, con apenas un par de centenares en activo, el complejo se asemejaba más a un enorme panteón que a un hogar.

Mientras Shergev descendía los diez pisos que le separaban del patio sonaron una par de campanadas más. El Reloj le urgía a moverse.

Un relojero llegando tarde, pensaba. Imperdonable.

La cuenta atrás del relojero (III)

–Maldición –la palabra surgió de su boca sin apenas energía, vencida antes de nacer. Debería apañárselas rebañando los restos de aceite. Cogió el candil que parecía estar más lleno y lo colocó sobre la mesa.

–Espero que Mareisha lo comprenda –musitó mientras palpaba en los bolsillos de su librea. Al fin encontró lo que buscaba: un pañuelo de seda de un dorado un poco menos intenso que su uniforme. Con él se envolvió un dedo y empezó a rebañar un primer candil. El aceite estaba poco menos que solidificado por el frío. No fluía. Incluso parecía resistirse a salir, como si tuviera Voluntad propia. Apenas logró reunir una cucharada antes de darse por vencido y pasar a otro.

Había repetido la operación con otros cuatro cuando sonó una nueva campanada. El tiempo pasaba y él no había partido hacia su destino.

–Joder, si Asharnia hubiera hecho su trabajo… o avisado a cualquier oleador. Porque todavía quedan, ¿no? Joder –repitió sin apenas convicción. ¿De qué servía quejarse en medio de aquella soledad? En su turno ya sólo quedaban su mujer, él y dos parejas más. Los otros turnos tampoco contaban con mucho más personal. La Orden de Relojeros estaba bajo mínimos.

Agonizaba, como una bestia moribunda.

Las palabras emergieron en la mente de Shergev acompañadas de una intensa sensación de pérdida. ¿En qué había quedado la Orden poderosa que describían las Crónicas? ¿Qué sería de ella en un futuro? ¿Qué pasaría con El Escritor si al final nadie daba correa al Reloj?

No quería imaginarlo. Shergev notó cómo algo le desgarraba las entrañas. El Escritor, libre. Sin la Orden y su trabajo se quedaría sin flujo de tiempo para escribir. La idea de un Escritor ocioso se le hacía inconcebible. Shergev sufrió una convulsión. ¿Qué pasará con nosotros, pensó aterrado, con toda Efímera, cuando no haya nadie para vigilar el Mecanismo y así dar tiempo al Escritor?

El Escritor, libre.

El concepto le abrumaba. Empezó a temblar, tanto que el candil se le cayó al suelo. El golpeteo del metal contra las baldosas tejió una tímida imitación de los tañidos del Campanario.

Necesitaba calmarse. No podía permitir que su mente divagara por esos caminos.

Eso no sucedería nunca. O al menos no en su vida. El Mecanismo no fallaría, el Escritor dispondría de tiempo para seguir con su tarea.

Pero para eso debía cumplir su trabajo, bajar al Mecanismo Mayor y darle cuerda. No podía perder más tiempo. Shergev volvió a guardarse el pañuelo en bolsillo del chaleco y cogió el candil en el que había ido acumulando el óleo. Los pegotes de aceite apenas habían servido para llenar el candil a medias.

–Eso deberá bastar –se dijo con un hilo de convicción.

Dio la espalda al armario, por fin dispuesto a salir de la sala. Notaba sobre sus hombros un peso enorme. No sólo la edad: también la amargura de ser demasiado consciente de la degradación de la Orden.

Shergev se enfrentó a la soledad de la sala de vigilancia. Con los rescoldos casi apagados sólo la llama de la palmatoria vertía un poco de luz. En esas tinieblas la estancia parecía un lugar fantasma, muerto. Y pensar que siglos atrás ese tipo de salas, distribuidas de manera estratégica por toda la Colmena, constituían auténticos centros neurálgicos… En otros tiempos todos los escaños, ahora polvorientos, hubieran estado ocupados. En torno a la mesa se sucederían las discusiones y los debates, las chanzas y los cotilleos. Vida, colorida y energética. Ahora ni siquiera se adivinaba un recuerdo fantasmal de los antiguos dueños de los asientos, sólo capas de polvo sobre la mayoría de éstos.

Sacudiendo la cabeza Shergev empezó a rodear la mesa camino de la salida. Sobre ella quedó el volumen: ya lo devolvería luego a la biblioteca. Alzó la vista hacia los tapices que decoraban los muros. Antiguos y gruesos, ahora mugrientos por la falta de cuidados, pendían de las paredes cubriéndolas casi en su totalidad. Representaban hechos históricos de Efímera en los que la Orden de Relojeros había tenido un papel relevante. La conquista de Margandre, el expurgado de los pantanos de Aguasnegras, lo autos de fe bajo Sedric LXII… Versiones visuales de las crónicas. Por ellos, por su recuerdo, Shergev seguía haciendo orgulloso su trabajo.

–Vamos allá –dijo acariciando el enorme broche prendido al pecho de su librea, emblema de su condición de Relojero Mayor.

La cuenta atrás del relojero (II)

Todavía medio amodorrado, el viejo relojero se dirigió a la alacena de los candiles. Caminaba con movimientos mecánicos, rígidos. Lo años pesaban en su cuerpo por más que lo negara.

Me estoy convirtiendo en una versión viviente de las Crónicas, pensó, un volumen apergaminado que sólo sirve de recuerdo de épocas mejores.

Había recorrido ese camino innumerables veces, de su escaño al estante. Durante horas y horas se había sentado en esa misma sala, esperando las campanadas. En su juventud las vigilias se disfrutaban en compañía, rodeado de camaradas. Muchas veces la tarea de dar cuerda se hacía en parejas, entre chanzas y risas. Pero ese sentimiento de hermandad se perdió décadas atrás. Con el paso de los años la Colmena se fue vaciando. Ahora apenas se encontraba con alguien.

Cómo cambian las cosas. El pensamiento le produjo un ramalazo de tristeza, que alejó de sí con un movimiento de cabeza.

El paso del tiempo le había sumido en una soledad obligada, pero incluso así el hábito y los recuerdos tienen su propio peso. No por nada había pasado gran parte de su vida sumido en la misma rutina. Esperar el sonido sentado en su sitio, ya charlando con otros compañeros, ya leyendo o tallando madera, uno de sus entretenimientos desde que le permitieron manejar cuchillos. Cuando el Reloj Mayor lo anunciaba con su tañido levantarse y rodear la mesa, caminar esa treintena de pasos que le separaban de la estantería –la misma de siempre, que llevaba a saber cuántas generaciones enmarcando la chimenea– y recoger uno de los candiles. Tal y como le dijera su padre con voz amable, y le enseñara con gesto severo su instructor (el viejo Gronsha), para acudir a dar correa al Reloj Mayor nunca debía coger una lucerna sino un candil: la lucernas, mucho más frágiles y pequeñas, sólo se usaban para misiones más cortas y de menos importancia. Con la lámpara lista partía hacia el Patio, escaleras abajo. Y de allí al Campanario.

Así durante años y años.

El anciano se plantó ante la estantería. El mueble tenía forma de U invertida, enmarcando el hueco de la chimenea. Pese a su antigüedad las maderas nobles con las que estaba elaborado seguían luciendo un aspecto nuevo y lustroso.

No como yo, pensó Shergev con amargura. Se notaba, se sabía demasiado anciano. En la última fase de su vida.

Pero tanto la estantería como las lucernas y los candiles  que contenía parecía atemporales.

Bajó la mirada hacia la chimenea. El fuego había muerto, reducido a un lecho de brasas agonizantes. Incapaz de caldear el cuarto, la temperatura había bajado hasta hacerse poco menos que insoportable. Pero el uniforme de Shergev le había abrigado tan bien que apenas había notado el frío.

Los estantes de la alacena estaban llenos de candiles y lucernas, unos y otros separados en baldas alternas. Las lucernas, elaboradas con arcilla cocida, tenían el aspecto de pegotes oscuros y densos a la luz ínfima de la palmatoria. Por el contrario las formas bruñidas y desgastadas de los candiles de latón emitían destellos metálicos. Shergev tampoco necesitaba verlos. Se sabía de memoria las baldas que ocupaban así como la forma en que estaban colocados.

Las normas están para algo, pensó satisfecho.

Una de esas normas de los Relojeros determinaba cómo debían colocarse los candiles en su armario: Alienados y con las manillas apuntando hacia el exterior. Shergev tendió la mano a la más baja de las baldas. Siempre empezaba así, de abajo a arriba, de derecha a izquierda. “La disciplina y el orden constituyen las bases de todo progreso”. Así se lo había dicho su padre, Marghev; él había seguido la norma al pie de la letra. Shergev se enorgullecía de mantener las costumbres, de preservar las tradiciones.

–Sin recuerdos, sin memoria, el paso del tiempo se convierte en pura y absoluta destrucción, la antítesis de la civilización –solía decir su padre.

Shergev sopesaba el primer candil cuando una nueva campanada empezó a resonar por todo el edificio. Apenas pesaba: estaba vacío. Aquello no le gustó nada; le parecía una auténtica falta de respeto. Tendría que hablar con Asharnia, el relojero del turno anterior.

Pero el rapapolvo debería esperar: la Maquinaria Mayor le llamaba.

Cogió otro candil. Y luego otro, y otro. Todos secos, o casi. Empezó a mascullar, cada vez más irritado. Cuando vio que superaba la decena de candiles vacíos se decidió por comprobarlos todos. Tenía tiempo de sobra. Cogía uno a uno los candiles y los sopesaba. A medida que iba progresando sus sentimientos cambiaban: el poso de añoranza melancólica que le había dejado la lectura se iba tornando furia. Así, con pequeños detalles como aquel de los candiles, la Casa había ido degenerando. En lo más nimio está la clave de lo más grande.

Una vez repasados todos los candiles dio un par de pasos atrás y respiró hondo.

–Mierda.

A Shergev no le gustaba hablar mal, menos aun en ese sitio tan importante como aquel. Pero no pudo evitarlo: todos los candiles estaban con un nivel ínfimo de aceite. Algunos incluso sonaban a secos

–Por el mismísimo Escritor, ¿nadie rellena los condenados caniles? –gritó mientras sacudía el último. No contaba con este contratiempo. Las ordenanzas dictaban que siempre debía existir en cada sala de guardia un mínimo de una estantería llena de candiles listos para su uso. El depósito de combustible quedaba en los sótanos del edificio, a once niveles de ahí. No podía perder tiempo en ir a por un odre de óleo. Aparte, Shergev pertenecía a la casta de Relojeros Correeros Mayores, dedicados casi en exclusiva al mantenimiento del sistema de engranajes del Reloj Mayor. Su tarea poco tenía que ver con la de un dispensador de óleo.

Pero las campanadas habían empezado. El tiempo corría en su contra: el Engranaje Mayor exigía su presencia. Shergev se debía en cuerpo y alma al mecanismo. Y, por supuesto, a preservar la Obra del Escritor.

La cuenta atrás del relojero (I)

El tañido arrancó a Shergev del duermevela en el que había caído. Espantado, creyó sentir cómo retumbaba el sonido por todo el edificio, reverberando por los pasillos y las estancias casi con la misma intensidad con la que latía alocado su corazón. El anciano relojero se había quedado traspuesto mientras leía un volumen de Crónicas. Todavía con el susto en el cuerpo, Shergev miró a uno y otro lado. Nadie a la vista. Menos mal, pensó mientras emitía un suspiro: nadie le podría recriminar su falta de profesionalidad. Con los ecos de la campanada todavía diluyéndose en las entrañas de la Colmena, el relojero se desperezó.

Se sentía pesado, lento. No le gustaban esos despertares tan bruscos. Pero, la verdad sea dicha, él no estaba allí para echar cabezadas. Sólo tras frotarse los ojos, todavía adormilado, se dio cuenta de lo mucho que se había consumido la vela de la palmatoria. Entonces la realidad le abofeteó.

–La campanada… ¡Las doce! –Dijo con un grito ahogado–. Por el Escritor, son las doce de la noche ¡y me he dormido en plena vigilia!

La llama derramaba una luz trémula, una esfera de claridad tan ínfima que ya ni siquiera permitía leer. La chimenea, al otro lado de la estancia, tampoco alumbraba nada con su montaña de rescoldos agonizantes.

Debía aligerarse. La campanada lo exigía.

Iba a cerrar el volumen cuando sus ojos volvieron a posarse en las páginas. La letra cursiva, de estilo arcaico, llenaba la superficie en sus tres cuartas partes. El resto lo formaban pequeñas pero delicadas ilustraciones, constreñidas entre el texto. Desde siempre había sentido atracción por esas viñetas. Shergev no pudo evitar volver a fijarse en ellas. Le parecían hermosísimas, preñadas de detalles, dotadas de tal riqueza que uno creía poder saltar dentro.

–No. Debo resistir –se dijo a sí mismo. Al hablar se dio cuenta de que su hálito formaba nubecillas blancas. Hacía demasiado frío. El relojero contempló durante un instante la pequeña forma vaporosa. Ésta tembló, como si crepitara con los últimos ecos de la campanada, para acabar por disgregarse a algo más de un codo de su rostro.

Shergev cabeceó molesto. Aquello no estaba bien, quedarse embelesado por semejante nimiedad. Debe tratarse de los efectos de la lectura, convino en silencio. Sabía que esos volúmenes no estaban impresos siguiendo el método tradicional sino haciendo uso de Voluntades. Por ello no extrañaba que entre sus páginas quedara un diminuto resquicio de poder. Las telarañas de Voluntad remanentes podían hacer de la lectura una experiencia peligrosa, absorbente. Sobre todo para lectores emotivos como él. El viejo relojero solía armarse con un escudo emocional para evitar caer en esas redes, pero no siempre lo lograba. Así había acabado sumergido en las ensoñaciones, viviendo de una manera intensa y sensorial lo que el libro narraba.

Por fortuna el tañido había roto el hechizo. El anciano cerró el libro.

–Ya habrá otra vez –dijo con cariño. Sabía que sí, que volvería a leer el volumen. La biblioteca de la Orden de Relojeros poseía miles como ese, la crónica de más de un millar de generaciones.

Pero ahora debía olvidarse de ellos: el eco del Campanario había cedido paso al silencio, iniciando la cuenta atrás. Debía ponerse en marcha. Su trabajo le esperaba: dar cuerda a la Maquinaria Mayor.

–Luego te devuelvo a tu sitio –le dijo al libro.

Eso: ya lo harás luego, soñador. Shergev creyó escuchar la voz de Mareisha, su mujer, dentro de su cabeza. La anciana solía recriminarle su tendencia a fantasear, a dejarse llevar por la melancolía. Un soñador, Shergev –solía concluir señalándole con su índice–. No eres más que un soñador. A esas alturas, ya encanecidos y achacosos los dos, él tendía a ignorarla, aunque siempre le quedaba cierto soniquete molesto rondando la cabeza.

El silencio de la cámara poseía cierto matiz agonizante, decrépito.

–­Debería dejar de leer estas viejas crónicas –admitió mientras se levantaba del escaño, cogía la palmatoria y rodeaba la mesa.

Aficionado a la lectura desde que tenía memoria, a lo largo de los años había acabado convertido en todo un erudito de la historia de su Orden. Eso le convertía quizá en el relojero más consciente de la degradación de su estirpe. Su antiguo poder se había difuminado con el paso de los siglos, convirtiendo a la Orden en una sombra, una parodia de sí misma. Aquellos taumaturgos capaces de dominar el tiempo, retorciendo la realidad a su gusto, se habían perdido en la bruma del pasado. Ahora sólo quedaban efigies cubiertas de musgo dispersas por la ciudad. Eso y los edificios mastodónticos, convertidos en esqueletos casi vacíos, del complejo del Campanario. Sólo éste, junto al Reloj Mayor que lo coronaba, mantenía todo su poder: crear tiempo para que el Escritor siguiera narrando la Realidad.

Un reloj al que había que dar cuerda cada doce horas. Y eso tenía que hacer Shergev en aquel turno. ¿Qué hay más importante para un relojero que cuidar del reloj?

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