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El taller, día 4: ‘La lucha de la carne’

No hay hola.

Cuarto texto que redacté para el taller. No lo puedo negar, tras el anterior ‘En tus labios, la súplica carmesí’ busqué un texto mucho más provocativo. Pero había que hacerlo ajustándose a la siguiente premisa: en algún lugar del texto debe aparecer la frase «el hombre voluptuoso es el único que puede ser feliz», y el relato no debe superar la 400 palabras.

Admito que la frase está metida bastante a piñón, sí. Pero creo que lo que buscaba, generar un efecto repulsivo, o incluso shock, está logrado. Sobre todo teniendo en cuenta que el auditorio (los compañeros de taller son lectores de ficción costumbrista, casi todos de edad avanzada y algunos de ellos mujeres, abuelitas inclusive) no estaba acostumbrado a este tipo de textos.

Aviso: el texto posee un final bastante desagradable no apto para menores, ni para muchos adultos. Y por supuesto que no voy a hacer ni caso de comentarios feministas ni antiviolencia. Basta decir que yo jamás haría algo así, por supuesto. Pero eso no quita para escribir ficción en la que los personajes hagan eso. Y cosas mucho peores.

 

No hay adiós.

PD: Sí, sé qué día es hoy, y me da igual: no admito censuras, ni autocensuras, según el día que marque el calendario.


Inmersos en la penumbra del callejón, él se entregaba a ella y ella le recogía.

Él, cabello pelirrojo y empapado en sudor; ella, melena lacia y rubia con algunos mechones apelmazados por un rojo oscuro. Él, tan rubicundo que parecía congestionado; ella, una sombra pálida y apática. Muchos otros detalles los distanciaban. Pero a él le daba igual: empujaba y empujaba. Ella, sumisa, le recibía.

Un torrente salino fluía por el pecho desnudo del macho. La humedad empapaba el vello púbico y se acababa derramando por la base del pene erecto. Su cadera bombeaba al ritmo de su corazón. Sístole y diástole, adelante y atrás, empellones brutales que ella acogía con indiferencia.

La mujer estaba envuelta en un silencio lánguido y definitivo. Él profería resoplidos animales que reverberaban en aquel desfiladero de sombras. Bajo los jadeos se oía algo más, un chapoteo viscoso: el murmullo de carne luchando contra carne, una pelea mal lubricada con un líquido no ideado para ese tipo de juegos. No importaba: él seguía empujando, y ella resistía.

Él buscaba el éxtasis. Lo quería, lo necesitaba. En una ocasión, años atrás, había escuchado cierta frase: «el hombre voluptuoso es el único que puede ser feliz». Semejante chorrada sólo podía haber partido de un pedante sibarita, pero se identificaba con ella. Adoraba el placer, lo buscaba a toda costa. ¿Dónde? En las mujeres, por supuesto. Lo buscaba, y muchas veces lo encontraba. ¿Eso le convertía en un hombre feliz? Por momentos sí, pero en aquel no: ella, más recelosa que otras, se resistía a darle su porción de placer. Pero él no cejaba. Empujaba y empujaba. Adelante y atrás, adentro y afuera. Sistemático, cadencioso, maquinal.

Notaba la meta cerca, muy cerca. Siempre adentro, más adentro.

—Dámelo. Dámelo ya —murmuraba—. Dámelo como sólo vosotras sabéis darlo.

La lucha de la carne se intensificó. El sonido de chapoteo se hizo más denso: el lubricante estaba perdiendo su efecto.

—Probemos por el otro lado, zorra —dijo, y la tomó en sus manos como el juguete en que se había convertido. Ella ya no podía hacer nada. Una vez colocada a su gusto, el macho siguió bombeando.

—¡Sí! ¡Así mejor! —gimió satisfecho. Su lado práctico le incitaba a usar primero ese orificio porque se ajustaba mejor y además carecía de dientes. Su vertiente morbosa, la dominante, hacía que lo dejara para el final, a modo de guinda del pastel. Así se sentía un auténtico empalador.

Poseído por la excitación de saberse su dueño definitivo, embistió y embistió. El combate se prolongó varios minutos más. Pero no llegaba. Ella le negaba su premio, su dosis de éxtasis. La lubricación se había evaporado. El interior de ella se había convertido en un desierto desabrido. El pene le escocía tanto que el último empujón le arrancó un gemido teñido de dolor.

—Seca. Estás seca, puta. Seca y fría.

La sostuvo en vilo. Sus ojos inyectados buscaron los de ella, vacíos e inexpresivos.

—Me has ganado, zorra. Largo —rugió—. ¡Fuera!

Extrajo el pene de la tráquea y arrojó la cabeza lejos, al grumo de sombras donde yacía el resto del cuerpo. El macho se vistió rumiando maldiciones. Antes de huir del callejón desenfundó su enorme Bowie:

—Estoy harto de carne seca y fría, compañero —le dijo al filo —. Creo que debemos cambiar, volver a las relaciones más cálidas. Y vivas. ¿Tú qué dices?

El cuchillo respondió con un guiño tan cómplice como hambriento.

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El taller, día 3: ‘En tus labios, la súplica carmesí’

No hay hola.

Sigo con el taller al que me apunté hace un año. Esta vez con el tercer relato perpetrado en él. Una microhistoria ambientada en el universo de la Voluntad con muy ligeros toques de gore.

La premisa para redactarlo consistía en que había que acabarlo con la frase final (la marco en negrita) de Los papeles de Aspern. Se trata de una novelette de Henry James, que nos mandó leer el profesor. A mi entender una basurilla soporífera y mal escrita (o mal traducida, a saber que ni loco me voy a molestar en leerla en inglés) donde las haya. Pero nos lo mandaron leer como ejemplo de diálogos (me parto, con esos intercambios deshilachados y a veces caóticos), de ambientación (me mondo, ya que se trata de un torpe intento novela gótica), de psicología de personajes (me parto, me mondo y me descojono con los vaivenes de la sobrina, que de poco menos que casi deficiente mental pasa a tener unos injustificados -al menos según lo leído- cojones y orgullo) y de estilo (en eso coincido: es un perfecto ejemplo de cómo no narrar, con sus inacabables -seres y -mentes, por citar sólo dos defectos de principiante).

Pero bueno, aun soportando su lectura tuve que hacer el ejercicio. Y quedó esto. Ale, too vuestro.

No hay adiós.


La cabeza dio uno, dos botes sobre el entarimado, pero aun así siguió suplicando:

—Per… don.

—Sire, ¿le acallo?

Alcé la mano como única respuesta. El verdugo, todavía más desconcertado, retrocedió. La cabeza siguió rodando hasta quedar a tres pasos escasos de mi trono. La tráquea pulsaba como una segunda boca pero no sangraba. Me recordó a uno de esos amantes que se arrojan besos mudos. El senescal seguía dedicándome su atención incluso ahora, decapitado:

—Er… don.

Aquella inesperada insistencia me sorprendía.

—Valquiuus, inepto —le espeté—. Las cartas. En mi ausencia sólo tenías que hacer una jodida cosa: custodiarlas. Y vas y dejas que te las roben.

Los labios escarlata boquearon:

—Eh… don.

El sonido surgió más asfixiado, aunque todavía audible. ¿Desde cuándo Valquiuus poseía Vol? Jamás lo había demostrado, pero ahora la usaba de esa manera tan impresionante, digna de… digna de una estipe superior. Él, un simple plebeyo. Intolerable.

Desvié la mirada hacia el cuerpo. Sonreí. Ahí estaba el truco. En su agonía algunos decapitados quemaban las chispas de su Vol innata: pataleando, retorciéndose. Puro e inútil teatro. Pero Valquiuus no: él había dejado el cuerpo laxo para derivar su Voluntad hacia la cabeza y así proferir esas disculpas.

Parpadeé, aparté el Velo y contemplé la Filorrealidad. Lo vi. Tal y como suponía, de la herida brotaba un enorme y pulsante sáculo de hebras entretejidas. A falta de pulmones, ¿qué mejor que ese fuelle de Voluntad para seguir implorando perdón?

—Valiente y artero ilusionista.

—Señor. Puedo acabar con…

—No, Mordán. Vete. No te necesito.

Ondeé la mano en un gesto desganado. El verdugo (tembloroso, casi descompuesto) corrió para desaparecer del patíbulo. Sobre la tarima quedamos Valquiuus, el pingajo de su cuerpo y yo. El saco de hebras de Voluntad empezaba a desmoronarse.

«Al fin y al cabo no posees tanta Vol, viejo».

Me incorporé del trono y caminé hasta la cabeza. Todavía boqueaba resistiéndose a morir. Me agaché, la tomé entre las manos y enfrenté mi rostro al del senescal. Un último cara a cara, el primero a la misma altura. Valquiuus agradeció el gesto tosiendo. Su sangre me salpicó las mejillas, los labios, los ojos.

—Eh…

Resollaba. Apenas le quedaban fuerzas pero seguía insistiendo.

—Don.

Me sumergí en sus ojos. Incluso transfigurados por el dolor relucían llenos de determinación. Gritaban con más fuerza que sus labios.

—Me fallaste, viejo. Amaba esas cartas. Sólo podía confiar en ti. Me fallaste.

Sus labios carmesí borbotearon:

—¡Don!

Sellé su boca con mi índice empapado en sangre.

—No. Ya no. Aunque nadie olvidará lo que has hecho. Te lo juro.

Como senescal, Valquiuus, el plebeyo, conocía la Voluntad. Me había visto usarla, obrar milagros. Pero sólo los Señores debemos utilizarla. La dominamos, nos pertenece. Nadie se puede arrogar su uso. Nadie. Así que hice lo que debía hacerse. Tejí nuevos hilos, anudé los ya existentes, abrí flujos, cerré sumideros. Y creé un nuevo prodigio.

Valquiuus ahora ocupa un lugar preferente junto a mi trono, su cabeza convertida en un trofeo que atestigua mi Poder y sirve de advertencia doble. El senescal sigue vivo, balbuceando un agónico y eterno «per… don». Pero su falta sigue ahí. Cuando lo miro, mi enojo por la pérdida de las cartas se hace casi intolerable.

El taller, día 2: ‘El legado’

No hay hola.

Al acabar el primer día nos dejaron un ejercicio: nombrar una obra que te haya marcado/impresionado/apasionado, sacar de ella cinco palabras y con ellas escribir una historia de unas quinientas palabras.

Esto es lo que escogí:

  • Mi obra: La sombra sobre Innsmouth, de Howard P. Lovecraft.
  • Las palabras escogidas: borrachín, habitación, tiara, orden, arrecife.

Y salió esto. La cabra tira al monte y morirá trepando.

No hay adiós.

Sólo al descubrir el contenido de la caja supe cuánto me quería mi tío Benito, pero el muy condenado había esperado a morir para hacérmelo saber.

Tras la lectura del testamento, Mendoza, el notario, me llevó a una habitación.

—Aquí la tiene. —Sobre la mesa había una enorme caja cúbica de madera de pino, humilde pero embellecida por el barniz del tiempo y el maltrato—. Si necesita algo estaré en mi despacho.

Desconcertado, sólo acerté a asentir.

Toda familia tiene su oveja negra. En la mía se llamaba Benito. El tío trabajaba de comercial, un eterno viajero de mirada esquiva y verbo susurrante. Apenas le había visto una veintena de veces. Lo típico: bodas, bautizos, entierros… Siempre acababa chispa meneando su vaso de Stolichnaya mientras murmuraba sobre sus viajes. Nadie le hacía caso.

—Ya está con sus tonterías —le censuraba madre.

Pero yo me quedaba a su lado. Escuchaba anonadado mientras describía lugares remotos y exóticos. Asia, América, África; también Europa y, por supuesto, España. Me recordaba a un Indiana Jones barrigón, extremeño y borrachín. Ahora lo sé: le admiraba. Él apenas me dedicó atención más allá de una sonrisa o una caricia. Hasta ahora.

Mendoza había dejado un martillo y una palanqueta junto a la caja. Un par de golpes y la tapa se soltó revelando el contenido: volutas de corchopán. Por supuesto, debía haber más. Hundí la mano y palpé algo voluminoso y sólido. Bajo el olor químico del poliestireno percibí otro aroma. Salino, fermentado; a algas, a mar. Excitado, aparté las volutas. Saltaron por todas partes. Dejaron perdida la mesa, rodaron por el suelo de la habitación. Me daba igual: ardía de curiosidad.

El objeto estaba envuelto en un paño suave y azul. Intenté sacarlo tirando de él pero descubrí que pesaba demasiado. Opté por hacer palanca y volcar la caja sobre un lateral. Por fortuna algunas volutas sueltas amortiguaron el golpetazo contra la mesa: no deseaba llamar la atención del notario. El objeto salió y rodó junto con una cascada de corchopán. Lo sujeté antes de que cayera al suelo. Tenía forma más o menos ovoide, truncado por un extremo. El paño (delicada y preciosa seda de primera calidad) estaba anudado con firmeza, pero una vez vencida la resistencia inicial los nudos se deshicieron solos. La tela, casi líquida, se desparramó para revelar una impresionante tiara dorada, labrada con símbolos extraños y figuras incomprensibles.

Me quedé un buen rato mirándola anonadado. Pesaba lo suficiente como para estar hecha de oro macizo. Rico. ¡Era rico!

De repente me percaté de la nota:

“Querido Andrés. Tú me escuchabas; tú puedes continuar mi búsqueda. Sé que C existe: he aquí la prueba. Indaga sobre la Orden. Ellos tienen la clave.”

A continuación había escrito dos ternas de números. Coordenadas.

¿Qué significaba todo esto? Miré desconcertado la tiara, luego el pañuelo. Lucía un estampado de estilo japonés, una escena marina: olas azotando un arrecife; entre las rocas, desafiando los rompientes, un par de figuras humanas.

Introduje las coordenadas en el móvil: marcaban un punto de la Costa da Morte. Ignoraba lo que mi tío quería que investigara. ¿Acaso importaba? Si esa tiara provenía de ahí, ¿habría más objetos similares? Volví a taparla con el pañuelo y la introduje en la caja. Claveteé la tapa como pude y grité:

—Señor Mendoza, ¿podría pedirme un taxi?

Me esperaba un largo viaje.

El taller, día 1. Relato: ‘Los hijos de Tor’

No hay hola.

Bueno, a continuación pongo la chorradilla que hice en ese primer día. Tal y como nos dijo el profesor, no habría más ‘escritura en vivo’ que aquella. Y menos mal, porque vaya vergüenza lo de no poder leer bien lo que yo mismo había escrito.

Se supone que teníamos quince minutos para, en dos párrafos, presentar un resumen de la vida de un personaje real o ficticio. Como no podía ser menos, los compañeros hablaron de personas que conocían, ya en persona ya de referencia, y todo en un tono realista y enmarcado en la época más o menos actual. A mí se me metió en la cabeza no hablar de una persona sino de algo que con su vida y muerte ayudó a otros. Por supuesto, mi idea derivó en algo que nada tenía que ver con lo que los compañeros escribieron.

Por determinadas razones organizamos un grupo de correos. En él compartí el relato junto a notas para que se comprendiera lo que quería decir: me daba en la nariz que la ciencia ficción dura no entraba dentro de sus lecturas.

Bueno, aquí transcribo el cuento y las notas, tal y como se las mandé a los compañeros.

No hay adiós.

Hijos de Tor

Mañana celebramos la muerte de Tor. Como hijos suyos, nos juntamos y brindamos, reímos y comemos.

Tor nació y creció sólo con el objetivo de morir, y al hacerlo dar vida a este planeta muerto. La estatocolectora lo lanzó cuando todavía no habíamos iniciado la maniobra de deceleración. Ello hizo que Tor chocara con violencia relativista contra la atmósfera del planeta y empezara a disgregarse. El remanente que atravesó las capas de aire Impactó aquí mismo, entre estas rocas y aguas poco profundas. Mientras llovía una lluvia perlada de  sus propios restos, Tor hundió sus raíces en el suelo y empezó a remodelar el terreno. Comía, digería y regurgitaba. Abonó lo estéril volviéndolo fértil.

La estatocolectora había empezado ya la trayectoria de aproximación y él ya se había propagado por todo el planeta, una especie de virus sembrando promesas de futuro. Cuando descendimos su organismo global ya había empezado a colapsar: sus propios detritos, los que hacía del desierto inicial un vergel, le estaban asfixiando. Matando.

Mañana celebramos su muerte. Lo hacemos comiendo el ecosistema surgido de sus restos. Porque todos somos hijos de Tor.


Datos aclaratorios:

  • Se trata de un microrrelato de ciencia ficción dura inspirado en parte en la Trilogía de Marte, de Kim Stanley Robinson. En este caso la terraformación se realiza mediante la inserción en el planeta (con una sonda a velocidades relativistas) de un organismo de rápida propagación. El organismo actúa como vector de terraformación. Mientras la nave generacional decelera el organismo se propaga por el planeta y siembra las bases del nuevo ecosistema. El organismo posee un sistema de control: la biosfera que él mismo crea le es tóxica, de tal manera que cuando el planeta está lista para el descenso de la tripulación el nivel de toxicidad mata al vector.
  • La nave desde la que parte Tor es una estatocolectora.
  • El nombre de Tor me vino del servicio de anonimato en la web, nada que ver con Thor.
  • Las estatocolectoras pueden usarse a modo de naves generacionales, como la de este microcuento.
  • Tor realiza él solito todo el proceso de Terraformación.
  • El sistema de control para que Tor muera y no se convierta en un cáncer se inspira en la Gran Oxidación.
  • Sí, el relato es muy tontuno y simplista, pero no se puede pedir mucho para 15 minutos: la vida y muerte de ‘alguien’, sólo que un ‘alguien’ que no tiene nada que ver con lo cotidiano.

Me apunté a un taller de creación literaria

No hay hola.

Hoy hace justo un año que asistí a la primera clase de un pequeño taller de literatura. Estaba dirigido por Javier Morales, maestro (entre otros oficios) de la Escuela de Escritores. Se suponía que me apuntaba al taller más que nada para intentar pulir errores y, sobre todo, para que terceras personas que no me conocen de nada leyeran y opinaran acerca de mi manera de escribir. Se puede decir que ambas intenciones coinciden: si quien me escucha descubre errores y me los lanza a la cara, perfecto.

Para mi satisfacción vi que el taller, más que centrarse en escribir en el momento (‘en vivo’) y leer lo escrito, funcionaba a base de teoría y lectura de ejemplos magistrales junto a deberes a hacer en casa para la semana siguiente. Lo de ‘escribir en vivo’ lo odio por dos razones. La primera tiene su origen en mi manera de crear: a partir de una idea origen escribo y reescribo borradores incluso decenas de veces hasta tener un texto satisfactorio; imposible hacer eso ‘en vivo’. La segunda razón podría considerarse vergonzante, peor ahí está: al no tener costumbre de escribir a mano sufro del ‘complejo Rajoy’ y tiendo a no entender mi propia letra (máxime escribiendo rápido y bajo presión). Así que pudiendo hacer los deberes en casa y con calma, mejor que mejor.

A lo largo de las siguientes veinte semanas iré colgando los trabajos que he ido creando para este taller. Por supuesto que nada de lo creado en el taller posee la menor pretensión. Pero me gusta dejar constancia de lo que hice en él.

No hay adiós.

Y ahora me meto en ELDE

No hay hola.

Pues sí. Alguien me descubrió hace unos días un nuevo taller titulado El libro del escritor, ELDE para los amigos. Me comentó que seguía una dinámica muy semejante a la de Literautas: hay que mandar un microcuento (máximo quinientas palabras, contando el título) ante del 16 del mes, y luego tienes unos diez días para comentar de forma anónima tres cuentos. Lo dicho, idéntico al Literautas viejo y que más me gustaba, lejos de los amiguismos y las pandillas que ahora mismo se adivinan.

Así que le he dado una oportunidad a este ELDE, a ver si me gusta. Se supone que el taller tiene una especie de componente social. Miedo me da eso, porque odio las redes sociales. Además ELDE también tiene cierta parte de juego (soy un puñetero ‘borrador nebuloso nivel 1’ 😛 ), con puntuaciones, facciones, logros, avatares y alguna cosilla más, pero me da que eso está por ahora un poco verde. A ver si la pareja que lleva la web lo va madurando.

Otro aliciente que le veo, o que creo haberle visto, consiste en que el taller sigue activo en el verano. Eso me servirá para obligarme a no dejar los microcuentos. Porque, harto como estoy de novela, de cuentos largos y medianos que luego no van a ningún lado (no he podido colar mi primera recopilación de cuentos en ninguna editorial), al menos con los talleres se puede recibir una respuesta mínima que te incite a seguir.

Para el ejercicio actual ya he presentado un texto. A ver qué dicen de él los tres comentaristas anónimos. Yo ya llevo hechos dos de los tres comentarios y bueno, me he encontrado con textos a mi entender bastante mejorables, ninguno arriesgado ni transgresor. Además, uno de ellos necesita bastante más de las quinientas palabras máximo. A mí mismo se me hace difícil narrar una historia autoconclusiva en esa extensión: si ya me costaba con las setecientas cincuenta de Literautas, con esto ni os cuento. Pero ahí está el reto. A ver si lo puedo superar mes a mes. ELDE, dios o Cthulhu dirán.

No hay adiós.

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