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‘Por culpa del inocente’, cuento en Libros Libres Nº 6

No hay hola.

Sé que el número ha salido hace ya varios días pero, entre asuntos personales y la novela, no he podido hasta ahora ponerlo aquí. Está visto que no valgo para hacerme autobombo, no.

Libros Libres Nº 6

A lo que iba: un nuevo cuento mío aparece en el número actual de Libros Libres. Esta edición se centra en los superhéroes. Además, para dar cierta coherencia al número, los editores diseñaron un trasfondo común sobre el que tejer las historias. La mía se titula ‘Por culpa del inocente’. La historia pretende mezclar un pequeño toque de humanidad con algo de horror, siempre con ese mundo de superhéroes de fondo. Espero haberlo conseguido.

Como siempre, os doy las direcciones donde conseguir un ejemplar:

Así que ya podéis disfrutar de ese cuento y de todos los demás contenidos del número. Todo vuestro.

No hay adiós.

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Aquella maldita marca

No hay hola.

Tal y como dije el mes pasado, envié dos relatos al V Certamen Walskium de microrrelato de terror y fantástico. Ya tenéis uno de los dos no ganadores. y mi preferido de ambos. Ahora os mando el segundo, inspirado directamente en la ilustración del certamen.

Le he dado un repaso, ya con más calma, para pulir algunos defectos. A ver si os gusta.

No hay adiós.


Incluso inmersa en llamas, aquella maldita marca persistía. ¿Podría hacerla desaparecer de alguna manera? ¿Nunca me libraría de ella?

Trabajo en para agencia inmobiliaria especializada en subastas, y desde que la vi en el catálogo interno supe que la casa era un autentico chollo. «Esta herencia no reclamada debe ser mía», pensé. Tres plantas sobre un acantilado; fachada principal mirando al Atlántico, bañada en esos ocasos mágicos de la Costa Da Morte. Estaba amueblada siguiendo un estilo indiano que, aunque decrépito, me enamoró.

Apenas hice cambios: modernizar la cocina, adaptar la instalación eléctrica… El resto, tras limpiar el polvo, lo dejé igual.


Nunca había bajado al sótano. La primera vez que lo hice, al pulsar el interruptor estalló la bombilla.

—Joder —exclamé. Sonreía: el detalle acentuaba la atmósfera de misterio.

Volví con una linterna. Al encenderla me encontré con un espacio diáfano, desnudo. Tierra prensada, nada más.

«Ni un puñetero trasto. Mejor».

Si el anterior dueño había dejado algo, la inmobiliaria había ordenado retirarlos antes de la venta.

Deslicé el haz. Justo en el centro del suelo había una vieja mancha oscura, de más o menos un metro cuadrado. Nada más.

Satisfecho, regresé arriba.


Los primeros días transcurrieron con normalidad. La casa quedaba lejos de la oficina, pero tenía mi ordenador y una buena conexión. Como catalogador podía hacer el grueso del trabajo desde el mirador, contemplando el paso de los barcos. Una delicia.

Lo peor eran las noches: escuchaba aullidos suaves pero agudos.

—La casa sobre el acantilado, peinando el viento con los aleros —dije para mí imitando la voz de Vincent Price.

Una madrugada salí a investigar. Me recibió una brisa suave. Tal y como esperaba, los sonidos provenían de las partes altas de la casa.

«Ya me acostumbraré».


En efecto, me hice a esa plañidera. Pero las molestias continuaron en forma de visiones extrañas. Nada concreto, sólo imágenes brumosas de algo descomunal, casi montañoso. Eso y la impresión de que me miraban. Que me miraban… desde abajo.

La inquietud nocturna aumentó, así como la sensación de acoso. Los Noctamid se juntaron a los Lexatim. Luego llegaron drogas más duras.

Las pesadillas se volvieron lúcidas. En ellas regresaba al sótano. Ya no estaba vacío: había una efigie en medio. Sobre una peana cúbica —de dimensiones que reconocía demasiado bien— se alzaba… algo. Agazapada, esa masa de tentáculos y alas me vigilaba.


Cierta noche, incapaz de soportar la tensión,  bajé al sótano. Prendí la luz. Por supuesto, allí no había ninguna estatua, solo la marca. Pero ahora sabía qué la había dejado: el pedestal.

Esa misma noche rastrillé el suelo. Luego cambié la tierra. No quedó huella alguna.

Una semana después la mancha había regresado. Mandé pavimentar el sótano con cemento. En vano: tras cinco días el cuadrado emergió


Los sueños me acosaban. Ella lo exigía: debía volver a erigir su altar. Si no… Tuve visiones del infierno que la criatura alojaba en sus entrañas.

«Yo te daré infierno», pensé.

En la cochera guardaba una lata de gasolina. En la cocina, cerillas.

Bajé al sótano. Sonriendo, derramé el combustible sobre la mancha cuadrada. Encendí el fósforo. Lo vi caer a cámara lenta, disfrutando. Las llamas estallaron, arrojándome un sopapo de calor.

—¡Arde, arde!

Hundí la mirada en el charco de fuego. Pero ahí seguía el cuadrado de oscuridad. Cada vez más negro, más… más tentador.

Escuché su llamada. Desde dentro.

Empecé a reír:

—¡No! ¡Yo gano!

El cuadrado brillaba. Primero en tonos verdes, luego azulados. Resplandecía preñado de estrellas plateadas.

Tentado, me acerqué.

«Oh. Es bello», pensé.

Me incliné… y resbalé hacia las llamas, hacia la mancha. Dentro de ella.

Allí me esperaba.

Ahora, maravillado y horrorizado ante lo que contiene la mancha, ni siquiera puedo gritar.

Desde mi refugio os siento pasar

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad.

Aquí están los requisitos del ejercicio.

No hay adiós.


El dolor de piernas empezaba a hacérsele tan insoportable como la falta de aire fresco. Intentando no hacer ruido, Miguel se revolvió dentro del arcón congelador hasta encontrar una postura menos incómoda. Al estirar la pierna derecha sintió un hormigueo ardiente del muslo al pie. Dolía. Seguía vivo.

Olé.

Siempre había sido el más bajo: en el colegio, en la universidad, en la oficina… El pequeñajo, objeto de bromas. Ahora, por primera vez en su vida, se alegraba de su escaso metro y medio. Su talla le había salvado, permitiéndole meterse en el arcón y cerrar el portón sobre él.

Pero necesitaba respirar.

Estiró el cuello. La barra de la palanqueta abría una ranura ínfima en la goma aislante de la juntura. Acercó la nariz. Apenas entraba aire, pero se obligó a sentirse satisfecho. Antes de volver a descansar tiró de la palanqueta. Seguía firme, el garfio bloqueando la apertura del portón. No lo abrirían. Al menos no sin pelear.

Sin pelear.

Marta había peleado, pero le sirvió de poco. Si no se hubiera refugiado allí…

Entraron en la tienda de improviso, silenciosos y hambrientos. Marta, en su atolondramiento, tuvo la brillante idea de meterse en un expositor vertical, de esos altos como jugadores de baloncesto. El armario, tan saqueado como el arcón, brindaba una protección de fácil acceso.

Pero era un escondite vertical. Vertical. Marta pagó caro ese error.

El sol agonizaba. Con el ocaso, la tienda de la gasolinera quedó sumida en una paleta de brochazos rojizos. Al menos esa luz disimularía la rúbrica final de Marta.

Miguel esperaba.


Uno de ellos se detuvo ante el arcón. Delgado y con gesto cariacontecido, tenía los labios maquillados con un carmín salvaje. Miguel sabía que ninguna tienda de cosmética vendía uno igual. ¿Le habría arrebatado el color a Marta?

El payaso manoseó el cristal del portón, pero en su ansia estúpida no comprendía que el arcón se abría tirando del asa hacia arriba, hacia él. El idiota hambriento sólo sabía empujar, lanzar adelante su mano destrozada.

El cristal resistió, el espectro se cansó y Miguel respiró aliviado.

Sí, él resistía. Marta… lo intentó durante bastante tiempo, de pie, en su armario. Debía verlos deambular por la tienda. ¿Se le plantó alguno delante? ¿Tuvo que mantener una de esas miradas ciegas, apenas separados por el cristal?

Encerrado en el arcón, Miguel no pudo ver lo que pasaba. Escuchó y dedujo. O imaginó. Marta, emparedada y sin ningún apoyo cómodo, debió ver con horror cómo sus fuerzas se diluían junto con sus nervios. Al final, agotada e histérica, abrió la puerta. Intentó correr, seguro, pero debieron fallarle las piernas adormecidas. Luego sucedió. A pesar de las paredes del arcón, Miguel escuchó los gritos. Marta aulló, suplicó, maldijo; ellos no querían palabras, sino algo más sustancial. El silencio llegó a modo de bendición.


La noche sumergió la gasolinera en un mar de sombras surcadas por más sombras. Caminaban, husmeaban, gruñían, pero no se iban. Encogido en su madriguera, Miguel esperó. En algún momento la tienda se vaciaría. Entonces correría como alma en pena. El coche seguía afuera. Lo arrancaría y saldría zumbando lejos, a buscar un refugio mejor.

Pero antes debía salir del arcón. Y para hacerlo ellos debían irse.


El estampido le sacó del duermevela. Luego otro, y otro. Un torrente de luz inundó la tienda.

«¡Electricidad!», pensó Miguel, maravillado.

Un nuevo estallido: un abanico púrpura sucio cubrió el cristal del arcón. Entre los regueros asomó un rostro sonriente.

—Por dios bendito, mirad lo que hay dentro del congelador.

Miguel boqueó, sorprendido. El hombre apoyó en su hombro el cañón de la escopeta repetidora.

—Amigo, ¿cuánto llevas ahí? Bueno, da igual. —Tendió una mano hacia el arcón—. Permíteme.

Agarró el extremo ganchudo de la palanqueta. Miguel, al borde de la carcajada, soltó la herramienta y dejó que el recién llegado se la llevara.

—Gracias, amigo —dijo el hombre.

Sopesó la herramienta y, con un gesto fluido, la clavó con fuerza, a modo de cuña, en la ranura del portón. El arcón quedó bloqueado. Los ojos de Miguel bailaron de la herramienta al extraño y de regreso a la palanqueta.

—Pepe, avisa a los demás.

Tras decir eso, el extraño se volvió hacia Miguel y murmuró a través del cristal:

—Tranquilo, no te dolerá. Te lo aseguro.

Deslizó la mano por un lateral del congelador. Miguel escuchó un zumbido junto a su cabeza. Pocos minutos después sintió frío. El arcón no estaba ni roto ni saqueado: solo esperaba recibir una nueva remesa.

El Pacto del lago

No hay hola.

Texto colgado tal cual lo leéis en la web de Literautas hace ya cosa de un año. Como no existe otra copia del texto alojo aquí esa versión, por si las moscas. En su momento ya hablé del cuento, por si os pica la curiosidad y queréis saber un poco más de la génesis de este pastiche.

No hay adiós

El Pacto del lago

Una vez oculto en las sombras, el poeta empezó a recitar.

—Vosotros que me rodeáis,

»vosotros que me escucháis.

Los versos parecían manar de la misma oscuridad. Las sílabas se concatenaban entre susurros, resemblando la sonoridad densa y pegajosa de aquella noche de canícula.

Su auditorio, congregado entre el bosque y la orilla, lo formaba un semicírculo de chicos y chicas, todos adolescentes y vírgenes. Habían acudido por voluntad propia al campamento Lago de Cristal en aquella fecha tan especial para reafirmar el Pacto.

El bardo declamaba:

—Hasta la última palabra recordaréis.

»Porque sólo así de Él nos salvaréis.

El coro replicó:

—Con nosotros como ofrenda calmaremos su frenesí.

»Él, hijo del acero frío y del calor carmesí.

Una risa forzada, o quizá el crujir de una rama, brotó de la negrura.

Los jóvenes refrenaron su pánico y siguieron sentados. No huirían: todos deseaban renovar el Pacto, pese al precio a pagar. Pero no podían evitar observar las sombras del bosque con ansiedad. Tras ellos, proveniente del lago, soplaba un viento tibio y cargado de humedad. La fronda recogió la brisa y respondió con sonidos de roce. Como si se frotarse las manos, expectante.

El chamán alzó la voz:

—Bermellón arterial coagulado por agua helada,

»que vuestro sacrificio le devuelva la paz ansiada.

—Con juventud y virginidad —corearon los jóvenes—,

»ufanos, compartimos tu soledad.

La voz del bardo continuó con la salmodia. Los jóvenes replicaban con voces en las que titulaban el terror y la excitación. Sabían que bardo iba a convocar al guardián del lago. Y que uno de ellos sellaría el Pacto.

La brisa arreció hasta tornarse vendaval. La tormenta se acercaba aportando su punto de dramatismo. Los botes protestaron golpeando contra el embarcadero. Las casas peinaban el viento tejiendo murmullos aullantes. En algún lugar una contraventana suelta lamentó su soledad con un súbito latigazo de madera.

Al fin la voz del poeta cesó: la invocación había concluido. El silencio inundó el bosque.

Los chicos, paralizados por el pavor, contemplaban la negrura. La espesura palpitaba: había devorado al poeta; ahora debía regurgitar algo nuevo y terrible. No, nuevo no: antiguo, tan viejo como el propio campamento.

La figura emergió de las sombras. Se plantó ante el semicírculo de rostros desencajados de un salto. Un centenar de bocas vomitaron temor mezclado con anticipación.

Y con excitación sexual, lasciva y lubricada.

—No os asustéis —dijo un chaval. En su voz rezumaba desencanto —. Mirad el uniforme. Maestro, ¿qué hacéis aquí? ¿Ha pasado algo?

El poeta no replicó. El vendaval enmarañaba su melena suelta. Tenía la mirada perdida, vidriosa, estaba pálido y temblaba.

Otra muchacha se puso en pie. Se dirigió al grupo:

—El chamán regresa solo. ¿Dónde está el guardián? ¿Ha fallado el ritual? La muerte, hay que saciarla. Si no…

El bardo mantenía su silencio. Miraba con ojos ciegos. Mientras, los temblores se habían convertido en convulsiones. El primer chico corrió hacia él, temeroso de que se desplomara.

Lago adentro, la tormenta bramó. Un rayo fulminó la atmósfera.

—Maestro —dijo el chaval—, poeta: debemos renovar el Pacto, atar al guardián. ¿Dónde está?

El hombre no respondió: se contorsionaba febril, su librea empapada en sudor. Aquellos ojos desorbitados naufragaban inmersos en su propio lago de tinieblas. Mientras fenecía sus labios no dejaban de musitar.

—¡Maestro!

El chico estudió el rostro del poeta. Estaba empapado en sudor. ¿Sudor? El muchacho dudó: aquel líquido lechoso y denso no parecía sudor sino cera. Se coagulaba sobre su cara, creando…

El muchacho soltó al bardo. Se apartó de él espantado, extasiado.

—¡La máscara!

El grito electrizó al semicírculo de voluntarios. Los recuerdos fluyeron: acero, violencia, sangre. Muertes. Todos conocían el horror recurrente que habitaba el campamento, un espíritu hambriento que deseaba saciarse. Debían contenerlo.

Los chicos contemplaron al bardo. Vieron la máscara blanca surcada de orificios. Distinguieron las marcas rojas, la mandíbula deshecha, la brecha en la frente. Su puño derecho esgrimía un machete descomunal, tan blanco y fantasmal como la máscara.

El guardián había regresado.

—Tómame —aulló alguien.

El guardián del lago osciló el machete abarcando al grupo de adolescentes.

—Escógeme a mí —suplicó otra voz aterrada.

El espectro necesitaba calmar su hambre, reprimir el frío que le consumía. Debía devorar un alma. Miró y señaló. Sí, esa. Se abrió paso entre los muchachos. El elegido se desmayó; el resto rieron aliviados, gimiendo en sus orgasmos.

El machete paladeó la carne y reafirmó el Pacto.

Aquella alma voluntaria saciaría al redivivo, quedando confinado un año más en Lago de Cristal.

La acusación

Cuento redactado para el reto 24 de Inventízate II de ELDE. Se trata, otra vez, del segundo texto que consigo, de nuevo tras uno primero del todo insatisfactorio. Esta vez no me he ido por las ramas con el número de escenas, como ocurrió con el anterior y que tuvo tan mala acogida.

Reto 24 Inventízate ELDE: Oscuridad

Reto 24 Inventízate ELDE: Oscuridad

Restricciones

  1. El relato debe ser de terror psicológico, con el/la protagonista con miedo a la oscuridad.
  2. Debe ocurrir el presente del relato en un bosque.
  3. Debe mencionarse un búho.

Palabras (máximo)

500

Podéis leer el ‘Acerca de’ y los ‘Comentarios recibidos’.

 


Atada al árbol, contempló morir el día: la marea de sombras se derramaba imparable sobre las copas. Trató de soltarse, pero Rankj había hecho un buen trabajo.


La habían exhibido. El carro había recorrido el pueblo mientras los lugareños la arrojaban insultos y terror.

—¡Bruja!

Rankj, el alcalde, iba a las riendas. Junto a él Sorgari, el prelán que la había denunciado. El carromato se había adentrado cuanto pudo en el bosque, hasta que la espesura cerró su paso. Entonces bajaron. Sorgari agarró las ataduras y tiró de ella. El sacerdote se había adentrado en la espesura y solo se detuvo al llegar a un árbol descomunal de corteza resquebrajada y cenicienta.

—¡No, por favor! ¡Un árbol-luz no!

—¡Calla!

La bofetada casi la noqueó. Aturdida, había escuchado aquella voz cascada:

—Afronta tu destino —espetó el sacerdote—. Que la misma oscuridad que has propagado te devore.

Un búho ululó, como si afirmara la sentencia.

—Yo no La convoqué —había dicho, pero Sorgari la calló con otro bofetón.

Ella agachó la cabeza, vencida, impotente. Ni sus lágrimas ni aquel castigo devolverían las vidas que La-Noche-Que-Camina-De-Día se había cobrado.


Miró en derredor. Los rojos habían derivado en violetas, revelando su alma azulada. El añil, a medida que la noche descendía, transitó a negro. La oscuridad regresaba.

Forcejeaba contra la cuerda pero no podía romperla.

Los últimos rayos de sol huyeron. Un silencio expectante inundó el bosque, que parecía contener la respiración.

El gemido escapó de su garganta y se perdió en la negrura. Sonrió: al menos él podía huir.

Una tiniebla densa, líquida, empezó a descender desde las copas. Se derramaba por las ramas, formaba torrentes sobre los troncos. La oscuridad se condensaba en la forma de alquitrán viviente.

Su corazón latía alocado, sacudiendo los barrotes de su prisión.

Ante ella tenía un tejo anciano. Por su tronco masivo descendía una serpiente de negrura, gruesa como la cintura de una mujer preñada. Trató de gritar, pero el pánico había vaciado sus pulmones.

«Caminará… caminará… ¿hacia mí?».

La oscuridad anegó la base del tejo. El charco se esparció; la hierba siseó, moribunda. Aquel abismo de labios negros se acercó hasta casi lamer sus pies.

El árbol de luz respondió a las tinieblas vivientes: bajo su espalda, la corteza se abrió. De las grietas emergieron lenguas resplandecientes, ávidas. Su contacto quemaba como fuego frío.

Una columna brotó del charco de negrura. La remataba un tentáculo de tinta. El apéndice tanteó y osciló, ciego. Buscaba algo.

Una de las lenguas del árbol le acarició la espalda, palpó sus pechos, ascendió el cuello, buscó sus labios… No pudo resistirse al beso de luz. Tampoco pudo evitar que el falo de negrura se uniera al contacto. Ambos copularon en su boca, eyacularon lava gris por su esófago. Derritieron su carne, calcinaron el alma.

La negrura resplandeciente comulgó con ella, leyó su pasado y escribió su futuro: reencarnada en La-Noche-Que-Camina-De-Día, caminaría con piernas nuevas; abrasada, regresaría al pueblo; muerta, exigiría venganza.

Y entonces sí la podrían acusar.

Acerca de ‘Desde mi refugio os siento pasar’

No hay hola.

Sin apenas tiempo por cosas de la vida, me encontré con dos retos (ELDE y Literautas) y sin ideas para ninguno de ellos. El de ELDE no me gustaba nada, sobre todo porque considero que para jugar con el terror a la oscuridad hay que tejer atmósfera, algo muy difícil con una limitación de 500 miserables palabras. En cuanto al de Literautas… sólo decir que no me surgían ideas: lo de la gasolinera constituía una limitación demasiado actual como para poder jugar con la fantasía que me gusta usar.

Así pasaron los días y no salía nada. Me dejé los requisitos de los dos retos en el móvil, los miraba de vez en cuando y no lograba dar con nada.

Hasta que de repente se me ocurrió adaptar a ELDE un viejo cuento. No me gusta nada eso, pero en vista de la falta de ideas tiré por el camino fácil. Con esa idea en mente, me puse a ello: debía cambiar el escenario del todo, e introducir el temor a la oscuridad como parte de la historia. La cosa no hubiera ido del todo mal de no toparme con ese muro de 500 palabras. Así, me encontré ante un nuevo callejón sin salida. El camino para presentar algo a ELDE quedaba bloqueado otra vez.

Pero mientras había surgido una idea para Literautas: usar el mismo tipo de personajes, pero desde la óptica opuesta, desde el otro bando.

Así, me encontré con que una tienda de gasolinera, un armario y una idea encajaban bien en lo que se me había ocurrido. Me puse a escribir, consciente de que sabía cómo empezaba la historia pero no cómo acababa. Pero eso casi nunca me ha supuesto problema: la mayoría de las veces las cosas fluyen solas. Y eso mismo sucedió: de repente el protagonista tenía una compañera. El destino de ella servía para aumentar el drama, la situación de asfixia, además de permitir usar la palabra del reto, lo cual no viene nada mal 😛

Quedaban poco más de doscientas palabras y, sin quererlo, me encontré con ese final. Sé que no deslumbra por su originalidad, no. Pero el relato se engloba dentro de un subgénero carente de originalidad (por mucho que yo mismo me considere un fan de esas historias y películas desde crío), así que no desentona.

Bueno, ya tenéis a vuestra disposición este ‘Desde mi refugio os siento pasar’. Ya me diréis qué os parece.

No hay adiós.

Acerca de ‘El Pacto del lago’

No hay hola.

Debo admitir que no he podido evitarlo: me bastó leer la palabra ‘campamento’ para clavárseme en la mente el individuo que aparece al final del relato. Sabía que su presencia me obligaba a perpetrar un pastiche (o lo que muchos llaman ahora fanfic), pero aun así me lancé a ello. Cada uno tenemos nuestras debilidades: a mí me obnubila el discurso locuaz de ese encantador tipejo.

Pero claro, junto a la palabra ‘campamento’ debía introducir también ‘poeta’ y ‘recuerdos’. La cosa se complicaba: ¿cómo cojones metía un poeta en una historia de mi amigo? Porque el poeta debía de tener peso en la trama, no convertirse en una simple palabra metida con calzador.

No sabía cómo hacerlo así que —nunca mejor dicho— ‘pasé palabra’.

‘Recuerdos’. Si hay algo que hace muy bien el amigo eso es dejar huella. Tras de sí hay todo un reguero de recuerdos. Por ello no suponía el menor problema introducir la palabra. Solucionado.

Pero quedaba el jodido ‘poeta’.

La poesía tiene a veces cierta relación con el misticismo. Del misticismo a lo mágico, a los conjuros y las invocaciones sólo hay un paso. ¿Por qué el poeta, el bardo, no podía poseer dotes de brujo o de chamán? ¿Y si estaba capacitado para invocar a ciertas presencias, sobre todo en lugares concretos (el campamento) y en efemérides que (sí, por supuesto) llevan asociadas recuerdos muy vívidos?

La cosa empezaba a cuajar.

¿Y cómo no, si el campamento me hizo recordar algo? Hace mucho, pero mucho—mucho—mucho, escribí un relato en torno al amigo. Remorándolo me di cuenta de que servía de antecedente perfecto a este otro pastiche de ahora. Os hablaré del relato sin destriparlo, o al menos no del todo. En el cuento intento darle un poco de sentido a la historia del amigo, ya de por sí algo caótica. Narro sus tribulaciones (sí, otro texto en primera persona, y además modificando el lenguaje para intentar capturar la mentalidad del protagonista), su forma de pensar y de ver la vida. Llegados a un momento, el amigo se ve enfrentado a un horror encarnado en humedad y frío. Al mismo tiempo descubre el poder que sobre él ejerce cierta sustancia: esa sustancia no sólo le hace más poderoso, sino que le aleja de ese horror. Se convierte en un adicto a esa sustancia, tanto por el don que le da como porque le mantiene alejado del horror. Y decide ir por ella cuantas veces haga falta.

Ahí acaba el cuento.

En ese punto, pero bastante tiempo después, arranca este nuevo pastiche. De alguna manera los protagonistas de ‘El pacto del lago’ conocen la relación existente entre el amigo y la sustancia. Además han descubierto que si la sustancia tienen un origen concreto calma de una manera mucho más eficiente al amigo. Si no le aplacan él se manifestará fuera de todo control. Ahí entra en juego el Pacto: con él le apaciguan, a cambio de un precio a pagar.

¿Estoy explicando el nuevo cuento? ¿Cuándo he hecho algo así? Nunca. Eso ya me indica que falla. Pero al fin y al cabo se trata de un puñetero pastiche, sin ningún sentido ni trascendencia. Una basurilla que debe ir directa al cubo de la ídem. Nada de lo que sentirse orgulloso. Bastante que me sirve para cumplir la cuota mensual de Literautas.

Aquí os dejo el enlace al cuento. Espero que ‘El Pacto del lago’ le guste a alguien. Y si no tampoco pasa nada.

Os dejo, que tengo una novela que retomar.

No hay adiós.

Tiene hambre. Y sabe dónde y cómo saciarse.

Tiene hambre. Y sabe dónde y cómo saciarse.

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