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Aquella maldita marca

No hay hola.

Tal y como dije el mes pasado, envié dos relatos al V Certamen Walskium de microrrelato de terror y fantástico. Ya tenéis uno de los dos no ganadores. y mi preferido de ambos. Ahora os mando el segundo, inspirado directamente en la ilustración del certamen.

Le he dado un repaso, ya con más calma, para pulir algunos defectos. A ver si os gusta.

No hay adiós.


Incluso inmersa en llamas, aquella maldita marca persistía. ¿Podría hacerla desaparecer de alguna manera? ¿Nunca me libraría de ella?

Trabajo en para agencia inmobiliaria especializada en subastas, y desde que la vi en el catálogo interno supe que la casa era un autentico chollo. «Esta herencia no reclamada debe ser mía», pensé. Tres plantas sobre un acantilado; fachada principal mirando al Atlántico, bañada en esos ocasos mágicos de la Costa Da Morte. Estaba amueblada siguiendo un estilo indiano que, aunque decrépito, me enamoró.

Apenas hice cambios: modernizar la cocina, adaptar la instalación eléctrica… El resto, tras limpiar el polvo, lo dejé igual.


Nunca había bajado al sótano. La primera vez que lo hice, al pulsar el interruptor estalló la bombilla.

—Joder —exclamé. Sonreía: el detalle acentuaba la atmósfera de misterio.

Volví con una linterna. Al encenderla me encontré con un espacio diáfano, desnudo. Tierra prensada, nada más.

«Ni un puñetero trasto. Mejor».

Si el anterior dueño había dejado algo, la inmobiliaria había ordenado retirarlos antes de la venta.

Deslicé el haz. Justo en el centro del suelo había una vieja mancha oscura, de más o menos un metro cuadrado. Nada más.

Satisfecho, regresé arriba.


Los primeros días transcurrieron con normalidad. La casa quedaba lejos de la oficina, pero tenía mi ordenador y una buena conexión. Como catalogador podía hacer el grueso del trabajo desde el mirador, contemplando el paso de los barcos. Una delicia.

Lo peor eran las noches: escuchaba aullidos suaves pero agudos.

—La casa sobre el acantilado, peinando el viento con los aleros —dije para mí imitando la voz de Vincent Price.

Una madrugada salí a investigar. Me recibió una brisa suave. Tal y como esperaba, los sonidos provenían de las partes altas de la casa.

«Ya me acostumbraré».


En efecto, me hice a esa plañidera. Pero las molestias continuaron en forma de visiones extrañas. Nada concreto, sólo imágenes brumosas de algo descomunal, casi montañoso. Eso y la impresión de que me miraban. Que me miraban… desde abajo.

La inquietud nocturna aumentó, así como la sensación de acoso. Los Noctamid se juntaron a los Lexatim. Luego llegaron drogas más duras.

Las pesadillas se volvieron lúcidas. En ellas regresaba al sótano. Ya no estaba vacío: había una efigie en medio. Sobre una peana cúbica —de dimensiones que reconocía demasiado bien— se alzaba… algo. Agazapada, esa masa de tentáculos y alas me vigilaba.


Cierta noche, incapaz de soportar la tensión,  bajé al sótano. Prendí la luz. Por supuesto, allí no había ninguna estatua, solo la marca. Pero ahora sabía qué la había dejado: el pedestal.

Esa misma noche rastrillé el suelo. Luego cambié la tierra. No quedó huella alguna.

Una semana después la mancha había regresado. Mandé pavimentar el sótano con cemento. En vano: tras cinco días el cuadrado emergió


Los sueños me acosaban. Ella lo exigía: debía volver a erigir su altar. Si no… Tuve visiones del infierno que la criatura alojaba en sus entrañas.

«Yo te daré infierno», pensé.

En la cochera guardaba una lata de gasolina. En la cocina, cerillas.

Bajé al sótano. Sonriendo, derramé el combustible sobre la mancha cuadrada. Encendí el fósforo. Lo vi caer a cámara lenta, disfrutando. Las llamas estallaron, arrojándome un sopapo de calor.

—¡Arde, arde!

Hundí la mirada en el charco de fuego. Pero ahí seguía el cuadrado de oscuridad. Cada vez más negro, más… más tentador.

Escuché su llamada. Desde dentro.

Empecé a reír:

—¡No! ¡Yo gano!

El cuadrado brillaba. Primero en tonos verdes, luego azulados. Resplandecía preñado de estrellas plateadas.

Tentado, me acerqué.

«Oh. Es bello», pensé.

Me incliné… y resbalé hacia las llamas, hacia la mancha. Dentro de ella.

Allí me esperaba.

Ahora, maravillado y horrorizado ante lo que contiene la mancha, ni siquiera puedo gritar.

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Carne de mina

No hay hola.

Este fue uno de los dos relatos que mandé al V Certamen Walskium de microrrelato de terror y fantástico. Lo publico porque, como se ve, no quedó entre los elegidos.

Ilustración Y Certamen Walskium de MIcrorrelato de Terror y Fantástico

Ilustración Y Certamen Walskium de MIcrorrelato de Terror y Fantástico, a cargo de Iker Paz.

Este ‘Carne de mina’ no sé si catalogarlo de fantasía oscura o terror, o quizá de ciencia ficción oscura. Lo dejo a vuestra elección.

Pero si algo tengo claro eso es que el cuento está dedicado a todos esos trabajadores que día a día se juegan la vida por un jornal, y en especial a los mineros del carbón. Va por ellos.

No hay adiós.


El chorro negro impactó de lleno en la máscara de Jorge. El minero soltó el gatillo de la barrena e intentó zafarse, pero para entonces el sifón ya le había arrojado a tres brazas de distancia.

Entre una mezcolanza de aullidos humanos y mecánicos, las turbinas empezaron a soplar contra la pared.

—¡Fuga! ¡Una fuga!

—¡Rápido, saquémosle! —Li cogió a su amigo por los hombros. Logró alejarle del sifón, aunque para entonces el negrú ya se retorcía sobre la máscara filtradora.

—¡Aplicad tampón!

Un taponador corría hacia allí con el inyector entre las manos; a su espalda, el depósito enorme de fibrorresina.

El sistema de ventilación bramaba mientras generaba la atmósfera negativa. La presión de aire contra las paredes de la mina, junto al coagulante tampón, debería contener la filtración de protoplasma hambriento. El caos lo completaban los lamedores: recorrían la galería esquivando las piernas de los mineros y absorbiendo cualquier resto de negrú. La galería debería quedar limpia lo antes posible: la producción no podía cesar.

Li depositó a Jorge sobre un volquete medio lleno. Una vez al volante, puso rumbo hacia el elevador.

—No noté… nada —La máscara filtradora apagaba más aún la voz de Jorge—. Ni… menor señal…

—Calla.

Li observó los hilos de negrú. Fluían ávidos sobre el respirador. Sin dejar de conducir, enfocó su linterna sobre la unión entre la máscara y el mono. «Malditos recortes», pensó. «Necesitamos mejores equipos, con mejor estanqueidad». El negrú se acumulaba en la juntura. Li casi podía notar cómo empujaba para romper el sello.

—Tengo… calor.

—Ya pasará, amigo. En cuanto salgamos.

Jorge tosió. El esputo quedó retenido en la cánula del respirador.

—Intenta relajarte. Queda poco.

—Calor. Mucho…

Li apretó el acelerador, pero el volquete no podía ir más rápido. La luz de su sirena oscilaba —roja, amarilla, roja— sobre las paredes incendiándolas con un fuego fantasmal y agorero.

Decidió tomar un atajo: una galería antigua, casi exhausta. Allí apenas había barrenadores. Los pocos que encontraron desviaban la mirada ante la negrura gelatinosa adherida al cuerpo de Jorge.

Una señal indicó la proximidad del pozo.

—Queda poco. Aguanta. —Li volvió a enfocar con la linterna a su amigo. Tras las ventanas oculares de la máscara, Jorge pestañeó. Movía con lentitud unos ojos apagados, lánguidos.

«Maldita sea».

Llegaron al pozo. La jaula no estaba y el indicador de nivel llevaba meses roto. Cerca de ahí un compañero, linterna en mano, revisaba el contenido de una vagoneta.

—¿Donde está la grillera?

—Si no me equivoco, por el trescientos.

«Apenas cincuenta niveles por encima».

—Perfecto.

—Pero en ascendente, amigo.

Aquello anuló las esperanzas de Li. El elevador no volvería a descender hasta salir a superficie.

—Por todo lo… —Las palabras escaparon de sus labios crispados. Miró horrorizado a Jorge. El otro minero le imitó. Acercó su luz y estudió al yacente. Tras un instante de duda, incidió el haz justo sobre el visor.

—Está asimilado. Lo siento —Sonaba indiferente—. No le dejarán subir: ya es carne de mina.

Tragando saliva, Li admitió la verdad: el nigrú había atravesado el sello e invadía a Jorge. Sí, ahí estaba. Lo vio rodeando los ojos, adentrándose bajo los párpados. Devorando, diluyendo a su amigo.

—Calor… —musitó Jorge, débil.

—Tranquilo, amigo: pasará.

Pidió ayuda al otro minero. Juntos descorrieron la verja del pozo. Incluso dentro del mono notaron la corriente abrasadora que ascendía desde el fondo. En silencio, colocaron a Jorge al borde de la sima.

—Por favor, perdóname —imploró a su amigo—. Perdóname… y no regreses por mí.

Lo arrojaron a la oscuridad.

—Debo regresar —dijo Li, vacío—. Hay trabajo.

La Liberación

Texto presentado al concurso Walskium. Requisitos: un máximo de 600 palabras y temática de terror u horror.

El mazo del carnicero golpeó la mesa con brutalidad:

–¡Adjudicado! ­–bramó. Se sentía exultante ante la cifra desproporcionada con la que había culminado la subasta. Su ayudante empezó a preparar la mercancía mientras él se dirigía al vencedor:

–Portari–vol, si le place mi libador acudirá a su casa mañana.

Portari, el vol ganador de la puja, asintió. Alto y espigado, de mirada torva, recibió en silencio las felicitaciones del resto de pujadores. Ordenó a su porteador que cargara con el esclavo recién adquirido: un enorme joven de tez tostada y pelo azabache. Gritaba en un idioma bárbaro, incomprensible, pero sus ojos inyectados de odio lo decían todo. Gruesas cadenas constreñían su cuerpo. Aun así seguía pugnando por liberarse, revelando su musculatura de titán para mayor satisfacción de su nuevo amo: su vitalidad cubriría a la perfección las necesidades de Portari.

Con un amago de reverencia a los pujadores el vol partió de regreso hacia su mansión en el barrio alto de Efímera. Tras él caminaba su remodelado porteador: las dos piernas gruesas como columnas sostenían un enorme torso acéfalo y sin brazos pero plagado de garfios robustos y prensiles. De dos de ellas colgaba, desesperada, su adquisición.

***

La camilla disponía de gruesos cinturones de cuero y presidía un sótano repleto de tubos y extraña maquinaria. Los mayores temores del esclavo se veían confirmados: le habían escogido para sufrir una remodelación. Ayudantes de formas imposibles le sujetaron a la camilla cambiando cadenas por cinchas. Mientras tanto Portari activaba aparatos, conectaba cables y repasaba exóticos grimorios. Cuando el esclavo estuvo afianzado el vol procedió a conectarle electrodos, dibujar runas sobre su piel e insertarle agujas. Los catéteres se perdían en la oscuridad del sótano.

El bárbaro maldecía sin parar. Años atrás había oído hablar del antiguo arte de brujería llamado remodelado, sólo practicado ya en Efímera. Cuando le capturaron nunca pensó que acabaría en esa ciudad, vendido como carnaza y arrojado a las garras de un vol–moldeador. Ahora, agotado e incapaz de luchar, sólo le quedaba una esperanza: La Liberación. Sabía que toda remodelación conllevaba un enorme dolor, casi agónico. Pero por drásticos y radicales que fueran los cambios que el nigromante realizara en su cuerpo la operación acabaría. Su cuerpo deformado ya no sufriría más y el dolor desaparecería. A ese tránsito lo llaman La Liberación.

La operación empezó. Portari inyectaba sustancias y aplicaba corrientes. También recitaba poderosos conjuros de Voluntad. El joven se retorcía de dolor mientras notaba cómo su carne y huesos fluían.

La Liberación. Sólo pensaba en ella.

Al final de una aparente eternidad el proceso acabó.

Portari sonrió satisfecho. El joven respiró aliviado.

–Ya pueden bajar­ ­–anunció Portari. Instantes después entraban al sótano dos hombres.

–Perfecto. Un diseño perfecto. El computador ha registrado la patente, ¿no?

Portari señaló una mole de metal y carne:

–En efecto. En breves instantes la excretará y uno de mis esclavos se la entregará. Todo un placer trabajar con ustedes.

–El placer es mutuo.

Los dos extraños salieron. Portari miró satisfecho la masa de carne que antes fuera el joven bárbaro.

–Has resultado muy útil, animal. Y vas a serlo todavía más. Tu cuerpo posee una fortaleza incomparable, la mejor arcilla posible en manos de alguien como yo, desarrollador de nuevos formatos de remodelados. Descansa, querido: tengo en mente un nuevo diseño. Mañana lo intentaremos. Espero que aguantes muchas más remodelaciones.

Portari partió, no sin antes agregar:

–Y tras morir te espera mi hermano: desea practicar el arte de remodelar almas.

El amasijo de carne respiraba relajándose, acomodándose a su nuevo cuerpo. No comprendía el lenguaje del nigromante.

Sonreía.

Liberado.

———

Licencia de Creative Commons

La liberación by Juan F. Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

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