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Veía lo de los hondureños y algo me sonaba

No hay hola.

Pues sí, me sonaba, y ahora os lo explico.

Supongo que más de uno habrá leído las noticias referentes a esa columna de gente que ha salido desde Honduras y ya ha llegado a México. La necesidad, la desesperación, les ha hecho abandonar sus hogares para iniciar una marcha en dirección noroeste. ¿Hacia dónde? Pues hacia la tierra prometida, esa que se hace llamar «de los libres». Los números dicen que se trata de una primera columna de varios miles de personas, de los que uno de cada cuarto son niños.

Un grupo de migrantes cruzan en balsa el río Suchiate para llegar a México / VÍDEO: ATLAS. HÉCTOR GUERRERO. Fuente.

La cosa es que mientras leía las noticias algo me rondaba la cabeza, algo que tras una simple búsqueda en mi ordenador me ha llevado a esta línea:

«20 de julio de 2019. La oleada sudamericana atraviesa México y llega a la frontera sur del Granero Norteamericano».

La línea sale de un relato que colgué en la web hace cosa de tres años: ‘Medidas drásticas’. Así sola, se parece de manera más que nada tangencial a lo que sucede estos días en México. Pero para aclarar de qué iba el tema hay que leer un poco más arriba:

«2 de julio de 2019. Haciendo suyo el leitmotiv de ‘Hagan sitio, hagan sitio’ empieza la primera migración de ciudadanos del PPU hacia Los Graneros. El PPU suministra medios de transporte a los emigrantes. La mayoría de los movilizados rehúyen la prensa, pero los que no lo hacen apenas pueden ocultar que junto al hambre les mueve un difuso espíritu de revancha. “Es hora de que el Norte se cobre lo que le ha hecho al Sur. Quien siembra arena recoge simún”, dice uno de los emigrantes entrevistados.

»15 de julio de 2019. La primera oleada de emigrantes llega al Granero Europeo atravesando Oriente Medio».

Gente hambrienta que atraviesa países buscando comida y una vida mejor en unos países rebautizados como Los Graneros. Esos Graneros del relato son lo que ahora se llamamos Primer Mundo: lo que siempre se ha considerado Occidente ha perdido el poder ante una especie de O.N.U. en la que se han impuesto los países del Tercer Mundo, y ha quedado convertido en zonas de cultivo para alimentar al resto del planeta.

Pero me desvío. En mi cuento hay una marabunta de gente, sureños, que huye del hambre y de la precariedad buscando en el norte una vida mejor y sin hambre. ¿No suena un poco a lo que está ocurriendo? Me parece de lo más triste que se pueda hallar la más mínima semejanza entre un relato tan deprimente como ‘Medidas drásticas’ y la realidad. Doy por hecho que no llegará a suceder lo que narro en él. Pero al mismo tiempo escucho al demente ese que está al frente de los EE.UU. decir que pretende bloquearles con el ejército. Más aún, habla de responder posibles pedradas con tiros (muy israelita eso, cambiar una piedra de un chaval por una bala de un soldado). Oigo todo eso y tiemblo ante lo que puede pasar cuando esa pobre gente llegue a la frontera de los EE.UU. En un país de gatillo tan ligero como los EE.UU.M. (la ‘M’ va por ‘de Mierda’, sí) eso puede acabar como otras matanzas que ya hubo en países civilizados.

Policías rodean los cuerpos de mineros abatidos durante los enfrentamientos en la mina de platino de Lonmin, cerca de Rustenburg, Sudáfrica. Más de 3.000 mineros llevaban protestando por sus condiciones salariales desde el pasado viernes. Fuente.

El mundo cada vez se está volviendo no solo loco, sino estúpido e irracional (por ejemplo, con gilipollas que, en un país envejecido como casi ninguno, están en contra de la inmigración). Eso no me da buenas sensaciones, no. Que alguien pare este jodido tren loco, que me quiero bajar.

Espero que todo esto de los hondureños no degenere en auténticas medidas drásticas.

Aunque no hay que olvidar el último párrafo de mi cuento:

Las palabras de Desmond I resuenan sarcásticas por todo el mundo: “Al final el Ser Humano vencerá”. En efecto, con La Caza hay vencedores y vencidos. Pero cuando el Ser Humano triunfa sobre el Ser Humano sólo hay una auténtica víctima: el propio Ser Humano.

Parece que demasiada gente aún no se da cuenta de ello. El egoísmo y la egolatría dominan el mundo 😦

No hay adiós.

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Acerca de ‘seres’ y ‘-mentes’, criaturas nada mitológicas

No hay hola.

Hace unos días, charlando con unos colegas de esto de la afición a la escritura, salió el tema de mi fobia al verbo ‘ser’. En concreto en cómo comento/corrijo los textos de otros que me llegan. Cuando me pongo a comentar un texto suelo acabar resaltando los verbos ‘ser’ cada vez que aparecen, y con ello siempre sugiero su eliminación. La última vez que los empecé a marcarlos (incluso en un cuento de apenas el centenar de palabras) me dijo un compañero: «¿Pero qué problema tienes con el verbo ‘ser’?», y soltó una carcajada.

Pues bien, voy a tratar de reproducir y ampliar lo que dije en ese momento.

Desde hace años considero al verbo ‘ser’ (y en menor medida el ‘estar’) como una palabra comodín. Digo lo de comodín en el sentido en el que hay quien tiende a usarlos en múltiples situaciones, para aplicarse a muy diferentes acciones y/o significados. En el caso concreto del verbo ‘ser’, parece casi un multiusos. No resulta raro encontrar textos en los que ese verbo aparece si no en cada frase, sí varias veces en cada párrafo. No tengo aquí ejemplos de textos libres de derechos que me sirvan de ejemplo (y no voy a colgar los de alguien aficionado), pero quien dude acerca de lo que digo solo tiene que coger un libro cualquiera y comprobarlo. El verbo ‘ser’, en sus diversas formas conjugadas (por no mencionar el de la pasiva innecesaria), tiende a aparecer poco menos que en todas partes.

Como decía, esa abundancia de ‘seres’ me ha acabado generando algo que podría considerar como hipersensibilidad al verbo ‘ser’. De manera inconsciente los detecto, poco menos que si resaltaran dentro de entre las palabras.

Bueno, entre el párrafo anterior y el actual hay un lapso de casi un día. En ese tiempo he pensado mucho (es un decir) y he decidido copiar parte de uno de los libros que en su momento me marcaron. Sé que no tengo derechos del mismo, pero dado que uso el párrafo a modo de muestra de estilo y por puro afán didáctico, espero no tener problemas por ello con el propietario. Ahí va. Voy a resaltar los verbos ‘ser’ que me he encontrado en una lectura rápida:

«En la boca de tormenta había un payaso. La luz era suficiente para que George Denbrough estuviese seguro de lo que veía. Era un payaso, como en el circo o en la tele. Parecía una mezcla de bozo y Clarabell, el que hablaba haciendo sonar su bocina en Howdy Doody, los sábados por la mañana. Búfalo Bob era el único que entendía a Clarabell, y eso siempre hacía reír a George. La cara del payaso metido en la boca de tormenta era blanca; tenía cómicos mechones de pelo rojo a cada lado de la calva y una gran sonrisa de payaso pintada alrededor de la boca. Si George hubiese vivido años después, habría pensado en Ronald Mcdonal antes que en Bozo o en Clarabell».

En todo el párrafo solo hay cuatro ‘seres’, pero os aseguro que hay textos (tanto de aficionados como de profesionales) en los que se prodigan mucho más. He escogido este libro porque, pese a sus defectos formales, tiene una fuerza comparable a muy pocas obras.

Ahora voy a hacer un poco de números:

Proporción de ‘seres’ respecto a la extensión total: 124 palabras / 4 ‘seres’ ≈ 1/17.

Proporción de ‘seres’ respecto a la cantidad de verbos: 15 verbos / 4 ‘seres’ ≈ 1/4.

Como veis, resulta llamativo no sólo su relación entre el total de palabras, sino su relación entre el total de vernos (he contado como verbo simple las formas compuestas), un preocupante 1 sobre 4. Y eso que este texto no sufre la sobreabundancia crítica a la que me refiero.

«Bah», dirá alguno. «¿Qué tiene de malo eso?».

Voy a ello. ¿Qué tiene el verbo ‘ser’ que me produce esa reacción?

Aviso: aquí entro en la valoración personal. Sé que mucha gente no coincide conmigo, algo obvio dado que sin el menor problema se editan textos con esa sobreabundancia.

A lo que iba: ¿qué tiene este verbo ‘ser’ que tanto me irrita? Su presencia excesiva, siempre desde mi punto de vista, arruina textos. ¿Cómo sucede eso? Pues porque, en la inmensa mayoría de las ocasiones, la presencia de uno de los ‘seres’ sustituye, por no decir quieta de en medio, a otro verbo diferente, más activo, más plástico, más visual o todo a la vez. A un verbo o un cambio en la estructura de la frase, incluso sin verbo alguno, pero un cambio de más viveza y dinamismo, más de mostrar en vez de contar.

Voy a retomar el texto anterior y realizar cuatro simples cambios de verbo:

«En la boca de tormenta había un payaso. Aquella luz bastaba para que George Denbrough estuviese seguro de lo que veía. Se trataba de un payaso, como en el circo o en la tele. Parecía una mezcla de bozo y Clarabell, el que hablaba haciendo sonar su bocina en Howdy Doody, los sábados por la mañana. Solo Búfalo Bob entendía a Clarabell, y eso siempre hacía reír a George. La cara del payaso metido en la boca de tormenta lucía blanca; tenía cómicos mechones de pelo rojo a cada lado de la calva y una gran sonrisa de payaso pintada alrededor de la boca. Si George hubiese vivido años después, habría pensado en Ronald Mcdonal antes que en Bozo o en Clarabell».

¿Ha perdido algo el texto al quitar los ‘seres’? mirad: queda claro que había bastante luz, el payaso sigue ahí, presente, se ha fortalecido la relación entre Búfalo Bob y Clarabell de tal manera que ahora los une un único y claro verbo, y de repente la cara del payaso no ‘es blanca’—sin más— sino que posee un matiz luminoso que bajo la tormenta llama la atención. Y todo eso sin necesitar el verbo comodín ‘ser’.

Vale, ya no es el texto original del autor pero, ¿gana o pierde? Para mí, gana.

Os invito a analizar textos de otros autores y tratar de hacer este ejercicio: a lo mejor os lleváis una sorpresa y descubrís cómo los textos se pueden mejorar.

Tras años practicando esta manera de leer, he llegado a un punto en el que intento de manera inconsciente nunca poner ‘seres’: sí, de vez en cuando se me escapa alguno (y sé que a veces resulta/es imposible huir de ellos), pero siempre trato de evitarlos.

Ahora que tengo ya esto escrito, cuando alguien me pregunte por qué le recomiendo no usar ‘seres’ ya tendré la respuesta preparada 😉

Hasta ahora he hablado de uno de los monstruos nada mitológicos de la escritura: el ‘ser’. Ahora hablaré de otro: el ‘-mente’. Con este en concreto no me voy a extender tanto como con el ‘ser’.

Cuando digo ‘-mente’ me refiero a los adverbios modales formados por una adjetivo como raíz y la terminación ‘-mente’. Pues bien, esos adverbios tan infantiles (perdón, pero ese adjetivo me viene a la mente al pensar en ellos, recordando cómo escribía yo de pequeño), si no tienes cuidado, acaban proliferando como chinches. Tal y como sucede con los ‘seres’, para cada ‘-mente’ suele existir siempre otro adverbio (o, mejor aún, una descripción modal) que le puede sustituir. De nuevo os invito a practicar a con ellos: buscarlos, contarlos, tratar de sustituirlos y comparar con el texto original.

El autor antes citado tiene por frase ‘consejo de escritura’ la de «El camino al infierno está enlosado de adverbios». Una pena que él mismo, sobre todo en sus obras más recientes, se haya empeñado en empedrar toda una autopista al infierno.

Sigo. Si en vez de escribir ‘caminé lentamente’ pongo  ‘caminé con paso de tortuga’ o ‘caminé con la calma de un reo acercándose al patíbulo’, creo (yo, insisto, yo) que consigo que el texto gane en calidad. Hablo de calidad y me refiero a mostrar más que contar, la regla olvidada por muchos aficionados… y no tan eficionados.

Para ver cómo el exceso de ‘-mentes’ se carga un texto no os voy a copiar ninguno. Eso ya lo he dicho antes. Por el contrario, os invito a sufrir la tortura de leer el relato «El segundo deseo» de Brian Lumley. Lo podéis encontrar en la antología Nuevos cuentos de los Mitos de Cthulhu, de la editorial Valdemar. Si alguno se atreve con él y quiere comentarme su impresión al acabar el último párrafo, invitado está. Yo, ¿por fortuna?, no sé dónde he metido el libro. Así no me tienta la idea de volver a leer/sufrir ese cuento.

Acabo ya.

¿Y todo esto, a qué viene? A que creo que la literatura debe poseer, en primer lugar, un cariz visual, inmersivo. Usando este tipo de muletillas, hábitos y defectos formales inciden en que los textos pierden (en mayor o menor medida) esa esencia descriptiva. De nuevo hago mención al mostrar más que contar.

También considero que escribir debe tener mucho de reto, de esfuerzo. Caer en muletillas y hábitos como los que he descrito va en contra de ese espíritu de superación. Más aún, un texto sobrecargado de ‘seres’ y ‘-mentes’ me indica dos cosas: o que no sepa el problema que representan, o que lo sabe y le da igual (esto es, dejadez, indiferencia y, al final, falta de respeto hacia el lector y hacia su propia obra). Sí, puede que con un texto descuidado vendas más, pero a lo mejor acabas convertido en un mero juntaletras. Y yo (y hablo de mí) a ese tipo de juntaletras nunca los llamo escritores. Ya pueden vender millones de libros y poseer fama internacional, pero un texto apresurado y descuidado no los convierte en escritores.

No hay adiós.

PD: Maquetando esta entrada veo que ya hablé una vez de los de los ‘seres’. Maldita memoria de pez.

Un lío creado por no saber usar los dos puntos (:)

 

No hay hola.

No tenía pensado poner nada en el blog hasta dentro de unos días, pero acabo de leer una noticia que me parece tan ridícula (al tiempo que indicativa y alarmante) que voy a escribir unas palabras.

Apareció en Diario 16, pero llegué a ella a través de menéame.

Todo empezó con esto:

Vaya tontería, ¿no? Pues se ve que esa tontería ha armado un lío increíble. El padre en internet, que se declara ingeniero de minas, en su afán de defender a su hijo de siete años, dijo que las respuestas que dio el niño estaban bien y que «quien no lo ha entendido bien es el profe» (sic).

Supongo que como ingeniero de minas Ignacio Bárcena sabe mucho de excavar la tierra. Sin embargo su interpretación del ejercicio me demuestra que no ha excavado mucho en lo que se refiere a la montaña de los fundamentos del uso de la lengua española.

Estamos ante un enunciado de seis palabras, seguido de 5 casos a resolver. ¿Complicado de leer y comprender? Pues parece que sí. Pero, ¿por qué? ¿Por qué ni Ignacio Bárcena ni muchos otros no lo han sabido comprender? Pues porque él, como el resto que le apoya, no saben cómo funciona el signo ortográfico dos puntos (:).

¿Quién nos dice cómo funciona ese incomprendido? Pues, por supuesto, la RAE. Aquí dejo el texto donde se explica su uso. Citaré su inicio:

«dos puntos. Signo de puntuación (:) que representa una pausa mayor que la de la coma y menor que la del punto. Detienen el discurso para llamar la atención sobre lo que sigue, que siempre está en estrecha relación con el texto precedente. Se escriben pegados a la palabra o el signo que los antecede, y separados por un espacio de la palabra o el signo que los sigue.

1. Usos lingüísticos

1.1. Preceden a una enumeración de carácter explicativo: Ayer me compré dos libros: uno de Carlos Fuentes y otro de Cortázar».

Su se usase la comprensión lectora (especie en vías de extinción, al menos más allá de los 140 caracteres), se hubiera leía y entendido el punto 1.1, lo que impediría debates ridículos como el descrito en la noticia.

¿Qué se infiere del punto 1.1? Que los dos puntos indican que debes expresar/ampliar/detallar/hablar-de el concepto que los antecede. Tal y como dice la RAE, tras ellos debe ir una ‘enumeración de carácter explicativo’.

Yo lo veo claro y conciso: «Diez: 10».

Si en vez de dos puntos (:), tras ’10’ hubiera una coma (,) ya sería otro cantar y se podría dudar de si estamos ante una secuencia del tipo «Diez: 11» o qué. Pero los dos puntos no dejan hueco a la duda: hay que explicar lo que viene delante de ellos.

En definitiva, el twit supone otro ejemplo de cómo ese código de comunicación entre personas llamado idioma español (y al que le tengo tanto cariño) se degrada debido al aumento de la falta de cultura lingüística. Eso sí, ayudado por el odioso y perjudicial ‘pero me sentyende norl?‘.

No hay adiós.

No usar ‘ser’: un reto que debería durar por siempre

No hay hola.

Sólo dar un breve apunte. El taller de este mes de Literaturas va acompañado del ya habitual reto. Pero esta ocasión el reto reza lo siguiente:

Como reto adicional (no obligatorio), os proponemos una especie de juego: escribir el relato sin emplear el verbo “ser” en ninguna de sus conjugaciones.

La gente que me conoce del taller sabe de sobra lo que opino de ese verbo ‘ser’. Para mí, a pesar de lo mucho que se recurre a él, más que ayudar a los textos los embarra. ¿Por qué? Porque al incluir un verbo ‘ser’ en una frase suele tener como resultado el dejar por el camino un verbo mucho más ‘visual’ o ‘significativo’. Mi repulsión a ese verbo comodín se parece mucho a la que siento por los nauseabundos adverbio modales tipo ‘—mente’ que empiedran el camino al infierno literario.

¿Qué quiero decir con esto? Que el reto de este mes, el no usar nunca el verbo ‘ser’, no debería quedarse sólo a este mes sino que habría que vivirlo de manera permanente. No digo no poder usar ‘ser’ por el jamás de los jamases, pero sí evitar la sobreutilización que en el lenguaje oral se hace de él.

Bueno, ya he dicho lo que me pedía el cuerpo decir. Y sin necesidad de recurrir a un solo ‘ser’… salvo los de los ejemplos, claro 😛

No hay adiós.

PD: Sí, estas dos simples premisas de ‘buen hacer literario’ (evitar los ‘—mente’ y los ‘seres’) no las cumple la mayoría de autores que leo, afamados o no. Así ocurre que me provocan nauseas algunos textos y traducciones. Pero a ellos les editan; a mí no 😦

Se acabó el serial #LCAdR: ¿y ahora qué?

No hay hola.

Voy a desparramar un poco, así que avisado estás.

El pasado lunes acabó ‘La cuenta atrás del relojero’. Tras veinte semanas (veintiún capítulos) la historia llegó a su final. Veinte semanas. Cinco meses.

Me di ese tiempo para tener un texto definitivo de una novela. Parecía mucho, ¿no? Pues no. A día de hoy ni siquiera he acabado el primer borrador. Llevo escritas más de cien mil palabras, que calculo que suponen en torno a unos dos tercios de la extensión. Y estoy hablando de la extensión del primer borrador, que no del texto final: a medida que he ido avanzando me han surgido más y más notas de ambientación, notas que deberé introducir en la primera revisión. La mayor parte de esas notas no se refieren a naderías sino que consisten en pinceladas básicas (y necesarias) para poder dibujar el mundo tan complejo en el que me he sumergido con esta novela.

¿Cuánto tiempo me llevará acabarla? No me atrevo a dar una fecha, la verdad. Ojalá para navidad la pueda empezar a mover por editoriales o agentes. Ojalá.

El guion inicial (las tarjetas de base) consistía en treintaiún capítulos con once interludios, un prólogo y un epílogo. La obra actual ya cuenta con cuarenta capítulos y los interludios han pasado a ser diecinueve. Espero que esto sirva para hacerse una idea de cómo está engordando el original.

¿Cómo voy de avanzado? Ahora mismo tengo acabados los borradores (e insisto en ello: hablo de borradores, textos esbozados y temporales) de todos los interludios, y los veintisiete primeros capítulos. Eso me sitúa en que me queda más o menos por redactar un tercio de la obra.

Luego llega la ingrata y costosa labor de pulir y reescribir. Porque ya mismo sé que hay secciones enteras horribles: tienen su origen en los días en los que, pese a no estar nada inspirado, me he obligado a avanzar. Esos días he acabado perpetrando textos que apenas sirven como mero armazón de acontecimientos: requieren una reescritura absoluta, hecha con un mínimo de inspiración y no simple fuerza bruta.

Algunos pueden decir ¿por qué tanto esfuerzo, tantas horas? Sobre todo porque quiero hacer algo de lo que me sienta orgulloso. Intentaré que esta primera novela muestre mi manera de escribir y no se limite a algo hecho de manera apresurada. La historia de base podría haberse narrado en (a lo sumo) cincuenta mil palabras, pero lo que entonces tendría entre manos apenas podría calificarse de lectura ligera, carente ni de trasfondo, ni de ambientación, ni de atmósfera ni de personajes. No quiero que el primer título bajo mi nombre se asocie a obra de cartón piedra, como algunos ejemplos que ahora mismo tengo en mente y que me niego a nombrar. A día de hoy uno no resulta difícil encontrar lanzamientos editoriales que a mí me provocan vergüenza ajena. La calidad literaria ha dejado de ser un requisito. Mejor no hablemos de que estén escritas sin faltas de ortografía: hay editoriales y autores a los que les da igual que sus obras no superen la criba de una redacción de 2º de Primaria. El ‘pero me se entiende no?’ ya se ha instaurado incluso en la editoriales. Yo intentaré que en mi caso no me puedan echar en cara nada similar. Si para ello me debo tirar todo un año revisando, lo haré. Por todo esto que os cuento voy a seguir con la novela. Y voy a hacerlo hasta que acabe. Eso implica que hasta entonces esta web tendrá pocos contenidos.

Y hablando de contenidos ahora debo hablar de otra cosa que afecta lo que hasta ahora se leía en esta web: los cambios en Literautas.

En buena parte este blog empezó como resultado de mi relación con Literautas. Gracias a Literautas salí de un bloqueo creativo de en torno a diez años. La norma de los tres comentarios anónimos se me hacía de lo más interesante. Tanto es así que desde el primer momento he valorado más los tres comentarios anónimos que los que aparecían en la parte inferior del cuento (aunque no voy a negar que los otros no los recibiera mal). En el blog he ido colgando los comentarios, las impresiones a la hora de afrontar los retos.

Pero ahora esa ‘relación’ ha dado un giro de ciento ochenta grados: el taller ha pedido todo el interés, al menos para mí. ¿Qué ha pasado? Si no me equivoco lo de Literautas me parece la crónica de una muerte anunciada: una muerte de éxito. Se les está yendo de las manos, demasiado poblado. Ahora que los usuarios se han ¿duplicado? ¿triplicado? desde que yo llegara han dado el paso de ‘liberalizar’ el ecosistema: la norma de las tres críticas obligatorias y anónimas ha desaparecido. Para los responsables de la web sin duda supone una menor carga de trabajo. Pero me da en la nariz que va a tener sus consecuencias. Palabra de anticapitalista 😉 La desregulación libegal siempre tiene resultados nefastos. En este caso me temo que ocurrirá será que el taller convertirá en un patio de colegio poblado por grupitos endogámicos. Los miembros de esos grupos empezarán el consabido ritual de ‘cómo me gusto/cómo me gustas/comámonos uno a otro lo comible’, incapaces de decir a la cara ‘esto está mal por esta razón y por esta otra’. Porque ¿para qué me voy a esforzar en hacer una crítica constrictiva y elaborada para un desconocido cuando tengo mi círculo de amigos que me doran la píldora y yo se la doro a ellos? Eso sí, para los gestores resulta de los más cómodo. Se limitan a moderar los comentarios si alguno se sube de tono y ale, listo.

En definitiva, Literautas apunta a convertirse en una nueva y pequeña red social de amistades/contactos. Y a mí eso no me va (lo intenté con Scrites, pero no pude: esto del caralibro y similares me supera). No me va nada.

Lo dije desde el primer día: Literautas me ha servido de revulsivo, de acicate, de vigorizante. Me permitió salir del caparazón del bloqueo creativo, y de paso de mi cuarto oscuro, de esa dinámica de escribir sólo para mí. Todo ello se lo agradeceré siempre: si algún día me publican de verdad me siento en la obligación de incluirles en mi primera sección de Agradecimientos. Al César lo que es del César.

Pero el cambio en la dinámica del taller me hace alejarme de ellos. Casi con total seguridad no volveré a participar.

Así que sin aportaciones del taller ni serial ¿en qué quedará este blog? Pues en poco más que un escaparate de lo que vaya publicando por ahí, si consigo publicar algo. ¿De nuevo a la oscuridad de mi cuarto, a escribir en un 95% sólo para mí mismo? No lo sé. Al menos estoy seguro de que en esas tinieblas y en esa soledad me encuentro cómodo. El viaje fuera de ellas ha durado unos tres años, con un par de frutos destacables. No sé durante cuanto más se prolongará.

Hoy, más que nunca, tiene especial importancia la frase que cierra todas las entradas de este blog:

No hay adiós.

Si me quieres apoyar ya puedes hacerlo (un poco más)

No hay hola.

Puede que no te hayas fijado pero de unos días para acá he añadido un poco de html a algunas entradas, en concreto a las que albergan relatos. ¿Qué he añadido? Pues algo tan sencillo como un texto así:

¿Te ha gustado el cuento? Si quieres me puedes premiar con una donación: PayPal Donate Button

Así, si te ha gustado tanto el texto como para apoyarme ya puedes hacerlo de otra forma: donando aunque sea unos centimillos de euro. Mi ego y mi ánimo para seguir escribiendo os lo agradecerán infinitivamente. Por supuesto que siempre queda la primera opción de apoyo, la del comentario o la difusión por twitter, facebook o google+, algo casi más importante que la mera ayuda económica y que siempre os agradezco.

No hay adiós.

Malditos formularios online que destrozan textos

V Edición de Microrrelatos Getafe Negro

V Edición de Microrrelatos Getafe Negro

No hay hola.

Hace unas semanas participé con un relato en el V Concurso de MIcrorrelatos de Getafe Negro (en una entrada posterior hablaré más de eso, que tiene tela). Ahora, un poco aburrido y otro tanto como curiosidad, me he metido en la web de Getafe Negro. En ella se puede encontrar la totalidad de los microrrelatos enviados a dicho concurso. Por supuesto me dispuse a buscar el mío. Y lo encontré… por decir algo: por completo descabalado, sin retorno de carro alguno.

Muestra de formato web relatos del V Concurso de Microtrelatos Getafe Negro

Muestra de formato web relatos del V Concurso de Microtrelatos Getafe Negro

Vamos, un despropósito. Pero no lo digo por el concurso, ni por el jurado: lo digo por la aplicación (la página web con el formulario para el envío de textos) que recoge los textos. La tienen que mejorar. Y hacerlo ya. Dicha página web (o motor o sistema o como se quiera decir) está alojada en Escuela de Escritores: tienen tarea para evitar ese maltrato a los textos de los participantes.

No hay adiós.

Post data: pensándolo con más calma se me ocurre que quizá no sea culpa de Escuela de Escritores. ¿Y sí la culpa la  han tenido los de Getafe Negro? ¿O se trata todo de un error al enviar los datos desde el formulario de Escuela de Escritores a la base de datos de Getafe Negro? Como lo ignoro con seguridad no voy a culpar a nadie. Pero sí estoy seguro de quienes son las víctimas: lectores y autores.

Wolfdux's Lair

Blog de relatos

Las lecturas de Miss Iracunda

Libros que leo y otras historias

La desdicha de ser salmón

Pequeñas Literaturas por Aurora Losa

Miss Iracunda

Relatos perversos, macabros y peculiares.

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