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The fire of the ancestors

No hay hola.

No me había acordado de que tenía esta versión en inglés del cuento ‘El fuego de los ancestros’, así que con mucho repatraso al cuelgo aquí. Espero mi inglés tenga una base mínima como para que haya quedado una traducción algo decente.

No hay adiós.


Ten to O’clock: the avenue is crowded by curious wishing to carry a memory from the duelists. Most of them swirls around the one from Altair–4, a mass of flesh and tentacles; the less watches me with undisguised pity. This is good. The focus hits on N’Kay and his massive gauss rifle. Me, a modified human armed with a crossbow, have all the bets against me: N’kay 1 – 236 Nguyen. I’ve bet for me. If I win I retire… if I survive.

Five to O’clock: the crowd has fled to the stands leaving us alone. I hear their expectant, avid whispers. Everybody knows the rules: we can only use kinetic weapons (not energetic or biological) and a single shot per gunslinger and round. As the time comes for I evaluate the umpteenth time the movements of the alien; I’ve been doing this for months. I must face a weapon that throws hollow needles at almost relativistic speed. No one has survived it, but I’ll make it. I do. My strategy is to follow his movements, every one; study the rifle position with milimetric precision, calculate the trajectory of the needle and so avoid it.

O’clock: the twang of the watch silences all the murmurs. I can feel the weight of the crossbow, ready and armed, on my back. N’kay rises the rifle and then starts to dangle. He seems to want to play with me. I squirm like a snake shunning the imaginary line that emerges from the canyon.

A buzz, a thunder, an explosión. Screams. Pain. The bottom half of my left forearm has vanished. The healing factor starts working. Although seriously wounded I smile: it’s my turn. I take the crossbow and support it on the stump, which is beginning to heal. I know that, in his inhuman manner, N’kay mocks confident. A simple bolt against my soft and malleable body, he thinks. I point to the center and shot. The surprise comes when the dart sinks in the protoplasmic mass. The hipergrafen coverage melts detonating his soul of white phosphorus. Hell breaks loose inside N’kay. It’s his turn but he cannot do anything: the fire devours him, driving him crazy. The fire kills from within, slow and relentless. The audience roars euphoric.

I smile. As I faint I remember how centuries ago, in an already forgotten war, my ancestors suffered a similar fire. They survived. And they won. So we are Vietnamese.

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Cita ante el hipercubo

Relato que me publicó hoy hace un año la revista miNatura. Siguiendo la costumbre, como ya ha transcurrido ‘el plazo’ recupero el cuento para mi web.

Increíble pero cierto. ¡Bendito sea Schröeder! Su diseño de campo de éxtasis resiste incluso ahora, ante la singularidad inicial. No hay palabras para describir lo que veo.

Cuaderno de bitácora, día… ¡qué más da el día! Lo he logrado: he retrocedido casi catorce mil millones de años en esta sorprendente lata de sardinas. A lo largo de estos días mis ojos han visto cómo el universo de comprimía. Bueno, mis ojos no: los sensores taquiónicos.

Ante mí las galaxias han danzado volviendo a sus nidos de luz cegadora. A través de los altavoces he oído cómo el rumor del fondo de microondas recuperaba la energía y regresaba a su estado inicial de rayos gamma, un alarido lleno de furia. Los bariones han vuelto al seno de sus padres, los quarks y los gluones, como hijos pródigos mientras las ondas gravitacionales retorcían la sopa plasmática. Todo convergió hacia una inflación negativa, el espacio–tiempo crepitando al retraerse a la olla a presión que generó el cosmos.

Lo he visto todo por los monitores que tapizan la cápsula, flotando, apenas amarrado a la butaca cero–G. Afuera, más allá del horizonte Einstein– Schwarzschild–Schröeder que me rodea y protege, ya no existen ni el tiempo ni el espacio. Sólo quedamos el hipercubo y yo.

–Estoy ante el Principio de todo… y no hay el menor rastro de dios –las palabras de Gagarin surgen por sí solas: su recuerdo, incluso su presencia, lleva días rondándome.

Lo he logrado. Está todo registrado: ya puedo regresar a mi tiempo. Pero al ir a pulsar el botón de rebote salta una alarma. La cápsula queda inundada de luz roja y pulsante. ¿El campo ESS ha empezado a fallar? La luz, ¡se ha ido! Me envuelve una oscuridad densa, sólo rota por el alarido de la sirena… hasta que ésta cesa. Estoy ciego. Tiendo los brazos, palpo el aire. ¿Dónde demonios están los controles? No atino a dar con ellos. De hecho no logro encontrar nada. Ni siquiera noto las cinchas del asiento: floto en un vacío absoluto.

De repente intuyo una presencia. Ojos azules y fríos. ¿Gagarin? Alguien habla. ¿Yo… o él?

–Hágase la luz –escucho aquella voz y he que reconocer que sólo me pertenece en parte.

Todo explota a mi alrededor. Luz, espacio… y sonido en forma de exclamación: ¡Поехали!

 

El fuego de los ancestros

Relato que me publicó hoy hace un año la revista miNatura. Ha pasado ya bastante tiempo, así que lo recupero para mi web.

Menos diez: la Avenida está anegada de curiosos deseando conseguir algún recuerdo de los duelistas. La mayoría se arremolina en torno al de Altair–4, una mole de carne y tenáculos; los menos me miran sin disimular su conmiseración. Mejor. La presión recae en N’kay y su colosal rifle gauss. Yo, un humano reformado armado con una ballesta, tengo las apuestas en contra: N’kay 1 – 236 Nguyễn. He apostado por mí. De ésta me retiro… si sobrevivo.

Menos cinco: la multitud ha huido a los graderíos dejándonos solos. Escucho su murmurar expectante, ávido. Todos conocen las reglas: sólo podemos usar armas cinéticas (ni de energía ni biológicas) y un disparo por pistolero y turno. Mientras llega la hora evalúo por enésima vez los movimientos del extraterrestre; llevo haciéndolo meses. Me enfrento a un arma que lanza agujas huecas a velocidad casi relativista. Nadie ha sobrevivido a ella, pero yo lo lograré. Yo sí. Mi estrategia se basa en seguir sus movimientos, todos y cada uno; estudiar al milímetro la posición del rifle, calcular la trayectoria de la aguja y así evitarla.

En punto: el tañido del reloj acalla los rumores. Noto en mi espalda el peso de la ballesta, cargada y lista. N’kay alza el rifle y empieza a bambolearse. Parece querer jugar conmigo. Yo me retuerzo como una serpiente rehuyendo la línea imaginaria que surge del cañón.

Un zumbido, un trueno, una explosión. Gritos. Dolor. Medio antebrazo izquierdo se ha volatilizado. El factor de curación empieza a trabajar. Aun herido de gravedad sonrío: es mi turno. Tomo la ballesta y la apoyo sobre el muñón, que ya empieza a cicatrizar. Sé que a su manera inhumana N’kay se burla confiado. Una simple saeta contra mi cuerpo maleable y blando, pensará. Apunto a su centro y disparo. La sorpresa llega al hundirse el dardo en la masa protoplásmica. La cobertura de hipergrafeno se deshace detonando su alma de fósforo blanco. El infierno se desata dentro de N’kay. Le toca responder pero no puede: el fuego le devora, le vuelve loco. Le mata desde dentro, lento e implacable. El público ruge eufórico.

Sonrío. Mientras me desmayo recuerdo cómo siglos atrás, en una guerra ya olvidada, mis ancestros sufrieron un fuego similar. Sobrevivieron. Y ganaron. Así somos los vietnamitas.

La forja del martilleador

Relato que me publicó hoy hace un año la revista miNatura. Como se trata de un jodido fanfic (lo que hace que tenga un recorrido muy corto, por no decir nulo) pues lo cuelgo aquí para el disfrute de todos mis lectores. El párrafo en rojo al final no apareció publicado por razones de limitación de texto. El editor me sugirió eliminarlo, lo cual no me pareció mal, pero aquí dejo el cuento con la redacción íntegra original.

En la oscuridad de la forja Stargalt se sentía tan poderoso como el propio Shai–Hulud. En ella se unían las esencias de Arrakis: por un lado el calor asfixiante, cruel y despótico; por otro las densas tinieblas, encarnación tanto del reino subterráneo que habita el Hacedor como de las cavernas donde sus hijos demuestran su fe resistiendo.

La forja era su reino y su hogar. En ella Stargalt, como el propio Shai–Hulud, crea, moldea y pone a prueba a sus creaciones. En ella, como un fremen más, desafía al entorno inclemente que habitan y reivindica el derecho a tener su sitio en Arrakis.

El martillo de Stargalt resuena contra la barra al rojo vivo. Cada golpe arranca chispas que iluminan su rostro sudoroso. Las tenazas sostienen el metal manejándolo con la sabiduría aportada por años de experiencia. Él se encarga de todo: prepara la mezcla, alimenta el horno, maneja la colada; luego moldea, templa y forja las piezas que une con destreza. Stargalt crea corazones metálicos, reclamos a los que ningún Abuelo del Desierto puede resistirse: nadie le iguala a la hora de confeccionar martilleadores.

Ahora le respetan, pero ganar ese estatus ha supuesto tiempo y esfuerzo, años de soportar desprecio. Entonces no le llamaban Stargalt ‘el martilleador’ sino ‘el cojo’. Le consideraban un lastre. De eso ya hace mucho, pero cada martillazo le recuerda el consejo al que le sometieron y cómo luchó por defender su utilidad en el sietch.

–Stargalt, Arrakis no admite débiles –dijeron–. Menos aún un sietch como el nuestro.

–No soy débil; todavía soy útil. Dejadme demostrároslo –respondió.

Y lo demostró fabricando los mejores martilleadores. Dominó el metal que le traicionó, ese que como garfio de doma se dobló y cedió un día en su juventud. Shai–Hulud se había revuelto arrancándole de su lomo, aplastando su pierna y casi segando su vida.

Pero Stargalt aprendió. Ahora sus creaciones no dominaban a un gusano sino a cientos.

Dios creó Arrakis para probar a los fieles. Y Stargalt ‘el cojo’, ahora Stargalt ‘el martilleador’, había demostrado su validez.

Alabado sea Shai–Hulud.

Acerca de ‘Cita ante el hipercubo’

No hay hola.

Este cuento sé que requiere cierta explicación. Sobre todo tras ver los problemas que ha suscitado uno en principio más sencillo como ‘Entre un círculo y su radio’.

El número 141 de la revista miNatura tenía por tema cosmogonías. Desde crío ese tema me apasiona, de tal manera que ya he escrito varias (quizá demasiadas) veces sobre el mismo. Pero como esos cuentos siguen en mi baúl privado pues no merece la pena hablar de ello. Sí citaré uno que en ese sentido me publicaron en Revista Argonautas nº 1. Quien quiera leerlo es libre. Y si lo comenta, mejor aún.

Como he dicho, los mitos de la creación me han atraído desde pequeño. Así que no podía dejar de intentar entregar algo a miNatura.

El entorno en el que me crié me hizo mamar el mito judeocristiano (otro más entre las varias decenas que debe haber en el planeta, e igual de fantasioso y sin pies ni cabeza que los demás). Pero mi deriva personal me ha llevado a algo mucho más real: la teoría del Big Bang. Nada fantasioso y con mucha cabeza sobre sus pies. Ambos conceptos de inicio del universo, como no podía ser de otra manera, resultan poco menos que antagónicos. Me ahorraré comentarios para los que apoyan el Creacionismo y semejantes aberraciones. Con desearles una feliz esterilidad me basta.

Pero me pareció todo un reto el juntar ambos conceptos. ¿Cómo? Pues con un poquito de ciencia ficción y cierta dosis de fantasía, como a mí me gusta.

Por un lado apliqué un poco de la vertiente dura de la cifi: así, la descripción que doy de la formación del universo, vista ‘cámara atrás’, es 100% real (aunque muy esquemática, claro); de igual manera ‘el campo’ que acoge al protagonista tiene como base una realidad de los agujeros negros, el radio de Schwarzschild. El lado de cifi más ligerita aparece en forma del uso de ese radio gracias al invento de un tal Schröeder, capaz de generar con ese radio y ‘algo’ derivado de Einstein un ‘campo de éxtasis’ con el que viajar atrás en el tiempo. Toma invento tontuno pero oportuno.

Ya estaba metida la ciencia ficción. Ahora, ¿cómo juntar lo real (el Big Bang) con lo imaginario (la creación del Génesis)?

En el Génesis hay una frase muy especial: ‘hágase la luz’. Esas tres palabras quieren dar a entender un poder inaudito, divino: el poder del Verbo.

La cosa muy bien podía ir de frases poderosas. Ya tenía a una que definiera a uno de los contrincantes. Me faltaba otra que definiera el otro ‘bando’.

El hombre a lo largo de la historia ha numerosas frases de suma importancia. Una conocida por todo el mundo es Eureka. Pero, mira por dónde, Arquímedes no me valía. Sin embargo sí me era útil otro mito de mi infancia: Yuri Gagarin, el primer hombre en salir al espacio. Por aquella época leí que al salir de la atmósfera pronunció una frase lapidaria: ‘No veo a Dios aquí’. Ya más mayor descubrí que al parecer nunca dijo eso, pero por entonces ya me daba igual: la huella que había dejado en mí no se podía borrar. El hombre dejando claro que él sí existía, frente a un dios cada vez más imaginario. Esa simple idea ya podría dar para un cuento por sí sola, pero no en ese momento. Hay otra famosa palabra asociada a Gagarin. Una que encajaba como un guante en mi historia, aunque un poco más difícil de escribir y pronunciar: Поехали! En español significa ¡vámonos! y la pronunció en el momento del despegue, convirtiéndose en todo un emblema del espíritu de superación y aventura del Hombre.

Ya estaba: lo mágico frente a lo real, lo divino contra lo humano. Sólo hacía falta unirlo en la coctelera y dar a luz este microcuento. Espero que con esta explicación le saquéis más partido a la experiencia de leerlo, al menos tanta como yo al investigar y juntar esos pedazos. Estáis todos invitados: Поехали!

No hay adiós.

Rendez–vous with the hipercube

Short story created for #141 miNatura. The original text, Spanish version, is on the magazine. I worked on the translation but… I forgot to send it to the publisher 😛 Ok. Doesn’t matter: here it is!

Unbelievable but true. Blessed be Schröeder! His design of the stasis field resists even now, in front the initial singularity. I have no words to describe what I see.

Logbook, day… who cares what day is it! I’ve succeeded: I have traveled back in time nearly fourteen billion years in this amazing fish can. During these days my eyes have seen how the universe compressed itself. Well, not my eyes: the tachyon sensors.

Before my eyes the galaxies have danced back to their nests of blinding light. Through the speakers I have heard the rumor of the cosmic microwave background, recovering its energy and returning to its initial state of gamma rays, roaring in fury. Baryons have returned to the womb of his parents, quarks and gluons, as prodigal sons while gravitational waves twisted the plasma soup. Everything converged towards a negative inflation, spacetime crackling, retreating into the pressure cooker that generated the cosmos.

I’ve seen everything through the wall of monitors that lines the capsule, floating, tied to my zero-G armchair. Outside, beyond the horizon of Einstein-Schwarzschild-Schröeder that surrounds and protects me, no longer exist neither time nor space. I’m alone with the hypercube as unique companion.

–I’m in the Principle of It All… and there is no trace of the god –the words of Gagarin arise by own will: his memory, even his presence, have been stalking me for days.

I succeeded. Everything is recorded: I can already go back to my time. But as I press the Turn–Back button an alarm starts to rumble. The capsule is flooded on pulsing red light. Does the ESS field has begun to fail? The light is gone! A thick darkness wraps me, only broken by the wail of the siren… until it stops. I’m blind. I tend arms, I touch the air. Where the hell are the controls? I cannot find them. In fact I can’t find anything. I do not even notice the seat straps: I’m floating in an absolute vacuum.

Suddenly I sense a presence. Cold blue eyes. ¿Gagarin? Someone speaks. Me… or is he?

–Let there be light –I hear that voice. I listen it and I must admit that it’s not just me.

Everything explodes around me. Light, space and sound… as an exclamation: Поехали!

‘Cita ante el hipercubo’: otro microcuento en miNatura

No hay hola.

Se suele decir eso de ‘unos días tan tanto y otros tan poco’. Pues a mí me toca cambiar el orden de la frase a un ‘unos días tan poco y otros tanto’ para ajustarme a la verdad de las últimas fechas.

Entradas al blog, novedades y demás. ¡Viva la Pepa!

Portada miNatura 141

Portada miNatura 141

Ahora toca un nuevo anuncio (y no será el último): me han publicado otra vez en la revista miNatura. En esta ocasión el microcuento aparece en el nº 141 (¡capicúa!) y se titula ‘Cita ante el hipercubo’. Combina la exploración espacial, real y ficticia, con los viajes en el espacio–tiempo y los mitos judeocristianos (se le podría sacar cierta, remota, ínfima, relación con los Milhermanos). Sé que suena un poco raruno, a mezcolanza un poco sin sentido, pero por eso os invito a leerlo.

Y opinad. Los que tenéis caralibro y sabéis usarlo –no como yo– podéis decirlo por ahí. Tanto si os gusta como si no. Lo importante es que hablen de ti. Siempre se agradece la difusión: no sólo yo, sino seguro que también los editores.

Además he vuelto a autotraducirme al inglés. Arf. Eso es quizá lo que cuesta más. Y ni siquiera sé si queda medianamente bien. Pues no, no aparece la traducción: tonto de mí, la acabé y se me olvidó enviarla.

Lo mío no tiene nombre.

Pero eso me da la oportunidad de colgarlo aquí. ¿Cuando? No sé. Puede que en un rato (subir, maquetar y darle al play), mañana… o dentro de un mes, a medio camino con el siguiente número de miNatura. Ya veré lo que decido.

Podéis disfrutar de una ‘Cita ante el hipercubo’ en la página 79 (y en la 71 de un cuento de otro compañero del taller de Literautas: Wolfdux y su ‘Cosmogonía’).

Como siempre, aquí pongo una copia de respaldo: RevistaDigitalmiNatura141_sp.

Pd: dios mío, he puesto un –mente. ¡Penitenciagite!

No hay adiós.

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