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El aplauso cuatrienal

A raíz de esta situación me veo en la obligación moral de dejar aquí este texto escrito a vuelapluma. Dedicado no solo a todo el sistema público, sino también a muchos de los que salen a los balcones.


—Juan, ¿cómo estás?

—Bueno, tirando. Supongo que como todos: esta mierda del encierro nos descoloca.

—Ya. A mí me sucede lo mismo. Y con las dos crías…

—No te envidio. La mía ya no da esa guerra: no me entretiene.

—Bueno, entretener… A veces más que entretener me dan ganas de ahogarlas. Sobre todo cuando pelean

—Claro. Te comprendo: la mía también pasó por esa época. Qué, ¿estabas haciendo algo para matar el tiempo?

—Supongo que lo de todos: algo de móvil, películas, series. Incluso leer… ¿Y tú?

—Yo he optado por no hacer nada de eso. Bastante tengo con escribir.

—¿Puedes?

—Sí y no: por suerte tengo 275.000 palabras en papel esperando que las revise. Eso ya me entretiene de sobra. Y me temo que me va a durar incluso hasta cuando esto acabe.

—Bueno, eso y los perros.

—Claro: los jodíos no entienden de encierro ni de enfermedades. Ellos piden, piden y piden. Y, claro, también dan: cariño y lametones a todas horas.

—Acerca de los perros: me he fijado que estos días los bajas por la tarde siempre a la misma hora. Ya sabes que te puedo ver desde el balcón.

—Sí. Y yo te saludo.

—Ya, ya. Pero…

—¿Pasa algo?

—Sales siempre a eso de las ocho menos cinco. Los paseas mientras los demás aplaudimos a los sanitarios. Tú nunca les aplaudes.

—Ah, no. Claro que no.

—¿Claro que no? Pero si están en el frente, dando la cara por todos nosotros, por los infectados y los agonizantes.

—Ya, ¿y?

—Que hay que mostrarles apoyo, que estás con ellos. ¿Cómo no puedes apoyarles?

—A ver, Guille: yo les apoyo como el que más. Y desde el primer momento.

—Pues no se ve.

—¿Que no se ve? ¿Acaso apoyarles es salir al balcón durante cinco minutos a aplaudir?

—Es un gesto.

—Sí, es un gesto. Uno de tantos en este país tan dado a los gestos. Estoy con la partida de la Play, le doy a la pausa, salgo al balcón, aplaudo, me desahogo viendo las caras de los otros pringados y luego sigo con la partida. Ya está: así me quedo tranquilo.

—No me seas cínico. Eso es lo que único podemos hacer ahora.

—Tú lo has dicho: ahora. Pero yo prefiero apoyarles de otra manera. Antes y después. La gente de los balcones les apoya de esa manera simbólica cada día durante cinco minutos. De paso ven las caras de unos vecinos de los que no sabían su existencia, o ponen música, o cotillean a través del vacío de las calles.

—Ya, sí. Pero me sigue sonando cínico. Y no explicas cómo les apoyas.

—¿Te parezco cínico? ¿Cuántos de esos que ahora aplauden y lanzan vítores han votado antes a partidos que han desmantelado lo público? ¿Cuántos de ellos van a seguir votando a esos partidos que van a seguir externalizar, a no cubrir plazas? ¿Yo soy el cínico?

—No voy a hablar de política, Juan.

—Perfecto. No hablemos. Pero antes déjame acabar: me dices que no apoyo a los sanitarios, que no les aplaudo. Sí lo hago, pero de la única manera de verdad útil. Lo hago cada cuatro años (o cuando toque), votando a partidos que defienden este sistema que nos ha dado tan buena sanidad pública, común y generalista, de atención primaria, preventiva. Voto por partidos que defienden el bien común frente al egoísmo del «lo mío (mi beneficio, mi negocio, mi mercado) lo primero». Mira, se recoge lo que se siembra. Y eso ha pasado.

—Ya te he dicho que no quiero hablar de política.

—Vale. Dejémoslo. Venga, mañana te llamo yo. O si quieres monto una vídeo para que las niñas se vean, ¿vale?

—Vale. Cuidaos.

—Lo mismo te digo.

Hipócritas palmeros

Hipócritas palmeros

Canción del alba

No hay hola.

Envié este cuento para participar en el I Certamen de Microrrelatos “Miguel Hernández”. Lo escribí a saltacaballo el último día del plazo de entrega, entregándolo poco menos que sobre el límite.

El día de la entrega de premios (el pasado 27 de abril) estuve en el colegio donde se celebró el evento, a ver si había un poco de suerte. Pero no, mi cuento no ganó 😦

Entrega Premios I Certamen de Microrrelatos “Miguel Hernández”

Entrega Premios I Certamen de Microrrelatos “Miguel Hernández”.

Voy a hablar un poco de mi ‘Canción del alba’. Se trata de una historia sin toque fantástico alguno: decidí eliminar todo elemento fantasioso u oscuro para así no espantar al jurado. Lo hice porque me esperaba que fuera de un corte más tradicional que el que suele participar en concursos de género. Por eso elegí una historia como la presente. De ella decir que la orienté de manera premeditada hacia el autor que da nombre al premio, Miguel Hernández. Quien conozca un poco su vida y obra de captará los guiños que le hago al poeta, y sobre todo a su obra más famosa, Las nanas de la cebolla. Pensaba que así conseguiría caer en gracia, pero se ve que esa táctica no funcionó 😛

En la ceremonia de entrega, aparte de leer el cuento ganador, se leyeron algunos de los relatos finalistas. Para mi sorpresa, entre ellos había mucha mala leche: que contaban historias de odio, rabia e incluso humor negro. Y pensar que yo me esforcé en escribir un relato ligero y blanco, uno que no asustase ni por imágenes macabras ni de corte depresivo 😛 Está visto que tengo una capacidad nula para leer lo que busca un jurado. Así me va con los concursos.

Qué se va a hacer.

Nota: una vez fui jurado de un concurso de cortos. La experiencia se me hizo muy desagradable porque, pese a la criba previa (me entregaron una veintena de relatos finalistas, de un centenar recibidos), me encontré con cuentos redactados mal no, lo siguiente. El tema de la puntuación, que yo intento cumplir a rajatabla, se saltaba del todo por alto. Me pregunto si, entre esas historias finalistas (con un fondo duro e interesante), habrá alguna que yo hubiera descartado por tener una forma mala: problemas de sintaxis, de puntuación o faltas de ortografía. Sí, sigo siento un intransigente en ese aspecto: tanto para mis textos como para los de los demás. Y yo mismo me doy cuenta de que cometo muchos errores de ese tipo, que conste. Sobre todo en texto a vuelapluma como este.

Bueno, no me enrollo más, que ya ocupa más esta introducción que el propio relato que presenta. Aquí os dejo mi cuento. Espero que esta ‘Canción del alba’ os guste más que al jurado.

No hay adiós.


Los primeros rayos de sol despuntaban sobre la sierra cuando Manuel llegó al huerto. La mañana de enero, fría e inhóspita, le retaba a regresar a su casa:

—Manuel, aquí solo hay negrura y escarcha —parecía decir la madrugada—. Vuelve, desiste.

Pero él amaba su campo, su huerta.

En el pequeño cobertizo, repleto de aperos, había una llave de paso. Al girarla escuchó el murmullo alegre del agua al fluir libre. Cogió una azadilla: incluso en esa época del año los hierbajos no concedían tregua.

Cuando salió del chamizo el sol ya cubría el terreno con una manta de claridad fantasmal. Bajo ella descubrió el huerto tapizado de flores blancas. Indiferentes al espectáculo, los aspersores arrojaban una lluvia que desgranaba los rayos solares en niebla arcoíris.

El espectáculo sacudió a Manuel:

—El huerto llora y sonríe —murmuró—. Y el sol lo bendice con besos multicolores.

De repente le invadió una imagen de rejas, hambre y soledad. Tras ella fluyó una melodía tierna, cadenciosa.

Se adentró entre las flores. Lo hizo tatareando la canción dulce, arrulladora. Paternal.

Una espina se desgajó de su corazón.

Manuel esbozó una sonrisa. Reconfortado, se dispuso a cuidar de su huerto, su amado cebollar.

Acerca de ‘La última ofrenda’

No hay hola.

Bueno, hace mucho que no escribo uno de estos ‘Acerca de’ y ya toca.

Esta vez voy a hablar de ‘La última ofrenda’, el cuento que me acaban de publicar en el número 2 de Libros Libres.

Libros Libres 2

Libros Libres 2

Tras hablar con el editor, me dijo que para ese número necesitaban relatos con temática de distopías. Como sabéis, me va la fantasía más o menos oscura, con toques de terror u horror, pero para nada la distopía: ese subgénero no lo suelo practicar. Vamos, que cuando me dijeron que el relato debía ir por ahí me eché un poco para atrás.

Pero decidí aceptar el reto y me puse a ello.

Desde mi punto de vista plantear bien una distopía requiere espacio, palabras. Con un máximo de mil quinientas lo vi crudo desde un primer momento. Además no quería tirar de tópicos ya manoseados como 1984 y similares para economizar conceptos y acercar al lector a la historia. Debía usar una distopía cien por cien de mi factura.

Chungo. Debía intentarlo, pero lo veía chungo.

En eso que recordé que ya tenía una especie de distopía esbozada en un cuento, uno más o menos reciente: ‘La marea de sombras’. En él planteaba una España en la que el franquismo no se deshizo ‘formalmente’ en 1977 y aún seguía presente. Sí, en ese cuento la distopía se mezcla con la ucronía.

Nota: desde mi punto de vista puede haber una relación muy íntima entre distopía y ucronía. Una distopía muy bien puede nacer de una ucronía. A la mente me viene ahora mismo como ejemplo El hombre en el castillo, de Dick. El que el franquismo no diera paso a la llamada transición (ahí la ucronía) muy bien podría suponer una utopía para unos y una distopía para otros.

Vale, ya tenía ese cuento como base: muy cercano a la realidad actual, y en él jugaba con nombres y lugares conocidos por todos. La mejor manera de meter en salsa al lector. ¿Podía tirar del hilo y escarbar algo más? Si para Literautas saqué bien la idea con setecientas cincuenta palabras (ayudado de un claro homenaje a los Beatles), ¿podría sacar algo digno relacionado en el doble de palabras?

Me puse a ello. Al poco tenía un argumento… y un serio problema: el guión por sí solo ya ocupaba mil palabras. Malo. La historia me parecía interesante, con más personajes conocidos metidos en situaciones imposibles de imaginar en nuestra realidad. Empecé con un primer borrador y vi que se me iba. Dos mil, dos mil quinientas palabras… dios, eso no había tijeras que lo recortase. Pero la historia me gustaba: muy ácida, llena de mala leche.

Se me iba de las manos. Joder, lo de siempre. No lograba recortar sin amputar datos y escenas serias. Decidí, muy a mi pesar, dejarla a un lado la historia. ‘La venganza se sirve fría’, así se llamaba el cuento en un principio, acabó en la nevera. Fría, muy fría debería servirse la protagonista su venganza.

Debía buscar una nueva idea. Para mi desgracia, por más vueltas que le daba no lograba nada tangible. O, mejor dicho, nada que entrase bien en las mil quinientas palabras de marras. Lo intenté en mi lugar favorito de crear historias: la cama, en plena noche. Resultado: nada. Pasaron unos días y estuve tentado de mandar a la mierda el trabajo. Hasta que me di cuenta de que cada día, en el telediario, me lo estaban plantando delante de los ojos. Llevar a la realidad lo que unos llevan pidiendo años: eso que llaman ‘libertad de elegir independizarse’. Sí, hablo de algo tan actual como el independentismo/secesionismo.

Antes de que alguien salte, me adelanto y describo mi postura ante esos movimientos: yo estoy siempre en contra de todo separatismo/independentismo. Forma parte de mi manera de concebir el mundo y las relaciones humanas, y me considero muy cercano al internacionalismo o al mundialismo. Para mí el Hombre es una especie, ni más ni menos, y por tanto un solo y único pueblo. Desde mi punto de vista lo lógico seria la cooperación y la unidad: el bien de todos beneficia al individuo, y el individuo debe hacer que con su bien personal se desarrolle y mejore el grupo. Esa es mi manera de ver la vida. Pero a día de hoy la inmensa mayoría del pueblo está alienado en lo geográfico mediante fronteras, a lo que se suman otros inconvenientes no integradores en la forma de idiomas y sistemas políticos. Mi utopía personal describe un mundo en el que se vive en unidad y paz, con nada que nos separe más allá de la inevitable distancia geográfica.

Por eso mismo considero a todos los nacionalismos (insisto: a todos) como lacras, tumores sociales que esconden miedo al ajeno y un terrible egocentrismo. Todo nacionalismo oculta un sentimiento maligno de superioridad, un ensalzamiento cobarde de lo propio que demasiadas veces acaba deparando discriminación e incluso racismo. Es que cuesta mucho reconocer en el ajeno al hermano. Eso por no hablar que la mayoría de los nacionalismos están auspiciados por grupos económicos de poder: individuos podridos de egoísmo y avaricia que en el fondo solo desean incrementar su beneficio propio. Si hay fronteras el comercio se fortalece, y sus bolsillos engordan mediante toda la burocracia del mercado. Patriotas de ese tipo, con cuentas bancarias en paraísos fiscales, dirigen partidos políticos que enarbolan banderas nacionales y llaman al alzamiento de barreras.

Barreras ficticias. Como suelo decir: sobre una mesa de operaciones un cirujano no puede diferenciar si su paciente es europeo, africano o asiático más allá de la mera raza; no puede saber si trata a un cristiano, un ateo, un nazi o un comunista. Un médico solo ve un cuerpo humano, una persona necesitada de ayuda a la que hay que curar. Todos deberíamos ver a los demás de semejante manera, con ojos de cirujano. Ver en el otro a ese igual al que hay que ayudar. Si el prospera, tú también.

En pocas palabras, que si no me enrollo: nacionalismo → caca.

Una vez explicada la generalidad del concepto, voy a lo concreto, lo que me toca más cerca. Son igual de perniciosos los nacionalismos ‘regionales’ de aquí (vasco, cántabro, leonés, catalán, etc.) que el ‘estatal’. Me parece tan ridículo como triste el que los ‘españolistas’ pongan a parir a los separatistas cuando ellos mismos se negarían a la disolución de España para su integración absoluta en unos Estados Unidos de Europa, o en unos Estados Unidos de La Tierra. Sí, me refiero a esos partidos de falsa izquierda (PSOE) y derecha y ultraderecha (PP, Vox, Ciudadanos) que enarbolan la bandera roja y amarilla pero al mismo tiempo cierran fronteras con el sur. Ese nacionalismo estatal oculta un sentimiento de superioridad. Se sienten superiores a, por decir nombres al azar, Francia, Senegal, Cuba, Inglaterra, EE.UU., Bolivia, India o Portugal (país que, por cierto, ha demostrado en estos años muchas más luces y eficacia que España. Voto ya por la unión de Portugal con España. Debemos aprender mucho de nuestros hermanos).

Regresemos al relato.

Con un esbozo de idea en la cabeza me puse a escribir a toda leche un borrador. ¿Qué sociedad podrían crear esos nacionalismos si triunfasen? ¿Qué consecuencias tendrían para los ciudadanos esas nuevas fronteras? No, no iba a hablar de cosas épicas ni macroeconomía: para vender esa moto ya están los que ahora mismo defienden esas ideas. Yo quería contar una historia más humilde, uno de los dramas de guerra… y de posguerra.

Necesitaba una región con una frontera llena de recovecos, confusa. Por fortuna conocía una que encajaba a la perfección. Además, esa región me permitía huir de lo fácil, del enfrentamiento catalán. Y eso sin perder el detalle de estar rodeada por otras zonas con componente nacionalista. Vamos, que me parecía idónea para el relato.

Una vez elegida la región, otros detalles vinieron solos. Conocía varias poblaciones que me venían que ni pintadas para el argumento. Así entraron en la historia Pomar de Valdivia, Cezura y Helecha. Además podría usar lugares tan reales como el Monte Bernorio y la Iglesia de Santiago. Sí, la anodina y nada televisiva Montaña Palentina también puede acabar azotada por enfrentamientos nacionalistas.

Con todo ello tejí una historia sencilla pero que creo que cuaja, que tiene algo que decir.

En cuanto al estilo, la brevedad me obligó de nuevo a emular a Tiptree. Todo un gusto, la verdad.

El resultado ya lo podéis leer. Encontraréis encontrar ‘La última ofrenda’ en formato electrónico en Lektu. También lo podéis conseguir en papel pidiéndoselo al editor, Libros Libres. Y por supuesto comentad.

Antes de acabar os invito a conocer esa tierra maravillosa, de clima duro pero gran bella. No os quedéis solo en Aguilar de Campoo. Que sí, que Aguilar es muy bonito y turístico, sí. Que el pantano mola, y que se come muy bien, pero hay más. Descubrid pueblos como Pomar o aldeas como Cezura. Disfrutareis de la experiencia sin duda.

Si os gustan los paisajes podéis Visitad La Lora (y de paso la Cueva de los Franceses). Si os gusta lo antiguo con mayúsculas descubrid el menhir de Canto Ito. Si os llama la atención las caídas de agua, conoced Covalagua. Perdeos por esa región y disfrutad. Si vais en verano podréis gozar de sus noches frescas, por no decir deliciosas.

Ya paro, que parece que le estoy haciendo publicidad. ¿Se nota mucho que me tira esa zona?

No hay adiós.

Aparezco en Libros Libres nº 2: ‘La última ofrenda’

No hay hola.

Llevo ya varios meses como quien dice desaparecido, sin participar en talleres ni subir aquí nada que no sean entradas preprogramadas. ¿Por qué? Pues porque me he estado centrando en acabar mi primera novela. Y sí, lo he conseguido.

¡Yuju!

En realidad se trata del primer, segundo, tercer, cuarto intento de lograr algo que de verdad se pueda considerar novela. Me ha costado un año de trabajo de manera intermitente, pero al fin lo he logrado. El resultado ha supuesto un texto final de unas 110.000 palabrejas de nada. Una extensión ni muy larga ni muy corta, pero destacable, sobre todo porque partía de una idea que creía que se iba a quedar en unas 50.000. Vamos, que a medida que la labor de escritura se desarrollaba y el texto adquiría forma, la historia ha duplicado la extensión prevista.

Pero no voy a hablar de eso ahora, sino de lo que ha pasado en esos tres meses que he estado en modo ermitaño: como pude, saqué tiempo para escribir y presentar un nuevo relato a la revista Libros Libres.

Libros Libres 2

Libros Libres 2

El número 2 de Libros Libres se trata de un especial distopías, un subgénero que no suelo practicar. Como sabéis, me va más la fantasía más o menos oscura. No se me da muy bien meterme en tirar del hilo del ‘Y si hubiera pasado esto…’, aunque ya he practicado un poco el género, como habéis podido leer hace poco.

Me puse a ello y, tras desechar una idea relacionada de manera directa con ‘La marea de sombras’, surgió la idea que daría lugar a este cuento. Ya podéis leer el resultado de ese trabajo: ‘La última ofrenda’, un relato que juega con algo tan actual como el independentismo/secesionismo. O más bien con sus consecuencias en la gente normal, de a pie.

El cuento apenas tiene componente especulativo, por eso lo he catalogado con la etiqueta realismo. Al contrario, tiene mucho (¿demasiado?) de posible. Recordemos que vivimos en un país en el que los salvapatrias desataron una guerra civil. ¿Que soy muy viejuno por hablare de eso, que queda muy lejos? Pues os dejo un ejemplo más reciente: quienes lean el cuento y no se crean que aquí puede llegar a suceder una escena similar que repasen lo ocurrido con regiones como la ex Yugoslavia.

Siguiendo unos ideales el Hombre puede cometer salvajadas y sentirse orgulloso de ello.

Espero que el cuento os guste y os divierta de la misma manera que me gustó a mí. Debo decir que disfruté al escribirlo: he introducido sitios y escenarios que me son muy queridos. ¿Alguna vez un cuento de ficción especulativa habrá tenido como escenario Cezura, Helecha o Pomar? ¿Los vecinos de Cezura pensarían que su diminuta y coqueta Iglesia de Santiago apareciese en una distopía? Me da que no. Si algún día lo leen espero que también les guste. Al fin y al cabo el cuento está escrito con todo cariño, tanto a la región como a sus gentes.

Podéis haceros con un ejemplar digital de Libros Libres nº 2 en Lektu. Si queréis ayudar al proyecto y comprar un ejemplar físico, tenéis que poneros en contacto con su equipo editorial en libroslibres@acpaginaenblanco.es.

No hay adiós.

La marea de sombras

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día ya hablé de él.

No hay adiós.


Desde la cabina de su furgoneta-escalera, Manu contemplaba admirado el aterrizaje del cuatrimotor.

—¡Guau!

El zumbido de las aspas de los cuatro enormes rotores del Tesla MAir-6 devoró su silbido de admiración. No todos los días aterrizaba en el Barajas-Carrero Blanco una nave semejante.

Un led se puso en verde en su consola: vía libre. Manu metió primera y se acercó al costado del aparato. Aunque se sabía de memoria la operación, se obligó a seguir el protocolo y comprobar el acople a través de la pantalla.

«No queremos dejar un rallajo en el avión de los 7th Seal, ¿verdad?», pensó. En su cabeza sonaba su tema favorito del grupo, «Tide of shadows».

Un impacto blando anunció el final de la operación. Manu miró la pantalla: la escalera se había acoplado al fuselaje a la perfección. Apagó el motor, acarició la banderola con la Cruz de Borgoña que cubría el salpicadero y descendió a pista. Quería ver las estrellas de cerca.

Seis civiles y cuatro militares formaban la comitiva. Les custodiaban cuatro números de La Benemérita y una banda de música, que ya interpretaba una versión instrumental del «Cara al Sol». Al frente de la delegación iba una pareja de ancianos, ambos encorvados pero de miradas penetrantes: Santiago Abascal, portavoz del Consejo del Régimen, y Andrea Levy, Delegada Nacional de la Sección Femenina.

Manu se permitió una sonrisa: «Mírales, durante años despotricando de la pérfida Albión, y ahora reciben a un grupo de rocanrol como unas forofas cualquiera».

Al fin los británicos salieron de la nave. Mientras descendían la escalinata hacían alarde de toda su parafernalia: caras pintadas como demonios japoneses, melenas largas, trajes de cuero negro repletos de remaches y tachuelas, ribeteados de flecos y rematados con capas de seda y terciopelo. 7th Seal en estado puro.

«Vaya fantoches. Me encantan».

Abascal, apoyado en su bastón, avanzó unos pasos:

—Bienvenidos, señores —dijo con voz potente, y les dedicó una artrítica inclinación de cabeza.

«“Señores”. Manda güevos. Ahora son “señores”. Quién te ha visto y quién te ve, Santiaguito».

Algo cambiaba en la «Una, Grande y Libre». Noventa años de aislacionismo y copla omnipresente, con el rocanrol limitado al estraperlo. Ya nadie recordaba a Los Beatles. Pero el nuevo Consejo intentaba romper el cerco, y esta visita formaba parte del lavado de cara.

Manu se acercó un poco más. Había otros curiosos: señaleros, mozos de maletas, incluso algunos conductores que, como él, habían abandonado sus vehículos para echar un ojo. Si los mismísimos guardias civiles parecían más atentos a las estrellas que a vigilar.

Los 7th se dejaban agasajar. Un intérprete traducía los elogios; ellos sonreían con labios pintados de negro:

—«Grasias».

Manos con uñas largas y pintadas se estrechaban con otras de perfecta manicura, sobrias y masculinas.

Alguien empujó a Manu. Se volvió para descubrir a Gus.

—No me lo podía perder, macho —dijo el diminuto maletero colocándose por delante.

—Cojones, ¿dónde has dejado el rack de maletas?

Gus guiñó un ojo y alzó los hombros: «Luego hablamos». Ambos devolvieron su atención a los roqueros. Éstos, tras saludar a la comitiva, escuchaban a la banda con aparente atención. El tumulto a su alrededor crecía por momentos. Por fin La Benemérita entró en acción:

—Dispérsense, por favor.

Gus se volvió hacia Manu:

—Siempre tarde, los jodidos picoletos.

—Calla. Te van a oír.

—¿Oírme? ¿Con este jolgo…?

De repente, a escasos tres metros de Gus, un señalero rompió el cerco y saltó hacia los músicos.

—¡Gora Euskadi Ta Askatasuna!

Y la luz se hizo.

Manu se descubrió tendido en el suelo. Le zumbaba la cabeza. Abrió la boca e intentó gritar. Estaba seguro de haberlo hecho, pero no escuchaba nada. Intentó incorporarse sobre  su mano derecha, pero resbaló. La notaba adormecida. Se la miró: estaba empapada; su dedo meñique había desaparecido.

Volvió a gritar. Siguió sin oír nada.

Apoyándose en el codo logró alzar la cabeza. No quedaba nadie de pie. La bomba no había hecho distingos entre políticos, músicos y trabajadores, embarrando la pista con sangre. Vio, desperdigados por todo el suelo, pedazos de traje todavía rellenos de carne. Allí delante palpitaba un tórax desmembrado. Manu se topó con aquellos ojos verdes, intensos y enmarcados en bermellón: Abascal. Le sostuvo su mirada hasta que ésta se extinguió.

«Gus».

El cuerpo de maletero había protegido a Manu. Reducido a una masa triturada, irreconocible, sus entrañas arrancadas de cuajo teñían con calidez húmeda el mono del conductor.

«Putos vascos», pensó. «Arrasar las Vascongadas. Mataros a tod…».

La marea de sombras le envolvió.

El taller, día 4: ‘La lucha de la carne’

No hay hola.

Cuarto texto que redacté para el taller. No lo puedo negar, tras el anterior ‘En tus labios, la súplica carmesí’ busqué un texto mucho más provocativo. Pero había que hacerlo ajustándose a la siguiente premisa: en algún lugar del texto debe aparecer la frase «el hombre voluptuoso es el único que puede ser feliz», y el relato no debe superar la 400 palabras.

Admito que la frase está metida bastante a piñón, sí. Pero creo que lo que buscaba, generar un efecto repulsivo, o incluso shock, está logrado. Sobre todo teniendo en cuenta que el auditorio (los compañeros de taller son lectores de ficción costumbrista, casi todos de edad avanzada y algunos de ellos mujeres, abuelitas inclusive) no estaba acostumbrado a este tipo de textos.

Aviso: el texto posee un final bastante desagradable no apto para menores, ni para muchos adultos. Y por supuesto que no voy a hacer ni caso de comentarios feministas ni antiviolencia. Basta decir que yo jamás haría algo así, por supuesto. Pero eso no quita para escribir ficción en la que los personajes hagan eso. Y cosas mucho peores.

 

No hay adiós.

PD: Sí, sé qué día es hoy, y me da igual: no admito censuras, ni autocensuras, según el día que marque el calendario.


Inmersos en la penumbra del callejón, él se entregaba a ella y ella le recogía.

Él, cabello pelirrojo y empapado en sudor; ella, melena lacia y rubia con algunos mechones apelmazados por un rojo oscuro. Él, tan rubicundo que parecía congestionado; ella, una sombra pálida y apática. Muchos otros detalles los distanciaban. Pero a él le daba igual: empujaba y empujaba. Ella, sumisa, le recibía.

Un torrente salino fluía por el pecho desnudo del macho. La humedad empapaba el vello púbico y se acababa derramando por la base del pene erecto. Su cadera bombeaba al ritmo de su corazón. Sístole y diástole, adelante y atrás, empellones brutales que ella acogía con indiferencia.

La mujer estaba envuelta en un silencio lánguido y definitivo. Él profería resoplidos animales que reverberaban en aquel desfiladero de sombras. Bajo los jadeos se oía algo más, un chapoteo viscoso: el murmullo de carne luchando contra carne, una pelea mal lubricada con un líquido no ideado para ese tipo de juegos. No importaba: él seguía empujando, y ella resistía.

Él buscaba el éxtasis. Lo quería, lo necesitaba. En una ocasión, años atrás, había escuchado cierta frase: «el hombre voluptuoso es el único que puede ser feliz». Semejante chorrada sólo podía haber partido de un pedante sibarita, pero se identificaba con ella. Adoraba el placer, lo buscaba a toda costa. ¿Dónde? En las mujeres, por supuesto. Lo buscaba, y muchas veces lo encontraba. ¿Eso le convertía en un hombre feliz? Por momentos sí, pero en aquel no: ella, más recelosa que otras, se resistía a darle su porción de placer. Pero él no cejaba. Empujaba y empujaba. Adelante y atrás, adentro y afuera. Sistemático, cadencioso, maquinal.

Notaba la meta cerca, muy cerca. Siempre adentro, más adentro.

—Dámelo. Dámelo ya —murmuraba—. Dámelo como sólo vosotras sabéis darlo.

La lucha de la carne se intensificó. El sonido de chapoteo se hizo más denso: el lubricante estaba perdiendo su efecto.

—Probemos por el otro lado, zorra —dijo, y la tomó en sus manos como el juguete en que se había convertido. Ella ya no podía hacer nada. Una vez colocada a su gusto, el macho siguió bombeando.

—¡Sí! ¡Así mejor! —gimió satisfecho. Su lado práctico le incitaba a usar primero ese orificio porque se ajustaba mejor y además carecía de dientes. Su vertiente morbosa, la dominante, hacía que lo dejara para el final, a modo de guinda del pastel. Así se sentía un auténtico empalador.

Poseído por la excitación de saberse su dueño definitivo, embistió y embistió. El combate se prolongó varios minutos más. Pero no llegaba. Ella le negaba su premio, su dosis de éxtasis. La lubricación se había evaporado. El interior de ella se había convertido en un desierto desabrido. El pene le escocía tanto que el último empujón le arrancó un gemido teñido de dolor.

—Seca. Estás seca, puta. Seca y fría.

La sostuvo en vilo. Sus ojos inyectados buscaron los de ella, vacíos e inexpresivos.

—Me has ganado, zorra. Largo —rugió—. ¡Fuera!

Extrajo el pene de la tráquea y arrojó la cabeza lejos, al grumo de sombras donde yacía el resto del cuerpo. El macho se vistió rumiando maldiciones. Antes de huir del callejón desenfundó su enorme Bowie:

—Estoy harto de carne seca y fría, compañero —le dijo al filo —. Creo que debemos cambiar, volver a las relaciones más cálidas. Y vivas. ¿Tú qué dices?

El cuchillo respondió con un guiño tan cómplice como hambriento.

Yo puedo gritar igual que tú

No hay hola.

Este microcuento tiene su origen en una conversación en Literautas. En concreto a partir del comentario 51.  Se me ocurrió escribir un texto en el que un personaje dijera algo que, al parecer, en estos tiempos no se puede decir, so pena de acabar en la cárcel. O al menos esa es mi impresión. Y la da que también la de Strawberry, y la de Cassandra, y…

Pues bueno, yo lo he hecho, un personaje del cuento dice algo ‘malo’, e incluso argumenta ‘razones’ que él cree validas para hacer cosas malas.

Ahora a ver qué ocurre.

Ni que decir tiene que no coincido con la gente que cometió (ni comete ahora mismo) ese tipo de barbaridades. Pero considero que, por muy en contra que se esté de los actos o forma de pensar de un personaje, por muy reprobables que resulten, eso no le debe a uno impedir usarlo en ficción.

La versión inicial del relato, escrita a mediados de marzo, acabó con unas 720 palabras. La guardé un par de meses para ver si encajaba en uno de los talleres de Literautas. Pero eso no sucedió. Además, como ya me había quitado la espinita de poner algo políticamente incorrecto con el cuento de ‘seda y sombras’, decidí darle una reescritura a este ‘Yo puedo gritar igual que tú’ y publicarlo aquí.

Porque yo, y en general todos, podemos gritarlo. Que nadie nos quite la voz. Por lo menos a la hora de crear ficción.

Así que aquí va mi diminuto grano de arena a favor de la libertad de expresión, a la libertad creativa.

No hay adiós.


Carlos deseaba llegar al caserío y liberarse de aquella carga. Por ello, tras cerrar la puerta y dejar el zamarro en el perchero, caminó hasta el umbral de la sala y gritó:

—¡Gora E.T.A.!

Poder expresarse así, con esa libertad, le aliviaba. Ventaja de vivir en caserío como aquel, perdido en la montaña guipuzcoana.

En el exterior el sol empezaba a ganar la batalla contra las nubes. Su luz se derramaba en la sala a través de un amplio ventanal. Tejía un rombo deforme de claridad, parte sobre la mesa y parte en el suelo de losas desnudas. Fuera del charco de claridad reinaba una penumbra tibia, fantasmal. En la parte iluminada de la mesa alguien había extendido un paño blanco, que bajo la luz parecía poco menos que resplandecer. Dentro de él vio varias formas dispersas… y un par de manos masculinas. El resto del cuerpo del individuo quedaba sumido en tinieblas, irreconocible. Pese a ello, el tibio «¡Gora!» que contestó el hombre le dejó bien claro a Carlos de quién se trataba.

—Hola, Gorka —dijo tratando de ocultar su disgusto.

Carlos entró en la sala. Sus ojos se aclimataron a la falta de luz. Sólo entonces pudo apreciar lo que el enorme navarro hacía: en una esquina del pedazo de sábana vieja había un tarro de grasa y un pincel; el centro del trapo estaba ocupado por el tambor, el cañón y el cuerpo de su querido Lady Smith. Gorka engrasaba el revolver con esmero de amante satisfecho.

El navarro ni se molestó en levantar la cabeza de su tarea:

—Hola —dijo con voz átona.

Sin ganas de discutir, Carlos atravesó la sala de camino a las escaleras. Lo hizo a grandes zancadas, huraño. Una rápida serie de chasquidos, muy característicos, resonaron a sus espaldas: Gorka encajando las piezas del revolver. Carlos ya había subido el primer tramo de escaleras cuando oyó:

—¿Está hecho?

Carlos se detuvo, la mano sobre la barandilla, y se volvió. Desde el descansillo no podía ver la cara de Gorka; el techo decapitaba su figura. Aquella pregunta merecía una respuesta directa y cara a cara. Carlos se agachó y dijo:

—Claro. —Se percató de que el navarro también le buscaba con la mirada—. Lo he hecho. Me voy a dar un baño.

Gorka soltó una risilla.

—Tú siempre con tus remilgos…

Durante un instante Carlos estuvo tentado de enseñarle las manos, pero decidió no hacerlo. ¿Qué iba a mostrar? ¿Unas pocas salpicaduras rojas? Optó por ignorarle y seguir su camino, escaleras arriba.

La risa se tornó carcajada para acabar con una palabra espetada al vacío de la sala:

—Maqueto.

Carlos se detuvo en seco, se giró y descendió de nuevo hasta el descansillo. Una vez en él se acuclilló y clavó una mirada en el único ocupante de la sala.

—No te atreves a repetirme eso a la cara, soplapollas —dijo mientras apuntaba con su índice derecho a Gorka. Al hacerlo se dio cuenta de la similitud del gesto con otro que empezaba a hacérsele demasiado familiar. Parpadeó, apartando de la cabeza la imagen. Retiró la mano y la volvió a apoyar en el pasamano.

Abajo, el navarro no se había fijado de su momento de duda.

—Pues mira. Lo hago. ¡Maqueto!

Pese a la penumbra, sus ojos parecían arder.

Carlos notó como los dedos se le engarfiaban sobre la madera. Bajó un nuevo escalón.

—¿Te pasa algo conmigo, Gorka?

—Pues mira, sí. Maldito el día en el que Yoyes te introdujo. Jodido español.

—¿Español yo?

—Cojones, claro —Gorka se puso de pie. Su casi metro noventa imponía—. Si sólo hay que ver tu carné…

—Mira, mamón —dijo Carlos mientras descendía los últimos escalones y se abalanzaba hacia la mesa. Sus nudillos, blancos y perlados de pintas rojas, golpearon el nogal—. Que tenga madre palentina y padre de Salamanca no quita que haya nacido en Oria. He mamado Euskadi tanto como el que más, capullo.

—Qué vas a saber tú.

A los dos hombres sólo les separaba el ancho de la mesa. Aunque, viendo el odio en los ojos del navarro, parecía haber mucho más entre ellos.

Tras un instante de silencio, Carlos dijo:

—¿Te crees mejor que yo por haber conocido a Txillardegi?

—Ni le menciones. Pero sí. Él es un euskaldun, un referente. Si te conociera…

Carlos se apoyó sobre la mesa y se echó hacia delante, su torso oscilando sobre la mesa. Tenía el rostro congestionado de furia y en sus ojos destellaban de manera muy similar a los de Gorka. El navarro le sacaba casi una cabeza, pero Carlos no se iba a arredrar. En su lecho de algodón, el Smith&Wesson dormitaba indiferente.

—Si me conociera, ¿qué? —Carlos intentaba mantener el tono, no gritar—. Mira, yo me siento bien orgulloso de la madre que me parió. Y también del padre que se deslomó para sacarnos adelante. —Gorka hizo un mohín—. Palentina, salmantino. ¿Y qué? Los dos han sido corridos por los grises en Donosti. Mi padre se ganó una paliza de los picoletos por formar parte de los piquetes allá en Lasarte, en la Michelin.

El navarro no dijo nada. Se limitaba a abrir los ojos de manera desorbitada.

—Odiamos a Franco y a sus cachorros tanto como tú —prosiguió Carlos—. Y para ello no necesitamos jodidos apellidos euskaldunes. Deseo ver esta tierra libre de la mierda facha como el que más. —Su puño golpeó la mesa—. ¿Pones en duda mi compromiso? ¿En serio? ¿Hoy, que llego con las manos ensangrentadas? A ver si el maqueto eres tú, que te has criado más cerca de Logroño que de Iruña.

Gorka, pálido, se enderezó en toda su altura. La mano derecha se crispó en un puño descomunal. Pero no hizo más.

Como el navarro no estallaba, Carlos siguió atacando.

—Si todavía tienes deje maño, cojones. ¿Me acusas de español? Mira, yo puedo gritar «Gora Euskadi ta Askatasuna» igual que tú, soplapollas. O quizá con más fuerza. Y ahora déjame en paz, que quiero quitarme este olor a muerte.

Se alejó de regreso a las escaleras. Sólo pensaba en la bañera, en el agua caliente y deliciosa. En quedarse dormido en ella. Y quizá, o al menos eso esperaba, liberarse de aquel peso que desde que entró en activo se clavaba en sus hombros.

Gorka le vio alejarse. No dijo nada, limitándose a permanecer en silencio. Sólo al escuchar la puerta del baño empezó a relajarse. El enorme navarro emitió un gruñido grave y hosco. Cabeceó contrariado, respiró hondo y bajó la vista hacia la mesa. Tenía que seguir con sus tareas de limpieza. Pero para su sorpresa el paño estaba vació. Entonces, sólo entonces, se dio cuenta de que el Lady Smith estaba entre las manos.

Amartillado.

Poder tropezar dos veces

No hay hola.

Nanocuento creado para el II Premio de Microrrelato IASA Ascensores. Antes de mandarlo desestimé otro cuento por estar inspirado de manera demasiado directa en el infame Jack Ketch. Pero sobre esa historia inicial redacté esta otra, un poco más ligera y que no requería conocer la historia de Ketch para sacarle cierto gustillo.

Por supuesto, el cuento no ganó 😦 Se ve que las historias de verdugos no atraen.

No hay adiós.


La carcajada inundó la plaza. Ruborizado, el joven recogió el hacha y se incorporó con rapidez. Siguió subiendo las escaleras, el rostro oculto bajo la capucha. Ya sobre la plataforma se giró y contempló al gentío. Le miraban llenos de mofa. Todo por ese maldito escalón.

«Se lo dije», pensó. «Remachadlo, que cede». Pero ni caso. Ahora su estreno como verdugo estaba destacando por un peldaño hundido y un golpetazo.

—Sonríe, chaval —la voz sonaba cálida, tranquila—. Tú podrás volver a tropezar. Yo no.

El novato, cariacontecido, miró al reo; luego al filo del hacha. Y ahora, ¿qué?

La mano tembló.

Nunca seré yo el espectáculo

No hay hola.

Nanocuento perpetrado para el II Premio de Microrrelato IASA Ascensores. Al final lo desestimé porque dependía demasiado de que los lectores conocieran al infame Jack Ketch. Y no, ese tipo de dependencia no es buena en un microcuento. Al final modifiqué las últimas tres frases del cuento y lo mandé, ya sin referencia alguna al famoso verdugo.

No hay adiós.


La carcajada inundó la plaza. Ruborizado, el joven recogió el hacha y se incorporó con rapidez. Siguió escaleras arriba, el rostro oculto bajo la capucha. Ya sobre la plataforma se giró y contempló al gentío. Sí, le miraban llenos de mofa. Todo por ese maldito escalón.

«Te lo dije, Tobb», pensó. «Remáchalo, que cede».

Pero ni caso. Ahora su estreno como verdugo estaba destacando por un peldaño hundido y un golpetazo.

—¿Reis? Ya veréis —musitó—. Os daré un espectáculo que no vais a olvidar. Palabra de Jack Ketch.

El reo, maniatado, temblaba de pies a cabeza. El joven le sonrió:

—Lo siento, viejo.

Muchos años después, el amigo Ketch la lió parda. Y varias veces. Aquí se le ve acabando el trabajito de Lord Monmouth a base de cuchillo.

Acerca de ‘El juego de la elección’

No hay hola.

Hoy voy a escribir un ‘Acerca de’ diferente. Por una vez no voy a hablar de cómo me surgió el relato ‘El juego de la elección’: dadas las fechas en las que lo escribí, semanas después de los atentados de París y un poco antes de las elecciones españolas, no creo que haga falta mucha explicación. Sin embargo voy a hablar un poco de una tarea que casi siempre me lleva mucho, pero mucho tiempo: la ambientación y la documentación. Me voy a limitar a explicar los detalles del cuento y que cada cual saque, si quiere sus conclusiones.

En un primer lugar hablaré de Brasilia. Desde pequeño (y digo pequeño) esa ciudad creada de cero en medio de la jungla me llamó la atención. Creo recordar que me quedé de piedra al ver no sé donde su plano: no se parecía a ninguna ciudad que conociera. Sí, desde chico los planos me encantan. Me he pasado horas y horas pasando las páginas de un viejo atlas Aguilar que teníamos en casa (de los que incluye mapa de la provincia y plano de la capital: para mí toda una gozada). Ese atlas era de España, pero luego llegaron otros de Europa, del mundo… y yo feliz como unas castañuelas de leer nombres de ciudades. Lo que hubiera disfrutado si en mi juventud hubiera existido Google Maps, o por lo menos internet…

A lo que iba: Brasilia. Una ciudad trazada de manera planificada, nada del caótico crecimiento de las demás ciudades que conozco. Por supuesto que tuvo que salir en algún cuento mío. Le ha llegado el momento con éste.

El relato quise situarlo en un sitio real, que existiera. Así que tiré de buscador de hoteles de lujo, luego me di un paseo por la ciudad (sí, adoro eso del Street View) y escogí uno. Os invito a contemplar el Estadio Nacional Mané Garricha desde el Hotel Grand Bittar, en pleno Eixo Monumental. Sé que nunca viajaré hasta allí, pero al menos lo he visto con la tecnología y un poco de imaginación.

Estadio Nacional Mané Garricha

Estadio Nacional Mané Garricha

Ya tenía el dónde. Ahora a darle un poco de sustancia al decorado.

Lujo, lujo. Pues toma lujo. De entrada unos ridículos y carísimos sofás Flap de Edra. El tipo de diseño que seguro que la gente podrida de dinero tiene en su casa.

Flap de Edra Flap de Edra

Uno se sienta o tumba en ellos pero ¿qué pone delante? Pues algo igual de exquisito o exclusivo: mesitas vintage Fiori. Quien tenga estomago que investigue más sobre ellas y sus precios.

Mesitas vintage Fiori

Mesitas vintage Fiori

Bueno, el prota ya tenía donde recostarse y donde colocar… ¿el qué? Pues ¿qué cosa más exclusiva que un Highland Park 50 years old? Quien viva como muchos españolitos, llegando mal a fin de mes, se puede horrorizar con lo que algunos se pueden gastar en un botella de licor. Pero la historia requería ese tipo de monstruosidades, así que tuve que usarlas.

Highland Park 50 years old

Highland Park 50 years old

 

De vez en cuando me gusta meter alguna referencia literaria, y este cuento en cuestión me pedía a gritos meter al bueno de Philip José Farmer. En concreto a él y a su maravilloso A vuestros cuerpos dispersos, libro recomendable sin lugar a dudas, y en que incluso Hermann Göring llega a caer simpático. Bueno, tanto no. Aunque lo menciono en el relato no he leído Relaciones extrañas. Espero algún día poderme hacer con esa colección que en su día sacudió la escena de la cifi.

Philip José Farmer - A vuestros cuerpos dispersos

Philip José Farmer – A vuestros cuerpos dispersos

El Modigliani que oculta la caja fuerte, ‘Desnudo sentado’, por supuesto que existe. Aunque ahora esté en una colección privada de Amberes, quién sabe si en unos años no acaba en cierto hotel de Brasilia.

Amadeo Modigliani - Desnudo sentado Amadeo Modigliani – Desnudo sentado

Respecto a los números (4, 8, 15, 16, 23, 42) a nadie le costara ni un segundo descubrir de dónde los he sacado.

La cosa empieza a ponerse fea y seria. Es entonces cuando la investigación me hace pasar toda una tarde estudiando cierto magnicidio. Ese hecho histórico me viene que ni al pelo no sólo porque me permite introducir un arma carismática (esa Philadelphia Deringer, calibre 10,3 mm que recibe el protagonista como regalo de la Sociedad Surratt), sino para dejar caer el ya famoso ¡Sic semper tyrannis! y dejar en el aire un detalle del que hablaré más tarde. Por si no se ha enterado alguien, el magnicidio del que hablo es el asesinato de Abraham Lincoln.

Philadelphia Deringer, calibre 10,3 mm

Philadelphia Deringer, calibre 10,3 mm

Para acabar, en el giro de guión final hablo del Magdaleniense Superior. No, no se trata de magdalenas gordas ni de un nivel mejor que el normal, sino de una época de la prehistoria. ¿Por qué he usado ese y no otro? No sé, la verdad. Quizá el recuerdo de ese peliculón titulado The Man from Earth me hizo pensar en ello.

The Man from Earth

The Man from Earth

Pues bueno, ya he hablado del cuento de una manera distinta a las anteriores. Espero no haber aburrido a nadie.

Antes de acabar: ese detalle del que me quedaba hablar. El prota ¿se encarnó en su día John Wilkes Booth? ¿O quizá en Bruto? ¿O ninguno en de los dos y sólo le apasionaban las citas clásicas? Hagan sus apuestas.

No hay adiós.

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